¿Vagabundos errantes o caminantes esperanzados? | Por Ruth Padilla Deborst

Imagen: Pixabay
El Camino (Gypsy Kings)

Yo me encuentro triste y solo
Y buscando por la calle
Mi camino

Porque soy un vagabundo
En mi tierra, en el mundo
Mi Camino

Yo me encuentro triste y solo
Y buscando por la calle
Mi camino

El camino, mi camino
El camino del verano
Y yo soy un vagabundo
Yo me voy por este mundo

La voz del poeta cantor pinta el cuadro actual. Personas en constante movimiento, vagando por el mundo sin hogar fijo. Buscando por calles, mares, fronteras. Algunas forzadas por guerras, hambre, violencia. Otras, turistas de la vida, en busca inacabable de nuevas experiencias, de estímulo, de cambio. En palabras de un sociólogo, hoy las identidades se adoptan y se descartan como disfraces.[1] Se privilegia la apariencia sobre la salud; se procura consumir más que producir; se prefiere la obsolescencia antes que la durabilidad –aún en las relaciones interpersonales. Se fragmenta la vida en episodios en lugar de trazar una estrategia de vida, se procura que todo se consiga YA. Hago referencia aquí al pensamiento del sociólogo polaco Zigmunt Bauman. En este medio, prosigue, las relaciones humanas son fragmentarias y pasajeras y se sustituye la ética por los sentimientos morales, las intuiciones y los impulsos de los seres autónomos. Todo milita contra la construcción de redes duraderas de deberes y obligaciones mutuas.

Yo me encuentro triste y solo
Y buscando por la calle mi camino
El camino, mi camino
Y yo soy un vagabundo…

Frente a este cuadro, ¿existen buenas noticias? ¿Tiene el evangelio de Jesucristo algo que aportar a nuestro mundo vagabundo? ¿Hay camino? ¿Hay destino? ¿Hay esperanza?

La Biblia toda es un registro de un pueblo que camina, se encamina hacia su destino, su vocación de vivir de tal manera que sirvieran como ejemplo a los otros pueblos. El pueblo se encamina, se desvía, se encarrila. Elige caminos de vida. Elige caminos de muerte. En medio de sus elecciones, su Creador no se ausenta. Aún cuando el pueblo vaga por el desierto, Dios se acerca, proveedor, sustentador, perdonador, restaurador. Les provee una ley que les traza el camino de regreso a su destino: al amor a Dios hecho carne en el amor al prójimo y el cuidado de la tierra. Aún cuando el pueblo incumple esta ley que conduce a la vida, Dios envía profetas que les desafían a mirar hacia atrás, a hacer memoria del camino recorrido, y les instan a mirar hacia delante, indicándoles hacia dónde deben dirigir sus pasos para llegar a su destino. Y ¿cuál, nuevamente, es ese destino? Vivir como pueblo de Dios en medio de los pueblos del mundo. Encontrar su identidad en la irrevocable relación con su Creador y demostrarla en la calidad de las relaciones con sus co-criaturas. La esperanza del pueblo radica, no en su fidelidad a su pacto con Dios sino en la fidelidad del Dios del pacto, ese Dios-comunidad-de-Amor que se empeña en intervenir en la historia humana para encaminar a la creación toda hacia sus propósitos de vida plena.

Gracias a ese empeño, aún cuando gran parte del pueblo ha olvidado la ley, y muchos líderes religiosos sólo la utilizan como herramienta de privilegio y exclusión, Dios irrumpe en la historia mediante Jesucristo, un obrero itinerante, maestro entre el pueblo, amigo de excluidos, desafiante de estructuras y prácticas opresivas, restaurador de vidas quebrantadas. Y como tal, no sólo indica el camino a andar sino que se tiende personalmente, en carne y sangre, como Camino de vida (Juan 14.6). Quienes lo siguieron no sólo recorrieron los polvosos caminos de Judea junto con él. Más bien encontraron su identidad en su creciente relación con Dios-hecho-humano. No sólo alcanzaron a entender cuál era el camino. Más bien pertenecieron al Camino (Hechos 9.2). Y en esa pertenencia, por obra y gracia de Dios mediante Jesucristo, recobraron su vocación, esa vocación de vivir de tal manera que sirvieran como ejemplo a otros pueblos. No temieron causar disturbios, ser perseguidos, o morir como su Maestro, por andar en ese camino (Hechos 19.23 y 22.4). Porque su esperanza radicaba, no en su capacidad de seguir fieles en el Camino, sino en el poder amoroso y restaurador del Dios de la historia y del cosmos quien mediante su Espíritu encamina a toda la creación hacia sus propósitos de vida plena.

Entonces, ¿qué de nosotras y nosotros hoy? Las noticias diarias no son buenas. Los caminos que nos propone la actual sociedad de consumo globalizado, sostenida por el andamiaje armamentista y el abuso de la creación, sólo nos dejan como vagabundos errantes. Para los más vulnerables, pobres, mujeres, niños, niñas, estos caminos deletrean m-u-e-r-t-e. Para quienes afirmamos la bondad del Creador y seguimos en el camino del Señor Jesucristo por el poder del Espíritu Santo, nuestra vocación es clara: vivir de tal manera que sirvamos como ejemplo a quienes nos rodean. No porque tengamos una moralidad superior, no porque seamos mejores personas, no por ninguna estrategia de desarrollo. Sólo más bien porque encontramos nuestra identidad irrevocable en nuestra relación duradera con el Dios que es desde siempre y para siempre. Caminamos hoy con esperanza porque pertenecemos a ese Camino.

TENEMOS ESPERANZA
Porque Él entró en el mundo y en la historia;
Porque quebró el silencio y la agonía;
Porque llenó la tierra de su gloria;
Porque fue luz en nuestra noche fría.
Porque Él nació en un pesebre oscuro;
Porque vivió sembrando amor y vida;
Porque partió los corazones duros;
Y levantó las almas abatidas.

Coro:
Por eso es que hoy tenemos esperanza
Por eso es que hoy luchamos con porfía;
Por eso es que hoy miramos con confianza
el porvenir (en esta tierra mía)

Porque atacó a ambiciosos mercaderes.
Y denunció maldad e hipocresía;
Porque exaltó a los niños, las mujeres
Y rechazó a los que de orgullo ardían.
Porque cargó la cruz de nuestras penas;
Y saboreó la hiel de nuestros males;
Porque aceptó sufrir nuestra condena
Y así morir por todos los mortales.

Porque una aurora vio su gran victoria
sobre la muerte, el miedo, la mentira;
ya nada puede detener su historia,
ni de si reino eterno la venida.

Perera y Pagura




[1] Zigmunt Bauman: From Pilgrim to Tourist –or a short history of identity

Sobre la autora:

Ruth Padilla DeBorst anhela ver que la paz y la justicia se abracen en el hermoso y quebrantado mundo que constituye nuestro hogar. Ha estado involucrada en educación teológica y desarrollo del liderazgo para misión integral en su nativa América Latina por muchos años. Sirve en el Equipo Coordinador del International Fellowship for Mission as Transformation y es miembro activa de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Con su esposo, Santiago, dirige el Centro de Estudios Teológicos Interdisciplinarios. También ha estado vinculada a la Iglesia Cristiana Reformada, la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos, y Visión Mundial Internacional. Los Padilla DeBorst viven en Costa Rica como miembros de la comunidad Casa Adobe. Sus estudios incluyen Lingüística, Estudios Interdisciplinarios y un doctorado en Teología de Boston University.


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