Iglesias pentecostales, “ideología” de género, y tentación política

Por Daniel Barrientos y Esteban Quiroz, Chile

"Bus de la libertad" que recorrió Santiago de Chile durante julio 2017

Durante los últimos meses hemos visto una batalla descarnada que pareciera darse entre el “reino de Dios” y el “reino de las tinieblas”, entre el bien y el mal, entre lo santo y lo profano. Esa batalla ha tenido un nuevo hito con el apoyo explícito que dieron algunas iglesias pentecostales a una eventual candidatura como senadora de Marcela Aranda (vocera del “Bus de la libertad” en Chile), quien se presenta a sí misma como una enviada de Dios que viene a defendernos de un terrible enemigo llamado “ideología de género”.

Pero, ¿qué es esto que llaman “ideología de género” que parece revestido de tanta espiritualidad y tanto satanismo terrible y asesino? Nadie lo sabe muy bien, es más bien el miedo, la desinformación, la tergiversación, y la lógica de “buenos contra malos” la que ha dominado este triste y vigente proceso. A continuación, pretendemos dar información sobre qué es realmente todo este alboroto.
Vamos por parte: ¿qué es “ideología”?

Según nos explica la filósofa Adela Cortina, la voz “ideología” es un concepto utilizado por Karl Marx, y se define como una visión deformada y deformante de la realidad, que destilan las clases dominantes o los grupos dominantes en un tiempo y contexto para seguir manteniendo su dominación. El entendimiento marxista de “ideología” da a entender que esta es como el agua para un pez: algo que está presente y parece abarcarlo todo, pero que no es necesario pues existe y puede existir un mundo sin mar, pero el pez no lo nota normalizándola y pareciéndole autoevidente todas sus implicancias. La voz “ideología” es utilizada coloquialmente como una “creencia que practica y promueve una persona o grupos de personas pero que carece de una verdad necesaria”. Así, cuando coloquialmente se llama a un pensamiento como “ideología” lo que se quiere decir es que es una mera creencia, una cosa que alguna gente piensa. En uno y otro caso, la diferencia radica en que el marxismo y la sociología hablan de una creencia instalada, imperceptible y dominante, en el segundo caso, se habla de una creencia perceptible, diferente y minoritaria. De esta forma, muchos de los que notan que existen “ideologías” (en su sentido coloquial) no notan que viven bajo otras “ideologías” (en su sentido marxista y sociológico).

En este caso, Marcela Aranda y otros opositores la utilizan tanto en un sentido marxista como en un sentido coloquial. No se dice que esta “ideología” sea actualmente una forma de dominación totalizante presente en la sociedad, pero dice que pretende serlo y que avanza en forma rápida hacia ello de espalda a la ciudadanía con decenas de proyectos de ley que vienen a imponerla  (aunque nunca los especifica ni detalla, ni los pone a disposición del público), por lo tanto se sostiene que hay que detenerla con urgencia, acusándola falsamente de una cantidad gravísima de ideas, como querer legalizar la pedofilia; quitar a los hijos de los padres; enseñar a niños de 0 a 4 años a masturbarse o a ser masturbados por otras personas; entre otras graves y escandalosas imputaciones, que cualquier persona crédula y bienintencionada podría creer hasta reaccionar violentamente contra sus supuestos promotores. Y se sostiene, además, que esta ideología no sería otra cosa que una tontería innecesaria y acientífica, que nadie en su sano juicio debería creer.

Desde una mirada más general, los opositores a la “ideología de género” la señalan como una nueva especie de comunismo, con el que grupos ultraconservadores y preferentemente de extrema derecha logran reemplazar psicológicamente la amenaza comunista extinguida con la caída del muro de Berlín y la URSS. Así, no es extraño escuchar a algunas personas utilizar un discurso “setentero” contra este rival político, con independencia de que asuntos como éstos no son promovidos ni se están discutiendo en países como Venezuela, Corea del Norte, Cuba o Rusia, sino en países eminentemente liberales y capitalistas, con gran tradición protestante.

Pero ¿alguien conoce a un autor que se haga llamar “ideólogo del género”? ¿Podemos identificar a alguien que diga “yo defiendo la verdad de la ideología de género”? ¿Dónde encontramos el concepto de “ideología de género” usado en estos términos?

La respuesta es muy sencilla: nadie se hace llamar a sí mismo como “ideólogo del género”, nadie dice “he fundamentado la ideología de género”, pues el concepto “ideología de género” usado de esta forma se halla solamente en los que dicen oponerse a él. En realidad, el uso de este concepto dice relación con un sobrenombre, o crítica, e incluso insulto para referirse a dos ideas muy particulares: a las demandas de equidad e igualdad de la mujer (feminismo) y a las demandas por los derechos civiles de la diversidad sexual (LGTBIQ). Al utilizar este concepto para referirse a estos grupos, lo que se hace es como decir a un cristiano “tú no eres cristiano, tú simplemente crees una superstición religiosa”.

Ahora bien, hacer uso de este concepto tiene una utilidad todavía más conveniente desde un punto de vista político y propagandístico, cual es la posibilidad de manchar o contaminar cualquier proyecto o debate, revistiéndolo de la maldad inherente de provenir de la pretendida y satánica “ideología de género”, acusando que la sola idea de discutir un proyecto que tenga este pecado original de ser hijo de “la ideología de género”, implica una maldad per se.  De esta manera, el argumento es que si hoy se aprueban algunos proyectos que aparecen o derechamente son sensatos, mañana se aprobarán cosas realmente malas (falacia de la pendiente resbaladiza). Así, un proyecto o iniciativa legal como el Sistema de Garantías de la Niñez o las reformas a la Ley General de Educación, que no dicen otra cosa que existe el deber de respetar a las personas en su orientación sexual o en su identidad de género, son vistas -por aquel que ha caído en esta falacia conceptual- como si muy pronto fueran a “legalizar la pedofilia tal como sucede (supuestamente) en Canadá” (lo que es falso ); o si una propuesta dice “vamos a reconocer el derecho de los trans a ser trans”, lo que una persona cree es que se está diciendo que “vamos a legalizar la zoofilia” (aunque sea una acusación falsa). En un ejemplo sencillo, es como si cuando se promulgó la ley de culto en Chile, alguien hubiese dicho “esta ideología de la igualdad religiosa pretende después legalizar los sacrificios humanos que practica “la diversidad” de religiones, total “hay que ser tolerantes”.

En palabras simples se utiliza el prejuicio, el miedo, la desinformación y la mentira para crear un irreal monstruo destructor que nos amenaza gravemente, para luego aparecer como quien nos viene a advertir y rescatar de ello, obteniendo un rédito político canalizable a elección, que puede ser desde una candidatura senatorial hasta el apoyo explícito a ciertos actores o sectores políticos.

Ahora bien, ¿existe o no una forma de pensamiento tras las propuestas del feminismo y del movimiento LGTBIQ (a.k.a ideología de género)? Por supuesto que sí: esto es lo que se llama “teoría de género” o “estudios de género”. Veámos a continuación de qué se trata.

¿Qué es teoría de género?

La teoría de género es una forma de estudio multidisciplinaria de la realidad, que involucra a historiadores, antropólogos, médicos, biólogos, filósofos, juristas, teólogos, sociólogos, economistas, etc. Nació al alero del feminismo (personas que reivindican la equidad entre hombres y mujeres), que ante las injusticias vividas por las mujeres en las que se veían privadas de ciertos derechos y actividades tan elementales como trabajar, administrar sus bienes, votar, ir a la universidad, practicar ciertos deportes etcétera, se hacen una serie de grandes preguntas, tales como: ¿qué cree o ha creído la gente sobre lo que es y debe desempeñar la mujer? ¿Es una verdad necesaria y natural el que una mujer no puede participar de la política, no pueda ir a la universidad o no pueda correr una maratón mientras un hombre sí? ¿Hay una diferencia biológica que nos permita sostener que lo que se cree de una mujer es cierto? ¿Qué dice la historia sobre eso? ¿Qué nos muestra el resto de las culturas alrededor del mundo?... Luego de investigarlo, la respuesta a esa pregunta no ha sido otra que constatar que en realidad los roles femeninos y masculinos se deciden culturalmente.

Evidentemente, aquello causa mucho escándalo si se oye sin analizarlo, pero al revisar la historia, la antropología, la sociología, la medicina y los diversos campos del saber nos damos cuenta que el rol femenino como dueña de casa que se limita a planchar, barrer y cocinar; o del hombre que trabaja fuera de la casa y que no toma parte de las responsabilidades de crianza, educación o aseo del hogar, no es más que una “construcción social”, es en realidad una “ideología” enmarcada en el estereotipo machista de la mujer y no tiene fundamento científico alguno; no es que sean malos en sí, no es que uno no pueda decidir libremente vivir de esa forma, es que en realidad no son verdades necesarias o absolutas y no han de ser impuestas ni normalizadas. Así, paradojalmente, el propósito de la “teoría de género” es hacer ver que existen “ideologías sobre el género” a las que las personas responden en el ámbito de una cultura, y por lo tanto, nace la necesidad de dar a conocer que esos patrones culturales no pueden ser impuestos a las personas y que, de hecho, muchas veces sirven y se prestan para dominar a otros y hacer injusticias. Este es el sentido muy diverso en el que uno sí encuentra la voz “ideología de género” dentro del mundo académico.

Veamos algunos ejemplos a modo ilustrativo para entender de qué se trata. 

En nuestra cultura, en nuestra “ideología sobre el género”, los hombres no usamos faldas, ¿por qué? Porque eso es de mujeres, y a cualquiera eso le parece evidente. Sin embargo, vayamos a otras culturas: si nos vamos a Escocia, vemos que los hombres sí usan falda, y si le preguntamos a un escocés ¿es de hombres usar faldas?, el escocés nos dirá “naturalmente, los hombres usan faldas”. ¿Quién tiene razón sobre esto, ellos o nosotros? ¿Son los escoceses afeminados? ¿Era William Wallace, el personaje histórico popularizado por Mel Gibson, un homosexual o un travesti? No, no lo era. Simplemente, el uso o no de una falda, es una cuestión que aunque nos parece naturalmente femenina (actuamos como peces en el agua), es en realidad una “construcción social” que nos parece evidente por costumbre, a tal punto que nos burlamos e incluso ofendemos si vemos a un hombre usando una. Ahora bien, ¿significa esto que ahora todos debemos usar falda? No, simplemente significa comprender algo tan elemental como que carece de sentido ver una cuestión natural donde no lo hay, de manera que si a alguien se le ocurre usar o no usar, no pensemos que existe algún problema o alguna diferencia con su orientación sexual, su identidad o su vida: es simplemente dejar a estas personas en paz, pues no hay nada de obvio en usar o no esta prenda.

En el mundo de las barras bravas, las tres barras bravas más importantes de Chile, asociadas a la Universidad Católica, a la Universidad de Chile y Colo-Colo, tienen sobrenombres ¿cuáles son? Las monjas, las madres, y las zorras respectivamente. ¿Qué tienen en común estos insultos? Pues el intentar ofender al “enemigo” mediante roles femeninos, ellos (aunque son mayoritariamente hombres) no son los curas, ni los padres, ni los zorros... ¿por qué? Porque en la casi imperceptible cultura o “ideología sobre el género” en la que vivimos la mujer es considerada inferior, entonces, para ofender al contrario, se usa esa forma. De hecho, la mayoría de los insultos comúnmente usados en Chile, y que dicen relación con aspectos sexuales, son insultos que denigran el rol femenino. El propio mundo gay está sujeto a esto, pues un insulto común entre los gays es decirse “pasivas”, esto es, denigrar a un gay en alusión a que cumple la labor pasiva (femenina) en el sexo. La teoría del género nos explica que estos fenómenos tienen su fundamento en el menor valor que la sociedad otorga cultural o ideológicamente a la mujer.

Una tercera batería de ejemplos, tendría que ver con muchas cosas que se dicen o predican sobre hombres y mujeres: ¿ha escuchado usted decir “los hombres no lloran” o “deja de llorar como una niñita”? ¿Es cierto que los hombres “no lloramos”? ¿Es cierto que sólo las mujeres lloran? Pues, no hay que ser muy agudo para comprender que los hombres sí lloramos: la frase “los hombres no lloran” en realidad significa “un hombre no debe llorar”, no es una descripción, es una orden. Lo mismo pasa cuando se dice las “las mujeres no tiene bigote” pues resulta que a la mayoría de las mujeres “completamente” heterosexuales les crece bigote, la diferencia es que se lo cortan inmediatamente por cuanto se cree que no debería ser así. ¿Se ha fijado lo antinatural que es todo esto? Llorar es muy bueno para la salud, y el bigote es algo que crece y es una característica que tenemos naturalmente y por diseño, pero para los hombres parece ser una señal de debilidad llorar mientras que para la mujer parece ser muy feo o deshonroso tener vellosidad aunque le salga naturalmente (las mujeres que la usan no se las implantan, ellas son así).

¿A qué responde todo esto? Pues a diseños culturales sobre lo que se entiende por ser hombre o ser mujer, o sea a “ideologías sobre el género”, y los estudios de género se encargan de visibilizar esto. ¿Quiere la teoría de género imponernos la renuncia a creer que -como hombres- no debemos llorar, o que las mujeres no deben someterse a dolorosas depilaciones? No, pero sí nos hace ver lo injustificado de decir que esto es necesariamente así, y lo peligroso que es cuando aquello se usa para ofender o burlarse de los niños y hombres que lloran o de las niñas y mujeres que tienen vellosidad (de alguna manera, criticar como mala la vellosidad femenina es incluso decir a Dios que se equivocó al darle a la mujer esa capacidad natural de tener pelo).

Otros estereotipos, cada vez más en desuso y abandonados por la fuerza de la razón, son que el hombre no podría usar una polera rosada o ser peluquero sin ser cuestionado en su hombría, o que la mujer no podría ser boxeadora, conducir un vehículo o ser futbolista sin ser cuestionada en su feminidad. Estas cosas, a causa de las “ideologías sobre el género” que nos rigen, despertaban mucha animosidad, burla o crítica hasta hace muy poco, aunque hoy no es más que una discusión exótica. Pero ¿están los hombres obligados a usar poleras rosadas o las mujeres obligadas a ser boxeadoras? No, no lo están, y si lo hacen, nadie va a cuestionar su sexualidad ni su identidad ¿por qué? Porque es evidente que no hay ninguna conexión lógica entre una cosa y otra, aquella conclusión es la que la teoría de género nos prueba.

Como hemos visto, la teoría de género viene -de forma documentada y lógica- a decirnos que cada cultura decide qué es lo que entiende como algo masculino o femenino y cuál es su valor. Al hacerlo, no necesariamente nos prohíbe creer en alguna forma de masculinidad o feminidad, sino que nos hace ver que no debemos imponer nuestra concepción ni usarla para oprimir y maltratar a otros.

Contrariamente a lo sostenido por Aranda y por otros opositores como el español franquista y Opus Dei, Benigno Blanco, la teoría del género no niega la existencia del sexo femenino o masculino pues aquella es una realidad biológica, aunque sí nos recuerda que existen los hermafroditas o intersexuales que tienen genitales de ambos sexos, además de los trans que se identifican psicológica e involuntariamente con un sexo diferente al de su genitalidad.

Lamentablemente, al desconocer esto, muchas veces creemos (sin mayor revisión) que la propia Escritura defiende nuestros modelos culturales y los protege, o que condena realidades sobre las que -en realidad- no se pronuncia, tales como la mencionada intersexualidad o a los trans, por lo que terminamos utilizando un celo protector de la sana doctrina de forma irreflexiva e ilegítima en relación con esto. O simplemente olvidamos que una cosa es que concluyamos que la Biblia señala algo como pecado (homosexualidad, travestismo, etc.), y otra muy distinta es a que a partir de eso nos creamos legitimados a perseguir o negar derechos a quienes los practican sin dañar a terceros, pues resulta manifiesto que hay muchos pecados que son y deben ser perfectamente legales al ser cuestiones personales, tales como vivir o no la sexualidad de determinada forma, creer o no en Dios, adorar o no ídolos, tener o no malos pensamientos, ser o no golosos, etc.

Las conclusiones levantadas por la teoría de género otorgan un sustento racional y ético poderoso a la lucha por los derechos civiles tanto de mujeres como de la diversidad sexual, pero evidentemente -y contrariamente a lo que nos hacen creer-, aquello no implica la imposición de sus valores o creencias a quienes no los comparten, sino todo lo contrario, pues en realidad busca impedir que se impongan valores personales o mayoritarios a minorías legítimas existentes que no dañan a terceros. Criticar esta noción es algo completamente legítimo desde el punto de vista académico, filosófico y político, pero se requiere hacerse cargo detalladamente de sus razones en lugar de demonizar o acusar de destructiva a una noción intelectual atemorizando a la gente, haciéndole creer que se nos quieren imponer formas de vida ajenas, utilizando además ese temor injustificado para obtener réditos políticos cuantiosos.

La Biblia y el cristianismo en general, nos proveen también nuestra propia ideología sobre el género, esto es, creencias que no en todo momento, ni en todas las culturas se han creído ni se creen sobre hombres y mujeres. Por ejemplo: nos dice que hombre y mujeres tenemos la misma dignidad porque ambos tenemos la imagen de Dios (Gálatas 1:27) (los griegos no creían que las mujeres tuvieran dignidad alguna); nos dice que en Cristo no existen las diferencias sociales entre hombres y mujeres sino que somos uno en él (Gálatas 3:28); nos señala también nuestra propia creencia sobre la sexualidad como un acto en que hombre y mujer se unen trascendentalmente en una sola carne (1 Corintios 6:16); nos provee una serie de mandamientos sobre el sexo (1 Corintios 7:4), y por cierto que nos señala cosas que son o serían pecados (1 Corintios 6:9). La teoría del género y sus consecuencias políticas no pretenden ni han pretendido obligarnos a dejar de creer en nuestras doctrinas sobre la sexualidad, pero sí deja en evidencia que no tenemos por qué imponer nuestra concepción sobre ello a los demás, y que el Estado debe reconocer el derecho de las diversas personas a vivir de acuerdo con su propia creencia sobre el género, siempre y cuando aquellas no impliquen dañar a otros como la pedofilia, zoofilia, violación, etcétera, pues -no debería ser necesario decirlo- no existen propuestas legales serias en esa dirección, ni tienen nada que ver con las cuestiones en discusión actual ni con la teoría de género, y de ser levantadas por algún grupo radical o extremista, en ese caso han de rechazarse, no sólo por los cristianos, sino por todo ser humano de buena voluntad que cree en que no hay que dañar a otros. Intentar vincular estos temas, es como querer prohibir el cristianismo, solo por su parecido con sectas religiosas extremistas que pueden usar un lenguaje común, o referirse ambas a la fe; o querer satanizar el cristianismo por cuanto las doctrinas de supremacía racial alguna vez estuvieron vinculadas a él.

Lamentablemente, la ausencia de un estudio tranquilo, sin miedo y en paz sobre estas materias (un estudio con el fruto del Espíritu según Gálatas 5:22-23) no nos deja ver con calma las cosas, proyectando sobre ella miedos infundados, dejándonos engañar por falsedades, tergiversaciones o malos entendidos e incluso nos lleva a ignorar los beneficios que hemos recibido, como que nuestras hijas, hermanas y madres hayan podido acceder a la universidad o al trabajo. Dejándonos presos de una manipulación política sin precedentes, que tiene al pueblo de Dios enfrascado en una guerra innecesaria, que nos aleja del verdadero deber de la Iglesia, cual es predicar el mensaje de salvación y reconciliación de Jesucristo y de amar y servir al prójimo. Así, se permite a ciertos grupos utilizarnos con pretensiones electorales y económicas, que les deja imponer en nosotros su propia agenda (el eslogan “menos Estado más familia” del “Bus de la Libertad” tiene un marcado tinte ideológico neoliberal, lo que es una posición legítima pero más política que bíblica).

Esto implica además, que se está utilizando a la Iglesia de Cristo como un botín de guerra en donde existe una transacción de votos que tal o cual líder puede manejar, afectando gravemente la ética cristiana y la libertad de conciencia para decidir políticamente en autonomía. El sociólogo Humberto Lagos ha llamado esto como la "tentación política", que lleva al involucramiento de Iglesias, como instituciones, con sectores políticos partidistas, provocando un compromiso espurio en que se relativiza e ideologiza la fe y se intenta clericalizar a la sociedad civil. Dicho interés clericalizador mostrado por estos grupos evangélicos, además de reñido con las Escrituras, parece ignorar la propia historia evangélica, pues se ha caracterizado por criticar severamente al Estado laico, siendo que en realidad la demanda por un Estado laico ha sido una petición política eminentemente evangélica, pues gracias a ella se ha logrado separar a la iglesia católica del Estado, para dar lugar a los derechos civiles de las minorías religiosas evangélicas y protestantes, en el que figuras tan importantes como el pastor presbiteriano David Trumbull o el pastor pentecostal Manuel Umaña Salinas participaron activamente, aliándose con sectores políticos liberales que nos ayudaron en ello.

El interés cristiano por tener una voz política necesita con urgencia comprender que ésta no puede tratarse sobre llamar a votar por ciertos candidatos, ni creer en mesianismos políticos o imponer a otros la fe, sino buscar una teología política conforme a las Escrituras que comprenda qué es el Derecho y la ley, cuál es la misión de la Iglesia en relación con el gobierno (Marcos 16:15, Lucas 20:25), cómo se ha de argumentar en estas materias y sobre todo recomprender cuáles son los valores escriturales aplicables a este tema, mucho más allá de una extraña obsesión con los asuntos sexuales y de cama, sino que con valores que empaticen con las necesidades de un Chile desigual y violento (Santiago 5:1-6, Jeremías 22:13, Zacarías 7:9-11), dejando de lado perspectivas que ignoran nuestra propia historia como minoría religiosa oprimida, o con un carácter tan ingenuo que parecen creer que hacerse llamar creyente o evangélico es una garantía de integridad (Santiago 2:19, 2 Corintios 11:14), o tan fariseo que parece sostener que un no creyente o quien no vive la fe de nuestra manera -sólo por ese hecho- nunca puede tener una actitud buena o una propuesta razonable (Lucas 10:25-37, Lucas 18:9-14).


Sobre los autores:
Esteban Quiroz es chileno, Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales por la Universidad de Chile, donde se ha desempeñado como ayudante en investigación, se congrega en la Iglesia Metodista Pentecostal.

Daniel Barrientos es chileno, esposo de Fanny y padre de Amparo, es fundador de la Comunidad de Reflexión Cristiana. Actualmente cursa estudios de Derecho en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, y participó en un diplomado en teología impartido por FLET. 


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