La pulga de Lutero | Por Samuel Lagunas

Heine, Ernst. La pulga de Lutero. Barcelona: Circe Ediciones, 1988.
Presentación

Mientras trataba de escribir una novela sobre la Reforma me puse a buscar todo lo que se hubiera escrito desde la literatura sobre tan insigne y explosivo acontecimiento. Entre el material que pude conseguir (la mayor parte novelas tan soporíferas como apologéticas), este cuento de Ernst Heine escrito en 1987 fue el que más llamó mi atención. Heine es un escritor mayormente desconocido fuera de Alemania. Nació en 1940 en Berlín y alcanzó cierta notoriedad tras la publicación de su libro
de cuentos An bord der Titanic aparecido en 1993. En español fue precisamente La pulga de Lutero la que llamó inmediatamente la atención de no muchos críticos y lectores. El libro La pulga de Lutero
contiene varios relatos donde Heine aventura, a partir de algunos descubrimientos científicos, reinterpretaciones que ponen la historia patas arriba; pero, como toda subversión, La pulga de Lutero es también una rica invitación a desacralizar hechos usualmente protegidos en una jaula de oro a salvo de los cuervos y los humoristas. Hela aquí, pues, irreverente “La pulga de Lutero”. Sospecho que no hay, al menos en español, una mejor introducción a la persona y obra del reformador alemán. ¡Buen provecho!

La pulga de Lutero

Mientras iba copiando un escrito de Lutero, un monje anónimo del siglo XVI descubrió entre dos páginas manuscritas una pulga que supuso muerta por el mismísimo maestro. Tomó entre sus dedos aquel insólito hallazgo, lo encoló con sumo cuidado en un pergamino, y debajo escribió: «Pulga hallada en la página correspondiente al 5 de abril de 1525 del cuaderno de apunte de Lutero dedicado a los profetas».

Tanto aquella copia como la pulga fueron a parar a la buhardilla del monasterio, y, por consiguiente, cayeron en el olvido. El redescubrimiento tuvo lugar en 1983, cuando con motivo del año luterano se procedió a un minucioso examen de los documentos del Archivo Nacional de Weimar que permanecían guardados en las dependencias de Altenburg.

Tan pronto me enteré de dicho hallazgo, supe que se trataba de un acontecimiento trascendental, sólo comparable con el redescubrimiento de Troya por Heinrich Schliemann. Si aquella pulga había sucumbido efectivamente bajo la acción de Lutero —cosa que no puse en duda—, la cristiandad protestante disponía de una reliquia de valor incalculable. Como es bien sabido, las pulgas son tan minúsculas, que uno sólo se percata de su presencia cuando es víctima de una de sus picaduras. Lo cual significa que, pocos instantes antes de expirar, aquel minúsculo bicho sanguinario todavía tenía clavada su trompa en las carnes del insigne reformador. No cabía la menor duda de que aquella pulga contenía una gota de sangre de Lutero. ¡La única y auténtica reliquia de sangre de la Reforma estaba contenida en aquella pulga!

Cuatro científicos occidentales patrocinados por el Consejo Mundial de Iglesias y el Departamento de Estado de los Estados Unidos obtuvieron de la República Democrática Alemana un permiso especial para estudiar aquella pulga. Yo era uno de los agraciados. Así que viajamos al Berlín Este, donde la citada pulga permanecía a buen recaudo en una caja fuerte del Ministerio para la Seguridad del Estado.

Lo que nos interesaba en primer lugar era obtener la prueba de que se trataba efectivamente de una auténtica pulga luterana. Gracias a la exactitud de los datos aportados por aquel monje anónimo, quedaba establecido que la pulga fue liquidada el 5 de abril de 1525. El citado año revistió una especial importancia para Lutero, quien se encontraba en el zenit de su creatividad. Corrían los años de la guerra de los Labradores y, tanto en sus escritos como en su forma de vida, Lutero estaba llevando a cabo la definitiva ruptura con la Edad Media. Fue el año de su enlace matrimonial con Catalina de Bora, el mismo en el que redactó su obra teológica fundamental: De servo arbitrio. También desde el punto de vista físico, Lutero se encontraba en plena forma; contaba cuarenta y dos años, acababa de casarse, y mostraba una enorme pasión por la comida, cosa que quedaba reflejada de forma patente en sus sermones, cuando les predicaba a los campesinos: «En verdad, no te convertirás en cristiano por el hecho de despreciar a la autoridad y de hincharte de comer y beber». Y a los príncipes los atacaba así: «Ahora, incluso se olvidan de Dios, que los salvó antaño, cuando se cagaban en los pantalones, hasta el extremo de que todavía apestan hoy en día».

El 5 de abril de 1525, en vísperas de su viaje por Sajonia y Turingia, azotadas por los desórdenes, Lutero ofreció un banquete. Y puesto que en aquel año el día 5 de abril caía en Semana Santa, el plato fuete consistió en pescado, concretamente carpa. Gracias a una misiva a su colaborador Phillip Melanchton, el Gran Preceptor de Alemania, sabemos que uno de sus platos preferidos era la carpa lisa guisada con raíces y servida con una salsa de cerveza y pan de especias desmenuzado. Ante este plato, el reformador era capaz de desarrollar un apetito insaciable, capaz de comerse hasta cuatro carpas seguidas. Incluso se rumoreaba que en ocasiones había llegado a devorar siete.

Los resultados del análisis de sangre —grupo sanguíneo O, factor Rh positivo— mostraron en efecto una alta concentración de ácido eicosapentaenoico. Para que el lector pueda situarse mejor, diré que tras una dieta basada en el consumo casi exclusivo de pescado, los trombocitos muestran una menor reacción a los colágenos, con lo que aumentan los valores de dicho ácido. En consecuencia, quedaba probado que la sangre analizada por nosotros pertenecía a una persona que había ingerido cantidades ingentes de pescado; los valores obtenidos se situaban en el segmento superior de la escala, que por lo general sólo suelen alcanzar los esquimales.

El lóbulo medio de la hipófisis de cobayas patológicamente grasos contiene una hormona que estimula la producción de insulina libre. Esa llamada β-trofina celular fue detectada sin error posible y en una concentración realmente alta en el plasma de la sangre deshidratada. Como atestiguan los retratos de Lutero, éste padecía de adiposis y de estreñimiento crónico. Desde esta perspectiva la famosa máxima de Lutero: «Los culos desalentados no nos deleitan con pedos alegres», cobra un nuevo significado más realista, que todavía habrá de ser objeto de detenida exégesis por parte de los estudios luteranos. Los resultados de nuestros análisis también parecen quedar confirmados por aquel conocido brindis de Lutero que reza: «¿Por qué no eructáis y soltáis pedos? ¿Acaso no os ha gustado la comida?». Cualquiera que haya padecido alguna vez de estreñimiento, sabe muy bien qué alivio le suponen a uno las ventosidades.

Cuando se afirma una y otra vez que las indulgencias desempeñaron un papel decisivo en la aparición de la Reforma, ello es doblemente cierto; tanto desde el punto de vista de la política religiosa como en el de la medicina interna. Lutero padecía, en definitiva, un trauma de indulgencias: era contrario a la remisión de los pecados, pero anhelaba que remitieran sus dolores intestinales, sus retortijones.

La psicología moderna está segura de que el mal reside en la mente, es decir, en la cabeza. Lutero, en cambio, estaba convencido de que el diablo moraba en el vientre, es decir, en los intestinos. Y para demostrarlos podía remitirse al Nuevo Testamento, donde, tras la malograda tentación de Jesucristo, Satanás se introdujo en los cerdos, que, a consecuencia de ello, sintieron tales retortijones que se arrojaron al mar. Lutero —del que el Papa dijo: «Un jabalí ha irrumpido en nuestra viña»— se sentía como uno de esos cerdos que tenían al diablo en sus entrañas. Pero a diferencia de éstos, Lutero no se arrojó al mar, sino que, siguiendo la buena tradición alemana, se lanzó al trabajo, clavó sus tesis en las puertas de las iglesias y arrojó tinteros contra las paredes cuando el «Encarnado» (elocuente nombre con el que designaba a Satán) alborotaba demasiado sus carnes.

Y él, que no ansiaba nada con mayor fervor que una cagada liberadora en el trono de la letrina, sublimó este reprimido instinto fecal con conceptos éticos tan elevados como el cisma que le liberara de una vez por todas del trono de San Pedro.

Lutero mostraba una relación curiosamente íntima con sus intestinos. Las cartas dirigidas a sus padres están plagadas de detalladas referencias a sus deposiciones y sus constantes flatulencias, que incluso solía utilizar en su lucha contra el mal, como cuando se jactaba de que era capaz de expulsar al diablo «con un solo pedo». Probablemente incluso la experiencia clave de su vida se deba a tan extraordinaria potencia detonadora. Cuando en cierta ocasión se encontraba viajando de Mansfeld a Erfurt, el entonces joven Lutero se vio sorprendido por una gran tormenta, en el curso de la cual sintió un trueno «tan cerca de mi cuerpo», que juró tomar los hábitos monacales.

Son infinitas sus referencias a la comida y a la digestión. Así, en el conocido himno eclesiástico Un firme castillo es nuestro Dios dice: «Aunque el mundo estuviera plagado de diablos y nos quisieran devorar».

Y en el aspecto sexual, en una mujer le resultaba más apetecible un buen trasero que los pechos. Su ideal femenino lo describió con las siguientes palabras: «Anchas caderas y una consistente base sobre la cual poder sentarse».

Los teólogos de ambas confesiones siguen preguntándose una y otra vez cómo Lutero, entregado a sus vastas labores reformadoras, pudo sacar el tiempo necesario para dedicarse a sus innumerables escritos y a la traducción de la Biblia al alemán. También en este caso la solución hay que buscarla en su estreñimiento crónico. Ya el poeta romano Juvenal afirmaba que una deficiente actividad intestinal favorecía la poesía. Y no nos cabe la menor duda de que los salmos más hermosos se gestaron en la letrina del castillo de Wartburg, donde en largas sesiones nocturnas el junker Jörg luchaba con la materia.

El estreñimiento crónico conlleva que los afectados tengan dificultades en permanecer sentados y que —como le ocurrió a Lutero— prefieran trabajar de pie ante el púlpito que sentados frente a una mesa. Bajo esta nueva perspectiva, aquella frase pronunciada ante la Dieta de Worms («Aquí estoy de pie ante vosotros, no lo puedo remediar») es susceptible de una interpretación muy distinta a la aceptada generalmente hasta nuestros días.

Los estudios en torno a la pulga de Altenburg todavía no han concluido, pero en el estado actual de las investigaciones ya puede establecerse que, en el fondo, la Reforma fue producto del enfrentamiento entre el trono de San Pedro y, para utilizar un eufemismo, el trono de Lutero. Tanto uno como otro se mantuvieron firmes, y así ocurrió lo que tuvo que ocurrir.

La historia de Occidente habría tomado otros derroteros si, en lugar de reformar a la Iglesia, Lutero se hubiera dedicado a reformar su dieta.

Sobre el autor:

Samuel Lagunas, es mexicano. Vive en Querétaro con Ruth. Ha publicado tres libros de poesía y un libro de cuentos para niños en colaboración con Keila Ochoa Harris y Susana Sánchez. Actualmente estudia una Maestría en Estudios Latinoamericanos en la UNAM y pasa el tiempo viendo películas y escribiendo sobre ellas para medios digitales e impresos. Ha hecho diplomados en Biblia y Teología en la Comunidad Teológica de México, el Instituto Bíblica Virtual y la Universidad Bíblica Latinoamericana.

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