La Navidad: Nuestra paradoja salvadora | Por Juan Pablo Espinoza

Cuando nos enfrentamos al misterio de la Navidad, acudimos a un momento y a una imagen sugerente: Dios se hace niño, se hace pobre, se hace limitación. En este desarrollo, queremos comprender cuál es el verdadero sentido de la Navidad, y cuál es la repercusión que tiene para nuestra vida cristiana hoy.

En primer lugar vamos a estudiar el simbolismo y el imaginario teológico del ‘niño’. Estos dos conceptos, expresan una realidad que se ‘dice’ desde un lenguaje metafórico o simbólico, el cual funciona como una puerta al misterio de Dios. El simbolismo del ‘niño’ lo leeremos desde Isaías: “Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá” (Is 11,6)

La imagen que el profeta utiliza, habla de la plenitud de los tiempos, la era mesiánica que se inaugura desde la figura tierna de un niño[1] que conduce los destinos de la creación, representada en el mundo animal. No es una imagen portentosa, en el sentido del persona que se presenta, sino que es una paradoja, ya que el que guía los destinos ahora es un niño, un débil y necesitado de todo.

En la Revelación, comprendemos que Dios mismo se hace paradoja, y en un momento de la historia se hace niño y hombre en Jesús de Nazaret. Este es el misterio de la Encarnación, que da sentido y fundamento a nuestro ser cristianos. Pero ¿qué es la Encarnación? Dios en su voluntad de establecer un plan salvífico para el hombre, decide salir de su esfera trascendente y se abaja a la condición humana, sometiéndose a las categorías de espacio y tiempo. En Jesucristo, el Dios humanado, queda divinizada la materia con lo que se permite al hombre trascender.

Y es aquí en donde toma sentido la Navidad, la cual se convierte en una alabanza para Aquél que se quiso hacer hermano nuestro. Es más, podríamos decir sin temor: ¡DIOS LLEGÓ AL MUNDO LLORANDO! En esto se demuestra la unión entre cielo y tierra, entre el aspecto humano y el divino. Es lo que los ángeles celebran: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra al hombre paz! Es el himno de alabanza por el gran misterio del Dios que nace.

Es el nacimiento que no tiene la espectacularidad de los reyes en los palacios suntuosos, sino que es la Teofanía kenótica[2], la manifestación de Dios, especialmente a los pobres. En el nacimiento de Jesús según Lucas, son los pastores, los despreciados de la sociedad judía, ellos son los primeros convidados a contemplar al niño Dios (Lc 2,8).

Este es el niño que con su nacimiento marca el inicio del Reino. Reino que involucra a los marginados de todos los tiempos y de todas las sociedades por causas económicas, políticas, ideológicas, educacionales, sexuales, religiosas o culturales. En esto, me gustaría apuntar una cita del cuento inglés “Canción de Navidad” de Charles Dickens, escrita en 1843. El extracto, presenta el diálogo entre dos esposos pobres, en relación a su experiencia con su hijo menor que es lisiado. El texto dice: “Mientras veníamos hacia casa (el padre con su hijo), me dijo (el hijo) que esperaba que todo el mundo lo viera en la Iglesia, porque siendo tullido les haría pensar, en el día de Navidad, en Aquél que hizo que anduvieran los cojos y viesen los pobres ciegos”. Este es el fundamento de la Navidad. Es la fiesta de la esperanza y del júbilo en el Dios que salva haciéndose parte de la historia del mundo, de la cual es hermano, Señor y liberador de los pobres.

Finalmente, citar a Leonardo Boff, teólogo brasileño en su libro “Jesucristo y la liberación del hombre”: “La eterna juventud de Dios penetró este mundo para no dejarlo nunca más, que en la noche feliz de su nacimiento nació un sol que no conoce ocaso”. Dios es un niño porque Dios siempre es más nuevo, más joven que nuestro pasado, que nuestro esquemas, en definitiva que nuestro mundo. En Dios nuestro futuro cobra sentido y plenitud, y permite que el hombre crea, ame y espere desde el niño que nace.

Notas:

[1] Un dato al margen. Este ‘niño que apacienta’ no es Jesús, ya que los profetas bíblicos no eran adivinos a ‘largo plazo’, sino que desde su contexto anunciaban la palabra que Dios les dirigía, y denunciaban aquello que iba en contra de esa palabra. Decir que el niño de Isaías es Jesús, es por tanto una mala comprensión hermenéutica, por lo menos en un sentido histórico. Desde una exégesis más espiritual, podríamos asociarlo como lo haremos en este desarrollo.
[2] Por Teofanía entendemos la Revelación o la manifestación de Dios (Theos: Dios; Epifánes: revelado, manifiesto). Por kénosis, entendemos el abajamiento, la humillación que Dios efectúa en Jesús desde la Encarnación.


Sobre el autor:
Juan Pablo Espinosa Arce es un joven laico chileno.
Estudiante de Pedagogía en Religión y Filosofía de la Universidad Católica del Maule, Chile.


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