Una reflexión sobre la misión de la Iglesia cuando se cumplen 500 años de la Reforma Protestante | Por Víctor Rey

"No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo  aquel que cree".  (Romanos 1:16)

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Igual que Pablo, nosotros en América Latina hoy, no tenemos en absoluto, porqué avergonzarnos del evangelio.  Hoy también, el evangelio es poder de Dios para salvación y vida abundante mediante la fe en Cristo.  Estoy profundamente convencido de que hoy en América Latina, no tenemos que buscar respuesta fuera del evangelio mismo, no tenemos que andar buscando alguna otra teología que no sea una verdadera teología evangélica en todo su poder y radicalidad.

Evangelizar es comunicar a Jesús como Señor.  En ese sentido, evangelizar es proclamar el Reino de Dios.  Predicar el evangelio sin el Reino, seria desfigurarlo y mutilarlo.  Seria predicar el "evangelio de ofertas" de la gracia barata.  A la vez, la integridad de ese verdadero evangelio será fecunda en servicio y justicia, en "bendición a las naciones".

La forma en la que la iglesia concibe y realiza su misión en este tiempo depende de la manera en que entiende el concepto bíblico del Reino de Dios.  La mayor parte de los evangélicos en América Latina han desarrollado, a través de los últimos cien años, un concepto peculiar del Reino de Dios, que ha moldeado su manera de entender y realizar la misión de la iglesia.  Esta misión se ha identificado casi exclusivamente con la proclamación del evangelio para la salvación espiritual e individual.  Urge hacer una revisión de este concepto bíblico, para así comprender y vivir mejor la misión total a la cual hemos sido llamados.

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Efectivamente, el mensaje del evangelio es que Cristo ha muerto por nuestros pecados y ha resucitado.  Eso es el centro y corazón de las Buenas Nuevas.  Pero lo es "conforme a las Escrituras" el mensaje bíblico en toda su impresionante amplitud y plenitud, desde Génesis hasta Apocalipsis.  Y "conforme a las Escrituras" significa una comprensión del evangelio y de la misión que proclama todo ese mensaje integral y trabaja arduamente en todo lo que es la causa del Señor: la nueva creación, la nueva humanidad, la bendición a las naciones, la liberación de los oprimidos, el Reino de Dios, todo mediante la fe en Cristo, nuestro Señor.

La misión de la Iglesia es dar testimonio del proyecto de Dios al conjunto de la creación y a toda la humanidad.  En la Biblia se revela como un ser en relación que establece alianza, primero con un pueblo en particular y luego con el conjunto de la creación para hacerlos vivir en la paz y en la justicia.  La misión de Dios propulsa a todos los hombres, a todas las mujeres y a todos los niños hacia lo que el Nuevo Testamento llama Reino de Dios.  Esto significa un mundo que está siempre por venir y que está en medio de nosotros, caracterizado por la existencia de relaciones justas y de reconciliación entre cada ser humano y Dios, entre la creación entera y su creador, entre toda la humanidad y la creación.  Es un mundo caracterizado también por la existencia de relaciones justas y de reconciliación al seno de la humanidad: entre personas, razas, culturas, clases, sexos, edades y naciones.

En Jesús de Nazaret, Dios ha mostrado su rostro, su verdadera identidad.  Esta convicción se halla en el corazón de la confesión de fe cristiana.  Es esto su originalidad y esto es lo que nosotros tenemos para ofrecer al mundo.

Los sufrimientos y la muerte en la cruz de Jesucristo, revelan de manera ejemplar la importancia de las decisiones individuales y las fuerzas de los poderes estructurales y seguramente espirituales que se oponen a la misión de Dios.  Hay un contraste terrible entre la esperanza del Reino de Dios y la situación de injusticia y de explotación de los seres humanos y de la creación en América Latina.
Según la fe cristiana, la cruz es paradójicamente el signo decisivo del amor de Dios y de la venida de su mundo nuevo: porque es el crucificado quien es resucitado.  El Espíritu Santo, dinámica de esperanza que reposa sobre Jesús, es así liberado como el soplo de Cristo para actuar en el mundo.

Dado a los discípulos de Jesús para seguirlo según las prioridades del reino de Dios, el Espíritu les constituye en comunidad interracial e intercultural encargada de continuar la misión del Nazareno.  Nosotros podemos entonces crear y multiplicar en este mundo; violencia e injusticia; o espacios de vida interpersonal, inclusiva, diversa, comunitaria y social que lleguen a ser fermentos de renovación de toda la humanidad.

Signos de la nueva humanidad que Dios hace posible, son las iglesias, comunidades atravesadas por contradicciones, con sus debilidades, sus fracasos, sus cobardías y sus traiciones.  Lamentablemente en algunos casos la fuerza de resurrección es absorbida y/o asfixiada por la inercia, la indiferencia, las luchas por el poder, etc.  Esto nos lleva a pensar que la Iglesia no debe descuidar su misión específica que es la de dar un testimonio claro y explícito de Jesucristo. Es a este mandato global de las iglesias y de todos los cristianos, resultado de su vocación, es lo que llamamos misión.

Hoy en día se ha redescubierto  la naturaleza misionera de la Iglesia.  La Iglesia existe para cumplir una misión: ser la presencia de Jesucristo entre los hombres, ser la portadora del mensaje de buena noticia que todo hombre y mujer necesita.  Cuando la iglesia no es eso, se deteriora y se muere.  Cuando la Iglesia no está cruzando fronteras geográficas, sociales, raciales, sexuales culturales, para llevar su mensaje a toda criatura se vuelve sal podrida dentro del salero en vez de sal que da sabor a la comida.  La politiquería eclesiástica con la ambición desmedida de poder de los caudillos espirituales, la caza de brujas de quienes viven dando estocadas inquisitoriales a diestra y siniestra, la espiritualidad enfermiza que comienza en lo sublime y termina en aberraciones extravagantes, son todas ellas dolencias que sobrevienen cuando la fuerza de la Iglesia  en vez de estar al servicio del Señor que ama al mundo y quiere salvarlo se gasta en la auto-contemplación egoísta.

Creo que es tiempo de soñar con una Iglesia firme en su fe, que celebre a Dios nuestro Creador y Padre, de una manera entusiasta y donde no solamente la inteligencia sino también la emoción pueda expresarse.  Una Iglesia donde los símbolos iluminen la realidad y sean iluminados por la Palabra Bíblica.  Una Iglesia en la que cada uno y cada una participe de las decisiones y en el desarrollo de su misión.

Creo que es también tiempo para soñar con una Iglesia donde se haga teología, con un espíritu abierto y de investigación, en diálogo crítico y constructivo; con una lectura de la Biblia en libertad, sin cerrar los ojos sobre la realidad que vivimos.  Una Iglesia en la que preocupación por la justicia social, la preservación del medio ambiente y la paz entre los grupos sociales, sexuales, étnicos y nacionales esté presente.  Una Iglesia abierta a Dios y a los hombres y mujeres y niños. Una Iglesia que comparte la buena noticia del Evangelio del Reino de Dios de manera auténtica y participa en toda la misión de Dios.

Sobre el autor:
Víctor Rey es chileno, radicado en Ecuador. Coordinador de Relaciones Inter institucionales de la Fundación Nueva Vida en Quito. Egresado del Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile, posteriormente se recibió de Profesor de Filosofía en la Universidad de Concepción. En 1989 obtuvo la Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado (ILADES), Chile, y en 1993 el Master en Comunicación Social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.


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