La Sola Scriptura: primera y gran herencia de Lutero (1) | Por Harold Segura


Lutero ha sido admirado como personaje histórico y como gestor y líder de uno de los movimientos de mayor impacto en la historia pero, a su vez, ha sido traicionado ...

Son dos los acontecimientos que han gozado de mayor publicidad y popularidad en la vida del gran reformador alemán Martín Lutero: el primero, la fijación de las 95 tesis contra los escándalos del tráfico de indulgencias el 31 de octubre de 1517, y el segundo, su dramática comparecencia ante la Dieta de Worms el martes 16 de abril de 1521, donde se le llamó para que se retractara de sus nuevas y revolucionarias creencias.

Sin embargo, poco se conoce acerca de lo sucedido del 12 al 14 de octubre de 1518. En esta fecha Lutero fue a Augsburgo para presentarse en un juicio que estaba a cargo de un Cardenal de nombre Cayetano, un teólogo dominico de cierta envergadura. Lutero asistió a ese juicio a pesar de los consejos, y hasta súplicas de sus amigos, que temían que algo malo le pudiera suceder.

El viaje hacia Augsburgo fue tenso: le produjo trastornos digestivos, fatiga nerviosa y agotamiento. La historia cuenta que hasta sufrió un desmayo.

Este incidente de Augsburgo ocupa un lugar importante, puesto que fue allí frente al Cardenal Cayetano que Lutero reafirmó pública y categóricamente su apego a las Escrituras, y declaró sin temor que la Palabra de Dios estaba por encima del Papa y de los Concilios.

Cuando Cayetano le exigió que se retractara, Lutero contestó: «Su Santidad el Papa abusa de las Escrituras. Yo niego que él esté por encima de la Palabra de Dios». El Cardenal explotó y le gritó que no volviera a menos que fuese para retractarse de lo dicho.

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En Ausburgo Lutero dejó claro de una vez por todas que el fundamento de sus creencias, y en general de toda su teología, era la Escritura y sólo la Escritura; para él esta autoridad de la Palabra de Dios superaba a la del Papa y a la de los Concilios.

Este compromiso valiente con las Escrituras fue reconfirmado tres años después en la famosa Dieta de Worms, donde compareció ante el emperador y la corte del imperio; en esa ocasión en que fue invitado otra vez a retractarse contestó: «No puedo ni quiero retractarme a menos que se me pruebe, por el testimonio de la Escritura o por medio de la razón, que estoy equivocado; no puedo confiar ni en las decisiones de los Concilios ni en las de los Papas, porque está bien claro que ellos no sólo se han equivocado sino que se han contradicho entre sí. Mi conciencia está sujeta a la Palabra de Dios y no es honrado ni seguro obrar en contra de mi propia conciencia. ¡Qué Dios me ayude! Amén».

Queda claro que para él las Escrituras eran el fundamento de su fe. Por eso, propongo como tesis central de este artículo que ese apego y esa centralidad dada a la Biblia es la primera y gran herencia que el Dr. Martín Lutero nos ofrece hoy.

Al examinar rápidamente su obra literaria es fácil comprobar que la Biblia es la constante que la recorre; desde que irrumpe en la historia universitaria en Wittenberg comentando los salmos hasta que muere con la enésima revisión de su traducción al alemán en sus manos. El principio de Sola Scriptura entrañaba la convicción de ser ella la fuente de revelación, de gracia, de fe, de justificación, de santificación, de salvación, de vida cristiana, de organización eclesiástica, etcétera. Como le dijo un día a un grupo de sus amigos íntimos: «La Biblia se parece a un bosque enorme con toda clase de árboles de los que se pueden coge los frutos más variados, y no hay ningún árbol de ese bosque al que no haya sacudido y del que no haya cortado un par de peras o manzanas».

Ante ese ejemplo de fidelidad y de entrega a las Escrituras han sido muchos los grupos y movimientos cristianos que en estos últimos siglos se han apropiado de la figura de Lutero para presentarlo como su prototipo y, por qué no decirlo, algo así como su slogan o lema publicitario cuando han querido mostrarse como el verdadero Pueblo del Libro o fieles seguidores de la Sola Scriptura. Claro, resulta sumamente atractivo decir que somos bíblicos y que la Palabra de Dios es nuestra única norma de fe y práctica, y que en esto somos los continuadores de la valiosa propuesta de Lutero. Sin embargo, no convence cuando la realidad demuestra que la propuesta del reformador es en la práctica fácilmente traicionada.

«Martín Lutero, el admirado y a la vez traicionado reformador», he aquí un buen título para un artículo. Lutero ha sido admirado como personaje histórico y como gestor, promotor, y líder de uno de los movimientos de mayor impacto en la historia cristiana pero, a su vez, ha sido traicionado cuando sus admiradores o seguidores, aferrándose más a las tradiciones de los hombres y a las frías estructuras eclesiásticas, han olvidado lo que manda la Escritura y se han dejado llevar otra vez por sus costumbres y conceptos.

Ahora pensemos en nosotros, cristianos evangélicos en América Latina que vivimos en el siglo XXI: ¿Qué reflexiones autocríticas o recuperaciones teológicas podemos hacer pensando en la rica herencia de la Sola Scriptura de Lutero?

Permítanme proponer algunas de mis inquietudes:

Una inquietud pastoral

Preocupa sinceramente el escaso contenido bíblico de muchos de nuestros sermones. En un congreso internacional convocado por la Fraternidad Teológica Latinoamericana hace ya varios años se afirmó en el documento final que «el púlpito latinoamericano está en crisis...», que «el mensaje bíblico tiene indiscutible pertinencia para el hombre latinoamericano, pero su proclamación no ocupa entre nosotros el lugar que le corresponde».

Han pasado varios años desde esa declaración y con tristeza debemos admitir que la realidad no ha cambiado. Abundan en nuestros púlpitos la anécdota interesante, el testimonio espectacular, el grito llamativo, las frases entretenidas, pero escasea la Palabra de Dios. El púlpito anecdótico y entretenedor no le ha querido dar lugar al púlpito bíblico, exegético y contextualizado.

Los sermones que exponen la Escritura y que ofrecen una interpretación seria y una explicación de sus verdades son escasos. No digo que los predicadores o predicadoras no pasen al púlpito con una Biblia y que no la lean al comienzo de sus sermones; sin embargo, muchos leen unos pocos versículos y después predican cincuenta minutos sin hacer una clara y seria referencia a ella.

Cuando se lee la Biblia se pide a la congregación que se ponga de pie en actitud de reverencia, pero después, cuando la congregación se sienta para oír el mensaje, el predicador o predicadora olvidan la verdadera reverencia que consiste en exponerla con seriedad e interpretarla fielmente. El escritor y profesor cubano Cecilio Arrastía ha dicho que de esta manera le estamos dando un «golpe de estado al texto».

¡Cuán diferentes somos a Lutero! Él, en sus 95 tesis, más exactamente en la 54, escribió en contra de los predicadores que empleaban más tiempo en un mismo sermón para hablar de los intereses económicos de la Iglesia que de la Palabra de Dios; dijo que esto era una ofensa contra las Escrituras.

En la tesis 55 dice: «...si las indulgencias se celebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más importante) debe predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias».

Una preocupación educativa

Esta segunda inquietud tiene que ver con la formación bíblica y teológica que se está impartiendo en nuestras iglesias y, debemos también admitirlo, en muchos de nuestros institutos ministeriales y seminarios. El creyente típico repite de memoria varios textos de la Escritura, pero carece de solidez doctrinal y fundamentación bíblica.

Al pueblo evangélico se le ha llamado el Pueblo del Libro, pero la verdad es que no lo conoce muy bien. Algunos estudiosos de la realidad evangélica latinoamericana han dicho que nos caracteriza el «analfabetismo bíblico».

Si queremos ser fieles al principio reformado de Sola Scriptura, debemos entonces procurar que nuestras iglesias amplíen la comprensión de la fe, que profundicen el conocimiento de la Palabra de Dios, y que nuestros programas educativos o discipulares traspasen la barrera de lo elemental.

La teología debe ser asunto de todos. No se trata de un ejercicio intelectual para los ratos de ocio, sino una reflexión comprometida. La teología, decía Orlando Costas: «No es algo que uno repite o memoriza, sino más bien lo que uno hace»; por eso «la teología debe concebirse como pensar la fe en el contexto de nuestras respectivas situaciones de vida».

Sin embargo, ¿cómo vamos a desarrollar teología desde nuestras comunidades locales con la pobre base bíblica que poseen sus miembros? La Reforma que hoy celebramos nos enseñó que el quehacer teológico parte de las Escrituras y se deja guíar por ellas. Es decir, que es necesario conocer a fondo la Palabra de Dios para pensar y creer bien acerca de Él. Si la teología es el tratado sobre Dios, las Escrituras son las que tratan acerca del Dios desde el cual queremos mirar nuestras realidades, angustias y esperanzas.

Una iglesia que no reflexione críticamente y contextualmente sobre su fe, morirá. En palabras del apóstol Pablo, será llevada «por doquiera de todo viento de doctrina» (Ef. 4:14).

Lutero insistió una y otra vez en la importancia de la capacitación y profundización de la Palabra de Dios. Escribió su Catecismo Breve con el propósito de instruir a los laicos en la fe (por eso el catecismo fue llamado la Biblia del laico). Asimismo contribuyó a la revisión del currículo teológico de la Universidad de Wittenberg, y se ocupó continuamente de la preparación de los pastores y predicadores para la iglesia luterana.

Lutero mismo es un verdadero ejemplo de una persona conocedora de las Escrituras. En una ocasión dijo: «Cuando yo era joven me acostumbré a la Biblia, la leía con mucha frecuencia y me familiaricé con el texto; llegué a conocerlo tan a la perfección que sabía de memoria dónde se hallaba cada cita y adónde acudir para encontrarla si había que hablar de ella».

En el extenso y profundo conocimiento que tenía Lutero de las Escrituras encontramos el verdadero secreto de su quehacer teológico; él fue, sin discusión, un privilegiado conocedor de la Biblia. Sus escritos teológicos, así como sus comentarios bíblicos, lo demuestran. Dominaba el griego del Nuevo Testamento de tal manera que lo tradujo al idioma alemán en 1522, y en 1534 terminó la traducción de toda la Biblia.

Los debates teológicos del Dr. Lutero partieron siempre de las Escrituras. En su famoso debate con Erasmo acerca de la predestinación, por ejemplo, deja a un lado el tratamiento escolástico que era el acostumbrado en su época y hace de los escritos de Pablo su punto de partida. Para él era con la Biblia que el teocentrismo del evangelio podía reemplazar al antropocentrismo de la religión.

Una inquietud doctrinal

Es preocupante también observar la manera fácil e irresponsable como en muchas de nuestras congregaciones evangélicas se elaboran nuevas doctrinas y se fomentan experiencias extraordinarias a partir de la subjetividad individual, sin mayor respaldo de las Escrituras.

Tomemos sólo un ejemplo, quizá el más cercano: ahora el «Así ha dicho Jehová», de las Escrituras, quiere ser reemplazado por el «Así digo yo», de los super-pastores o de los nuevos profetas. ¿Acaso no decimos que como herederos de la Reforma son las Escrituras nuestra única norma de fe y práctica?

Predicadores de nuevas doctrinas invaden el mercado de literatura cristiana con textos que proponen sus últimas visiones y descubrimientos en materia de fe. Uno de ellos habló de las nueve personas de la trinidad, otro escribió acerca de la regeneración de Jesús en el infierno, y no se quedó atrás quien escribió sobre la deificación de Satanás.

En este asunto de la doctrina tenemos que seguir a Lutero para aprender que a las conclusiones doctrinales sólo se puede llegar después de compenetrarnos con la Palabra de Dios y dejar que ella nos muestre sus tesoros. Lutero trabajaba hasta altas horas de la noche; glosaba el texto bíblico a la manera de los exégetas medievales, con comentarios lingüísticos, gramaticales, filológicos y referencias a otros textos paralelos. Nunca propuso una tesis doctrinal sin antes haberla probado suficientemente con las Escrituras; por eso decía que podía ser derrotado en lógica, pero nunca se le podría ni siquiera contradecir en teología.

El camino reformado para la enunciación de las doctrinas es muy claro: primero la Biblia y de allí la teología; primero la Biblia y de allí la doctrina. Es una ofensa a las Escrituras llegar a la doctrina por el atajo del emocionalismo o de la experiencia subjetiva. Hacer teología sin Biblia siempre será arriesgado.

Precisamente Lutero, en una de sus duras arremetidas contra el Papa y los Cardenales, en 1538 dijo: «En 600 años ningún Papa, ningún Cardenal ha leído la Biblia», y agrega: «Nadie leía la Biblia hace treinta años, ella era una perfecta desconocida». Con esto Lutero invalidaba el intento de ser un guía espiritual sin antes ser un conocedor profundo de las Escrituras y partir de ellas para su labor.

Concluyamos recordando la propuesta inicial: la primera y gran herencia de Lutero es su apego a la Palabra de Dios y la centralidad que ella tuvo en su vida y en su ministerio reformador.

El primer efecto que produjo ese amor por las Escrituras fue la paz que consiguió en su propio corazón. «Cuando me di cuenta de esto —escribió— me sentí como si hubiese nacido otra vez. Las puertas del paraíso se habían abierto de par en par y yo había entrado. Entonces allí toda la Escritura tomó otro aspecto para mí». Uno de sus biógrafos, Lucien Febvre, dice que bruscamente descubrió un camino diferente. Lutero buscaba la seguridad, pero no la halló hasta encontrarse con el verdadero Dios a través de Su Palabra.

Las Escrituras transformaron a Lutero y trastornaron a la Iglesia de su tiempo. Ahora nos queda a nosotros reflexionar sobre esa rica herencia y obedecer el principlo de Sola Scriptura, para que ya no solamente hablemos con entusiasmo de una revolución que sucedió hace más de 500 años, sino que experimentemos una que con urgencia estamos necesitando. En palabras del Dr. Lutero: «Por la Palabra el mundo ha sido vencido y la Iglesia salvada. Por la Palabra será restaurada».

Notas:

(1) Ponencia presentada en el Foro de Seminarios e Institutos Bíblicos de Cali en octubre de 1995.

Sobre el autor:
El pastor y teólogo Harold Segura es colombiano, radicado en Costa Rica. Director de Relaciones Eclesiásticas de World Vision International y autor de varios libros. Anteriormente fue Rector del Seminario Teológico Bautista Internacional de Colombia.




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