Dos tipos de realismo | Por Manfred Svensson

Parece evidente que quien obra en el “mundo real” –aconsejando a matrimonios en crisis, a personas que sufren, etc. – habla con más propiedad que el que solo teoriza sobre la naturaleza del matrimonio o del sufrimiento. Y desde luego en algunos casos su desdén por el teórico es justificado. Pero no siempre, y una de las formas a mi parecer injustificadas es precisamente la que acentúa esta pretensión de “mundo real”, de “realismo” del hombre práctico, que ve lejanos los absolutos de los que hablan otros, y que para aconsejar en el mundo real no ve más solución que la de abandonar tales exigencias al abstracto “mundo del deber”, en el que no habitan los del “mundo real”. Esto toma diversas formas en distintos momentos de la historia, y uno de los campos en que se oye hoy con frecuencia es la ética sexual.

Por siglos los cristianos han enseñado en este campo una serie de cosas como la limitación de las relaciones sexuales al matrimonio o la necesidad de que quien tiene una atracción por alguien del mismo sexo practique la abstinencia o bien vea si existe una terapia que le permita corregir tal orientación. Ambas ideas –que afectan a hetero y homosexuales- pueden ser acusadas de falta de realismo. Y puede parecer que se trata de una acusación plausible: así como hay gente que considera totalmente improbable que un heterosexual practique la abstinencia hasta el matrimonio, hay quienes niegan totalmente las posibilidades de cambio de orientación de un homosexual. Si se trata de cosas difíciles o casi imposibles, ¿no deberíamos ser realistas y aconsejarles algo que realmente puedan hacer? Es decir, ¿no es lo más realista el limitarnos enseñar a los adolescentes heterosexuales algunos métodos anticonceptivos y el abrir a los homosexuales el acceso al matrimonio?

Creo que para responder a eso de modo responsable, hay que partir por tener clara la raíz de este pretendido realismo. Pues la idea de describir un mundo como “real”, y otro mundo como el mundo del “deber ser”, de los nobles pero poco prácticos ideales, no es una idea que haya nacido para hacer frente a la ética sexual, sino a la ética política. Fue Maquiavelo el primero en hablar por primera vez con fuerza en esos términos. En el capítulo 15 de El Príncipe descarta como utopía la preocupación por cómo el hombre debe ser, y llama a quedarnos simplemente con el hombre “tal como es”: “hay tanta diferencia –escribe- de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación”. Fue éste el primero en llamarnos a ser “realistas” en este sentido. Y la cuestión resulta particularmente iluminadora cuando se piensa en quiénes son los herederos contemporáneos de tal idea: son todos quienes creen que, si bien en abstracto no habría que hacer nada malo a nadie, la razón de Estado a veces nos obliga. Lo realista, para tales personas, es reconocer que la seguridad interior del Estado requiere, por ejemplo, de la tortura. Dicha posición es realista en el mismo sentido que es realista quien nos llama a no interferir con el afán de algunos por acumular riquezas, y en ese mismo sentido es realista quien afirma que dada determinada inclinación sexual, no cabe más que recomendar al que la tiene que la siga.

Visto eso uno debe por supuesto preguntarse por qué algunas personas están dispuestas a aplicar este realismo a ciertas áreas de la vida y no a otras. Pero esa pregunta debe quedar para cada uno. La otra pregunta que cabe plantearse es si acaso esto es una concepción adecuada del realismo, o si no es precisamente la pretensión de realismo la que aquí es injustificada. Bonhoeffer, enfrentado a una de las más implacables variantes de dicho realismo político, lo rechazaba en su Ética afirmando que “bajo la excusa de un sobrio reconocimiento de la realidad” se esconde en realidad algo “doctrinario y en verdad profundamente ajeno a la realidad”. Porque el genuino realismo reconoce que la vida humana se da siempre en tensión, que avanzar en ella no consiste en ignorar los hechos dados, pero tampoco en rendirse ante los mismos. “Reconocimiento de lo fáctico y oposición a lo fáctico se encuentran indisolublemente unidos en el genuino actuar conforme a la realidad”. Es en verdad sorprendente la pretensión de que unos seres humanos viven en el mundo real y otros no. La verdad es que todos vivimos en el mismo mundo, real. La pregunta que realmente nos divide es bajo qué tipo de exigencias debemos vivir en ese mundo real, y si acaso estamos dispuestos a aplicar un realismo con más tensión, menos chato, a todas las áreas de nuestra vida.

Sobre el autor:
Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de los Andes. Se dedica sobre todo a los "límites" de la filosofía medieval, su comienzo en Agustín, su fin en el siglo XVI o XVII, donde le interesan autores como Melanchthon, y Locke en el siglo siguiente -en pocas palabras: todo el problema de continuidad y descontinuidad entre mundo medieval-Reforma-modernidad. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas.
Sitio web de Manfred: Manfred Svensson
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