La Palabra no se discute | Por Hernán Dalbes

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No fueron pocas las veces que escuché dentro del mundo evangélico repetir esta frase: “la Palabra no se discute”, lo que por el simple hecho de su repetición pretende dar contundencia a un pensamiento acartonado, y que entonces por precario es discutible. Es cierto que en la Palabra, quienes creemos en Jesucristo, encontramos verdad. Pero son dos posiciones claramente antagónicas creer que en la Palabra hay verdad, a sostener que la Palabra es indiscutible. Muchas veces termina siendo una afirmación estereotipada que entra en la misma categoría de absolutos como “la verdadera sana doctrina”, “el fin de los tiempos es inmediato” o “ya no somos habitantes de este mundo”.

Si buscamos una definición del término discutir nos encontramos que la primera entrada que nos arroja el diccionario es el ejercicio de examinar y tratar entre varias personas un asunto o un tema proponiendo argumentos o razonamientos para explicarlo, solucionarlo o llegar a un acuerdo acerca de él. Consideremos también que la lectura de la Palabra no es solo un hecho individual, sino que colectivo; y que por tanto implica comunitariamente introducirnos a examinar y tratar todo aquello que nos propone. ¿Cómo arribaríamos a una correcta interpretación de la Palabra si primero no la discutimos todos juntos? Son los argumentos que quedan de manifiesto en esa discusión aquellos que nos van a aproximar a la Palabra de Dios para poder explicarla, para llegar a un acuerdo acerca de la voluntad del Padre.

Por otro lado, el diccionario también nos ofrece como definición “defender, dos o más personas, opiniones o intereses opuestos en una conversación o un diálogo”. Hay, además, una cantidad de esquemas ideológicos que se ponen en juego al momento de leer la Palabra, que son parte de nuestras subjetividades. Llegamos al evangelio de diferentes maneras, nos congregamos bajo un sinfín de diversas denominaciones, nuestras espiritualidades están teñidas de las más variadas formas de manifestarse, entendemos con conceptos distintos el mundo congregacional y también el secular. Por tanto hay opiniones e intereses opuestos en la lectura de la Palabra. No deberíamos, incluso, tenerle miedo a las conversaciones acaloradas mientras que ellas no produzcan el quiebre del diálogo.  Y aquí aparece un anclaje importante para entonces si discutir la Palabra, ya que el aprendizaje dialógico es aquel que se da a partir de un diálogo entre diferentes posturas y argumentos de pretendida validez, pero nunca de poder de uno sobre otro. Porque en todo caso la lectura de la Palabra requiere de la interpretación, y cuantos más elementos se pongan en juego al momento de su lectura, mucho más rica será esta interpretación. Estamos hablando de hermenéutica, no solo como disciplina, sino que como una práctica que debería alimentar diariamente nuestra experiencia comunitaria.

En los reformadores radicales del s.XVI encontramos principios hermenéuticos que no hubieran podido coexistir si la propuesta del “no diálogo” fuera correcta. En el artículo Comunidad como conversación: un nuevo modelo de hermenéutica anabaptista(1), John D. Roth sostiene que una de las claves se encuentra en que “la mejor manera de interpretar la Escritura es en un proceso comunitario, en el contexto de un cuerpo de creyentes que, con la ayuda del Espíritu Santo, se reúnen para estudiar la Palabra de Dios y discernir la voluntad de Dios.”. Ampliando, este sentido, John H. Yoder en Hermeneutics(1) afirma que “es una novedad fundamental en el debate de la hermenéutica, decir que donde mejor se entiende un texto es en la congregación”. Entonces, partiendo de estos principios, ¿de qué manera la Palabra no debería discutirse – debatirse – dialogarse?

Dialogar implica asumir la condición individual, ponerla en juego dentro de lo colectivo, argumentar con validez y no con poder o fuerza de choque, para arribar a un acuerdo. Este acuerdo es “lo que Dios nos habla”. Etimológicamente diálogo proviene del latín dialogus y este del griego diálogos (conversación de dos o de varios), derivado de dialégesphai (discutir, conversar). Entonces la Palabra debe -casi imperativamente- discutirse, porque en este ejercicio radica la práctica de la humildad que nos aventura a la conversación con otros, lo que nos permite acercarnos comunitariamente a la Palabra de Dios para su pueblo, donde hay verdad.

Hemos hecho un modelo interno tan preciso y a nuestra forma de “lo verdadero”, que el simple hecho de preguntarnos algo nos aterra, nos pone entre la espada y la pared. Hay una adormecida espiritualidad que nos invita a que la Palabra nos sea “revelada” por alguna autoridad de la iglesia; así como pastorales que apuntan al “no diálogo” como forma de relacionarse con el mundo. En ellos cabe con precisión esto de que “la Palabra no se discute”. Pero serán temas de otras notas y reflexiones.

Mientras tanto, si sabemos abrir el juego, el diálogo, la discusión. Si ponemos por delante la buena disposición, si corremos a un lado nuestras fobias, o lo irritables que podamos ser, hallaremos junto a otros “verdad en la Palabra de Dios”, la que será por fin “indiscutible” como la voluntad del Padre para su pueblo.

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(1) Roth, J. D. [Traducción: Byler, D.] (2008). Comunidad como conversación: Un nuevo modelo de hermenéutica anabaptista en Conversación III - La interpretación de la Biblia. Consultado el 12/10/2017 en www.menonitas.org


Sobre el autor:
Hernán Dalbes es argentino. Educador Popular. Profesor de nivel secundario y terciario. Estudiante de la Licenciatura en Educación (UNGS). Coordinador Académico del Instituto de Formación Bíblico Teológico (www.ifbt-lat.org).



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