También yo estoy agradecido | A Benedicto XVI en el último día de su pontificado | Por Harold Segura

Harold Segura C.
Algunos buenos amigos me han reclamado mi interés en los últimos acontecimientos del Vaticano. Me dicen que siendo yo un ministro protestante no debería inmiscuirme en los trámites de liderazgo de una Iglesia que no es la mía. Algunos de ellos fueron los mismos que me reclamaron por haber participado en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (Aparecida, 2007). Uno de ellos con buen sentido del humor me dijo en estos días: "Harold, deja que los Papas entierren a sus Papas".

Bueno, no les tengo buenas noticias a quienes así me han aconsejado. En algún momento tendremos la oportunidad de conversar las razones cristianas de mi interés por todas las expresiones de la fe que se identifican con el Jesús al que amo y sigo. Por ahora, y para su mayor decepción, escribo esta nota en el último día del pontificado de Benedicto XVI para expresar algunos motivos de agradecimiento. ¿Yo, evangélico, agradeciéndole al Papa? Sí, tengo no sólo críticas y reclamos, sino también agradecimientos.

Estos son algunos:

Bienvenido de nuevo, Cardenal. Recuerdos personales del Cardenal Joseph Ratzinger | Por Harold Segura



«Se puede renunciar en un momento sereno, o cuando ya no se puede más»
Benedicto XVI[1] (2010)

La primera vez que supe de la existencia de Joseph Ratzinger fue a través del libro Conversaciones sobre la fe[2], escrito por el español Teófilo Cabestrero. Eso fue hace mucho tiempo;  lo leí en mis primeros años de seminarista, por allá en 1979 o 1980. El libro de entrevistas atrajo mi atención porque en menos de 300  páginas el autor presentaba a los 15 teólogos más influyentes del momento, los que sobresalían por sus ideas renovadoras.  

En esa lista estaban teólogos de la talla del peruano Gustavo Gutiérrez, padre de la teología de la liberación; el suizo-alemán Hans Küng, ya por ese tiempo contestario y rebelde; el argentino Enrique Dussel, filósofo de la liberación latinoamericana; el alemán de la Iglesia reformada Jürgen Moltmann, proponente de la teología de la esperanza; el más grande de los teólogos católicos del siglo XX, Karl Rahner; el uruguayo Juan Luis Segundo, el más grande, aunque no tan conocido, de los teólogos latinoamericanos; el biblista andaluz José María Gonzalez Ruiz… y en esa lista, ¿adivinen quién? Si, Joseph Ratzinger.

Dios como Indignado | Teología de la Indignación II | Por Samuel Escobar

En el artículo anterior vimos que Hessel nos presenta una visión trágica de la historia. Esta visión pesimista que ve la historia terminando en tragedia, ve la aventura humana como un túnel sin salida.

Y eso me lleva a la visión cristiana de la historia, porque si como cristianos creemos que Jesús resucitó no podemos adoptar una visión trágica y pesimista de la historia humana. Tanto la enseñanza de Jesús como la de los apóstoles está marcada por la nota de la esperanza, que es una nota que nos lleva a vivir el presente como luz y sal en el mundo, con gozo a pesar de las aflicciones, y a mirar el futuro con la esperanza de un mundo cualitativamente diferente, de una nueva creación : “Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Ap 20:4).

Una visión cristiana de la Historia

La fe cristiana es histórica, toma en serio la Historia , le da sentido y la transforma y encierra una visión de la historia. Para la enseñanza del Nuevo Testamento, tan real e importante como la encarnación y la muerte de Jesús en la cruz es el hecho de la resurrección del Señor crucificado. Escribiendo a la Iglesia de Corinto acerca de este tema, el apóstol Pablo afirma rotundamente: “Y si Cristo no ha resucitado nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco vuestra fe” (1 Cor. 15: 14). Los cuatro Evangelios culminan con la historia de la sorpresa de las discípulas y los discípulos ante la tumba vacía, y la experiencia del encuentro con Jesús resucitado. La realidad de esta experiencia es el marco en que se da el mandato a los discípulos para lanzarse al mundo con sentido de misión. Lo ha dicho el teólogo uruguayo Mortimer Arias en un magistral estudio sobre la Gran Comisión:

Hessel y su visión histórica de la indignación | Teología de la indignación I | Por Samuel Escobar

Stéphane Hessel
Tiempo atrás escribí un artículo sobre la diferencia entre domesticar y educar , en la vida de las iglesias evangélicas. Partía de la acertada y elocuente distinción entre estas dos formas de concebir la educación, que debemos al pedagogo brasileño Paulo Freire, fallecido en 1997.

En el año 2001 la editorial española Morata, especializada en pedagogía, publicó un libro póstumo de Freire con el título de Pedagogía de la indignación . Es el título que escogió la viuda de Freire para estas cartas y ensayos que son una muestra elocuente del talante cuestionador y utópico del famoso brasileño.

Lo he traído a colación para explicar el título de esta serie de dos artículos míos: “Teología de la indignación”. Porque he de confesar que la lectura del celebérrimo libro ¡Indignaos! del pensador y activista social francés Stéphane Hessel, que ha tenido tanta repercusión en España, me llevó a una reflexión que terminó siendo teológica, creo yo . Aquí la comparto con la esperanza de que me lleve a tener algún diálogo fraterno que me anime, me confirme o me corrija.

Las relaciones con la Iglesia Católica después de la Dominus Iesus | Por Harold Segura (Revisión 2013)

Una lectura de la Declaración Dominus Iesus, firmada por el cardenal Joseph Ratzinger (2000) a partir de los compromisos con la unidad de la Iglesia de World Vision International

Presentación

… a pocos días de la renuncia del Papa Benedicto XVI

El siguiente es un texto escrito en octubre de 2000, pocas semanas después de que la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, expidiera la Declaración Dominus Iesus.  En aquel momento, el documento vaticano atrajo críticas de los sectores ecuménicos y el reclamo por atentar en contra las relaciones interconfesionales.

En World Vision, organización cristiana de servicio e interesada en las relaciones fraternales y de mutua colaboración con la Iglesia Católica surgió la pregunta por el significado de esta Declaración. ¿Era posible proseguir con nuestras intenciones ecuménicas en medio del desacierto de la Dominus Iesus? Con el propósito de responder a esa pregunta, escribí este artículo.

«Volvió el Papa, volvió el Papa» Memorias personales sin pretensiones de pontificar sobre los pontífices | Por Harold Segura



Benedicto XVI

Angelo Giuseppe Roncalli, el papa Juan XXIII, murió el lunes 3 de junio de 1963. Yo era un niño de 6 años y cuando escuché la noticia salí corriendo por el vecindario y a grandes gritos comencé a anunciar: «Se murió el Papa, se murió el Papa» decía, mientras corría con afán. Mi mamá, entre sollozos, salió a buscarme y me reclamó por qué anunciaba la tragedia como si se tratara del campeonato de mi equipo de futbol, el Deportivo Cali. «Un Papa no se muere todos los días, ni su muerte se anuncia con ese bullicio», replicó indignada. 

De su antecesor, el Papa Pio XII, no guardo recuerdos; murió cuando yo tenía apenas un año de edad. 

A Juan XXIII, conocido como el Papa bueno, le sucedió Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini, Pablo VI, quien fue coronado (último de los papas en ser coronado) el 21 de junio de 1963, tan sólo 18 días después de la muerte de su antecesor. Ocupó la silla de san Pedro hasta el día de su muerte, el 6 de agosto de 1978. Fue Papa por 15 años. Mis recuerdos del exarzobispo de Milán se mantienen frescos, sobre todo su visita a Colombia en agosto de 1968. Yo iba a cumplir 11 años de edad y, en aquel tiempo, como católico devoto me arrodillé junto a mi mamá frente al televisor en blanco y negro cuando el Papa impartió la bendición antes de regresar a Roma.

Cuaresma o la revindicación del nomadismo | Por Ignacio Simal

El Éxodo del Pueblo Oriental, Óleo del Pintor uruguayo Guillermo C. Rodriguez
 “E hizo Moisés que partiese Israel del Mar Rojo, y salieron al desierto de Shur…” (Ex. 15:22)
“Y oí otra voz del cielo, que decía: «¡Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados…” (Apo. 18:4)

Antes de que nuestros pies pisen la tierra prometida, lejos de los poderes del Imperio, debemos atravesar el desierto. El aliento que nos capacita para perseverar en tan dura travesia surge de la esperanza en un posible mundo mejor.

Durante la travesía del desierto, el ayuno y la abstinencia de lo que el Imperio nos ofrecía -no sin pagar el precio de la perdida de nuestra dignidad- son un hecho: en el desierto no hay pescado, ni puerros, ni cebollas (Nm. 11:5); pero sí existe la cooperación mutua y la realización de la fraternidad humana en medio de la escasez compartida. Ello hace más llevadero el camino que nos conduce a ese mundo posible que añoramos.

Migración y misión cristiana | Por Samuel Escobar

Pablo, el primer europeo.  La fe cristiana nació para viajar, es una fe misionera por excelencia, dice Samuel Escobar en una serie sobre Migración y misión cristiana.

La naturaleza de esta religión la impulsa a atravesar fronteras geográficas y culturales, a tal punto que hoy en día no se puede comprender la historia de la humanidad sin referencia a los procesos de expansión de la Iglesia cristiana por el mundo. Esta movilidad propia de la fe cristiana arraiga en sus antecedentes en la fe judía y es así como judaísmo y cristianismo han dejado su marca en las culturas y pueblos por los cuales han pasado.

La historia cultural de Europa no se puede entender sin esta doble referencia, y sin otras referencias como la musulmana. Por ello mismo la historia de la iglesia cristiana está íntimamente vinculada con la historia de las migraciones. Se puede decir que el marco socio-cultural de la expansión misionera cristiana han sido procesos migratorios obligados por circunstancias como el hambre o la persecución, o bien emprendidos en forma intencional por razones vinculadas a la fe. No hace falta optar por una visión imperial de la historia o por un globalismo triunfalista, como el que parece animar a algunos cristianos occidentales de hoy, para reconocer esta movilidad de la fe. Sin embargo, como cristianos hemos de reconocer también las ambigüedades que conlleva el proceso de expansión misionera.

¿Podemos legitimar el uso de la vara en la niñez desde las Escrituras? | Por Alexander Cabezas

No es un secreto, en miles y hasta millones de hogares en América Latina, muchos hemos experimentado como terapia de corrección las famosas tundas o fajazos (1). Algunos recibieron más y otros menos; pero esta medida de corrección continúa colocándose lamentablemente como ¡el rey de los métodos de corrección de nuestra sociedad!

Qué importante es marcar la diferencia abismal entre lo que es la disciplina y lo que es el castigo físico. Mientras que la disciplina es educar y formar y para ello se necesita adquirir herramientas, disponer de tiempo, ensayo, paciencia, dedicación para su correcta aplicación (es una inversión que no todos los padres estarán en disposición hacer), en cambio, el castigo físico es una salida que se impone desde el temor, es más rápida, más fácil y no requiere mucha planificación. Solamente se necesita dejar aflorar los sentimientos de cólera o el enojo y descargarlas en el cuerpo frágil de un niño o una niña por medio de una faja creyendo que con eso ya aprendió la lección. ¡Grave error!
 
El Blog de Bernabé © 2017 | Diseño de template creado por Chica Blogger | Volver arriba