Romanos 8:28 una grieta en el muro de la Predestinación | Por Hemir Ochoa

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Seamos claros. Hoy existen muchas personas que le encanta la idea de sentirse “los elegidos”. Característica que ya tiene un largo recorrido por las sendas de la Historia religiosa. Y en particular, del cristianismo también. Esto desde que fijara la lista de sus libros sagrados en el primer siglo de la historia común, no ha dejado de luchar por su propia exclusividad, frente a todos los demás.

Es así, como llegamos a la era moderna, en donde esta necesidad de sentirse parte del “grupo correcto cristiano”, se plantea desde diferentes ángulos. Siendo uno de ellos, el famoso tema de la Predestinación, que ha dividido ideológicamente a varios, en varios lugares, y en varios tiempos. ¿Realmente Dios escogió a solo unos pocos para salvarlos, dejando a merced de su propia perdición a los demás, quienes, según las versiones más apasionadas de este asunto, se freirán por la eternidad, y de manera consciente?

Muchos creen, con todas sus fuerzas que sí. (Otros esperan que sea así). Pero lamentablemente para ellos, el ejercicio de la interpretación, y de la lectura libre el texto, no siempre es así de clara para una gran mayoría de cristianos en el mundo. Quienes desde su más tierna infancia teologal, han sabido, que “las cosas secretas pertenecen a Dios”.

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Dicho esto me “allego” a la carta a los Romanos y su famoso capítulo 8, quizás el icono más prístino de la teología de la predestinación, y estandarte clarificador en este asunto…para algunos. Y me detengo en la primera parte, antes de la predestinación misma (versículo 29), ahí donde dice según la NVI (versículo 28) Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.

Y me quedo con la frase…“para el bien de quienes lo aman”. Y de pronto recuerdo, o como predicador que soy, me comienzo a preguntar sobre el amor. Se me vienen un montón de versículos a la memoria, pero lo que más resalta, es mi propio “primer amor”, aquel que he tenido con mi esposa desde hace varios años ya. Y me comienzo a cuestionar sobre ese mismo amor, a ver si encuentro alguna pista por ahí, en los recuerdos, las primeras salidas, primeras canciones, primeros abrazos.

¿Acaso no partimos pensando casi iguales, cuando recién nos estábamos encontrando?, ¿para luego darnos cuenta de las diferencias que teníamos como seres realmente individuales? Diferencias que no cambiaron cuando nos casamos, y que hasta el día de hoy mantenemos. Diferencias referidas a diferentes temáticas. Ahí hay algo interesante. El amor al parecer no implica igualdad, implica “un querer a pesar de…”

Cuando Pablo habla del amor, está totalmente consciente de que el amor, para que sea real, debe dejar un punto ciego, escotoma como le llaman los entendidos, ahí donde no podemos ver. Hablar de amor, significa que no sabemos todo del otro, ni lo sabremos. Cuando Pablo habla del “amor a Dios”, se refiere a que si amamos a Dios, debemos también dejarle un espacio para su propio cambio, sus decisiones que no compartimos, sus titubeos en lenguaje humano. El amor se debe dar entre dos o más. Si Dios nos ama, y en ese ejercicio del amor, se refiere a que nos deja ser libres, probablemente dejándonos ser y hacer aquellas cosas que a él no le agradan…¿no podemos nosotros hacer lo mismo por el amor que sentimos hacia él, dejándolo hacer lo que a nosotros nos desagrada?

Obviamente todos cargamos una imagen de Dios que se parece mucho a nuestra forma de pensar, pero si realmente queremos saber si amamos a Dios, debemos aceptar, que él hará como quiera, como le plazca, a pesar de nuestra oposición (Recuerde a Jonás).

En ese sentido, la predestinación, así como suele querer entenderse, como una especie de ecuación fija que no cambia, debemos revisarla desde el amor, no del nuestro sobre los demás, que ya debería ser un ejercicio empático de alto nivel, sino desde la libertad que dejamos ser a Dios, Dios. Porque si nuestro amor a Dios, nos lleva a creer que sabemos exactamente lo que hará, entonces no amamos a un Dios quien también quiere ejercer su libertad, que no tiene nada que ver con la inmutabilidad, sino con que en este juego ambos tenemos derechos. Si amamos un Dios del que sabemos todo, entonces ese Dios, es una imagen de nuestras propias necesidades, esperanzas, anhelos y decisiones. Osea, si amo a un Dios que es predecible (aunque sea bíblicamente), entonces no amo, sino que someto.

El amor, implica, nos guste o no, el ejercicio total y absoluto en que cada uno hace lo que quiere, y a pesar de eso, decido seguir amando. Si sigo amando a Dios a pesar de que él los quiera salvar a todos, si sigo amando a Dios a pesar de que no quiere condenar a los homosexuales como me gustaría, si sigo amando a Dios a pesar de no estar e acuerdo con su carta Gantt del fin del mundo, o su pasividad frente al mal, entonces realmente amo a Dios. Y por ende, todas las cosas que me pasen, tendrán sentido, porque en su amor, Dios también a respetado mi libertad. Y no hay mayor seguridad en saber esto, que Dios nos ama, por que nos deja en libertad de amarlo a él también, aunque a veces nos sea realmente un esfuerzo enorme.

Desde este punto de vista sí creo en la predestinación, en una donde Dios conocerá el amor de algunos por él, no para salvarlos exclusivamente, sino para que por medio de estos amantes suyos, se puedan salvar todos los demás. Porque finalmente todo tiene que ver con el amor (ya lo dice la canción),  y ya lo dijo Jesús. Y en el amor, nadie pierde, solo que algunos llegan más tarde a la celebración.

Sobre el autor:

Hemir Ochoa es pastor de la Iglesia Luterana de Valdivia, en Chile. Estudió en el Seminario Teológico Bautista de Santiago, el Centro de Estudios Judaicos de la Universidad de Chile y en el Seminario Evangélico Unido de Teología de España. Es director de la Academia de Hebreo Bíblico www.hebreobiblico.com





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