Declaración Pre-Lausana, Consulta Regional América Latina y El Caribe

Consulta Regional Pre-Lausana
“Iglesia, Generaciones Emergentes, y la Violencia
América Latina y el Caribe

Luego de haber orado, reflexionado, celebrado y de haber estado reunidos y reunidas en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana del 27 al 29 de Abril del 2010, un grupo de veintiséis representantes de la región latinoamericana y caribeña, nos dimos a la tarea de vivir una consulta sobre el tema de la iglesia, generaciones emergentes y violencia. Esta consulta fue organizada por Raíces, Viva y Compasión Internacional y auspiciada por el Movimiento Lausana y el Movimiento Juntos por la Niñez en Latinoamérica y El Caribe.

Durante este encuentro consideramos que:

• Hemos visto con alegría que nuestro continente latinoamericano y caribeño es una región joven, en donde al menos el 43 % de la población es menor de 20 años. Pero con tristeza reconocemos que de esta cifra, más del 50% vive en situación de pobreza, representando al menos 58 millones de personas.

• El contexto regional latinoamericano y caribeño sufre una situación de violencia y destrucción que atenta a la calidad de vida de las personas. Este sistema de abuso y dominación está en contra del desarrollo de los propósitos del Reino de justicia, paz y alegría. (Romanos 14:17)

• Las generaciones emergentes viven situaciones de privación, limitaciones y múltiples formas de violencia que afectan el disfrute de su vida en plenitud y su desarrollo integral. La violencia es una de las principales causas de muerte entre las y los jóvenes latinoamericanos y caribeños, siendo la tasa de homicidios para la población entre 15 y 26 años, la más alta a nivel mundial. Asimismo, anualmente cerca de 6 millones de niños y niñas son víctimas de maltrato y violencia en sus hogares y más de 80 mil de ellos y ellas mueren por esa causa.

• Entre el 80 y 85% de los abusos sexuales cometidos contra niños, niñas y adolescentes son cometidos por personas cercanas al entorno de ellas, muchos de ellos miembros de la misma familia, convirtiéndose la familia en uno de los lugares de mayor riesgo para esta población.

• Reconocemos que situaciones de desigualdad socioeconómica y disparidad de acceso a los servicios básicos, se acentúan entre los niños, niñas y adolescentes. Agravando que los jóvenes de nuestro continente vivan grandes dificultades para tener un empleo digno, falta de educación de calidad que genera desesperanza.

• Los más jóvenes de este continente son afectados por una cultura “adulto-céntrica” que no les brinda espacios para la participación real y canales de diálogo con otras generaciones en los cuales puedan expresar sus opiniones y sueños. (Joel 2:28) De esta manera, su exclusión se torna también en ausencia de diálogo y desatención a sus necesidades.

• La violencia es un mal extendido. La violencia tiene múltiples causas y detonantes, pero también posibilidades de ser dominada. Es agobiante y frustrante si pensamos que se puede eliminar, entonces debemos pensar en cómo podemos crear soluciones que faciliten el dominio o control de las múltiples formas de la violencia.

• La iglesia puede apoyar las formas de detención de la violencia, colaborando con otros actores de la sociedad, y contribuir a romper los ciclos de la violencia, esta respuesta de la iglesia debe ser integral y abordada sistémicamente.

• La iglesia debe promover la justicia, la paz, la no violencia activa, el amor y la práctica de la misericordia en nuestras sociedades. Fomentando comunidades terapéuticas y espacios libres de violencia, que provean a las generaciones emergentes lugares seguros, facilitadores del desarrollo y vida plena.

• Celebramos con esperanza la existencia de iniciativas a nivel de iglesias y organizaciones cristianas que trabajan en contextos de violencia como señales vivas de la presencia del reino. Especialmente en el campo de la prevención del abuso y la promoción de una cultura del Buentrato hacia niños, niñas y adolescentes.

Ante estas realidades declaramos que:

• Nuestras iglesias están permeadas por esta cultura de violencia. Nos faltan lugares de participación, realización y expresión de la opinión de las nuevas generaciones y a veces son reproductoras de este modelo injusto y alejado de los propósitos de Dios para el mundo. Pero creemos que en ellas mismas esta la capacidad de transformación de esta situación siendo uno de los instrumentos que Dios ha elegido para reconciliar y sanar.

• Debemos recuperar el modelo bíblico profético de anuncio-denuncia y no participar en el sostenimiento de un orden violento e injusto en la sociedad; además de defender y promover a los mas vulnerables.

• Creemos que debemos declarar un “Basta Ya” (Lucas 22:51a) basado en el modelo de Jesús ante todas las formas de violencia con que la sociedad latinoamericana y caribeña obstaculizan el plan de Dios para las nuevas generaciones y a la vez responder de una manera no violenta y restauradora tal como Jesús lo hizo “Y tocando su oreja, lo sanó” (Lucas 22:51b)

• Debemos proclamar amor aún cuando recibimos violencia. Pero eso no significa que tengamos que ser tolerantes en aceptar la violencia que destruye el Shalom de Dios. Con valor debemos reconocer cuáles son nuestros innegociables.

• Debemos ser responsables de manera personal y colectiva de las formas violentas que promovemos en nuestras familias, iglesias y comunidades, imitando el modelo que Jesús nos mostró.

Por lo tanto, recomendamos que:

• Nos avoquemos a desarrollar un análisis de situación, mapeos, y evaluaciones de fondo, para que sepamos con mayor certeza cuándo una comunidad o país puede considerase evangelizado. Requerimos de indicadores que nos provean de señales claras del evangelio, la victoria sobre la violencia, lo que significa la conversión personal y colectiva.

• Necesitamos continuar con una reflexión bíblica teológica que en dialogo con las ciencias humanas nos ayuden a entender los orígenes y manifestaciones múltiples de la violencia, tomando en cuenta la realidad del pecado y la maldad.

• Como cuerpo de Cristo debemos crear y promover el desarrollo de programas y herramientas que nos ayuden a controlar la violencia que culturalmente hemos aprendido.

• Reconozcamos los cambios que han ocurrido en América latina a nivel de la familia, la sociedad y la iglesia, para que nos permita reconocer entre nosotros a los niños niñas y adolescentes vulnerables a la violencia estructural, especialmente a los hijos de madres solas, a los migrantes, a las personas con discapacidad, adolescentes embarazadas entre otros.

• Debemos acompañar y dejarnos acompañar por las generaciones emergentes. Nos urge un diálogo amplio, transparente y honesto entre las generaciones para propiciar un fortalecimiento de la iglesia. Este llamado es especialmente cierto para las generaciones que actualmente son los líderes de la iglesia, a quienes les ha costado compartir ese liderazgo, su autoridad y poder, con las generaciones emergentes, poniendo en riesgo el desarrollo del liderazgo renovado que requerimos en la región.

• Debemos poner en el centro de la iglesia a los más vulnerables: niñez, adolescentes y jóvenes bajo situación de pobreza, excluidos, sin esperanza. Escucharlos, prevenir los males que le afectan y atender cuando los males están destruyendo el plan perfecto que Dios tiene para sus vidas.

• Debemos de pensar en las características y necesidades particulares de las iglesias locales, y las diferentes expresiones de la iglesia (agencias, ministerios, organizaciones) para que nuestras propuestas, las herramientas, y los diálogos realmente impacten en sus agendas y sus acciones. Asimismo, deben de haber visiones de trabajo del corto, mediano y largo plazo.

• Debemos construir una base de datos de prácticas exitosas, materiales, herramientas, modelos para la comprensión, control y enfrentamiento de la violencia contra las generaciones emergentes.

Santo Domingo, Republica Dominicana, Abril 2010
 
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