El amor y los derechos humanos | Por René Padilla

Imagen: Pixabay
Hace casi seis décadas, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó y promulgó la Declaración Universal de Derechos Humanos. El más importante foro internacional del mundo moderno selló así el reconocimiento de que toda persona, sin distinción de raza, clase social, nacionalidad, posición económica, religión o sexo, posee ciertos «derechos iguales e inalienables ». El valioso documento pasó a ser señal y símbolo del anhelo de paz, justicia y libertad de todos los pueblos y para todos los seres humanos.

Lamentablemente, aquí también se cumple aquello de que «del dicho al hecho hay mucho trecho». La violación de los derechos humanos no es la excepción sino la regla incluso en muchos de los países que suscribieron la memorable Declaración de la ONU. En pleno «siglo de los derechos humanos», como alguien ha denominado al siglo 20, tales derechos fueron pisoteados impunemente en el norte y en el sur, en el este y en el oeste. Hay que ser demasiado optimista para pensar que, en estas primeras décadas del siglo 21, estos derechos gozan de un mayor respeto que en otras épocas de la historia humana.

Como cristianos no podemos mirar con indiferencia los terribles atropellos que se cometen a diario contra personas, sea cual sea la motivación que los inspire o el propósito que los anime. Todo ser humano, sin ninguna excepción, es portador de la imagen de Dios y, por lo tanto, posee un valor y una dignidad que son inalienables y que están en la base misma de sus «derechos». El que comete violencia contra su prójimo, inevitablemente se coloca bajo el juicio de Dios. Cuando Caín mata a su hermano Abel, Dios dice al asesino: «La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia» (Gn 4.10). A pesar de su crimen, Caín es protegido por Dios con una señal, para que no sea también asesinado (Gn 4.15). La vida humana es sagrada porque procede de Dios: él la creó, y él mismo la sustenta y la protege. Por lo mismo, él escucha el gemido de los indefensos y castiga al que viola los derechos de los débiles (ver, por ejemplo, Éxodo 22.21-24 y Ezequiel 16.49-50).

El valor de la persona fue ratificado de manera inequívoca por la acción de Dios en Cristo Jesús, y especialmente por la muerte del Señor en la cruz. Si Cristo murió por nosotros «cuando todavía éramos pecadores» (Ro 5.8), no hay duda de que él nos ama: nos confiere un valor inmenso, un valor que no guarda relación con lo que merecemos. Nadie que haya tomado conciencia de las dimensiones de ese amor podrá menospreciar a su prójimo por considerarlo indigno de su propio amor. La experiencia del amor de Dios es genuina en la medida en que se traduce en amor al prójimo.

Ahora bien, ¿qué relación existe entre el amor y los derechos humanos?

En primer lugar, el amor reconoce que todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos porque todos han sido creados por Dios a su imagen y Cristo murió por todos. Consecuentemente, queda descartado todo tipo de discriminación, sea ésta franca o velada.

En segundo lugar, el amor desea el bienestar de todos, y no hay bienestar posible aparte de la satisfacción de las necesidades básicas a las cuales apuntan los derechos humanos.

¿Qué es violar los derechos humanos si no es frustrar el bienestar de la persona atentando contra las condiciones mínimas para su vida en sociedad?

En tercer lugar, el amor es inseparable de la justicia, y la justicia se realiza en términos de respeto por los derechos humanos. El amor nos enseña que las necesidades de nuestro prójimo son sus derechos, y la justicia nos exige que veamos en esos derechos del prójimo nuestro deber. Cada derecho conlleva un deber. El amor motiva, la justicia busca la realización concreta de aquello que el amor anhela.

El Dios que justifica es a la vez el Dios que ama la justicia. De ahí que la persona que es «justificada», no solamente es «aceptada como justa» delante de Dios sino, además, transformada en agente de justicia en el mundo. Su justificación, por un lado, le confiere nuevos derechos, tales como la vida eterna (Ro 5.18, 21) pero, por otro lado, le impone la deuda de amar al prójimo con un amor que reconoce la dignidad del otro (Ro 13.8-10). Como alguien ha dicho, el cristiano debe ser el más grande campeón de los derechos humanos, ya que cree que Cristo se pone del lado de los que no tienen derechos, incluso de quienes no han hecho nada que merezca el favor de Dios.

Tristemente, huelga reconocerlo, las iglesias no siempre se han distinguido por su celo por el respeto a los derechos humanos. A excepción del «derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión» (con énfasis en la religión), tales derechos no han encontrado el lugar que les corresponde en sus listas de prioridades. Consecuentemente, con frecuencia han sido utilizadas por regímenes totalitarios para justificar posturas y acciones que atentan contra la dignidad humana. Con más frecuencia aún, simplemente han callado frente a la discriminación ejercida por los poderosos contra los más débiles. Han aceptado así el papel de cómplice de sistemas de opresión.

Hoy más que nunca urge que los cristianos veamos las implicancias éticas del evangelio y aceptemos el desafío de respetar, promover y defender los derechos humanos como un aspecto esencial de nuestra misión. En esto también la fe que no se demuestra con los hechos es una cosa muerta.

Sobre el autor:

C. René Padilla es ecuatoriano, doctorado (PhD) en Nuevo Testamento por la Universidad de Manchester, fue Secretario General para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y, posteriormente, de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Ha dado conferencias y enseñado en seminarios y universidades en diferentes países de América Latina y alrededor del mundo. Actualmente es Presidente Honorario de la Fundación Kairós, en Buenos Aires, y coordinador de Ediciones Kairós.


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