Fe | Por Nicolás Panotto

“… la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” - Hebreos 11.1

“No nos enojamos con personas o estructuras, sino con aquellas formas en que construimos la fe”, escuché decir. Quedé meditando. Recordé el clásico pasaje de Hebreos 11. Emergió la pregunta: si la fe tiene que ver con aquello que aún no hace presencia, ¿por qué sus formas nos abruman? El pasaje muestra la paradoja de la fe. Un lugar aun no presente. Una seguridad sobre lo ausente.

Pero no es éste el énfasis que siempre damos a tales palabras. Nos detenemos más en las certezas y las convicciones, que en las esperas y las negaciones. Nos olvidamos que la fe tiene que ver con esa tensión entre las cosas que son y las que serán. Más aún, se relaciona con la inestabilidad de los caminos que poseen una inherente capacidad de ser más de lo que son. Lo que se espera y lo que no se ve minan lo que es, lo presente, nuestros lugares y convicciones, desde el alma misma de las cosas que existen, que tienen lugar, que se hacen presentes. Misterio y realidad son elementos constitutivos de la vida, elementos mezclados en un mismo cuerpo.

En otras palabras, matamos la fe cuando la encarcelamos en una certeza, cuando la encapsulamos en un lugar de seguridad. La fe son palabras, pensamientos, decisiones, pasos, pero que no se constituyen en su estancamiento sino en su constante transitoriedad. La fe es dinámica y moviliza la vida. Encauza su movimiento cuando encuentra las grietas necesarias para deslizarse; pero muere cuando queda depositada en el recipiente que imita la verdad absoluta.

Fe es riesgo. Es poner el cuerpo. Los sentidos son llevados a su máxima expresión. Se siente, se sufre, se contempla. Su evocación al misterio de la vida nos abre a las formas más ricas de lo existente. Por eso, la fe es el llamado de la belleza, del poder de la estética en sus pluriformes colores y sensaciones. La opacidad de lo único y lo desabrido de lo impuesto carcomen la fe, ensombreciéndola en el frío cálculo.

Para mantener viva la fe, hay que aprender a andar por lugares inseguros. Fe no es la locura de creer que algo es absoluto y real, sino la humildad de reconocer que estamos en camino, que todo lo que deviene es transitorio y que la realidad esta impresa en el misterio. Vivificar la fe es aprender a dibujar con muchos colores, dejándose llevar por la fantasía y por la satisfacción de lo logrado, pero estando siempre curiosos por lo nuevo.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. 



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