El mandamiento de hacer discípulos | Por René Padilla

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En la Gran Comisión según Mateo 28:16-20, la afirmación de la autoridad universal del Señor Jesucristo precede la definición de la misión de la iglesia representada por lo rodeaban en ese momento: “Se me ha toda autoridad en el cielo y en la tierra, Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (vv. 18b-20). Sobre la base de este pasaje es claro que el señorío universal de Jesucristo es la base de la misión global de la iglesia.

Esa misión se resume en el mandamiento: “hagan discípulos”. Curiosamente, para expresar esta idea, el Evangelio según Mateo usa el verbo matheteúsate, que en el Nuevo Testamento sólo aparece cuatro veces, tres de éstas en este Evangelio (13:52, 27:57 y 28:19) y una sola vez en Hechos de los Apóstoles (14:21). En contraste con el verbo matheteuein (“discipular”), el sustantivo mathetes (“discípulo”) es común en los Evangelios y en Hechos, aunque no se encuentra en ningún otro libro del Nuevo Testamento. Tal expresión es característica de los Evangelios para referirse a los seguidores de Jesucristo: aparece setenta y tres veces en Mateo, cuarenta y seis en Marcos y treinta y siete en Lucas.

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Para entender debidamente el sentido del mandamiento es indispensable dar atención en un detalle gramatical que no siempre se toma en cuenta: en el texto griego de nuestro pasaje, matheteúsate es el único verbo en modo imperativo. Las otras tres formas verbales ligadas al verbo matheteúsate (“vayan”, “bautizándoles y “enseñándoles”) están en el texto griego en forma de gerundio y su función es calificar lo que expresa el verbo principal en modo imperativo: “hagan discípulos”. La frase, por lo tanto, podría traducirse: “Pónganse en marcha: hagan discípulos”. Los otros dos gerundios responden a la pregunta: ¿cómo se hacen discípulos? La respuesta es: “bautizándolos y “enseñándoles”.

En conclusión, el foco de la Gran Comisión no es otro que el mandamiento de hacer discípulos de Jesucristo. Esta es la misión que Cristo legó a su iglesia, la tarea central de la iglesia hasta el fin del mundo. La conexión entre esa tarea y el señorío universal de Jesucristo la establece una expresión que aparece al comienzo del versículo 19: “Por tanto”. En otras palabras, porque Jesucristo es el Señor de toda la creación y de todos los aspectos de la vida humana, la iglesia recibe el mandamiento de hacer discípulos, o sea, formar personas que reconozcan ese señorío y vivan a la luz de ese reconocimiento. Jesucristo es el Señor de todos: por tanto, todos deben reconocerlo como tal y demostrar tal reconocimiento en su vida práctica.

Si tomamos en cuenta que, durante su ministerio terrenal, Jesucristo dedicó mucho de su tiempo a la formación de sus discípulos, es evidente que la misión que él confió a sus discípulos poco antes de su ascensión fue la misión de continuar lo que él mismo había hecho. La misión de la iglesia, representada por el cuerpo apostólico, es la de prolongar la misión de Jesucristo, y esta prolongación se basa en un discipulado misionero comprometido para continuarla hasta el fin del mundo.

La esfera de acción para este trabajo de hacer discípulos abarca a todas las naciones. Puesto que la autoridad de Jesucristo está presente “en el cielo y en la tierra”, la misión que él delega a sus discípulos es igualmente global: se extiende a todas las naciones.

Sobre el autor:

C. René Padilla es ecuatoriano, doctorado (PhD) en Nuevo Testamento por la Universidad de Manchester, fue Secretario General para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y, posteriormente, de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Ha dado conferencias y enseñado en seminarios y universidades en diferentes países de América Latina y alrededor del mundo. Actualmente es Presidente Honorario de la Fundación Kairós, en Buenos Aires, y coordinador de Ediciones Kairós.



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