La misión (integral) en su laberinto: algunas notas para una teología (pos)misional | Por Isaac Palma

Un joven periférico en el reino de la misión integral 

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Nada parece más absurdo que un rico convencer a un pobre que existen injusticias sociales. Los discursos aprisionados en sus sitios de poder dispersan lógicas y accionan símbolos. El convencimiento, polisémico, inserta alguien en un nuevo mundo, pero las ideas son siempre indomables y nadie puede coordinar sus efectos.

Una iglesia llena de jóvenes, un lenguaje totalmente nuevo para mí. Un paradigma que se anunciaba de una perspectiva totalmente nueva. Aquel que enuncia un mensaje, a veces, condensa en si ciertos aspectos del mismo mensaje, un joven pastor jugaba con ciertos símbolos, y exprimía para su audiencia un mensaje que alcánzame, proclamaba con algunas palabras difíciles que el Reino de Dios era una dimensión también existencial. El “ya y el todavía no” declamaba con contundencia necesaria. Yo con mis amigos, quedámonos boquiabiertos con tal novedad que cayó delante nosotros.

En aquella noche no había entendido que aquel no era mi primer encuentro con la Teología de la Misión Integral, pero seguramente aquella noche me pareció algo realmente epifánico. En aquella iglesia de clase media alta de São Paulo me encontré por primera vez con una teología que parecía reconciliarme con mis inquietudes político y sociales.

Ese ocurrido lleva cierta ironía. Un adepto, hasta entonces, de un pentecostalismo, nacido y creado en la periferia de São Paulo, encontraría un Jesús que se importa con los pobres en una iglesia bautista de ¡clase media!. El más crucial aquí, es que ese aspecto, en primera instancia, me desvinculába de mi propia vivencia, y me inscribía en aquella vivencia totalmente rara… Para la misión con los pobres, el dios (todavía masculino, de clase media alta, patriarcal y heteronormativo) de la misión integral, alcanzaba más un seguidor.

La misión está desnuda 

Una combi antigua, en una estrada llena de agujeros, podría ser un road movie, la historia de misioneros que convirtieron personas en sitios remotos. Pero la vida, que porfía en invertir los polos (a veces, parece, por diversión), o despolarizar, cuando le conviene, sorprende, ay de nosotros si protegidos cerrámonos. Un centro de recuperación para dependientes químicos de una misión evangélica, tal vez el sitio propicio para encontrar el tipo de gente perdida que necesita de la salvación que nosotros, los escogidos, contenemos en nuestras manos.

Yo, entonces un joven aspirante a jugador de fútbol, en tratamiento de una lesión en la rodilla, participaba de un cursa de la tal Misión Integral que me arrancó suspiros durante algunos meses. Mientras ahí, en la contingencia de los encuentros se diluyó mis formateos anteriores. Otra epifanía me ocurrió. En un encuentro, que juzgué sagrado, percibí, a despecho de lo que me fue enseñado en las iglesias que he frecuentado hasta entonces, que aquellas personas que deberían ser destino de mi misericordia en realidad eran sujetos complejos con historias complejas. No era sobre mí la historia, yo era una parte, tal vez, desimportante, no el protagonista mesiánico.

Más que destinos de una misión abstracta, carentes de mi atención, mis palabras o cualquier otro recurso que no tenían, eran personas integrales, completas, y ese encuentro vaciaba mis pretensiones misiológicas, jugábame en un huracán de incertezas, hacía fluctuar a mi teología dogmática.

Todo encuentro lánzanos un reto, o asumimos la alteridad de manera radical, o las cosas permanecerán las mismas. Más que vaciar un discurso, aquellos encuentros exponían al ridículo pretensioso, “la misión está desnuda” parecían gritar para mí, no es un rey, pero su ropa celeste no existe, pero ¿quién tiene coraje para decir el obvio, o admitir lo que realmente ve?

Allí, procesualmente, he empezado a percibir que el único sitio en que hace sentido hablar de algún tipo de Misión es en un encuentro.

En aquel sitio mismo, sin percibir, he redibujado mi vida.

Después de aquellos encuentros con personas “concretas”, la decisión de dejar la promisora carrera de jugador y aventurarme en otro mundo totalmente nuevo, que no conocía mucho, pareció la única posibilidad que no traicionaría lo que he sentido.

Teología y epifanía: encuentro

Para mí, teología solamente puede ser pensada desde las pequeñas epifanías, y no a partir de construcciones abstractas.

Júzgome parte de cierta tradición que Adélia Prado expresa bellamente cuando habla de un sagrado a partir de la experiencia cotidiana. Hablar, a partir de ese sitio es sorprender (todavía que momentáneamente) las categorías que asólanos cuando pensamos en Dios.

Pensar en Dios, para mí, es antes de nada, pensar sobre la nuestra forma de pensarla/lo. Es estar rehén de formas específicas de expresar nuestra experiencia de Dios. Pero ¿cómo suspender, sin nuevamente hacerse rehén?

Paréceme evidente que cierta manera de expresar Jesús nos sirve como un tipo de modelo (no dogmático y cerrado, pero sí abierto y contextual). Jesús, en los evangelios, no aparece como idea, pero sí como movimiento narrativo, que encuentra personas, pero sus encuentros narrados, no son meras casualidades, son narrativas de desplazamiento de la percepción “tradicional” para algo más abarcador. En Jesús el encuentro, como cerne de la narrativa, es el movimiento en dirección a una apertura plural.

Jesús, tal como aparece en los evangelios, es un ser relacional. No se puede pensar Jesús fuero de los encuentros que tubo. Y por ello, es también urgente pensar aquello que llamamos de misión a partir del encuentro. Encuentro, no llamo cualquier experiencia interactiva entre dos personas, encuentro es una experiencia de desplazamiento producida por cierta interacción, o sea, las formas inequívocas de relacionarse que nos saquen de nuestra posición cómoda y nos lancen en la incerteza. Incerteza porque el otro (que no es uno, pero multiforme y plural) es siempre algo irrevocablemente inesperado.

Una historia biográfica de la Teología de la Misión Integral

En ese sentido, adentro en la discusión incitada por Harold Segura – que ya estaba presente, pero tal vez no enunciada de manera institucional a partir de uno de sus principales agentes – sobre la Teología de la Misión Integral (TMI) y sus significados para la acción política de evangélicas/os en América Latina. Hablar de TMI, en el sentido que deseo expresar aquí, es hablar de mi experiencia de encuentro con una misma.

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Toda historia de un idea, de un concepto o de una corriente filosófica/teológica es, necesariamente, (todavía que no enunciado) biográfica, la forma de manipular y construir la historia es afectada por la manera como ellos llegaron hasta mí, y como me afectaron y me desplazaron, o no. Es, todavía, la historia de aquellas/los, que junto conmigo construyen mi historia.

Partir de un punto de vista experiencial en una discusión teológica no me parece usual. Mientras, hablar de mi encuentro, y de los encuentros producidos por esa experiencia es lo que quiero destacar de riqueza de esa forma de colocarme.

Mi encuentro con la TMI, es, como he narrado arriba, extremamente ambiguo, y que con el correr del tiempo, gana contornos todavía más dramáticos. Tuve la gracia de después del encuentro narrado, dialogar a partir de una perspectiva extremamente crítica al que se estaba produciendo sobre la TMI.
El maestro (un hombre negro empobrecido por la vocación que decidió seguir) del curso que me he referido en la segunda escena, era alguien muy crítico de cierto “status quo” de la TMI. El año era 2010, y yo junto a otros amigos, encontrábamos tal construcción en medio de nuestros caminos. Yo generado en iglesias entre varias caras del mundo evangélico, pasé a tener, desde el inicio, un diálogo crítico, no solo con la TMI, pero también con la propia iglesia y el cristianismo.

No cabe aquí juzgar los varios motivos de eso, pero pasé a tener una actitud desconfiada delante de lo que me era colocado, pasé a leer tesis, libros, textos. Me profundé en ese mundo desconocido. Un cierto sentido de práctica, junto a algunas contingencias me llevó a la Universidad, en el curso de Sociología. El encuentro con redes de amigos vinculados de alguna forma a los debates de la TMI, fueron produciendo en mí continuos desplazamientos, hasta percibir que desplazarme era la propia sustancia de mi fe. El hecho de ir para la ciudad de Rio de Janeiro me ha colocado dentro de discusiones y espacios que yo no tenía acceso en São Paulo, una perspectiva más abarcadora, no solo del mundo evangélico, pero también de la TMI, ha pasado a componer el mosaico mental que iba construyendo.

(Destaco también la actualización y reconsideraciones que he hecho sobre el pentecostalismo brasileño, mi primera experiencia de Fe, y como ha ganado un nuevo sentido desplazando un cierto prejuicio con esa experiencia que es muy usual en las iglesias evangélicas no pentecostales, donde generalmente ocurren los debates de la TMI).

Entonces, mi historia con la TMI, es una historia de un encuentro con las márgenes de la TMI. Los distintos actores que fue encontrando, más que parte de experiencias tradicionales, eran representantes de experiencias que estaban a la margen de la narrativa más vocalizada y amplificada. Fueron personas que trabajan en la “punta” en proyectos asistenciales, teólogos descontentes, o personas que hacían de otro sitio, no necesariamente de teólogo, el sitio de hacer teología. Ese punto me ha hecho repensar toda una serie de formas que me eran repasadas. Me incomodaba (y todavía me incomoda) que la amplificación de ciertas voces encubre otras, y que generalmente, la experiencia amplificada estaba moldada por cierto arquetipo narrado en la primera escena. 

Lo que producía constantemente, por ejemplo, seminarios sobre pobreza con valores que los pobres no podrían pagar. El mito de origen de la TMI, era de los latinoamericanos que desplazaron la comprensión de teología y misión de los estadounidenses y europeos. Pero esas respuestas no me parecían suficientes. Las demandas raciales, de género, de sexualidades e interseccionales parecían poco contempladas en las discusiones. Un cierto teologismo, y un teologismo muy localizado, que preciaba una cierta lectura evangelical, aumentaba mi indignación delante de esa construcción.

Misión: ¿colonialismo o encuentro? 

Obviamente no creo que la TMI es mi experiencia delante de ella misma. Aunque ya haya hecho, no reduzco ese debate universalizando desde mi experiencia específica y localizada. Enfatizar mi experiencia es justamente el esfuerzo de desarticular las tentativas de universalización del debate, mi intento es descentrar para los agentes “concretos” que están produciendo los encuentros.

En ese sentido regreso al debate sobre misión. Aunque vea como importante, aquí no deseo hacer un debate profundizado sobre misiología en su aspecto histórico, pido la comprensión delante de esa abstracción.

La misión cristiana, tal como entendida dentro del contexto general de expansión europea, entiendo como un mecanismo colonial de producción de subordinación de ciertos sujetos. El énfasis misional es en el cambio que produce en los no-occidentales.

De esa forma, así como grande parte de la producción científica sobre grupos no-occidentales, la misión cristiana produce el “otro” de su discurso, que no es el pecado, pero sí el no-europeo. El énfasis de la misión cristiana está en el sujeto occidental, que está centrado y es la experiencia de Dios por excelencia.

En ese sentido, de acuerdo con la teología de la misión tradicional, desembócase en una contrata colonial, centrada en una manipulación de textos sagrados, dentro de una relación especifica con eses textos, que es universalizada y sacralizada.

Mirando para la TMI, no veo como tan vocalizada un real desplazamiento del concepto de misión. Al mantener intacto el concepto también mantiene intacto sus efectos. Es necesaria la creación de un “otro” de la TMI. Así como en la Teología de la Liberación, la TMI escoge el “pobre” como el “otro” de su misión. La pregunta que se sigue parece absurda en ese contexto, "¿Por qué el pobre no escogió la TMI?". Entre tantas respuestas posibles, dentro de la construcción que hago aquí, me parece evidente que por ser el “otro” del discurso, el “pobre” (ente abstracto) no es el sujeto de la misión, pero sí aquel que debe ser alcanzado, el destino de la contrata microcolonial. Las relaciones coloniales en sociedades (que fueron) colonizadas parecen reproducirse incesantemente.

El laberinto invariable de la misiología latinoamericana, es reproducir las relaciones jerarquizantes y opresoras que gestaron esa forma de acción. 

Teología del encuentro o una salida para una religión colonial 

En ese sentido, propongo aquí una reversión de los sitios para concebir otro tipo de misión que sea, entre otras cosas, pos-colonial, o tal vez, un cristianismo pos-misiológico.

A algún tiempo debato y pensó algo que comparto con algunos amigos, algo que precariamente llamo de teología el encuentro. Es necesariamente una teología que no es una teología (o sea, un sistema monolítico para pensar una experiencia localizada). Explico, propongo una forma de pensar la experiencia de Dios a partir del encuentro, o sea, que al revés de centrar en una experiencia local que se universaliza, entiendo que toda experiencia es contextual. Siendo contextual toda interacción con otras formas de ver el mundo debería desplazar nuestra propia forma de verlo. Dicho de otra forma, pensar la misión a partir de los efectos que los encuentros producen en nuestra forma de vivir. Al revés de pensar como los otros conviértense a nosotros, pensar como nosotros expandimos nuestro mundo cuando encontramos los otros (que son plurales). El encuentro, es el sitio de la colisión de las perspectivas, es el sitio de la aventura, de los nuevos caminos, del incontrolable. Si Dios, como creo, no cabe en nuestras teologías, es necesario una forma de pensar que inserta la posibilidad de la incerteza como parte de nuestro discurso sobre lo que llamamos sagrado.

Esa “pos-misiología” exige de nosotros pensar nuestra experiencia de fe de forma a rechazar los mecanismos de poder, en los cuales está inserido el cristianismo como religión hegemónica del mundo occidental. Revertir la misión me parece imperativo para seguir construyendo teologías que dialoguen con las varias demandas que se presentan para nuestra experiencia de fe. Aquellos que escogieron el cristianismo, inspirados en Jesús, pueden escoger el encuentro como sitio para pensar y desestabilizar sus sistemas de creencias, con fin de expandir la visión.

Resonancia Polifónica, la forma de encontrarnos 

El mundo es necesariamente polifónico, las varias historias de dominación y sujeción de poblaciones, grupos étnico-raciales, de expresiones de sexualidad, de diversidades de género (muchas desconocidas del mundo occidental) constituyeron formas “uno-vocales” de contar la historia y de construir formas de vivir y relacionarse. Nos acostumbramos a la historia única. Toda historia tiene muchas historias, tiene muchas biografías y complejidades. La polifonía es el rechazo de la unilateralidad de la unidad. Solo si puede construir una unidad a partir de la diferencia y de la radicalidad de la alteridad. La respuesta fácil de cierta empatía, que al revés de asumir su sitio en esa radicalidad, crea un simulacro de comprensión del otro. “Si colocar en el sitio del otro” ahí está la grande mentira que  fingimos creer para nuestro conforto. Esa metáfora peligrosa es rehén de cierta unilateralidad, pensar el otro a partir de tus propios códigos. Un hombre jamás entenderá que es ser una mujer, y no vale el tamaño de la buena voluntad. Rechazar el monopolio de la palabra ahí está otra insurgencia necesaria, que desarticula los mecanismos de poder donde estamos enredados.

Nosotros amplificamos o silenciamos las voces, centramos (o retenemos) o descentramos (y compartimos) el poder. Las voces y sujetos existen a despecho de nosotros. Arrancarnos de la pretensión de la verdad univocal es admitir los sonidos silenciado por la voz unifónica de la teología cristiana hegemónica, en el transcurrir de los siglos.

El cristianismo, si desea mantenerse fiel a la vocación de su fundador, Jesús, debería enfatizar la polifonía, crear espacios de reconocimiento de las diferencias, al revés de encubrir en nombre de un universalismo. La invitación implícita en las preguntas que Jesús hacía para aquellas/os que acercábanse a él, es la representación de esa vocación polifónica.

Jesús invita a hablar aquellos que de otra forma permanecerían callados por las estructuras del poder. Abre la posibilidad de vocalizar los anhelos (“¿qué quieres que te haga?”) y las percepciones (“y vosotros, ¿quién decís que soy?”), construir la narrativa de si (cuando escuchó la mujer del flujo de sangre), deja que desestructuren hasta su propio sentido de misión (cuando se admiró del mirar misiológico de la mujer sirio fenicia), que decidan por si mismos qué hacer delante de la situación de opresión (¿quiere curarse? Paralítico de Betesda). Ello, delante de los ejemplos, muestra cómo fue un vital aspecto de la acción de Jesús: él no solamente hace o habla, él escucha y invita a hablar para que los propios sujetos narren, y reconstruyan su dignidad. 

Aquellos que pretenden pensar, vivir, practicar y encarnar la justicia (sea con cuales sentidos ella tenga en el mundo hoy) deberían empezar rechazando el sitio de poder heredado a través de la historia colonial. Ya que el cristianismo, a través de sus misiones, fue un importante mecanismo de poder colonial, oprimiendo diversas expresiones culturales relegándolas a regiones marginales de las experiencias de las poblaciones. Es necesario asumir nuestro sitio dentro de las jerarquías de poder cultural, para desarticular ese conjunto multifacético de discursos y prácticas que estructuran las sociedades “cristianas”.

Estamos en un sitio distinto del de Jesús, ya él representaba una tradición marginal dentro de un imperio. Nosotros, aunque de cierta forma disidentes, somos representantes de la voz colonial, ese sitio es embarazoso para los seguidores de un campesino marginal. Es necesario, por lo tanto, luchar contra el poder del cristianismo. Regreso a los inconfesables momentos de mis transformaciones. Aquellos momentos únicos en que el imponderable avanzó sobre el dogma, enraizado tenazmente en mi piel (que es, no tengo duda, el órgano más profundo), y lo arrancó sin cualquier ceremonia. Desplazarse, ahí está la gran vocación imprudente del movimiento de Jesús. Regreso, en la tentativa imposible de capturar aquellos momentos. Tal vez, lo que falte a TMI, es ese regreso impreciso, esa reevaluación no-dogmática. Abandonar el teologismo, abrazar los encuentros. Desplazarse. Reivindicar la polifonía. Rechazar el poder. Abandonar la pretensión de las respuestas fáciles delante ese mundo fracturado. Eses son hoy los desafíos, incontrolables, que inspíranme a partir de mi historia con la TMI.

Traducción: Ana Elizabete Machado
Revisión: Érika Izquierdo Paiva

Sobre el autor:
Isaac Palma Brandão es brasileño; estudió Sociología en la Universidad Federal Fluminense. Actualmente radica entre Río de Janeiro y São Paulo. Es miembro del colectivo "Vanda Lizandro".





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