¿Una pedagogía de la tristeza? | Por Richard Serrano

"Cuando Dios los ponga tristes, no lo lamenten, pues esa tristeza hará que ustedes cambien, y que pidan perdón y se salven. Pero la tristeza provocada por las dificultades de este mundo, los puede matar" (2 Cor. 7:10, TLA).

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En una cultura en la que le gente se desvive por sentirse y verse "bien", es natural rehuir al sufrimiento. En el altar del éxito y el placer no hay lugar para el dolor, el fracaso y las tristezas. Y, convengamos, ¡quién quiere sentirse triste, en modo alguno! Se ha hablado bastante, y con algo de razón, de los beneficios de una actitud positiva ante la vida, de ser competentes, creativos, emprendedores, optimistas y triunfadores. Pero no perdamos de vista que hay alegría que debería ser causa de pena y preocupación (Luc. 6:25), y tristeza que debería ser causa de gozo (Juan 16:17-22).

Jesús no negó ninguno de sus sentimientos. Él experimentó la alegría en sumo grado: “En ese mismo momento, el Espíritu Santo hizo que Jesús sintiera mucha alegría” (Luc. 10:21, TLA). Pero “Jesús lloró” también (Juan 11:35). En cierta ocasión, dijo a sus discípulos: “siento una tristeza de muerte” (Mat. 26:38, RVC). Pablo nos invita a “llorar con los que lloran” y “alegrarnos con los que se alegran” (Rom. 12:25). El Dios de la Biblia es Dios tanto en la alegría como en la tristeza (Deut. 31:18; Sal. 23:4; Isa. 9:1-4). Llama, por tanto, la atención el afán de algunos creyentes, conscientes o no de ello, por desterrar la tristeza de su percepción y vivencia de la fe, lo que significa una pérdida para la espiritualidad cristiana.

Por estos días, parece que tenemos más razones para estar tristes. Pero la tristeza, desde la fe que busca encarnarse en todos los ámbitos de la existencia, puede y debe ser vista, entre otras cosas, como una sensibilidad que nos permita forjar una espiritualidad más solidaria y comprometida. En ese sentido, la tristeza se transforma en una bienaventuranza, en una compañera, en un canto, en una maestra:
  • Si nuestra tristeza es respuesta a las injusticias, ¡bienaventurados! Ante tanta injusticia, Dios nos permite hacer preguntas, sin escandalizarse por ello. “Tú, Señor, eres justo y no puedo disputar contigo. Sin embargo, defenderé mi caso ante ti. ¿Por qué prosperan los impíos en todo lo que hacen, y les va bien a todos los que son desleales?” (Jer. 12:1, RVC). “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mat. 5:6).
  • Si nuestra tristeza es sinónimo de identificación sincera con el dolor del prójimo, especialmente con los más frágiles, ¡bienaventurados! “Acuérdense de los presos, como si ustedes mismos estuvieran presos con ellos, y también de los que son maltratados, como si ustedes mismos fueran los que sufren” (Heb. 13:3). ¡Bienaventurados los que solidarizan con los más sufridos de los que sufren! 
  • Si nuestra tristeza es una manera de rebelarnos contra toda amenaza a la vida, abierta o velada, ¡bienaventurados! ¿Qué tanto nos importan los atentados a la vida hoy? “Dios le respondió a Jonás: —Estás preocupado por una planta que no sembraste ni hiciste crecer. En una noche creció, y en la otra se secó. ¿No crees que yo debo preocuparme y tener compasión por la ciudad de Nínive? En esta gran ciudad viven ciento veinte mil personas que no saben qué hacer para salvarse, y hay muchos animales” (Jon. 4:10-11). Amélie Nothomb grafica el bochornoso episodio que vivimos: “Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo”. Ante eso, ¡bienaventurados los que se entristecen por tanta banalización del sufrimiento de las personas, y de la creación toda, y, por el contrario, defienden y celebran la vida, en todas sus manifestaciones!
  • Si nuestra tristeza es fruto del sano reconocimiento de nuestros pecados y genuino arrepentimiento, ¡bienaventurados! “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mat. 5:3, 4). ¡Bienaventurados los que, como Pedro, salimos de nuestras negaciones, lloramos amargamente, y vamos a refugiarnos en la gracia de Jesús que siempre nos recibe, restaura y reafirma! (Luc. 22:62; Juan 21:15-19).
  • Si nuestra tristeza brota de esa debilidad en la que Dios perfecciona su poder, ¡bienaventurados! “… Para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso. En tres ocasiones distintas, le supliqué al Señor que me la quitara. Cada vez él me dijo: ‘Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad’. Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí. Es por esto que me deleito en mis debilidades, y en los insultos, en privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo. Pues, cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 9:7-10). ¿El sufrimiento como aguijón? ¡Bienaventurados los que se reconocen vulnerables y experimentan el poder de la gracia en sus miserias, debilidades y padecimientos!
  • Si nuestra tristeza es semilla de esperanza y compromiso de lucha, ¡bienaventurados! ¿La tristeza como indignación? “Habla a favor de los que no pueden hablar por sí mismos; garantiza justicia para todos los abatidos. Sí, habla a favor de los pobres e indefensos, y asegúrate de que se les haga justicia” (Prov. 31:8-9). ¡Bienaventurados los que, haciendo eco de este verso de Martí, toman esta opción y asumen sus consecuencias: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar…”! ¡Bienaventurados los tristes que se junta para implicarse como agentes de transformación de vidas, comunidades y realidades! Decía Helen Keller: “"El mundo está lleno de sufrimiento, pero también de superación del mismo". 
  • Si nuestra tristeza es por los que rechazan las buenas nuevas, rehúyen la comunión con Dios y persiguen a sus mensajeros, ¡bienaventurados! Como Jesús, podemos y debemos decir: “¡Oh Jerusalén, Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas y apedrea a los mensajeros de Dios! Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina protege a sus pollitos debajo de sus alas, pero no me dejaste” (Mat. 23:37). “Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? Así está escrito: ‘¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!’” (Rom. 10:14-15). ¡Bienaventurados los que anuncian y demuestran el poder del evangelio!
Si nuestra tristeza es semilla de esperanza y compromiso de lucha, ¡bienaventurados! (Twitea esto)
¿Qué le hace sentir triste, ahora mismo? Hay tristezas que nacen de los recuerdos dolorosos; de nuestras contradicciones internas; de nuestra inconformidades y búsquedas teológicas; de nuestras luchas sociales y anhelos por un mundo más justo; así la tristeza puede tomar rostro de complejo, culpa, arrepentimiento, duda, compasión, “hambre y sed de justicia”. Y, en sí mismo, no será el sentimiento que experimentemos en determinadas oportunidades lo que hará la diferencia en nuestro peregrinaje, tanto como la manera en que discernamos sus causas, interpretemos sus signos y asimilemos sus enseñanzas. Aprendemos y vivimos la fe también desde la tristeza. Y, según parece, existe una tristeza para bien, para el perdón y la vida, y otra para mal, para la injusticia, la esclavitud y la muerte.

¡Que el Dios de nuestra fe transforme nuestra tristeza en cantos, en cantos de lamentación y dolor, de conversión y arrepentimiento, de vida y esperanzas! Sí, porque, desde la fe, la tristeza se hace canto, se hace camino, se hace discipulado, se hace comunidad. Ese canto toma de una mano a la alegría, y de otra a la tristeza, y, mientras avanzan, les muestra a ambas, en ocasiones con miradas silenciosas, otras veces con lágrimas y sonrisas, que la creación aún no lo ha visto todo. Que el recorrido es apenas eso, recorrido, pero el destino esperado, y en plena construcción, será siempre superior. No pidamos, pues, permiso para invitar a la tristeza en nuestro peregrinaje. Al final, ¿no es preferible caminar con los tristes y del lado de la justicia, la vida y la esperanza, que alegres y aliados con los injustos y repartiendo despojos con la muerte?

“Parece que estamos tristes, pero en realidad estamos contentos. Parece que somos pobres, pero a muchos los hacemos ricos. Parece que no tenemos nada, pero lo tenemos todo (2 Cor. 6:10). “También ustedes ahora están tristes; pero yo los volveré a ver, y su corazón se alegrará, y nadie les arrebatará su alegría” (Juan 16:22). “Porque estos sufrimientos insignificantes y momentáneos producen en nosotros una gloria cada vez más excelsa y eterna” (2 Cor. 4:17). Si nuestra tristeza es "esa tristeza" que viene para formarnos y hacernos más santos, sabios, solidarios y serviciales, bienvenida, tristeza, ¡enséñanos! ¡Camina con nosotros! Jesús, el Maestro, te lo permite. ¿Lo haremos sus seguidores y discípulos?

Sobre el autor:

Richard Serrano es pastor, teólogo y músico venezolano. Fue rector del Seminario Teológico Bautista de Venezuela. Actualmente, es pastor de la Primera Iglesia Bautista de San Antonio de Los Altos. Es director de educación teológica de la Unión Bautista Latinoamericana (UBLA). Realiza estudios doctorales en SETECA. Con su familia, vive en San Antonio de Los Altos, cerca de Caracas, Venezuela.


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