El hijo de hombre tiene cabello blanco | Por Juan Stam

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
En la primera visión del Apocalipsis (Apoc 1:13-16), el Cristo Resucitado se presentó vivo y majestuoso unos sesenta años después de haber sido crucificado. Juan estaba preso en la isla penal, y los fieles de las siete congregaciones que él pastoreaba vivían amenazados y hostigados por el imperio romano.  Era un momento muy difícil para Juan mismo y para las iglesias.

¿Cuál sería el mensaje de consuelo y fortaleza que Cristo le podría dar a Juan en ese momento de prueba tan dura?  En esta visión Jesús responde y le asegura a Juan, "Siervo mío, yo estoy vivo y aquí presente contigo, tan cerca como el aire que respiras, y ahí por Éfeso y Esmirna y las demás congregaciones, yo ando en medio de esos candeleros también.  Ni estoy muerto ni soy uno de esos 'señores ausentes' que tienen los latifundios de Asia Menor donde viven ustedes.  Yo soy el 'Señor de señores', presente en medio de ustedes y luchando lado a lado con ustedes por la causa de mi Reino".

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Además, en esta visión, Juan ve a Jesús con mayor gloria que nunca.  Viste una túnica larga y un cinto de oro por el pecho, Su cabello es blanco como la lana, sus ojos brillan como dos llamas de fuego.  Sus pies son como bronce bien purificado y fuerte. Su voz es como cascadas de agua.  En su mano derecha tiene siete estrellas y de su boca sale una espada.  Su rostro brilla como el sol tropical al mediodía.  El Cristo que está presente con Juan y con las congregaciones es un Cristo majestuoso y poderoso.

La fuente principal para esta visión de Cristo está en el libro de Daniel.  El mismo título "Hijo de hombre" se deriva de Daniel 7:13-14 y fue el título que más usaba Jesús para referirse a sí mismo.  Los pies de bronce son un contraste con los pies de barro de la gran estatua de Nabucodonosor (Dn 2:33-35, 41-45) y un eco de los pies color de bronce del "varón vestido de lino" (Dn 10:4-5; quizá Gabriel, Dn 8:16; 9.21).  En Daniel 7, el cabello blanco y el fuego describen al Anciano de Días (Dn 7:9-10; compárese 10:6).

Lo sorprendente en esto, y lo más importante, es la forma en que Juan cambia varios detalles de la descripción de Daniel 7.  Para comenzar, en Daniel el Hijo de hombre va sobre las nubes y se presenta ante el trono del Anciano de Días, en el cielo, a interceder por el pueblo de los santos en la tierra (7:13-14, 26-27).  En el Apocalipsis (1:7), y en todo el Nuevo Testamento, este mismo texto se aplica a la venida de Cristo, sobre las nubes, pero hacia la tierra para reinar y juzgar.  En Daniel, el Hijo del hombre intercede por el pueblo y el Anciano de Días juzga a los enemigos y salva al pueblo (Dn 7:26); en el Nuevo Testamento, Cristo viene con las nubes a la tierra y él es quien juzga a las naciones (Ap 1:7; Mat 25:31-32).

Lo más significativo es que Juan, en una clara reinterpretación de la visión de Daniel, se atreve a tomar atributos del Anciano de Días y aplicarlos al Hijo del hombre, cambiando radicalmente el simbolismo.  A los primeros lectores, muy familiarizados con el Antiguo Testamento (la única Biblia que tenían ellos), debe de haberles sorprendido esta inesperada transferencia.  Sólo podrían haber sacado una conclusión: Jesucristo es Dios.  El Hijo de hombre es tan Dios, y el mismo Dios, que el Anciano de Días.

El Hijo de hombre tiene cabello blanco y ojos de fuego.  Cristo reviste toda la gloria, majestad y poder del Anciano de Días.  ¡Adorémosle!

Sobre el autor:

Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.


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