“Se destapó la olla”: ¿qué hacemos con la misión integral?

Por Nicolás Panotto, Argentina y Chile
Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Como bien dijo Érika Izquierdo, después de las Cavilaciones de Harold Segura dirigida a los Padres de la Misión Integral (MI) y las reacciones que suscitó, no hay vuelta atrás. “Se destapó la olla”, como se suele decir ¡Y bienvenido sea! ¡Ya era hora! Como bien se ha mencionado, las palabras de Harold no representan algo nuevo ya que muchos/as venimos hablando, dialogando y compartiendo ideas similares. Pero estamos en una coyuntura singular, un “signo de los tiempos” que hace que la situación requiera de un giro radical, ya que dichos cuestionamientos no devienen de ningún vicio por la abstracción sino que emerge de las mismas tripas de la indignación sobre lo que está sucediendo con la iglesia evangélica en el continente.

¿Qué es lo que nos lleva a disparar estos temas? Clarito y directo: la MI ha pasado a ser una bandera de lo que originalmente cuestionó. Actualmente, esta propuesta es utilizada como punto de partida de un conjunto de discursos, prácticas y militancias que poco tienen que ver con la radicalidad de comprender la relevancia de la integralidad del ser humano desde el Evangelio, de asumir los desafíos del contexto, de tomar en serio la defensa de la vida y los derechos humanos en el espacio público, entre otros. Creo, como muchos/as, que no podemos continuar haciendo oídos sordos ni vista ciega a estos asuntos. Nos guste o no, la experiencia muestra con cuantía de ejemplos este fenómeno.

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Como ya se ha resaltado, la MI en su momento se levantó como un grito de “revolución” dentro del campo evangélico, donde inclusive sus Padres llegaron a ser tildados de comunistas, marxistas, liberales, y todo ese conjunto de epítetos que a buena parte de iglesias evangélicas le encanta endosar a quienes presentan un pensamiento crítico. Ahora bien, ¿qué pasó con todo esto? Hay que decirlo sin tapujos: hoy, hablar de MI ya no despierta las mismas reacciones. Puede ser que existan algunas iglesias que sigan utilizando estas etiquetas, pero la realidad es que pasa lo contrario: hoy, ser parte de la MI para muchos espacios significa ser un conservador de apariencia progresista o más bien utilizar un discurso que habilita articular una dimensión política desde una visión conservadora.

La pregunta del millón sigue siendo la siguiente: ¿cómo puede ser que la MI, que representó una propuesta crítica y radical dentro del espectro evangélico, hoy sea cómodamente tomada por los espacios que en su momento criticó? Creo que podemos resaltar dos aspectos. Primero, no podemos olvidar la historia: la MI tuvo como objetivo inicial ser una voz evangélica alternativa que no quería caer en los “extremos” de la teología de la liberación y los movimientos ecuménicos de la época. Construir una voz propia fuera de ciertos espectros eclesiológicos no tiene nada de malo. Pero el tipo de distanciamiento que se creó frente a lo que se consideraba como “liberal”, “marxista”, políticamente “extremo”, entre otros epítetos que en su momento la propia TMI esgrimió –y de alguna manera hoy día sigue levantando-, jugó una muy mala pasada. La timidez y ambigüedad de abordar ciertos temas de una manera más “equilibrada” y “evangélica” culminó en no tomar posicionamientos necesarios que hoy dieron lugar a ser retomados por las fuerzas contrarias.

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El segundo elemento a considerar es que la MI mantuvo intactos algunos elementos epistemológicos de la teología evangélica tradicional y conservadora a la que respondía, como son cierto método exegético y hermenéutica bíblica poco crítico, una metodología que no trabajó abierta y conscientemente –por no decir que no reconoció- los procesos ideológicos y políticos del quehacer teológico, y una eclesiología que debía “anexar” el compromiso socio-político, pero sin necesariamente transformar los aspectos más fundamentales del ser-iglesia. Por ello concuerdo con Harold Segura: la MI terminó promoviendo un compromiso socio-político como asistencialismo y no como una transformación radical en el sentido eclesiológico. Demás está decir que ninguno de los Padres de la MI predicó esto. Pero la falta de una profundización en la radicalidad teológica y eclesiológica de sus propuestas dio lugar a ello.

Es por eso que diversas expresiones teológicas y eclesiológicas conservadoras encontraron en la MI la mejor expresión metodológica para articular sus pretensiones ideológicas sin tocar una coma de sus postulados teológicos. En muchos lados he escuchado: “hacíamos misión integral sin saberlo”. Ello puede ser verdad. Pero como dice el dicho: “todo es nada”. Es decir, la falta de claridad y especificidad de la MI permitió que en muchos casos se perdiera el “espíritu” originario de su propuesta.

Como todo marco misiológico, la MI nunca puede pretender ser un cuerpo homogéneo con consecuencias y articulaciones prefijadas. Más bien, es un significante flotante, es decir, un marco que es reapropiado según contextos, intenciones e intereses. En este sentido, la MI también es un significante cuyos elementos son adaptados según contextos y conveniencias. Podemos identificar distintos tipos de acaparamientos. Por un lado, encontramos discursos conservadores que encuentran en la MI un tamiz teológico para justificar su salida al espacio público. Por ende, les sirve como un impulso heroico de visibilización, pero sin cambiar ni una tilde de sus posicionamientos teológicos o socio-políticos. Por otro lado, existe una gran masa de iglesias y discursos que es difícil encajar en algún parámetro concreto. Son evangélicas, pero cuestionan el conservadurismo. También hablan de la necesidad del compromiso social, pero no se adentran en temas espinosos para no herir susceptibilidades o no entrar en conflicto con instancias institucionales o denominacionales más amplias. Por último, encontramos una minoría de personas y comunidades que articulan la MI desde diversas voces (políticas y teológicas), reivindicando una perspectiva más crítica, ya sea con otras voces evangélicas como con imaginarios sociales.

Ahora, ¿qué decimos cuando hablamos de “paradigma teológico”? Más aún, ¿acaso es la MI un marco teológico con una metodología propia y lo suficientemente desarrollada? Por ejemplo, Gustavo Gutiérrez siempre planteó que la singularidad de la teología de la liberación fue exhibir un nuevo método teológico, y no tanto un tipo de discurso específico. Creo que esto se podría aplicar a todas las propuestas teológicas que representan una bisagra en el pensamiento cristiano.

De aquí, ¿podemos decir lo mismo de la MI? Yo creo que no. Y esto lo vemos reflejado en la carencia de abordajes metodológicos y epistemológicos de dicha propuesta. Los escasos materiales que conozco en esta línea, son más bien un intento de dar contenido a ciertas intuiciones de la MI utilizando otros marcos teológicos. Es decir, no hay una propuesta original propia.

Vale aclarar que esto no parte de un vicio academicista. Plantear que la MI carece de una metodología o andamiaje teológico más profundo, es dar cuenta de esta ambigüedad que estamos planteando. En otras palabras, el poco desarrollo de una propuesta teológica e inclusive socio-política conllevó a ser sumamente oscilante.

La MI, en resumen, representa –tal como mencionó Harold Segura- un abordaje más bien misiológico y pastoral, que no pretendió adentrarse a ser una propuesta teológica abarcadora. He aquí su valor, como también su talón de Aquiles. Bueno, eso último dependiendo de qué es lo que pretendemos de la MI. En otras palabras, ¿acaso no estamos esperando demasiado de esta propuesta? ¿No es mucho ponerla en el mismo plano que un paradigma? Sí, ya se; me dirán: “pero la TMI es un proyecto que tiene décadas de desarrollo y es reconocida en muchos espacios”. A lo que respondo: ¿acaso ello significa que la MI puede ser tratada como un paradigma teológico con todas las letras? Más aún, ¿ello demuestra que es un proyecto intrínsecamente crítico? No necesariamente. De inicio, el factor tiempo no implica la elaboración de un nivel de profundidad necesario. Es más, me animo a decir que si uno lee la bibliografía en torno a esta propuesta en los últimos 20 años, es muy difícil encontrar alguna sorpresa. Los discursos son más o menos homogéneos y con poca superación unos de otros. Aunado a esto, y aplicando cierta teoría de la sospecha: ¿qué nos dice que una propuesta alcance tal nivel de aceptación, por universos y espectros tan disímiles y hasta antagónicos? ¿Es ello por sí mismo un valor o acaso muestra tal nivel de labilidad que puede ser utilizado caprichosamente por posiciones ubicadas en veredas completamente opuestas, y por ende fracasar en su intención inicial?

Perdón la dureza, pero, ¿acaso ello no es una muestra de la fuerte inconsistencia de la MI como paradigma? Esta es la pregunta que me hago no sólo frente a este discurso sino a diversas voces que se dicen “críticas”, pero que al final son sumamente maleables y hasta funcionales. ¿Dónde reside su especificidad? ¿Acaso no podríamos decir que una particularidad es también asumir un posicionamiento –político- de alteridad, heterodoxia y cuestionamiento a lo hegemónico? Nuevamente, creo que la TMI nació de esta manera, pero su ambivalencia original terminó siendo funcional en muchos casos.

Otro tema: ¿qué decir de la relación entre espacios institucionales vinculados a la MI y el nivel de pertenencia a su propuesta? A modo de ejemplo, pensemos en uno de las principales instancias promotoras de la MI: la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) Como miembro de dicho espacio, considero que la FTL representa un conjunto de voces dentro del espectro de iglesias evangélicas y protestantes, con ciertas características en común: un grupo de personas, organizaciones e iglesias que realizaron un quiebre con discursos tradicionales y prácticas denominacionales del campo evangélico, pero que aún se sienten identificados con muchas de sus propuestas identitarias, como por ejemplo cierta eclesiología congregacional (no episcopal), una liturgia flexible y centrada en la comunidad local -rasgo característico de las iglesias libres – y, lo que es más difícil de categorizar pero que está presente en estas expresiones, un modo de definir las prácticas creyentes desde lo que defino como espiritualidad de rasgos anabautistas.

Estos elementos –que sin duda son discutibles y ampliables- apuntan a presentar que en realidad lo que aglutina los diversos grupos vinculados con la MI no es necesariamente la fidelidad con su propuesta, sino un conjunto de elementos históricos y eclesiológicos, que no reflejan una homogeneidad teológica. En otras palabras, la MI se relaciona con diversos sectores, pero no necesariamente estos sectores se identifican plenamente con la MI como único marco de lectura. Tanto la FTL como otras redes y organizaciones sociales comparten varios elementos identitarios, pero las articulaciones teológicas son mucho más heterogéneas que la propia MI.

Para finalizar, entonces, permítanme hacer algunas preguntas aún más incómodas: ¿por qué tanto ahínco para tratar de imprimir una pertenencia tan aglutinante entre la MI y diversos posicionamientos dentro del campo evangélico? ¿Tiene la MI el derecho de reclamar un estatus de paradigma teológico –con todas las consecuencias que ello acarrea en términos de su especificidad-, o representa más bien un conjunto intuiciones y posicionamientos que partieron de una impronta crítica, pero que quedó en un discurso homogeneizante y hasta resistente a ciertas innovaciones necesarias?

En fin, yo me reconozco hijo de la MI, pero ella tuvo una función particular: ayudarme a despertar. Y eso no es poco. Ahora, una vez despabilado debo reconocer que esta propuesta no me dio las herramientas necesarias para seguir avanzando y responder a otras preguntas que el camino fue suscitando. Por ello, no tuve más que seguir el sendero junto a otros discursos, experiencias y prácticas. ¿Esto significa que la MI no tiene valor? Para nada. Con todo, creo que el hacer de esta propuesta algo que no es, puede culminar en resultados negativos, como los que venimos denunciando hasta ahora.

Agradezcamos y reconozcámonos herederos de una propuesta que tuvo y tiene su lugar. Pero no caigamos en el error de enmarcar fronteras que no existen, y que además se presenten infranqueables.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. 



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