Teología en tiempos de incertidumbre - III Parte: El Dios débil | Por Ulises Oyarzun

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Después de contemplar la encarnación de Dios en una persona llamada Jesús, donde el trascendente se hace inmanente y el "Todopoderoso" tiene todo el poder para hacer justamente lo contrario, hacerse un feto y morir. Pues si no hubiese muerto en la cruz, de todas maneras en algún momento hubiese muerto.

No sé qué tanta seguridad podemos abrogarnos los humanos de entrar en el corazón mismo del misterio llamado Dios y describirlo como quien describe un sapo en disección. Juan resume en el prólogo de su evangelio una creencia propia del Antiguo Testamento: "A Dios nadie le ha visto nunca" Juan 1;18.

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En otras palabras, nadie puede decir que conoce íntimamente el ser de Dios, toda conclusión sobre él, aún de los profetas y la ley no son concluyentes 100%. Pero aquí viene la siguiente frase de Juan que cierra la idea: "... El Hijo unigénito, que es Dios, y que vive en comunión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer". Eso significa una sola cosa, antes de proclamar "Jesús es Dios", intentando en ese gesto explicar a Jesús desde la persona de Dios Padre.  Los evangelios proponen otra tesis: "Dios es Jesús".

Parece lo mismo, pero no lo es. Explicar a Jesús desde Dios es como repetimos en las palabras de Juan, intentar explicar al Nazareno desde alguien que nos trasciende en absoluto y que en verdad "nadie le ha visto", ni nadie le conoce "íntimamente". Pero decir Dios es Jesús, es como lo intentaron los evangelistas, explicar a ese ser trascendente que habita en la "luz inaccesible" 1 timoteo 6;16, desde aquel ser humano que sí conocimos, pues le vimos, le palpamos y le escuchamos, vivimos con él, le vimos morir y también volver de la muerte.

En simples palabras ... ¿quieres saber cómo es Dios? ¿Qué hace? ¿Qué le interesa ? ¿Y qué no le interesa en absoluto?... Ve a Jesús, su vida, qué hizo, por qué lo hizo, qué le interesaba y qué cosas y prácticas no le interesaban en absoluto, en ese hombre de Galilea está contenida la pregunta más profunda que el ser humano se ha hecho: ¿Quién es Dios?.

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Si esto es así, se nos presentan un horizonte lleno de posibilidades. Partiendo de estás intuiciones esperanzadoras, que quizás el Dios a quién adoramos no solo se "auto limitó" en Jesús, sino que para intervenir en la historia humana , ha entrado y se ha dejado afectar en el devenir humano con todas las consecuencias e implicancias que eso conlleva.

¿Pero Dios no cambia? ¿O sí? Sin duda la Biblia tiene pasajes donde habla de que Dios no cambia, "Ni tiene sombra de variación" Santiago 1;17. Pero la idea judía de un Dios que no cambia, no habla en el sentido griego aristotélico del "motor inmóvil" que según el filósofo afecta todo pero él no se deja afectar por nada. El Dios de la filosofía clásica es "apático". El Dios de la Biblia, en cambio, es un Dios que se ha dejado afectar por su creación amada, al punto de hacerse uno de nosotros. Eso era una locura para la filosofía antigua.

Por eso decía Aristóteles, "Nadie puede amar a Dios". Pero en cambio las Escrituras afirman de Dios como un ser que contiene emociones profundas. Él ama y no solo eso, Dios es Amor. La Biblia cuando habla de que Dios no cambia, es en el sentido que su propósito final con la humanidad no ha cambiado. Su deseo de redención y misericordia no ha mudado. Su pacto de fidelidad sigue firme.
Pero cuando vamos a la "encarnación" de Dios en la persona de Jesús no podemos menos que guardar silencio y contemplar algo que no tiene explicación racional y que sus alcances e impacto en la mismísima persona de Dios son insospechados.

El teólogo español José María Castillo en su libro "La humanización de Dios", sostiene que al leer la carta de Filipenses, el "himno" del "vaciamiento" de Dios (Filipenses 2;4-11), uno se encuentra con varias sorpresas.

Primero, el camino de Jesús es diferente al de Adán , este primer hombre quiere ser como Dios. Jesús en cambio se quiere despojar de su divinidad. Y ese debe ser el ejemplo de "humanidad" que debe haber en la iglesia, nadie debe ponerse por encima de nadie. En Jesús, Dios nos trasciende, pero no "hacia arriba", sino "hacia abajo" en la completa identificación y solidaridad con lo más bajo de la humanidad, un hombre sin derecho alguno, "un siervo (esclavo)", muriendo sin dignidad alguna.
Y es ahí cuando Dios padre levanta a su hijo por sobre todo poder.  Y le otorga un título de honor máximo (nombre sobre todo nombre) , el título de Señor (kyrios).

Un error común al leer esta parte de la carta es creer que es el nombre de "Jesús ", el que es exaltado sobre todo nombre, pero que en el griego es el nombre o título que recibe exaltación, es luego de vivir una vida en completa identificación con lo más frágil y estar dispuesto a ser fiel a su mensaje hasta las últimas consecuencias, es que el Padre lo levanta de la tumba y le da el título de "El Señor", título que era el más alto reconocimiento que alguien podría tener en la época.

La palabra "Señor" en griego es "Kyrios", título que en el mundo grecorromano solo lo tenía el "dueño del mundo" de aquel entonces, el Emperador. Lo importante de este canto que cita Pablo, es que la imagen de siervo torturado y frágil no es una suerte de "interludio" de Jesús, que luego de morir y de pasar esta temporada de "vacaciones" en la tierra, vuelve al "cielo" para aislarse definitivamente de esta tierra llena de injusticias.

El texto de Filipenses propone que la condición humilde que asume Dios en solidaridad con lo más bajo y frágil de la tierra es la que Jesús se lleva al cielo y es la que merece ahora ponerse como el más alto ejemplo para la iglesia y la humanidad. En otras palabras, Jesús es Rey del Universo, pero no porque "fue" alguna vez pobre y frágil y ahora no. En cierta modo que no tenemos mayor explicación, la divinidad de Jesús y su poder, que no tienen que ver con la manera que creemos que debiera ser la divinidad detentora de un poder absoluto y dictatorial, ha asumido "arroparse de fragilidad" con elementos que hacen de este rey un soberano diferente, un "rey siervo" para toda la eternidad y que aún desde su trono sigue vinculándose con lo más pobre y desgraciado del mundo, al punto de que "encontrándose en amor con un hambriento, sediento, sin casa, sin abrigo, en la cárcel o en su lecho de enfermo", es encontrarse con Él mismo (Mateo 25;31-46). "Lo que han hecho a uno de mis hermanos más pequeños, a mi lo hicieron".

Sería interesante luego de esto, en nuestros "cultos de adoración" tener presente qué significa "buscar a Dios" o "tener intimidad con Dios" sabiendo que al poner estos textos sobre la mesa, podríamos estar muy equivocados pensando que a Jesús se le encuentra cantando lindas canciones "encerrados" en lindos templos en completa indiferencia del mundo sufriente. Y sería interesante también reflexionar hasta qué punto con esta imagen de un Dios que se vincula "existencialmente" con lo más débil y carente de la tierra, lo seguimos vinculando nosotros en nuestra teología con elementos que tienen más que ver con un dictador y frío gestor del destino humano, que implacablemente dirige nuestros destinos pasando por alto una cantidad de sufrimiento insoportable, y aún más, sostener que este Dios está en todo su derecho de dejar que suframos pues en última instancia somos sus "enemigos" que merecemos de su mano la destrucción total.

El Dios que se manifiesta en Jesús, al contrario, es un Dios vinculado al sufrimiento humano.
Un Dios que en la persona de Jesús se acercó en amor a los enfermos y lloró el dolor de los que eran golpeados por el mal. No sanó a todos, pero no se quedó de manos atadas cuando se le presentaba la oportunidad de hacer justicia y promover una sociedad más solidaria y compasiva.

Y frente a los dolores de la vida , a ese sentido de indefensión, alguien podría pensar que la respuesta de Dios ante la muerte, las desgracias y las injusticias que nos golpean son "polleras" grandes que nos cubran , nos mimen y nos arrullen del mundo cruel. Pero en Lucas 11, cuando Jesús aparece enseñando sobre la oración dice; "Si ustedes son malos pero le dan buenas cosas a sus hijos cuando estos les piden, cuanto más el Padre en los cielos les dará el Espíritu Santo cuando se lo pidan". El Espíritu de Dios en el Antiguo Testamento tiene que ver con la fuerza vital, la fuerza creadora, el torrente divino que sopla para impulsar la vida donde ya parece no haberla.

En palabras más simples, el "Espíritu Santo" es lo que debemos pedirle al Padre, pues Él es "La fuerza de nuestra fuerza", el impulso que nos ayuda a seguir y enfrentar lo inaguantable. Las cruces más pesadas y los infiernos más temidos. En ese sentido, la bondad del padre que nos presenta Jesús no tiene nada que ver con esas ideas de un padre bonachón que nos sobre protege de todo desastre, sino con aquel que en su misterio camina con nosotros en medio de tanto dolor para que en aquellos momentos cuando la vida se nos viene encima, "la fuerza de todas nuestras fuerzas" nos ayude a levantarnos una vez y otra vez para seguir caminando.

Sobre el autor:

Ulises Oyarzún, chileno, ha sido conductor de radio, columnista de diferentes medios, pastor de jóvenes y precursor del "comedy stand up cristiano" en su país. Estudió Teología en el Seminario Teológico Bautista de Santiago de Chile. Ulises dice ser de sí mismo: "Experto en miserias y conflictos sin resolver, con un doctorado en turbulencias y tensiones existenciales. Soy feliz, tengo dos hijos y no tengo suegra".




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