En el espíritu de Jesús: Pistas y Desafíos para una ESPIRITUALIDAD REFORMADA Contemporánea, Contextual y Transformadora - Segunda parte | Por Jorge Daniel Zijlstra

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El nudo de la Ruaj

El espíritu de la vida, que nos llama a una espiritualidad cósmica que incluye a toda la creación y a su historia, es el espíritu femenino y maternal de Dios. En la Biblia la ruaj (femenino) fecunda la vida y gesta la existencia.

”El" Espíritu, "el" viento, es ante todo y más propiamente “la" Espíritu, “la" brisa suave y apacible que permite encontrarse con Dios (1a Re. 19: 12); o como diría Juan Calvino, también en términos femeninos, el Espíritu es la vida, la unción, la fuente o la llave con la cual:
“nos son abiertos los tesoros del reino de los cielos y su iluminación puede ser llamada la vista de nuestras almas.” (Juan Calvino)  
Desde su contexto, en su lenguaje y en su tiempo Calvino hace unas afirmaciones contundentes, claras, desafiantes y femeninas en cuanto a lo que el/la Espíritu hace en lo creyentes. Sobre el Espíritu Santo decía:
El Espíritu Santo es el nudo con el cual Cristo nos liga firmemente consigo… es el maestro interior y el doctor por medio del cual la promesa de salvación penetra en nuestra alma (...) y le atribuye como oficio traer a la memoria y hacer comprender lo que les había enseñado.” (Juan Calvino)
El Espíritu es el nudo que nos ata a Jesús, por lo cual la espiritualidad cristiana debe estar ligada a las prácticas de vida y justicia de Jesús más que a cualquier construcción teológica. La medida, el modelo, la clave de una vida en el espíritu es Jesús. La Iglesia hoy, como en los tiempos de la Reforma, tiene que tener la honestidad y la valentía de examinar sus prácticas y enseñanzas para ver si las mismas concuerdan con lo que Jesús mostró por medio de sus palabras y gestos y si no es así, asumir la responsabilidad de la reforma. Iglesia reformada siempre reformándose.

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Una espiritualidad responsable y madura debe mover a la iglesia a una introspección que permita considerar cuán atados estamos a Jesús y su manera de vivir, o hasta qué punto estamos más comprometidos con teologías posteriores que pudieran -aunque con buena fe- apartarse del espíritu de Jesús legitimando el statu quo y sacralizando afirmaciones y postulados culturales dominantes en la sociedad donde se construyen esas teologías.

Algunas teologías y espiritualidad reformadas parecen más atadas al fundamentalismo ortodoxo de los calvinistas (que radicalizaron a Calvino) que a los planteos más reflexivos y en diálogo del propio reformador de Ginebra. A la vez, parecen más atados a citas de juicio y castigo de Pablo y de teologías posteriores a Jesús, que a la proclamación del espíritu de amor compasivo y misericordioso que el mismo Jesús muestra por medio de sus enseñanzas y de sus prácticas de vida, relatadas en los Evangelios.

La iglesia tiene que asumir el desafío de trascender las espiritualidades que se aparten del espíritu de Jesús.

En este sentido es necesario cuestionar prácticas discriminatorias formuladas desde los varones y para los varones. Allí donde aún se margine y oprima a la mujer o a otros grupos, la espiritualidad reformada debe atarse al espíritu de Jesús y superar las limitaciones del pensamiento patriarcal que propone la visión de un Dios injusto que somete a una parte del género humano y que solo llama a varones.

En la teología reformada el sacerdocio es para todos los creyentes. Dios llama a varones como a mujeres, con igual dignidad y sin distinciones y habla al corazón humano con el mismo espíritu que Jesús hizo evidente cuando no condenó a la mujer que iba a ser apedreada (Juan 8: 1-11), o cuando reconoció la fe de aquella que buscó salud en el maestro y le tocó (Marcos 8: 43-48).

Toda vez que en Cristo ya no se distingue a las personas por origen nacional, por la expresión de masculinidad o femineidad, o por su condición social (Gálatas 3:28, en Cristo ya no hay varón, ni mujer, judío ni griego, libre ni esclavo) la espiritualidad reformada contemporánea nos desafía a una espiritualidad con lugar para todas y todos y donde la exclusión y la  discriminación no tengan lugar.
“A pesar de la terquedad humana, por dividir, distanciar, separar, discriminar, el Espíritu se encarga de unir y reunir. Espiritual tiene que ver entonces con encarnar esa vocación del Espíritu sintetizada en la oración de Jesús de Nazaret: “Que todos sean Uno…” (Juan 17).” (Tony Brun) 
En este sentido la espiritualidad en el espíritu de Jesús no puede ser patriarcal, machista y excluyente sino más bien femenina, inclusiva y soro/fraternal. Por esto:
“Tenemos que volver a activar las fuerzas femeninas que se han ido perdiendo durante siglos de sistemas patriarcales. Sólo así surgirán si despertamos en nosotros las fuerzas originarias del cuidar, sanar, observar, sentir, de la intuición, compasión, dedicación, entrega y amor [porque] la mística moviliza las facultades femeninas, y a la inversa, desde lo femenino se dinamiza la espiritualidad y se vitaliza la mística." (María José Arana, Católico, español)
Esto es central para una espiritualidad con espíritu ruaj:
“Una vez más: necesitamos “recuperar el alma”, necesitamos despertar ‘lo femenino’, esas “fuerzas originarias” por- que más que nunca nos urgen todas esas acciones y actitudes que tienen que ver con el cuidado, la observación atenta, la generación de la vida, la escucha del ritmo de todo en todos/as... Todo ello involucra en una forma relacional abierta a la actitud compasiva, misericordiosa con toda la realidad, en un anhelo de sanación, unidad y transformación.” (María José Arana)
Así las cosas el Espíritu, la ruaj, tiene que ver con Jesús, con nosotros, con las demás personas y con toda la creación, es así desde los orígenes de la vida, cuando en aquellos antiguos relatos mitológicos proponían una razón de fe que explicara la fuerza de la vida y la inspiración del ser humano, cuando se decía que el Espíritu anida sobre el caos para poner en orden la vida y es el aliento e inspiración que habita la persona humana desde su creación (Génesis 1 y 3).

Espíritu y vida van tan juntos como Espíritu y mundo. Pero hagamos una clarificación importante que para algunas personas resulta menos obvia que para otras: al hablar de temas de la fe y del Espíritu no estamos hablando de temas exclusivos de la iglesia y menos aún de asuntos afuera de este mundo, ni de realidades relacionadas a algún lugar  o estrato etéreo llamado “espiritual”.

Al hablar de espiritualidad estamos hablando del aquí y ahora de nuestra existencia y estamos  hablando de la vida y de la acción de Dios y de su Espíritu en ésta vida y en esta historia. El Evangelio plantea que el amor de Dios es a éste mundo, no a otro (Juan 3: 17); razón por la cual la espiritualidad siempre debe ser pertinente al mundo y el momento histórico que nos ha tocado vivir y reclama de nosotros una acción (Romanos 8:19).

Pero hay algo más que, nos lo clarifica bien el psicólogo y teólogo español Enrique Martínez Lozano cuando expresa:
“En la experiencia mística… el Espíritu no es "Alguien" que hace "algo" sobre "alguien", por más que nuestra mente, en cuanto quiera dar razón de ello, no pueda expresarlo de otro modo. El término "espíritu", en las tradiciones antiguas, aparece vinculado al viento, a la respiración y a la energía. Ruaj, en hebreo; pneuma, en griego; spiritus, en latín; qi (o chi), en chino; prana, en sánscrito... Todos ellos son términos que hacen referencia a "aliento vital", "soplo de vida", "energía"..., y guardan una estrecha relación con la propia respiración.”  (Enrique Martínez Lozano, español)
Lo que quiero decir es que el espíritu también es lo que somos, lo que respiramos, lo que nos hace vivir. Cuando Jesús hubo concluido su obra dijo “consumado es” y "entregó su espíritu” (Juan 19:30). El espíritu no es algo que poseemos sino algo que nos llena y nos inunda, y por lo tanto, nos da profundidad.

Vivir en el Espíritu es reconocer que así como los seres vivientes necesitamos el aire para vivir, así el cristiano necesita del impulso del Espíritu para crear, para amar y para servir. Sin el Espíritu no somos ni existimos. Recordemos que la creación comienza con el Espíritu habitando la tierra y con el ruaj siendo inspirado en la persona humana. El cristiano sabe que sin Espíritu no hay vida, ni fecundidad, ni profundidad, ni gozo. Por esto:
“De la misma manera que está en nosotros el aire que respiramos, así también Cristo. El cristiano no tiene una mente propia, su mente es la de Cristo (1a Cor. 2:16). No tiene deseos propios: la voluntad de Cristo es su única ley. Está gobernado por el Espíritu, controlado por Cristo, centrado en Dios”. (W. Barclay, Reformado, norteamericano)
El oxígeno para un nuevo tiempo humano vendrá de esa ruaj, aliento de vida, que el relato mítico de la creación expresa que fue puesto en nosotros por el mismo Dios. Él insufló su ruaj en la humanidad y en toda la creación. Por esto comprendemos que ciertamente,
“no somos seres humanos viviendo una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana.” (Pierre Teilhard de Chardin, Católico, francés).
Entonces desde una fe reformada amplia y ecuménica, transcultural e interreligiosa podemos referirnos a la espiritualidad como esa fuerza, inspiración y aspiraciones a las que somos llamados por la ruaj y por el ejemplo de humanidad plena encarnado en Jesús de Nazaret. Esa fuerza espiritual en la vida resulta el motor vigoroso que moviliza la esperanza de una vida plena de justicia y equidad.

Espiritualidad y espíritu de Jesús

La brisa del espíritu ruaj -sustentador de la armonía de la creación que consagró a Jesús para los y las pobres- es la misma inspiración que nos llama hoy a construir lo nuevo que ya está gestándose (Isaías 43:19) y a trabajar por una nueva humanidad con vida y con espacio para todos, sin exclusiones ni discriminación. Porque hacer la voluntad de Dios es vivir inspirados por el mismo espíritu de Jesús: amar como él amó, vivir como él vivió, dándose por entero a los demás, en respuesta al ilimitado amor de Dios. En este sentido la pregunta sobre “¿qué es espiritualidad?” se contesta mirando a Jesús.

Nosotros conocemos el espíritu que movía a Jesús. Su espíritu es solidario, justo, compasivo, misericordioso, pleno amor, no condena, da vida, incluye, acaricia, pone a los niños en el medio, sana enfermos, restaura la vida, hace mesa para que todas las personas tengan lugar y siempre, siempre, da vida en especialmente a quienes están más carentes de ella. El espíritu que mueve a Jesús es el espíritu de otro mundo posible, el espíritu que pone la vida del pobre en el centro y a los últimos los ubica primero; es el espíritu que se entrega, que se derrama, que se comparte y que nos moviliza.

Ese espíritu es el que nos llama a transformar el mundo, empezando por uno mismo y siguiendo por nuestro prójimo. Es el espíritu que nos llama a lo grande desde lo pequeño, desde cada gesto y cada acción. desde por el microcosmos de nuestras relaciones y de nuestro entorno más cercano. Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia, decía Jesús, el resto vendrá por añadidura (Mateo 6:33).

Por esto hablar de espiritualidad tiene que ver con un espíritu, como el de Jesús; capaz de cautivar el corazón humano al punto de llenar de sentido la vida e inspirar en la humanidad los más hermosos sueños de Dios para una vida plena y abundante de toda la creación. Tiene que ver con ese llamado -desde lo profundo- que moviliza todas las energías, esfuerzos y voluntades para la apasionada construcción de ese otro mundo posible en el que todos, todas y todo (la creación) tengan espacio y provisiones para la vida.

En algunos de nuestro países, en especial los andinos, tienen una idea interesante de cómo llevar adelante la vida. Le llaman el "buen vivir”. Los pueblos originarios andinos, desde una espiritualidad cósmica y entrelazada con la madre tierra (pachamama), plantean que hay otra manera de vivir, la del buen vivir, tan cercano al espíritu de las bienaventuranzas y a la propuesta de vida abundante de Jesús.

Sumak kawsay, en quechua, significa la plenitud de vida en comunidad junto con otras personas y la naturaleza”. Suma qumaña,  en aymara,  es todo aquello que nos permite un buen vivir. En esa línea podríamos decir que la espiritualidad a la que invita Jesús tiene que ver con ese espíritu que surge de la tierra y que nos ha ungido y consagrado, también a nosotros, para proclamar las buenas noticias del buen vivir y la vida plena para el mundo Lucas 4:18 ss.).
“El buen vivir es una alternativa para la idea del desarrollo, es un concepto de bienestar colectivo que surge por un lado del discurso postcolonial, crítico al desarrollo; y por otro lado, de las cosmovisiones de los pueblos originarios andinos. Es una visión ética de una vida digna, siempre vinculada al contexto, cuyo valor fundamental es el respeto por la vida y la naturaleza.” (Mira Käkönen, Finlandia)
Las comunidades de fe tienen ante sí grandes desafíos y excelentes oportunidades, precisamente, para proponer la esperanza renovada de un nuevo mundo posible en el que las diversas espiritualidad y creencias aporten -sin discordias- al mismo propósito de una vida acorde a los propósitos de Dios, según es nombrado en cada cultura. Porque la realidad es que la experiencia base de la espiritualidad es:
"que estamos ligados y religados (la raíz de la palabra ‘religión’) unos a otros y todos a la Fuente Originaria. Un hilo de energía, de vida y de sentido pasa por todos los seres volviéndolos un cosmos en vez de un caos, sinfonía en vez de cacofonía.” (Leonardo Boff, Católico brasileño)
En esta perspectiva Pablo plantea la voz de un espíritu que moviliza la vida y que quiere transformar el mundo actual en uno nuevo, aún a costa los padecimientos del tiempo presentes, los cuales vendrían a resultar -por acción del espíritu de la vida- en contracciones del parto inminente de un mundo nuevo que la creación anhela y que el espíritu humano debe manifestar (Romanos 8).

Ese es el espíritu que movía a Jesús y se encarna en el corazón y en las prácticas de las primeras comunidades de creyentes con sed por vivir en relaciones de justicia y plenitud (Hechos 2) donde a la persona carente se le provea para la vida y las relaciones. En Mateo, Jesús dice que los que tengan ese espíritu de servicio a las personas más débiles recibirán la vida. Por esto:
"La espiritualidad cristiana no es un recurso terapéutico individual ni un escudo o amuleto para enfrentar las exigentes realidades de la vida.  Ninguna persona o grupo es verdaderamente cristiano si está cerrado a las necesidades del mundo. La verdadera espiritualidad cristiana no es insensible a las injusticias y sufrimientos del mundo." (Tony Brun)
Así mismo,
“La persona espiritual no es aquella que recita doctrinas. La persona espiritual no es aquella que sabe más de Biblia o de teología. La persona espiritual no es aquella que pasa más tiempo de rodillas en oración, canción o éxtasis. La persona espiritual no es aquella que gasta más tiempo en la caridad a los necesitados. La persona espiritual no es aquella que tiene perfecto comportamiento según la ley. Puedes hacer y tener todo esto, pero no por ello serás espiritual. La espiritualidad es más amplia, integradora. Se trata de una experiencia humana que proporciona el aspecto espiritual de nuestra vida enriqueciendo y dando profundidad a nuestra existencia. La espiritualidad cristiana presupone una manera de vivir y no una filosofía abstracta o un código de creencias. Ser cristiano es vivir de determinada manera, seguir determinado “camino”: el camino de Jesucristo.” (Tony Brun)
La espiritualidad cristiana, como venimos diciendo, implica vivir y encarnar ese espíritu revelado en Jesús que compromete a sus seguidores:
"a la solidaridad para con los pobres (Lc. 4,18), a la alegría de que se haya revelado el Reino a los pequeños (Mt. 11,25), y a "quitar el pecado del mundo" (Jn. 1,29) luchando hasta la muerte (Lc. 22), a anunciar el Reino (Mc. 1,15) a identificarse con los pobres (Mt. 25), a orar al Padre en el silencio de la noche (Lc. 6,12).”  (Víctor Codina, Católico, español) 
Espíritu de pobres

Desde la perspectiva cristiana vivir en el mismo espíritu de Jesús es vivir con el espíritu de las personas pobres. Ese es el mensaje de la primera bienaventuranza con la que Jesús inició su primer mensaje público. El sermón del llano y del monte definen la plataforma de Jesús para la vida y definen como “bienaventuradas” a las personas pobres con espíritu; o pobres que están en el espíritu; o quienes tienen espíritu de personas pobres, porque ellas y ellos son predilectos para Dios.

Tony Brun desarrolla muy bien el tema de la búsqueda humana de la felicidad resaltando la opción de vida de las personas que deciden no vivir enfocados en las riquezas. Dice:
“No basta con ser pobre espiritualmente, mientras se tiene abundante dinero. Tal espiritualización de la frase “pobres en espíritu”, no corresponde al mensaje original del evangelio de Jesús. Pero tampoco basta, con ser pobre materialmente, pues tal afirmación expresaría un absurdo, esa situación humana y sociológica no puede ser objeto de bendición. Se trata sobre todo de renunciar al deseo de ser ricos, a esa ambición que acapara el corazón humano, llevándolo a la injusticia y que lo separa de Dios (Mt 6:19-21, 24). No se trata entonces de la pobreza ascética, sino del efectivo desapego del dinero y todo lo que ello representa (dominar, acaparar, injusticia, prestigio, egoísmo, etc.). Jesús proclama que las personas que toman esta decisión y la siguen en su vida, son felices. Porque ya no viven para acaparar y poseer sino en el proyecto de compartir. La intervención de Dios – a pesar de todas las adversidades – se produce a favor de ellos. Así pues los que comparten experimentan el milagro de la providencia divina, como en la abundancia de los panes y peces. En la práctica, se trata de personas que renuncian a acumular y poseer bienes, porque su estilo esencial de valores y vida es compartir con los demás. Obviamente no sólo la materialidad del dinero sino todo lo que el dinero representa: seguridad, bienestar, confianza, etc.   Las personas que todo lo poseen, no necesariamente son las más felices. Mientras que las personas que comparten tienen un grado de felicidad y satisfacción en la vida, superior a la media." (Tony Brun) 
Como bien confirma Brun:
"Entonces la primera y más fundamental bienaventuranza, se refiere a los que cambian la opción de poseer por el proyecto de compartir, los que han decidido compartir lo que son y lo que tienen.  Cuando este estilo de vida es compartido en la comunidad, allí a nadie le va a faltar nada, porque todo va a estar a disposición de todos. Aunque tal proyecto social pueda considerarse utópico, la exigencia evangélica nos urge a ir anticipando ese ideal en los valores y prácticas personales, familiares, comunitarios, etc.“  (Tony Brun)
El espíritu da vida pero al amor al dinero, ayer y hoy, es la razón de todos los males y de las peores teologías. En este sentido la espiritualidad no puede ser ensimismada ni egoísta, sino volcada al servicio del otro, la otra, en especial en servicio de los pobres
“La espiritualidad parte no del poder, ni de la acumulación, ni del interés, ni de la razón instrumental; arranca de la razón emocional, sacramental y simbólica. Nace de la gratuidad del mundo, de la relación inclusiva, de la conmoción profunda, del movimiento de comunión que todas las cosas mantienen entre sí, de la percepción del gran organismo cósmico empapado de huellas y señales de una Realidad más alta y más última. (…) Lo que actualmente debe ser mundializado no es tanto el capital, el mercado, la ciencia y la técnica; lo que fundamentalmente debe ser más mundializado es la solidaridad con todos los seres empezando por los más afectados, la valorización ardiente de la vida en todas sus formas, la participación como respuesta a la llamada de cada ser humano y a la propia dinámica del universo, la veneración de la naturaleza de la que somos parte, y parte responsable.” (Leonardo Boff)
El teólogo brasileño Alfredo dos Santos Oliva lo expresa con las siguientes palabras:
El principio de un proceso de calentamiento de nuestra vida espiritual pasa, necesariamente, por la vida y el ejemplo de nuestro Maestro. Si no nos despojamos de las preocupaciones obsesivas respecto de los bienes materiales, de la fama y de la proyección social, jamás tendremos el tiempo adecuado para dedicarnos a la construcción de una espiritualidad saludable. Debemos vivir, como dimensión fundamental, la atención y la dedicación respecto de las personas necesitadas. dicha dedicación y solidaridad para con el prójimo, especialmente para con los afligidos, son imprescindibles en una práctica que pretenda ser cristocéntrica” (Alfredo dos Santos Oliva en Una Iglesia sin Propósito, CLAI, Jorge Henrique Barros, editor, Presbiteriano, brasileño)
Es importante resaltar que Calvino al hablar de los bienes del Espíritu asocia a estos con la búsqueda de la justicia y  afirma que Espíritu tiene que ver con la vida
 “a causa de su justicia (Rom. 8:10) (…) porque derramando sobre nosotros su gracia nos hace fértiles para producir frutos de justicia.”
(Juan Calvino)
Es importante, uno de los frutos de la vivencia del Espíritu es hacernos fértiles para producir frutos de justicia. Calvino dice más, afirma que por la acción del Espíritu estamos unidos a Cristo y por Él recibimos de su multiforme gracia con un objetivo de justicia. Observando la dinámica de la gracia en Jesús y los bienes que él aporta a la vida de las personas pobres, Calvino advierte:
“Hemos de considerar ahora de qué manera los bienes que el Padre ha puesto en manos de su Unigénito Hijo llegan a nosotros, ya que Él no los ha recibido para su utilidad personal, sino para socorrer y enriquecer con ellos a los pobres y necesitados” (Juan Calvino)
La conclusión es evidente, las bendiciones que recibimos y los bienes que administramos tampoco a nosotros se nos dan par utilidad personal, sino para socorrer y enriquecer con ellos la vida de los demás y primeramente la vida de las personas pobres y necesitadas.

Entonces una espiritualidad reformada transformadora busca encarnar la justicia toda vez que:
"el ser bendecidos por la gracia de Dios debe calificar nuestras relaciones, eso significa practicar la justicia en lo cotidiano; vivir de manera que el tener no sea un deseo de poseer indefinidamente y practicar el ayuno como símbolo de nuestra frugalidad”. (Ofelia Ortega)
Todo lo que tenemos debe ser puesto al servicio del prójimo porque no puede ser el afán al dinero el motor de nuestra existencia porque es la raíz de todos los males:

“La postura de Jesús es radical. La raíz de los males de la humanidad está en los fundamentos mismos que el corazón humano ha creado: en el afán de dinero (tener), en el deseo de prestigio (subir) y la sed de poder (dominar). Estas tres ambiciones – tener, subir y dominar – despiertan entre los seres humanos las rivalidades y violencias, los odios e injusticias.  Por tanto, no alcanza con reformas violentas de los sistemas político-sociales, ni con las reformas graduales de las instituciones socio-religiosas, ni con el cambio de creencias o ritos piadosos.  Para Jesús de Nazaret - como para el Buda, Sidharta Gautama - el verdadero enemigo reside en el interior del ser humano: el apego a tener, el orgullo del subir y la sed de dominar. Por eso, su mensaje es radical y exige una transformación radical, esto es, de raíz.
(…) Pero, sin embargo, no alcanza con renunciar a esos hábitos destructivos. Es necesario sustituirlos por hábitos constructivos, positivos.
En vez de acaparar (tener) Jesús propone compartir lo que se tiene; en vez de figurar o sobresalir (subir) Jesús propone igualdad; en vez de mandar y dominar (poder) Jesús propone solidaridad y servicio humilde.
En otras palabras: en vez de rivalidad, odio y violencia, Jesús propone la experiencia comunitaria de una vida en hermandad, amor y paz."
(Tony Brun) 

Brun desarrolla magistralmente el tema en clave de espiritualidad y de transformación y resalta que hoy más que nunca:
“Se impone la necesidad de un cambio profundo y radical que la humanidad no ha encontrado aun de modo global y sostenido. Es claro que tal cambio no va a venir por la lógica del dinero como capital y el dominar como conducta. ¡No nos vendrá el remedio de donde nos llega la enfermedad! El consumismo egoísta y sus instituciones generan repetidamente más egoísmo y sufrimiento. El cambio tiene que surgir y expandirse desde el interior de las personas, mediante una profunda conversión y encarnación de los valores de la nueva sociedad que aparece en el proyecto anunciado de Jesús de Nazaret.” (Tony Brun) 
Y ahí encontramos una gran pista y un gran desafío para una espiritualidad reformada contemporánea, conceptual y transformadora: ver en qué lugar nos ubicamos respecto a ellos y en qué manera los “bienes” que tenemos se utilizan en favor de ellas y de ellos. La vida de Jesús es reveladora en cuanto a ese componente geográfico que nos cuestiona sobre en qué lado o en qué orilla nos ubica nuestra fe, con los saciados o con los hambrientos, con los sanos o con los enfermos, con los salvos o con los perdidos…

Por eso afirmamos que vivir es andar en el espíritu de Jesús, un espíritu volcado por entero a la plenitud de la vida de todos, pero empezando por las personas más sufridas. Esa es la mejor definición de espiritualidad, porque llama a asumir la vida y las relaciones humanas desde una experiencia del Dios amoroso al que podemos llamar abba, pai, papi (Marcos 14:36), porque es cercano a cada uno de sus hijos e hijas y está comprometido con quienes más sufren, como gallina que bajo sus alas protege a los polluelos (Mateo 23:37).

Primera parte: En el espíritu de Jesús: Pistas y Desafíos para una ESPIRITUALIDAD REFORMADA Contemporánea, Contextual y Transformadora




Sobre el autor:
Jorge Daniel Zijlstra Arduin es pastor y teólogo, estudió en ISEDET/ Argentina (Bachillerato Superior en Teología) y en la UBL/Costa Rica (Licenciado en Teología y Pastoral). Sirve en la Iglesia Presbiteriana USA en Puerto Rico y es Primer Vice Presidente de la Junta Directiva del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI).



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