¿Es Dios hedonista? | Reflexión desde la teología de John Piper | Por Alexander Cabezas

Tiempo atrás conversaba con un joven creyente. Sin mucho titubeo me preguntó:

No quiero parecer un mal cristiano, pero ¿por qué Dios pide que se le alabe y adore? ¿Acaso él tiene necesidad de reconocimiento? ¿No es esa la actitud de alguien engreído…?

A varios días de este encuentro, la pregunta aún continúa revoloteando en mi mente.

Me atrevo a afirmar que como creyentes hemos sido adoctrinados para formular las “preguntas correctas” siguiendo la lógica de la fe cristiana más conservadora; pero cualquier intento de ir más allá, nos expone a ser considerados de arrogantes, irreverentes, o tachados de “malos cristianos”.

Aún recuerdo mis años como seminarista; en varias ocasiones buscando respuestas, no faltaron las miradas incisivas de otros estudiantes para los que mis dudas, vacíos hermenéuticos y exegéticos eran sandeces. Lo peor, enfrentar a aquellos profesores que, abruptamente me ignoraban porque distraía al grupo de las cosas “serias y relevantes”.

Volviendo a la pregunta, este joven quien inquiría con honestidad, no se encuentra solo; ya el teólogo y pastor bautista John Piper hundía sus interrogantes en el mismo sitio y colocaba un acento: “Si Dios está tan terriblemente enamorado de su propia gloria, ¿cómo puede ser un Dios de amor? (p.37).

Una de las verdades más contundente en la Biblia es la afirmación de que Dios es digno de alabanza y adoración, y que él mismo lo reclama. Desde la liturgia, los cantos, nuestras oraciones y enseñanzas, se nos exhorta a magnificar a Dios. Los Salmos lo confiesan, el libro de Apocalipsis concluye con las palabras del ángel diciéndole a Juan extasiado, pero confundido: “…adora a Dios” (Ap. 22:9)

¡Dios es digno de alabanza y adoración! Y de inmediato respondemos con el clásico estribillo: ¡Amen! Fin de la discusión.

¿Es entonces Dios hedonista? ¿Está montado sobre su propio ego?

Piper opina que podemos tropezar con esta verdad. La razón es obvia, por regla general no nos gustan las personas que se exaltan a sí mismas o se vanaglorian. En las Escrituras encontramos no pocos pasajes que nos animan a no seguir ese ejemplo (Proverbios 16:18-19).

Sarcásticamente John Piper menciona lo fastidiosos y engreídos que se ven aquellos eruditos que alardean de sus logros, sus conocimientos especializados o cuando hablan de todas sus publicaciones para vanagloriarse (p. 38). ¿Conocemos a personas así?

Ahora bien, cuando hablamos de Dios encontramos una realidad teológica muy particular. Las normas de humildad, presentes en los seres humanos, no pueden aplicarse a Dios quien es Creador de toda la realidad existente y no tiene debilidades humanas; por lo que la soberbia no es parte de su naturaleza divina.

Dios es autosuficiente, no tiene necesidad de nosotros (somos nosotros quienes dependemos de él). “El da a todos vida y aliento a todas las cosas” (Hch. 17:25). De estas declaraciones que expresan sus atributos comprendemos lo siguiente: Si Dios rechazara llevarse la gloria, tendría que cederla o delegarla a otro ser. Pero ¿a quién? ¿Existirá alguien más digno de ser adorado y alabado, aparte de Dios mismo? La respuesta tajantemente es: ¡No!

Por eso Dios no comparte su gloria, pues tendría que renunciar a ser Dios (Is. 42:8). ¿Sería Dios más humilde si en un acto de “sencillez” nos pidiera que no le adoremos u honremos?

A esta pregunta surgiría otra a manera de respuesta: ¿Entonces, a qué fuente iríamos nosotros para derramar nuestra gratitud si Dios se negara a recibir nuestra adoración?

Si nosotros negáramos darle nuestras ovaciones a Dios, sin importar la razón que sea, estaríamos expuestos a volcar estas mismas en cualquier ser creado y no en el Creador, por tanto, estaríamos cayendo en idolatría.

Como seres humanos, casi de manera inherente. tendemos a expresar nuestros más nobles sentimientos de gratitud. Una persona en peligro, ante la intervención de su rescatador, de seguro buscará expresar su más profundo agradecimiento.

Precisamente, una faceta de la alabanza y la adoración es el reconocimiento de lo que Dios es y ha hecho a favor de nuestras vidas y una respuesta nuestra a su bondad. Nosotros le honramos por su grandeza, por su amor e intervención a favor nuestro y de otros. El ejercicio diario de reconocerlo en nuestro diario caminar, aún en los detalles más pequeños, es lo que produce un estilo de vida de adoración genuina.

A manera breve de aplicación final.

El sentido de la alabanza y adoración va más allá de lo que solemos llamar por dicho nombre. Es más que sonidos estridentes o himnos suaves y melodiosos. Más que largos periodos de cantos o el palmoteó que, en ocasiones se vuelven una imposición religiosa. Es más que la lucha de los directores de las congregaciones forzando al pueblo a alabar, gritar o brincar.

La verdadera adoración es y seguirá siendo, aquella expresión que brota de un corazón, aunque imperfecto y sencillo, agradecido y rendido a la acción de Dios y a su voluntad. Esa es la alabanza que agrada a Dios, lo demás son solo rudimentos.

Referencias

Piper, John. (2001). Sed de Dios. Meditaciones de un Hedonista Cristiano (Elena Flores Sanz, trad.). Barcelona: España. Publicaciones Andamio. (Obra original publicada en 1986).

Sobre el autor:
Alexander Cabezas Mora es costarricense, Profesor de varios seminarios teológicos y miembro del núcleo continental de la FTL. Tiene un bachillerato en Educación Cristiana, una licenciatura y una maestría en Teología



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