Un paso a la vez | Por Abel García

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Uno aprende muchas cosas a lo largo de la vida. Lees mucho, vas a la universidad, haces postgrados, trabajas de sol a sol. Te llenas de información. Haces cosas complejas, que no cualquiera puede hacer. Por ahí te emocionas, te enorgulleces. Con los temas de la fe pasa lo mismo, más si fuiste un tanto obseso con el texto, leyendo mucho y avanzando lo más posible en el intento de comprensión de la Biblia. Cambian tus aproximaciones, evolucionas, información y más información.

¿De qué sirve tanta información si no se siente nada, si te alejas de lo sagrado? ¿De qué sirve tener habilidad teológica si en la práctica, si en el día a día, se vive como si Dios no importara, como si lo dejáramos de lado, como si no existiera, como si Sus preceptos fueran cosa irrelevante, antigua, descartable? Así he andado, por varios años.

Así, un día descubres que el avance no es tal, que en realidad estás mucho peor de lo percibido, que donde en verdad estás es en un foso, que haces cosas que te auto destruyen, que dañan al entorno que te ama incondicionalmente, que lo da todo por ti, que boicoteas la felicidad que se te está concediendo, que por años has estado ignorando la dulce voz que te llama y que clama tu regreso, que te dice con recurrencia, que es hora que regrese a donde pertenezco: al calor de la presencia del Señor, esa que sentí tan cerca esa noche de fines de 1990, cuando oré por un imposible, porfiando contra la muerte, y luego dulcemente, sí, dulcemente, Él respondió a la pueril oración con una concesión preciosa, indescriptible. ¿Cómo podía ser eso posible?

Y aquí estoy, hecho nada. Pulverizado y a los pies de Dios. Y esas cosas que hace poco decía con suficiencia que eran casualidades, aparecieron, y vino el texto a mis ojos, como una revelación:

Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos - Salmo 32:8    

Mi propio camino, con Él a lo lejos, me ha dejado dando vueltas en círculos, incompleto, con la maravilla a mi costado pero sabiendo que todo estaba incompleto. Ya es suficiente, he de volver a Su llamado, y tristemente es a la manera del hijo pródigo: forzado tras el hambre, tras el daño. Las cosas han de construirse con Él al lado, no a la distancia. Ese error ya no se puede cometer de nuevo.

Clamo, como en mi oración reciente:

Apresúrate a ayudarme, Oh Señor, mi salvación - Salmo 38:22 

He de comenzar de nuevo en este camino con Dios, desde cero, como recién convertido, un paso a la vez, aunque tenga tantos años en esta fe que me ha salvado tantas veces. Redención he de buscar, y misericordia, toda la misericordia del universo.


Sobre el autor:
Abel García García, es peruano. Estudió Ingeniería Económica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), Finanzas en ESAN y Misiología en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA). Fue editor de la Revista Integralidad del CEMAA y enseña en varias universidades en Lima




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