¡Nuestra misión, hoy! | Por Pedro Arana Quiroz

“Vayan…y háganlos mis discípulos”
(Mateo 28:19)
Imagen: Pixabay
El capítulo 28 del evangelio de Mateo comienza con el anuncio de la resurrección de Jesús por un ángel (versos 1-7). Continúa con dos relatos que sólo se encuentran en este Evangelio: 1) la adoración de las mujeres a Jesús resucitado y el mensaje que Él les envía a sus discípulos; y 2) el relato que trata del soborno que recibieron los soldados para hacer público, que los discípulos de Jesús robaron su cadáver durante la noche (v. 28.11-15). Culmina con el encargo misionero mundial que les da Jesús a los once (v. 28.16-20).

El mandato y la promesa de Jesús

Leamos ahora San Mateo 28.11-20. Las mujeres van hacia el encuentro de los discípulos con el mensaje que Jesús les había confiado: “Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán” (v. 28.10b). Vemos también, cómo los discípulos, a quienes el Señor se ha referido como “sus hermanos”, emprenden la peregrinación hacia Galilea. Seguro que ahora sí recordaban, que en tres oportunidades, el Maestro les había dicho que resucitaría después de su asesinato (Mt. 16.21; 17.22-23; 20.17-19); y en la cuarta oportunidad el lugar dónde se encontrarían (Mt. 26.31-32).

¿Dónde está la Iglesia?

La pregunta es legítima porque el evangelista Mateo, a través de los capítulos precedentes nos ha informado de ella (Cf. 16.18 y 18.17), y de su diferencia y tensiones con el “Israel en la carne”. Como hemos de ver, la distinción es sustantiva. En ese domingo, los discípulos, hermanos de Cristo, están en camino hacia el monte del encuentro con Jesús. Esa procesión de peregrinos que acudía a la cita con Jesús era “la congregación del Dios viviente”; sin embargo, esa congregación no estaba donde casi todo el mundo de su época hubiera pensado encontrarla, en los recintos del templo de Jerusalén, sino en el polvoriento camino hacia el monte en Galilea.

Institución y comunidad

Veamos más de cerca Mt. 28.11-15. Las testigos de la resurrección, “María Magdalena y la otra María”, van con el mensaje del Señor a sus condiscípulos, recordándoles la invitación que el ángel primero les había dado, y que luego fuera reiterada por Jesús, en el sentido de que lo encontrarían en Galilea. Jesús les hizo recordar también que pertenecían a Su familia, que eran Sus “hermanos”. Estas testigos de Cristo, con su mensaje fraterno, contrastan fuertemente con el complot que urdían en el templo los profesionales de la religión, “los jefes de los sacerdotes” con “los ancianos”. La religión institucionalizada en contra de la comunidad en el camino.

La jerarquía judía de Israel había dejado de ser la conductora de la congregación del Dios viviente, “columna y baluarte de la verdad”. Se había desvirtuado buscando soluciones a través de la intriga y la politiquería religiosa. Se había convertido en creadora y sustentadora de la mentira (Mt. 28.12-13). Además, era la malversadora de los dineros del pueblo creyente porque “dieron mucho dinero a los soldados” (v. 12). En resumen, se había constituido en la promotora de la mentira: “Ustedes digan que durante la noche, mientras ustedes dormían, los discípulos de Jesús vinieron y robaron el cuerpo” (v. 13). Y con su indigna conducta hacían naufragar la vida espiritual de su pueblo.

Los hechos poderosos de Dios

La jerarquía religiosa no aceptaba el más grande de los grandes hechos poderosos de Dios: La resurrección de Jesús. No aceptaba el milagro, no aceptaba la intervención poderosa de Dios en la historia humana. Más bien, inventan cuentos infantiles, como que una guardia romana vigorosa, disciplinada, valiente y armada hasta los dientes, se había quedado dormida; y que un puñado de temerosos y pusilánimes judíos, desarmados y huidizos, en una hazaña de valor inconcebible, habían removido la enorme piedra, robado y sepultado en otro lado el cadáver… y más tarde, con un cinismo imperturbable, estaban dispuestos a predicar su engaño y dar su vida por su gran estafa.

No olvidemos que los principales sacerdotes en el tiempo de Jesús pertenecían a la secta de los saduceos. Secta de gente rica, al servicio del imperio romano, aliados de los que detentaban el poder político y económico, que aceptaban sólo en el Pentateuco y no creían en la resurrección ni en la realidad del mundo espiritual;… pero,… vivían a expensas de la religión (Cf. Hch. 23.8).

Testigos de la verdad

La jerarquía religiosa judía reconciliaba a los seres humanos al costo de la verdad: “Y si el gobernador se entera de esto, nosotros lo convenceremos, y a ustedes les evitaremos dificultades” (v.14). Sin duda alguna, ésta es la expresión más acabada de la religión de los poderosos. La que trama mentiras, la que tiene acceso a los gobernantes, la que hace relaciones públicas convincentes, con mentiras; la que salva a los hombres de los hombres, la que corrompe y fabrica secuaces asalariados, pero no creyentes en el Dios vivo y verdadero: “Los soldados recibieron el dinero e hicieron lo que se les había dicho” (v. 15a). Es la religión que promueve una espiritualidad sin trascendencia, pero no tiene ni la autoridad ni el poder para guiar al pueblo hacia la auténtica fe en el Dios viviente: “Y esta es la explicación que hasta el día de hoy circula entre los judíos” (v. 15b).

¿Dónde estaba la Iglesia? No estaba donde la gente veía la religión. No estaba en el templo de Jerusalén, sino en el grupo variado que con un común propósito avanzaba camino a Galilea. No estaba en la componenda de la mentira, sino en el testimonio de la verdad. No estaba en la jerarquía instalada y poderosa, encubridora de la verdad; estaba en la comunidad formada por mujeres sencillas, testigos del resucitado y en los hombres humildes que iban al encuentro del resucitado.

Cuatro características de la comunidad de Cristo

Acerquémonos ahora a Mt. 28.16-17. Las versiones de la Biblia de Jerusalén y la Latinoamericana traducen con claridad el adversativo con que comienza esta sección. El adversativo es contundente: “Por su parte”. Hace clara la distinción entre lo que pasaba en Jerusalén y los caminantes hacia el cerro del encuentro. Aquellos estaban en contra y estos van al encuentro.

El pasaje nos hace recordar a Moisés en el monte Nebo, quien desde la cumbre del Pisgá mira hacia los cuatro puntos cardinales la Tierra Prometida en la cual no entrará. Aquí tenemos ahora a Jesús en el monte en el cual prometió que lo encontrarían, ordenando a sus discípulos la conquista de mundo. Moisés, el legislador, fue sepultado, Jesús el redentor dejó la sepultura y se reúne con los suyos y les da órdenes. Las órdenes no se dirigen a un individuo, como antes Dios se las dio a Moisés, y luego a Josué, sino ahora sus órdenes van a una comunidad: su comunidad. Es importante recordar que la Iglesia antes de ser institución fue comunidad. La comunión de los discípulos es condición esencial para la misión. De manera que el paso primero de la misión es reunir discípulos.

1. Una comunidad expectante. Esa gente en camino hacia el gran encuentro con el crucificado y resucitado era una comunidad expectante: “Así pues, los once discípulos se fueron a Galilea” (v. 16a). Ese pequeño grupo de discípulos avanzaba hacia el lugar de la cita con un fuerte sentido de expectación. Su expectativa estaba fundada en la promesa de Jesús: “Y allá me verán”. En sus mentes acudirían cual centellas preguntas como éstas: ¿Lo veremos nuevamente? ¿Nos estará esperando? ¿Estará, en realidad, otra vez con nosotros? ¿Habrá resucitado como nos dijo? ¡Sí! La Iglesia cristiana desde su comienzo ha sido una comunidad que espera lo imposible, porque su esperanza está fundada en la promesa de un Dios invicto, y no en optimismos humanos que nos defraudan. Donde hay promesa de Dios allí hay esperanza. La Iglesia ha sido, es y debe ser “prisionera de la esperanza”. Al Señor lo encontraremos dónde Él prometió estar, y en ningún otro lugar.

2. Una comunidad obediente. La promesa de Jesús lleva también una orden: “...al cerro que Jesús les había indicado” (16b). Y ellos la obedecieron. Escuchamos aquí los ecos lejanos y vivos, de la voz que le dijo a Abram: “Sal de tu tierra y de tu parentela… Y Abram salió” (Gn. 12.1-3). La obediencia de la fe hace que la promesa se convierta en realidad. La Iglesia sólo se encontrará con su Señor, cuando obediente a Él, lo busque donde Él ha ofrecido estar: En Su Palabra, en el culto, en la eucaristía, en la oración, en los niños, en los necesitados, en la misión. Fe y obediencia son las dos realidades sustantivas del seguimiento de Cristo. Creencia sin obediencia deviene en cinismo. Obediencia sin creencia en legalismo deshumanizante.

3. Una comunidad de adoración. A la comunidad expectante y obediente la encontramos en adoración. “Vieron a Jesús y lo adoraron”. Similar y conmovedora experiencia tuvieron las mujeres, “Ellas se acercaron a Jesús y lo adoraron, abrazándole los pies…” (v. 28.9). Esta secuencia de promesa y obediencia en adoración la hallamos a través de las Escrituras. Dios ordena y promete, el ser humano cree y obedece; el Señor se revela y ser humano adora: Volvemos al padre de la fe: “Y allí el Señor se le apareció y le dijo:…Entonces Abram construyó un altar en honor del Señor” (Gn. 12.7-8).

¡Prestemos atención! Estas y estos que se postran reverentes ante el Cristo resucitado son judíos, como tales sólo adoraban a Dios, ahora adoran a Jesús resucitado. Jesús es Dios humanado, con un cuerpo glorificado. Frente a la majestad de la persona y el impresionante acontecimiento, no hay preguntas, no hay palabras, hay asombro, hay solemnidad, hay sobrecogimiento. Mateo lo pone en dos palabras: “lo adoraron”.

4. Una comunidad imperfecta. Era una comunidad expectante, obediente, adorante, …pero imperfecta. Desde su inicio la Iglesia no ha sido perfecta. La raíz de su imperfección siempre ha sido y será la falta de fe. El texto dice: “lo adoraron aunque algunos dudaban”. Es muy importante entender la imperfección de la Iglesia no para justificarla, o para pasarla por alto a cuenta de su humanidad, sino para superarla. Es importante comprenderla también, para no pensar que existe aquí en la tierra una Iglesia perfecta, de la cual muchas personas andan en busca y como no la pueden encontrar, se quedan huérfanos, sin un hogar espiritual. Basta decir por ahora, que mientras personas como nosotros formemos parte de la Iglesia, ésta no ha de ser perfecta.

Frente a la realidad de la presencia del resucitado, Mateo nos dice: “aunque algunos dudaban”. No todos habían flaqueado en su fe, eran “algunos”. Estos dudaban, no estaban seguros de lo que veían. Tal vez la realidad superaba en forma superlativa todas sus expectativas. No sabían si lo que veían era cierto o no. Quizás les costó inicialmente adorarlo, porque la adoración era sólo a Dios. En realidad no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que “algunos dudaron”; es decir, habían caído en la incertidumbre y en la irresolución, porque no hay nada más paralizante que la duda.

La presencia y la palabra de Jesús

Afortunadamente el pasaje no concluye aquí. Se nos dice enseguida, cómo estos discípulos dudaron sus dudas, cómo volvieron a la fe, cómo se afirmaron en la confianza en que su Señor era su Dios: “Jesús se acercó a ellos y les dijo”. La presencia y la palabra de Jesús devolvieron la fe a estos hombres. Los creyentes siempre necesitamos cultivar la presencia de Jesús y escuchar su palabra para desarrollarnos como cristianos. Jesús resucitado se acerca a ellos, su presencia es real, y les habla, su palabra es luz y fuego.

Luz para que entiendan quien es Él: “Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra”. Jesús es el Señor soberano del universo. La autoridad que ha recibido de su Padre es total: “toda autoridad”. Sin duda nada puede estar fuera del poder de quien murió y conquistó la muerte. Él es Señor sobre la realidad espiritual, sobre la realidad humana y sobre la realidad material. Él es el Señor del destino eterno y del destino histórico. Ahora ellos eran los siervos de un Señor cuya autoridad sobre el cielo y la tierra era incuestionable. Jesús les aseguraba de su poder.

Hacer discípulos y ser discípulos

Pero su palabra también es fuego: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos”. El “pues” le quita fuerza al texto, mejor traducción es: “Por eso” (versión LA), o “por lo tanto” (versión RV). Es decir, porque yo soy Señor sobre todo y sobre todos, “vayan… y háganlas mis discípulos”. Estas palabras deben haber conmovido hasta sus cimientos a estos once humildes galileos. ¡Eran enviados a conquistar el mundo para Cristo! Mientras ellos escuchaban estas palabras sus corazones estarían desfalleciendo. Pero pronto vendría la promesa.

La misión de la Iglesia tiene el futuro asegurado porque Jesús es el Señor soberano del universo. La tarea es mundial, “a todas las naciones”. La tarea consiste no en hacer conversos, sino discípulos de Jesús, sus seguidores. El Señor prosigue este su último discurso, indicando que sus discípulos deben ser bautizados con la fórmula trinitaria y se les debe “enseñar a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes”. Los discípulos, reunidos, no sólo recibieron la seguridad del poder de Cristo, sino que les dio una comisión: hacer discípulos y ser discípulos de Cristo. Ahora completamos los tres movimientos de la espiral de la misión: reunir discípulos, hacer discípulos y ser discípulos

La promesa

Jesús hace una promesa final a sus discípulos, quienes deben haber estado con el aliento detenido: “Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. El “vayan” inicial, puede ser traducido también, “mientras van” o “mientras están yendo”. Esto significa que el Señor estará acompañando a los discípulos mientras ellos están cumpliendo la tarea que les ha encargado: “hacer discípulos”.

San Pablo escribe sobre “la tradición dejada por el Señor”: “De manera que, hasta que venga el Señor, ustedes proclaman su muerte cada vez que comen de este pan y beben de esta copa” (1 Cor. 11.26). La muerte de Cristo es del corazón de evangelio de la gracia de Dios y debe ser anunciada por la predicación y por el sacramento hasta que Cristo venga otra vez, que es otra manera de decir, “hasta el fin del mundo”. ¡Qué mejor manera de decir, que su Iglesia seguirá formándose hasta el último día de la paciencia de Dios! ¡Qué mejor manera de decir, que laborar por la edificación del cuerpo de Cristo para bendecir al mundo es la única empresa humana con futuro!

El Señor resucitado promete estar con los suyos “todos los días” mientras estamos haciendo discípulos suyos. Reunamos, hagamos y seamos discípulos allí, en el lugar donde el Señor nos ha puesto. Nuestra contribución tiene un lugar importante e insustituible, en el concierto total de lo que nuestro Dios está realizando para bendecir a este mundo a través de Su Iglesia —de nosotros— y consumar la liberación de toda la creación (Ro. 8.18-25). Recordemos el fundamento y las columnas de la misión: Toda autoridad… todas las naciones… “que guarden todas las cosas y todos los días”.

El Señor envió a los discípulos a conquistar el mundo —y a nosotros también nos envía—, a cumplir la tarea más importante de la historia, pero con ellos ha ido también la presencia más importante del universo.

Jesús nos llama al compromiso

Finalmente, ¿cómo debemos manifestar nuestro compromiso con Cristo hoy día, con su comunidad y con su mundo? Terminamos esta reflexión con tres preguntas:
  • ¿En qué formas podemos cumplir con la Misión de Cristo en el contexto del mundo actual, de nuestro país y nuestra comunidad, de nuestra familia y de nuestro trabajo?
  • ¿Qué esperanza nos da esta Palabra del Señor mientras buscamos ser seguidores de Jesús?
  • ¿En qué forma el Evangelio de Mateo ha cambiado nuestros puntos de vista, de Jesús como el Mesías, del Reino de Dios, de la misión de Jesús y de la nuestra?

Sobre el autor:
Pedro Arana Quiroz es peruano. Cofundador de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y ex secretario de la Sociedad Bíblica Peruana. Ingeniero químico de la Universidad San Marcos; estudió Teología en la Universidad de la Iglesia Libre de Escocia en Edimburgo. En 1980 fue ordenado al ministerio pastoral en la Iglesia Presbiteriana.


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