La vivienda de Dios: la nueva y reconciliada comunidad, Efesios 2 | Por Ruth Padilla DeBorst

Ponencia de Ruth Padilla DeBorst en Lausana III, Ciudad del Cabo 2010
Publicado originalmente en el sitio de nuestros amigos de El Rincón del Café
Los videos de esta exposición de Ruth Padilla DeBorst pueden ser vistos AQUÍ 

Hace apenas unos meses, los ojos de millones de espectadores estaban clavados en las escenas televisadas del Mundial de futbol aquí mismo, en Sudáfrica. Algo me llamó la atención mientras observaba a los jugadores: sin importar el color de su camiseta, en momentos cruciales –al comienzo del partido, antes de un tiro libre—muchos, muchos de ellos asumieron esta posición: manos unidas, cabezas gachas, y, luego, ojos alzados en silenciosa plegaria al cielo. El cielo verdaderamente es el lugar donde habita Dios. En los lugares celestiales, leemos en Efesios 1, está el glorioso trono desde donde reina poderosamente Cristo. Y, más allá de los relatos futbolísticos, bien podemos celebrar como hijas e hijos del Rey que gobierna desde los altos cielos, sobre todo reinado, autoridad, poder y dominio (1.21). A la vez, el pasaje de hoy nos invita a considerar cómo se ve ese reinado cósmico en la vida humana, diaria, tangible. Nos ayuda a responder a la pregunta: ¿dónde vive Dios?

Ruth Padilla, Foto Claudia Rosales de Monzón
Algo de trasfondo. El apóstol Pablo escribe desde la prisión a sus compañeros seguidores de Jesús que viven el ciudad portuaria de Éfeso y en la región de Asia Menor. A través del tiempo – por conquista, colonización y emigración—griegos, persas, romanos y judíos se habían entremezclado con los habitantes autóctonos de Anatolia. Diversas expresiones culturales, lingüísticas, socio-económicas y religiosas se mezclaban y chocaban, forzadas al encuentro por la hegemonía de Roma. Las tradiciones estaban siendo desafiadas, las identidades estaban cambiando, y mucha gente se sentía desarraigada, perdida –especialmente quienes estaban en la base de la pirámide social.
Claro que, según la historia oficial, reinaba la paz. Las fronteras eran aseguradas por las legiones imperiales. Obviamente los impuestos y tributos eran pesados –especialmente cuando su beneficio se veía principalmente en lejanos centros de poder–, pero por lo menos garantizaban la seguridad, ejércitos más fuertes y muros más altos. El más mínimo disturbio era velozmente reprimido; la tortura era práctica común y servía para disuadir. Los templos eran lugares de adoración en los cuales las fuerzas conquistadoras imponían sus dioses a los pueblos incorporados a la fuerza bajo su dominio. Al emperador se le debía honra e incondicional lealtad ya que, como el autodenominado “Señor y Salvador”, efectivamente imponía la paz y mantenía la unidad entre personas tan diversas en términos culturales, étnicos y religiosos. De paso, ¡todo paralelo con la escena global hoy es absoluta coincidencia! Esos eran los días de la Pax Romana.

Es en este escenario que se leen las palabras de Pablo en el seno de la creciente comunidad de seguidores de Jesucristo, algunos de ellos judíos como él pero la mayoría gentiles. “En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia” (1). Muertos, inertes, arrastrados sin voluntad propia por poderes más allá de su control, su existencia había sido marcada por el infructuoso afán por conseguir éxito y satisfacción personal, sin dirección, como un velero sin timón. Duras son las palabras de Pablo para los gentiles. “Ah, ¡esto es acerca de ellos!”, bien podrían haber expresado con alivio los cristianos judíos. “Esto no es acerca de nosotros, el Israel elegido!”. Orgullosos de su linaje y herencia como descendientes del antiguo pueblo de Dios, y marcados por la cultura imperial en el cual el fuerte siempre tiene la razón, fácil les sería descansar seguros en su pertenencia y creer que tenían el derecho de determinar quien estaba dentro y quien fuera de la nueva comunidad que iba siendo forjada por la enseñanza de los apóstoles. “Háganse como nosotros, los verdaderos creyentes; miren el mundo a través de nuestros lentes y organicen su experiencia según nuestras categorías. Si no, siempre serán apenas de segunda clase. Podemos tolerar un poco de color por aquí y por allá, un representante de muestra de un grupo minoritario. Pero ellos deben estar dispuestos a asimilarse, a acomodarse a nuestros criterios y expectativas, nuestra jerga y nuestro estilo”. Pero Pablo no abre espacio alguno para tal arrogancia. Continúa: “También todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios.” Tanto judíos como gentiles, todos y todas son uno en la muerte, amarrados juntos en su garra eterna.

“Pero Dios…” continúa Pablo. “Pero Dios…” Este es el punto crucial. “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros” irrumpe en este patético cuadro. El que inicialmente dio aliento de vida a todo ser viviente no abandonaría el trabajo de sus manos. En el principio, de la nada, Dios había creado y celebrado la vida como buena; y nuevamente ahora la comunidad-de-amor –Padre, Hijo y Espíritu Santo—se involucra en la escena de muerte para dar vida plena, valor y propósito a sus criaturas.
Pablo construye su caso in crescendo. Primero, en Cristo, Dios re-crea a la humanidad: “Aun cuando estábamos muertos en pecados, Dios nos dio vida con Cristo.” Estas son buenas noticias para los cristianos del primer siglo y también para nosotras y nosotros: “Aun cuando estábamos muertos en pecados, Dios nos dio vida con Cristo.”¡Gracias sean dadas a Dios! En segundo lugar, en Cristo, Dios restituye a la humanidad: “En unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en regiones celestiales.” Créase o no, Pablo le recuerda al pueblo agobiado y desarraigado, ¡ustedes ahora están por encima de todo ello, con Cristo, en los lugares celestiales! ¡Ustedes han sido alzados del polvo a la gloria sin mover un dedo! ¡Este es un hecho! Si, tal vez en el imperio romano no se les considere más que un puñado insignificante de seguidores de Cristo, sufran bajo constante sospecha por cuestionar la autoridad del emperador, y apenas sean reconocidos como una ínfima pieza en la maquinaria imperial por los impuestos que pagan. Sin embargo, en la economía de gracia de nuestro Dios, ustedes no son descartables sino valiosos y hermosos. Dios moldea con la comunidad de seguidores de Cristo un poema, una obra de arte de Dios, su obra maestra. Es Dios quien otorga valor y belleza a la comunidad cristiana. Estos no son fabricados por los símbolos de estatus, prestigio o prosperidad de nuestra pagana sociedad de consumo.

Así que Dios, en Cristo, re-crea y restituye a la humanidad como expresiones de la imagen de Dios en su mundo. Y finalmente, así como en el principio, Dios nuevamente otorga propósito a la humanidad. “Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús, para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica” (12). Los mandatos bíblicos de familia y trabajo, relaciones responsables y producción responsable, son restaurados en Cristo. Nuestro reinado con Cristo en los lugares celestiales se expresa concreta e históricamente en nuestro comportamiento ético aquí y ahora. Las buenas obras son marcas de nueva vida y discipulado fiel; si faltan, es indicio de su ausencia.

Pablo es plenamente conciente de cómo el orgullo encadena y de cómo las obras autosuficientes no son más que una calle sin salida. Años antes, como radical defensor de la fe judía, él había salido en asesinas expediciones con el propósito piadoso de erradicar lo que él consideraba una secta perniciosa. Pero una vez que Jesús le había arrancado las vendas de los ojos, y el Espíritu había reorientado su voluntad, Pablo había reconocido que todo ese afán no le había acercado a Dios. Sólo Cristo lo hacía. “Pero Dios…” No podemos ganarnos nueva vida, nuevo status, nuevo propósito. Es Dios quien nos los otorga “para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús”, su favor inmerecido. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe, esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, o por obras, para que nadie se jacte” (10-11).  Nosotros, como los cristianos de Asia Menor, debemos recordar esto.

La disciplina de recordar constituye un necesario antídoto al orgullo ostentoso y cegador. “Recuerden ustedes los gentiles de nacimiento –los que son llamados ‘incircuncisos’ –clasificados como de afuera– por aquellos que se llaman ‘de la circuncisión’—los que se consideran de adentro–, la cual se hace en el cuerpo por mano humana—recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”

Recuerden que en un tiempo estaban muertos. Todos éramos uno en la muerte. Todas y todos estábamos muertos y alienados. Distanciados de Dios, los unos de los otros, y del resto de la creación. Eso era antes, ‘en ese entonces’, en otra época.

Pablo dedica las siguientes líneas, que leemos como los versos 13-22, a la descripción del cuadro actual. Abre la sección con las palabras “Pero ahora” para establecer el llamativo contraste que se da por la intervención misericordiosa del Dios Trino. “Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo” (13).

La Pax Romana, como mencionamos, era frágil, sostenida precariamente por clavos y opresivos impuestos. Pero una noche unos ángeles quebraron ese reprimido silencio con cantos gozosos de “¡Paz en la tierra!” Anunciaron una paz diferente al pueblo agobiado: el largamente esperado Príncipe de Paz había irrumpido en la historia en la forma de un bebe de clase baja en un rincón insignificante, lejos del poder de Roma y del Templo. Cuando se hizo público su ministerio, el reinado de Jesús no se caracterizó por poderío militar ni económico. En cambio, Jesús se entregó a sí mismo, dando vista a los ciegos, alimentando a los hambrientos, liberando a los oprimidos, afirmando la dignidad de las mujeres, de las niñas y niños y de otras personas marginadas por la sociedad judía. En lugar de imponer la seguridad mediante la opresión y la muerte, Jesús tomó sobre sí la vergonzosa cruz en sacrificio amoroso. Así reveló como engañosos a los poderes de la muerte que mantenían a la humanidad alienada de Dios, los unos de los otros del resto de la creación. Cristo, nuestra paz, efectuó la salvación, dando nueva vida a los muertos: relaciones reconciliadas con Dios, sanidad de la enemistad a una humanidad quebrantada, y restauración a todo el orden creado. Estas ciertamente son buenas nuevas de verdadera paz, Pax Christi. Jesús es nuestra paz.

Jesús también hace la paz. Durante su vida, –“en su carne–” Jesús hizo la paz haciendo justicia, restaurando a su justo lugar y a sus justas relaciones a quienes habían sido privados de ellas por sistemas injustos, ambición humana o abuso de poder. Criticó al altanero líder religioso y alabó al cobrador de impuestos, que era socialmente despreciado. Sanó a leprosos, las víctimas de VIH-Sida de sus días, y los restauró a la comunidad. Habló con mujeres, y reclamó a los hombres un buen trato hacia ellas. Exhortó a los ricos a ver las implicaciones económicas de su discipulado. Vivió según el guión histórico de los profetas de Dios de todas las edades. Jesús también hizo la paz mediante su muerte –“mediante la cruz.” Cuando murió, el velo del templo, que separaba el lugar santísimo, se rasgó en dos: ahora el acceso a Dios no quedaba ya restringido a ciertas personas o ciertos momentos. Pero no termina allí la maravilla: el Cristo resucitado envía a sus discípulos a los fines de la tierra, más allá de los confines étnicos de Israel. Y el Espíritu los capacita para comunicar las buenas nuevas en una plétora de lenguas gentiles, a relacionarse con gente “improbable” – extranjeros, mujeres, gobernadores paganos–, y a confrontar y erradicar leyes y prácticas de exclusión que no permitían la plena participación de todas y todos los discípulos de Cristo en la vida y ministerio de la comunidad cristiana y más allá. En el caso de Pablo, una vez que le fueron arrancadas las vendas de los ojos camino a Damasco, el que previamente había sido un judío celoso comenzó a vivir su vocación como el apóstol de Cristo a los gentiles. Cuando escribía esta carta, estaba soportando la prisión, acusado de haber llevado a no judíos al templo, más allá del muro construido para mantener a los de adentro adentro y a los de afuera afuera. Su convicción respecto a los propósitos cósmicos y reconciliadores de Dios en Cristo empujaron a Pablo –contra viento y marea—a una misión marcada por esfuerzos sacrificados para nutrir la unidad, la paz y la justicia en la nueva comunidad. Por ejemplo, cuando tanto las interpretaciones legalistas de la ley judía como los decretos impuestos por Roma prescribían la sumisión pasiva de las mujeres, los niños y los esclavos a patrones opresivos de relación familiar y laboral, Pablo valientemente predicó la sumisión mutua de todas las personas y particularmente de los poderosos –hombres, esposos, padres, jefes–, y reconoció el liderazgo ungido de mujeres, jóvenes, y cristianos no judíos en la comunidad de la iglesia primitiva. Es que Pablo vivía lo que predicaba: Cristo “anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por lo que dio muerte a la enemistad”.  Gracias a la acción pacificadora de Jesús mediante su vida, su muerte, y su ministerio continuo por medio del Espíritu, los seguidores de Jesús hoy son uno –no uno ya en la muerte sino uno en Cristo.

Entonces, Jesús es nuestra paz; Jesús hace la paz y, finalmente, en palabras de Pablo, Jesús “vino y proclamó paz.” Proclamó paz a quienes estaban lejos y a quienes estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.” La retórica, la predicación, la declamación, todas eran destrezas practicadas y valoradas en la sociedad Greco-romana a la cual pertenecían los receptores de esta carta de Pablo. Ellos son altamente concientes del poder de la palabra hablada para construir el prestigio personal e influir en la opinión pública. Pero la proclamación de paz que hace Jesús tiene un impacto mucho más significativo: se fundamenta en el hecho de que Jesús es y hace la paz como expresión del continuo y reconciliador trabajo del Dios que crea con su misma palabra. En el principio, Dios, la comunidad-creativa-de-amor, en medio del caos crea el mundo con su mera palabra. En Jesús, la Palabra encarnada, Dios efectúa la redención y trae nueva vida en medio de la historia. Y mediante el aliento del Espíritu, Dios toma individuos alienados y con su mera palabra crea comunidad. Dios habla y así sucede.

Pablo había comenzado su carta pintando el gran esquema cósmico: todas las cosas unidas bajo el señorío de Cristo. Ahora enfoca la lente en la expresión visible e histórica de esa unidad y autoridad. No nos conduce a algún templo antiguo ni a alguna edificación religiosa moderna. No. Más bien aterriza directamente sobre sus oyentes, sobre la comunidad de las y los seguidores de Jesucristo: “Ustedes ya nos son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios”. Lo que Dios en Cristo ha declarado y creado no es más ni menos que la iglesia, el cuerpo de los seguidores de Jesús, la nueva humanidad entretejida con personas de hilos lingüísticos, culturales, étnicos y religiosos muy diversos. La ciudadanía en el imperio romano –como en otros del estilo – dependía del linaje, del poder, y de los recursos financieros, y clasificaba a las personas en categorías de primera, segunda y tercera. La pertenencia a la religión cultural judía también dependía de la alcurnia familia y del estatus social. La membresía en la familia de Dios, en contraste, es un don: gentil y judío, esclavo y libre, mujer y hombre, viejo y joven, personas del sur y del norte, de oriente y de occidente, personas con todas su extremidades y destrezas mentales y quienes no cuentan con ellas, todas y todos pueden pertenecer –gracias a la labor reconciliadora de Jesús.
Esta nueva familia, la iglesia, no se construye sobre el fundamento del dinero, el poder, los líderes carismáticos ni los santos individuales, sino sobre los cimientos de los apóstoles y profetas, sobre el registro histórico entero de la acción de Dios en su mundo mediante todo su pueblo.  Cuando Roma asegura que lo que da cohesión al mundo es el poder imperial, y los templos se tornan símbolos de dominio, y cuando hoy nos vemos tentados a confiar en naciones, en poderíos militares o económicos, en grandes presupuestos eclesiales y exitosos emprendimientos empresariales, cuando preocupaciones denominacionales e institucionales se tornan más importantes que las personas, entonces, con Pablo, debemos afirmar contraculturalmente que la pieza esencial, sin la cual toda la edificación se desmoronaría no es otra que Jesucristo mismo, “la piedra angular” sobre la cual “todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor”.

¿Dónde, nos preguntábamos al comienzo, vive Dios? Pablo cierra con esta asombrosa y humilladora afirmación: “En Cristo también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu.”  Nosotros, la iglesia, con todas nuestras imperfecciones, tontas preocupaciones, orgullo y prejuicio, ¿¡somos el templo santo de Dios, su hogar terrenal!? Sí: por gracia es aquí, en esta comunidad inmensamente diversa, transnacional, trans-étnica, y transcultural, que Dios elige vivir.

Dios vive en la nueva humanidad creada por Dios, reconciliada por Cristo, sellada y dotada por el Espíritu Santo para la edificación de esa comunidad y para obras de paz y justicia más allá de sus fronteras. Dios vive allí donde mujeres y hombres juntos permiten que la Comunidad-de-amor imprima su imagen en ellos, cree reconciliación mediante su palabra entre ellas, demuela los muros humanamente creados y las exclusiones sostenidas espiritualmente para que la unidad se haga visible, les recuerde que en un tiempo estaban todos unidos en la muerte y que nuestras vidas, nuestro valor y nuestro propósito dependen enteramente de la gracia inmerecida de Dios. Dios anhela construir a la iglesia mundial hoy como su vivienda terrenal.
Cuando nos llegan estas palabras, como ocurrió con los receptores originales, no podemos más que preguntar: Nosotros, cada una, cada uno, ¿nos reconocemos piedras vivas que deben encajar con las demás para constituirnos en la vivienda de Dios? ¿Somos concientes de que el testimonio más contundente del amor de Dios por el mundo son las relaciones reconciliadas entre nosotros, independientemente de nuestra nacionalidad, etnicidad, persuasión política, status financiero? Cuando nuestras familias, vecindarios, compañeros de trabajo, comunidades observan a nuestra congregación local, ¿se asombran por las relaciones de amor, las relaciones justas que existen entre sus miembros y entre ella y la comunidad más amplia? ¿Estamos listos a comprometemos a responder con nuestras vidas al llamado de Jesús de acompañarle en su misión reconciliadora, siendo, haciendo y proclamando valientemente la paz dentro y más allá de la comunidad cristiana? ¿Permitiremos a Dios que escriba un nuevo poema con su iglesia mundial hoy?

Al reunirnos aquí como representantes de la iglesia global durante Lausana III, y al regresar de aquí a nuestros países, ciudades y pueblos, Dios permita que nos veamos como frutos y agentes de Pax Christi, como una comunidad unida por la voluntad reconciliadora de Dios en Cristo y enviada como tal al mundo en el poder del Espíritu de Dios para encarnar sus buenos propósitos para el cosmos entero. Que demolamos los muros de auto-defensa, seguridad y prosperidad que han construido nuestra ambición, nuestro orgullo y nuestro prejuicio, y que corramos el riesgo de ser comunidades de bienvenida –aun para quienes son diferentes a nosotras y nosotros. Que juremos lealtad última no a los césares de nuestro día sino al Señor de la historia, al único Príncipe de Paz. Celebremos hoy –con profundo y arrepentido asombro y agradecido compromiso –que somos la vivienda de nuestro Dios. ¡Que así sea!

Tomemos un tiempo para silenciosa reflexión y oración a la luz de la palabra de Dios.

Bibliografía

Avila Arteaga, Mariano. Carta a Los Efesios Comentario Para Exégesis y Traducción, ed. Edesio Sánchez y Esteban Voth. Miami: Sociedades Bíblicas Unidas, 2008.

Bruce, F.F, The Epistles to the Colossians, to Philemon, and to the Ephesians, 1984.

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Wright, N. T. Justification: God’s Plan and Paul’s Vision. Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2009.
 
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