“Castillo fuerte es nuestro Dios”: A 500 años de la Reforma de Lutero | Por Leopoldo Cervantes-Ortiz

Castillo Fuerte es Nuestro Dios - Partitura con la firma de Martí Lutero
1. La fe de la Reforma

Dios es nuestro amparo y fortaleza,
nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,
Y se traspasen los montes al corazón del mar;
Salmo 46.1-2, La Palabra (Hispanoamérica)

Ein’ feste Burg ist unser Gott,                   Castillo fuerte es nuestro Dios,
Ein’ gute Wehr und Waffen;                      defensa y buen escudo.
Er hilft uns frei aus aller Not,                  Con su poder nos librará
Die uns jetzt hat betroffen.                      en este trance agudo.
Lutero, “Castillo fuerte”, versión de Juan Bautista Cabrera (1837-1916)[1]

Es muy difícil concentrar en un texto, sea éste un documento, manifiesto, poema o, en nuestro caso, en un canto, el espíritu de todo un movimiento social. Eso ha sucedido con himnos como La Marsellesa o La Internacional en el ámbito de la lucha social. En el campo de la fe protestante, nada ha encarnado mejor el espíritu de la Reforma Protestante que uno de los 37 himnos compuestos por
Martín Lutero, aquel que se basa en los salmos 46, 33 y en Efesios 6, pues la fuerza bíblica, teológica y espiritual de la Reforma encontró notable expresión en su capacidad de traducirse musicalmente para impactar emocionalmente a los fieles y confirmarlos en sus convicciones y en su participación. Lutero mismo escribió al respecto. “Me he convencido tan plenamente del valor del canto en el ministerio cristiano que ahora no permitiría que nadie predicara ni enseñara al pueblo de Dios si no reconoce y practica el poder de los cantos sagrados. Creo que el Diablo, el autor de ansiedades pesarosas y turbulentas desgracias, huye ante el sonido de la música sagrada casi tanto como ante la misma Palabra de Dios”.[2] La fuerza del salmo original y la cadena de ideas vertidas en cada una de las cuatro estrofas forman un conjunto que atrapa y concentra sólidamente el sentido profundo de la Reforma como un todo coherente.

Compuesto en 1529, observa John D. Julian que existen hasta cuatro versiones de su origen: según el poeta Heinrich Heine, fue cantado por Lutero y sus compañeros cuando entraban a Worms el 16 de abril, 1521, para asistir a la dieta; para K.T. Schneider, fue un tributo de Lutero a su amigo Leonard Kaiser, que fue ejecutado el 16 de agosto de 1527; según Jean-Henri Merle d’Aubigné, fue cantado por los príncipes luteranos cuando entraron a Augsburgo antes de la Dieta de 1530 donde se presentó la Confesión de Augsburgo; o fue compuesto para la Dioeta de Spira, adonde los príncipes luteranos presentaron una protesta contra el Edicto de Worms, del emperador Carlos V.[3] Sea como fuere, el canto alcanzó una aceptación absoluta y se ha utilizado desde entonces de diversas maneras: “En los siglos sucesivos fue adaptado al gusto musical predominante, en particular mediante un ritmo modificado. Bach utilizó la melodía en una cantata homónima (BWV 80) y en el preludio coral para órgano BWV 720. Es más famosa la melodía utilizada en la Sinfonía núm. 5, La Reforma, de Mendelssohn y en la ópera Los hugonotes, de Meyerbeer”.[4]

Cada estrofa es un manifiesto teológico en sí mismo, pues no le resta un ápice a su fuente bíblica, a la que contextualiza intensamente en la coyuntura que le tocó enfrentar, en los años de prueba sobre la solidez del movimiento que encabezó. Si el salmo enfatiza la manera en que es posible superar el temor ante cataclismos naturales (“Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida,/ y se traspasen los montes al corazón del mar; Aunque bramen y se turben sus aguas,/ Y tiemblen los montes a causa de su braveza” (vv. 2-3), Lutero traslada esa confianza a la requerida para enfrentar la oposición contra la Reforma, sin olvidar su propio enfoque de la misma, con la óptica religiosa del momento:

Con furia y con afán
acósanos Satán,
por armas deja ver
astucia y gran poder;
cual él no hay en la tierra.

La fuerte oposición y rechazo que había generado el cambio religioso desde el papado, la Curia romana, el emperador de Alemania y los príncipes, constituía una barrera aparentemente insalvable para mantener la fe, la confianza y la convicción para seguir adelante.

Por ello, si “Dios está en medio de ella; no será conmovida./ Dios la ayudará al clarear la mañana” (v. 5). Y Lutero visualizaba el apoyo y sostenimiento divino para que, si el movimiento era algo producido por el propio Dios, se mantendría y se encaminaría para dar los resultados que Él quisiese. De ahí proceden las afirmaciones de la segunda estrofa:

Nuestro valor es nada aquí,
con él todo es perdido;
mas por nosotros pugnará
de Dios, el escogido.
Sabéis quién es Jesús,
el que venció en la cruz,
Señor de Sabaoth,
y pues Él solo es Dios
Él triunfa en la batalla.

Sabaoth representa la lucha militar frontal, la batalla frente a los enemigos más recalcitrantes. Podríamos hablar aquí ampliamente de la Contrarreforma como un proyecto de respuesta variada y plural al movimiento reformista, pero hay que matizar cualquier observación.

La tercera y la cuarta estrofas desglosan la confianza existente para afrontar los más aciagos momentos que acechaban la lucha reformista, pero con un acento tan confiado y exaltado, que ha llegado hasta nuestros días.

Aunque estén demonios mil
prontos a devorarnos
no temeremos, porque Dios
sabrá aún ampararnos.
Que muestre su vigor
Satán, y su furor;
dañarnos no podrá,
pues condenado es ya
por la Palabra Santa.

Una afirmación de fe consistente con el mensaje bíblico relacionado con la manera en que Dios ha contenido ya la fuerza rebelde de Satán.

Y, por último, la obligada referencia a la fuerza de la Palabra divina, principio moral y material de la Reforma en todas sus formas, no deja de subrayar la fe de la Reforma, viva y basada en donde debe basarse siempre, recordando las palabras de Isaías 40.8, con crítica profética de por medio:

Sin destruirla dejarán,
aun mal de su grado
esta Palabra del Señor;
Él lucha a nuestro lado.
Que lleven con furor
los bienes, vida, honor,
los hijos, la mujer…
todo ha de perecer…
De Dios el Reino queda.

Nada puede valer nada al lado de la Palabra, del Reino del Evangelio de Jesucristo: cualquier bien, vida u honor es nada al lado suyo, la causa suprema de la Reforma. En eso consiste la auténtica fe de la Reforma, que le da sentido a nuestra propia fe, hoy y siempre.

2. Una visión realista de las reformas religiosas

Ahora quiero sellar una alianza con el Señor, Dios de Israel, para que aparte de nosotros su cólera. Por tanto, hijos míos, no se descuiden, porque el Señor los ha elegido para estar con él, para servirlo como ministros y para ofrecerle incienso. II Crónicas 29.10-11, La Palabra (Hispanoamérica)

Las reformas o transformaciones profundas de las instituciones humanas no pasan de ser, para muchos, más que un infructuoso intento por corregirle la plana a Dios, especialmente cuando se trata de la existencia histórica de su pueblo en el mundo. Las iglesias enfrentan cotidianamente el dilema de ser fieles a su propósito esencial o de servir a intereses particulares que se instalan en medio de ella según el momento, las modas o la orientación predilecta que elijan. De ahí que en numerosas ocasiones se parezcan tanto a otras organizaciones que se niegan a avanzar o a cambiar para adaptarse y así renovar su presencia en la persecución de sus objetivos. La historia del pueblo de Dios en las Escrituras contiene numerosos ejemplos de esta disyuntiva tan grande que se vive no sin sufrimiento por parte de quienes experimentan con tristeza y dolor que se colocan otras orientaciones por encima de la obediencia a la voluntad transformadora de Dios. En reiterados momentos, el antiguo Israel tuvo que afrontar las consecuencias de alejarse de las intenciones divinas y de servir a gustos, preferencias o imposiciones que, sobre todo desde el poder monárquico, suplantaron los ideales de igualdad, justicia y servicio a su Dios.

Lo que aquí denominamos “visión realista de las reformas religiosas” tiene como trasfondo y premisa una enseñanza bíblica amplia que no debe olvidarse nunca: solamente si el Espíritu de Dios es quien preside los esfuerzos de renovación o reforma será posible encaminar la esperanza para lograr dichos cambios y observar sus resultados efectivos. De otra manera, aunque parezca que los seres humanos tenemos buenas intenciones, si no existe suficiente conexión con la iniciativa divina para adecuar la naturaleza, la marcha y los propósitos de la comunidad, cualquier empeño en este sentido será únicamente un conjunto vano y hueco de prácticas autocomplacientes y disfrazadas encaminadas a reproducir aquello que suponemos que está funcionando adecuadamente. Esto quiere decir que se estará practicando el auto-engaño para que las cosas sigan igual.

Si miramos con atención a los profetas que acompañaron los procesos de reforma en la época de monarcas como Ezequías y Josías, encontraremos que ellos eran bastante realistas en su percepción de los momentos y que no se hacían demasiadas ilusiones con las medidas que, vistas con suficiente atención, no fueron más que paliativos para situaciones de crisis de las cuales el pueblo no saldría bien librado. Escuchar que los gobernantes, como Ezequías, pusieron manos a la obra para sanear y mejorar la existencia social, política y espiritual de sus gobernados, implicaría que, efectivamente, se dejarían conducir por el movimiento divino que intentaba cambiar las historias de injusticia por otras de auténtica renovación espiritual y religiosa, único sustento válido para caminar en la ruta que deseaba Yahvé, único gobernante absoluto de Israel. El contraste con la versión deuteronomista de los hechos es claro:

En el Segundo Libro de los Reyes hay una pequeña noticia sobre la reforma religiosa en el tiempo de Ezequias (2 R 18.4). En la obra del Cronista, se desenvuelve en tres capítulos (29-31), comprendiendo la purificación del templo y de las personas, la celebración solemne de la Pascua y la organización del servicio. Algunos detalles reflejan el contexto socio-religioso del post-exilio, como la unión de cantores y levitas (2 Cr 29.12-15), la consolidación de la ley del puro y del impuro (30.15-20) y el hecho de que los levitas asumieran funciones exclusivas de los sacerdotes, fortaleciendo su posición en el culto (29.29-36; 30.21-27). Y todavía más. El reinado de Ezequías destaca la importancia de la ley, del culto y del templo.[5]

El texto de II Crónicas 29 es sumamente ilustrativo: a) el nuevo y joven rey, de apenas 25 años de edad, reinaría en Judá durante 27 largos años (v. 1); b) su perspectiva de gobierno era la correcta para los cronistas, pues actuó adecuadamente como David, su predecesor (v. 2); c) primeramente reparó el santuario principal (v. 3); d) y luego convocó a los funcionarios religiosos (v. 4) para advertirles que el proceso de reforma iba en serio con un lenguaje piadoso muy notorio (“purifíquense y purifiquen el Templo …y saquen de allí la impureza”, v. 5); e) e inmediatamente después practicar una fuerte crítica histórica sobre los antepasados desobedientes a Dios (vv. 6-9).

Hasta ahí las cosas parece que iban muy bien. Los problemas inician cuando se anuncia el decreto oficial de reforma: “Ahora quiero sellar una alianza con el Señor, Dios de Israel, para que aparte de nosotros su cólera. Por tanto, hijos míos, no se descuiden, porque el Señor los ha elegido para estar con él, para servirlo como ministros y para ofrecerle incienso (vv. 10-11). El lenguaje unipersonal del rey se impone abiertamente por encima de los proyectos divinos y la reforma se convierte en un programa gubernamental más como los que se escuchan a veces en nuestros tiempos contra la corrupción y que terminan en los escritorios u oficinas, eso sí, con fuertes gastos para llevarlos a cabo de manera casi siempre incompleta. En la historia que nos ocupa, queda la impresión que los levitas y demás religiosos entendieron que la reforma se lograría únicamente limpiando el Templo “como había ordenado el rey a instancias del Señor” (vv. 15-16). Pero los cronistas son muy agudos, pues Ezequías estaba más preocupado por la ley, el culto y el templo. Y es allí donde nos topamos con los 16 días que duró la purificación del templo, es decir, las medidas externas de reforma (v. 17).

El relato incluye con una nota de satisfacción, casi un informe burocrático y administrativo: “Ya hemos limpiado todo el Templo del Señor: el altar del holocausto con todos sus utensilios y la mesa de los panes de la ofrenda con los suyos. También hemos reparado y purificado todos los objetos que profanó el rey Ajaz con sus infidelidades durante su reinado, y los hemos dejado ante el altar del Señor” (vv.18-19). ¿Y los cambios de fondo, podríamos preguntar? La respuesta está en la teología del libro: “El Cronista sitúa al templo en continuidad con la ‘carpa del encuentro’, el antiguo santuario instituido por Dios en el Sinaí (Ex 25; 1Cr 16,37-42). Esta ligazón, tiene la función de legitimar el templo y la ciudad de Jerusalén como el único local de culto. De igual forma, el Cronista da una resonancia central a David, como fundador del templo y del culto en Jerusalén”.[6] Entonces, más bien, se trató de legitimar, varios años después, una dinastía y de perpetuar su memoria entre el pueblo que ya no vivió nada de aquel esplendor. La versión de II Reyes 18-20 difiere un poco y habla de la enfermedad que sufrió y de las circunstancias en que terminó el reinado de Ezequías: “Sabiendo de su dolencia, el hijo del rey de Babilonia mandó emisarios con una carta y presentes para Ezequías, quien les mostró todos los tesoros del palacio. Ese comportamiento del rey mereció seria advertencia del profeta Isaías, quien predijo el saqueo de Jerusalén y la deportación de la nobleza, después de la muerte de Ezequías . La buena acogida a la embajada de Babilonia muestra que Ezequías no confiaba solamente en Yahvé, sino también en las alianzas políticas y eso le acarreó la amenaza hecha por Isaías, de la ruina que ocurriría en el futuro, pero que ya había sido anunciada en su reinado (20,12-19)”. Dolorosamente, no bastaron las reformas para evitar la caída de Jerusalén. Acaso eran bastante tardías, no se asumieron como debían o no se contó con el realismo con que debían afrontarse. Es una gran lección para nuestros tiempos.

3. Realizar la reforma en todas las áreas de la vida

De esta manera quedó restablecido el culto del Templo del Señor. Ezequías y toda la gente se alegraron de que Dios hubiera animado al pueblo, pues todo se había hecho con rapidez. II Crónicas 29.35-36, La Palabra (Hispanoamérica)

La segunda etapa de las reformas de Ezequías en el antiguo Judá es una muestra de la forma en que podía profundizarse un auténtico proceso de cambio en una sociedad teocrática como aquella, en la que resulta difícil comprender hoy cómo es que el gobernante es quien ordena llevar a cabo las modificaciones de orden religioso. La profundidad y alcance de dichas reformas sólo podían ser evaluadas con el paso del tiempo y la manera en que las Crónicas presentan lo sucedido es una evidencia de que, aunque se intentó hacer las cosas bien, los intereses creados y las tendencias del momento llevarían a abortar o, cuando menos, a limitar la durabilidad y efectividad de las transformaciones: su hijo Manasés (considerado el peor de los reyes de Judá) “deliberadamente deshizo lo que quedara de la reforma de su padre: volvió a construir los santuarios rurales que Ezequías había destruido, alzó altares para los cultos cananeos, e inauguró nuevos cultos y prácticas paganos” [II Crónicas 33.2-9].[7]

A la limpieza física del templo y la purificación del mismo y de los sacerdotes le siguió el restablecimiento del culto: acompañado de las autoridades de la ciudad (v. 20), el monarca se dirigió al templo y ordenó la celebración del holocausto (vv. 21-22) con el fin de “expiar los pecados de la monarquía, del santuario y de Judá” y, además por todo Israel (v. 24). Inmediatamente, fueron instalados los levitas (v. 25a) a partir de lo establecido por David, Gad y Natán, pues el texto subraya la atención expresa a las órdenes divinas transmitidas por los profetas (25b), todo acompañado por trompetas y música, con la mención inevitable de David, como músico (26-27). El acto de adoración que continuó fue solemne e impresionante (29-30), así como las palabras del rey: “Ahora que han quedado consagrados al Señor, acérquense a traer al Templo sacrificios y ofrendas de acción de gracias” (31). El holocausto mismo fue fastuoso y derrochador (32-35a: seiscientos toros y tres mil corderos).

Las palabras con que concluye esta sección del relato son importantes (“De esta manera quedó restablecido el culto del Templo del Señor”, 35b) por lo que representaron en esta etapa del proceso: se trataba de destacar el “gran calado” de las reformas (como tanto se repite en nuestros días) oficiales, con el pueblo como testigo impávido y tremendamente pasivo. Las imposiciones gubernamentales apuntaban a que, mediante la vía del decreto real, las prácticas religiosas fueran modificadas visiblemente en los elementos del culto, del sacrificio y de la conducción sacerdotal (con la observación de que “los levitas se mostraron más predispuestos a purificarse que los sacerdotes”, 34b), pero lo que quedaba pendiente era la reforma de las mentalidades, de las conciencias, que llevaban décadas de recibir el bombardeo de ideologías y acciones de injusticia e idolatría, lo uno por lo otro. Ciertamente, “Ezequías y toda la gente se alegraron de que Dios hubiera animado al pueblo, pues todo se había hecho con rapidez” (36), pero acaso esta rapidez con que se hicieron las transformaciones sería el signo de qué tan hondamente habían llegado, pues anclar semejante proyecto en la memoria histórica de una nación no era algo que pudiera hacerse de la noche a la mañana.

Porque el proceso continuó, como lo atestiguan los capítulos siguientes: el 30 narra el restablecimiento de la celebración de la Pascua, a la que invitó al reino del Norte (30.1) con una exhortación digna de recordarse en sus partes principales: “Israelitas, conviértanse al Señor, Dios de Abraham, Isaac e Israel, y el Señor se reconciliará con el resto de los que han escapado del poder de los reyes de Asiria. No imiten a sus padres y hermanos que, por ser infieles al Señor, Dios de sus antepasados, fueron condenados al horror, como ustedes mismos han podido comprobar. […] Si se convierten al Señor, sus hermanos e hijos hallarán compasión en quienes los han deportado y podrán regresar a este país, pues el Señor es misericordioso y compasivo y no les dará la espalda, si se convierten a él” (30.6-7, 9). Pero la respuesta fue pésima. En el cap. 31 se describe cómo se derribaron los elementos idolátricos (31.1), restableciendo también el orden sacerdotal y cultual, con lo que prácticamente se dio por terminada la reforma. La conclusión tiene un sabor triunfalista: “Ezequías actuó así en todo Judá, obrando con bondad, rectitud y fidelidad ante el Señor su Dios. Y todo cuanto emprendió al servicio del Templo, o referente a la ley y los mandamientos, lo hizo recurriendo a su Dios sinceramente. Y por eso tuvo éxito” (31.20-21). El capítulo siguiente es un resumen de los avatares militares que tuvo que enfrentar en el conflicto con Asiria.

Para decirlo en un lenguaje más consecuente (y teológico): la reforma de las almas es algo que únicamente compete al Espíritu divino y que, a través de las instancias que él elija, se lleva a cabo en los niveles más intangibles de la vida y, al mismo tiempo, en zonas visibles que la evidencien. Así, cada vez que es voz interior empuja y promueve cambios importantes, las resistencias humanas se activan también y tratan de impedir su consecución completa, en medio de una dinámica histórica compleja y siempre exigente. En el antiguo Israel, a los esfuerzos de Josafat, Ezequías y posteriormente Josías, había que contraponer los impulsos y acciones contrarreformistas de otros reyes, que nunca faltaron. Lo mismo sucedió en la época de la Reforma Protestante y tampoco están ausentes en nuestra época. El Espíritu siempre es una fuerza renovadora en la historia y las reacciones ante él son múltiples. A los cambios iniciales de las reformas del siglo XVI, encaminados a eliminar los lastres y prácticas malsanas (como desnudar los templos de imágenes, por ejemplo), tuvieron que seguir las acciones más creativas que consolidaran el cambio en la conciencia y la mentalidad de las diversas sociedades, algo que requiere tiempo, seriedad y compromiso inquebrantable. Reformar todas las áreas de la vida en nombre de Dios es un proyecto interminable pero siempre necesario y hasta urgente.

4. Unirse a las reformas divinas de la vida humana

Toda la nación, desde el más joven hasta el más viejo, fue al templo. Allí, el rey les leyó lo que decía el libro del pacto que habían encontrado. Después se puso de pie, junto a una columna, y se comprometió a obedecer siempre todos los mandamientos de Dios, y a cumplir fielmente el pacto que estaba escrito en el libro. II Crónicas 34.35-36, La Palabra (Hispanoamérica)

Ezequías, Josías, Lutero, Zwinglio, Müntzer, Bucero, Farel, Calvino y un larguísimo etcétera no son más que algunos nombres en la gesta continua del Espíritu Santo por renovar a su iglesia. Cada vez, incansablemente busca que el pueblo de Dios reaccione, responda y esté a la altura de los proyectos y planes divinos que atraviesan la historia humana. En lo recóndito del corazón de cada persona, así como en los grandes acontecimientos, su labor es un persistente intento por adecuar las circunstancias conflictivas al propósito supremo de hacer visible, en su mayor intensidad, el Reino de Dios en el mundo. En todos los episodios relacionados con esfuerzos claros de renovación y reforma de las actitudes, las mentalidades, las doctrinas y las prácticas, unirse a las intenciones divinas ha implicado enormes riesgos y dificultades, especialmente ante el orden establecido, es decir, precisamente aquellas estructuras que desean continuar vigentes, pero que son las que deben modificarse para dejar paso a nuevas realidades que muestren efectivamente el impacto del Evangelio de Jesucristo. Por ello, acudimos nuevamente a beber de las grandes lecciones bíblicas e históricas para alimentar nuestra fe y nuestro ánimo por participar verdaderamente del proyecto, siempre inacabado, por hacer visible la eficacia del mensaje cristiano para renovar todas las cosas, tal como lo anunciaron los profetas y los visionarios cuyo testimonio está registrado en las Sagradas Escrituras.

Al leer el caso de Josías (640-609 a.C.), en el antiguo Judá, somos testigos de un auténtico rescate de la Palabra histórica de Dios, un primer paso gigantesco para echar a andar una reconstrucción nacional en serio, con varios pasos adelante a los dados por Ezequías (716-687). Ciertamente, los recursos con que contaba el rey iban disminuyendo dramáticamente, pero el contexto de precariedad en muchos sentidos dotó a su empeño de una calidad moral y espiritual que fue capaz de dar origen a una auténtica escuela teológica (la llamada deuteronomista) que dejaría una marca indeleble en la historia del pueblo, pues proporcionó una auténtica relectura de los sucesos y acciones divinas que sigue iluminando hasta hoy la fe y perspectiva de quienes se acercan a ellos. La vinculación entre las reformas y esa tradición espiritual consiste en que el descubrimiento del Libro de la Ley (II Cr 34.14-15) desencadenó un despertar religioso que se centraría en un tema crucial para cualquier proyecto similar: la obediencia irrestricta a la palabra divina.

La reacción favorable del monarca a ese descubrimiento fundamental abrió las puertas para emprender una serie de movimientos encaminados a mejorar las políticas y acciones en todos los niveles. Fiel a su época, Josías respondió como creyó adecuado, esto es, buscar una palabra profética fresca y pertinente para su situación, reconociendo la validez de la presencia de hombres y mujeres tocados por el Espíritu para ese propósito: “Vayan a consultar a Dios, para que sepamos qué debemos hacer en cuanto a lo que dice este libro. ¡Dios debe estar furioso con nosotros, pues nuestros antepasados no obedecieron lo que está escrito aquí!” (v. 21). La profetisa Hulda (cercana a un servidor real) apareció entonces en escena y respondió enfáticamente a la solicitud de un mensaje nuevo, solamente que sus palabras fueron duras y directas, sin ánimo de quedar bien con nadie, como parte de la más genuina intransigencia profética: “El rey Josías debe enterarse del desastre que el Dios de Israel va a mandar sobre este lugar y sus habitantes. Así lo dice el libro que le han leído al rey. Dios está muy enojado, pues lo han abandonado para adorar a otros dioses. ¡Ya no los perdonará más!” (vv. 23-25). Para agregar una palabra de reconocimiento: “Pero díganle al rey que Dios ha visto su arrepentimiento y humildad, y que sabe lo preocupado que está por el castigo que se anuncia en el libro. Como el rey ha prestado atención a todo eso, Dios no enviará este castigo por ahora. Dejará que el rey muera en paz y sea enterrado en la tumba de sus antepasados. Luego el pueblo recibirá el castigo que se merece” (vv. 26-28). Se convoca entonces al pueblo y se anuncia la disposición de obedecer los mandatos divinos (vv. 31-33), lo que aconteció de manera oficial. ¿Miel sobre hojuelas? No necesariamente…

La lectura integral de los hechos implica mirar cada elemento con ojo crítico, como lo hizo Shigeyuki Nakanose:

a) la reforma tuvo varias consecuencias que beneficiaron a unos y perjudicaron a otros: “Todo el pueblo de las pequeñas ciudades del interior es obligado a venir al gran centro, hacer peregrinación, prestar culto, participar de las fiestas. La centralización posibilita arrancar más tributo a los campesinos, aumentar el lucro por el control de las rutas, intensificar el comercio”;
b) los que más se lucraron con la reforma josiánica fueron la casa real, los sacerdotes sadoquistas de la corte, los comerciantes y el “pueblo de la tierra”;
c) el Estado pudo ampliar su dominio y explotación;
d) los santuarios de los levitas del interior fueron cerrados y destruidos, y ellos fueron rebajados a una segunda categoría en la organización del culto;[8]
La reforma “fue un triunfo del yahvismo oficial sobre la religiosidad popular”, casi siempre ambigua y conflictiva. Y, por supuesto, hubo resistencia en los grupos afectados por ellas. Como respuesta, la escuela deuteronomista hizo una revisión de la historia de Israel, desde la conquista de la tierra hasta la reforma religiosa, según los intereses de Josías. “La presentación del ‘libro de la ley’ es una forma eficaz de legitimar la reforma. Otro elemento de justificación de ésta, como en el tiempo de Ezequías, es la teología davídica que proclamaba al rey como ‘hijo de Dios’, ‘padre y defensor de los pobres’”. El gran objetivo de esta historia Deuteronomista es mostrar la sobrevivencia de Judá gracias a la fidelidad de Yahvéh a la alianza con David y sus descendientes, lo que se convertiría en un horizonte utópico y mesiánico con el tiempo, capaz de renovar las esperanzas populares. No obstante, al cabo de tres décadas la historia mostró realidades durísimas: el exilio y la destrucción de la nación, tan bien descrita en las Lamentaciones y en el libro de Jeremías. Los redactores deuteronomistas tendrían mucho trabajo y lo cumplieron fielmente durante el exilio y después de él. El resultado: nada menos que la escritura completa del Pentateuco, un monumento teológico a la revelación y acción de Dios en la historia.

Notas:

[1] Cf. Manuel de León, “Juan Bautista Cabrera y los himnos evangélicos”, en Protestante Digital, 9 de abril de 2014 
[2] Cit. en ‘Castillo fuerte es nuestro Dios’, el canto de Lutero”, en Protestante Digital, 31 de octubre de 2012
[3] J.D. Julian, ed., A Dictionary of Hymnology: Setting forth the Origin and History of Christian Hymns of all Ages and Nations. 2ª ed. revisada. 2 vols. [1907] Nueva York, Dover Publications, 1957.
[4] Nicola Sfredda, La música nelle chiese della Riforma. Turín, Claudiana, 2010, p. 48. Versión de LC-O.
[5] Shigeyuki Nakanose, “Re-escribiendo la historia. Una lectura de los libros de las Crónicas”, en RIBLA, núm. 52
[6] Idem.
[7] Alicia Winters, “La sangre derramada por Manasés. Resistencia contra el imperio en la literatura bíblica”, en RIBLA, núm. 11, www.claiweb.org/ribla/ribla11/la%20sangre%20derramada.htm.
[8] S. Nakanose, “Para entender el libro del Deuteronomio. ¿Una ley a favor de la vida?”, en RIBLA, núm. 23

Sobre el autor:
Leopoldo Cervantes-Ortiz es mexicano. Pastor presbiteriano, médico, teólogo, poeta, maestro en Teología por la Universidad Bíblica Latinoamericana (UBL) y pasante de la maestría en Letras Latinoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).


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