¿Acaso podemos agregar algo más al ofrecimiento divino en esta Navidad? | Por Alexander Cabezas

¡Nuevamente llegó la Navidad!

Este es un tiempo, como ya se ha dicho en otras ocasiones, para compartir y reflexionar en su verdadero sentido. Pero qué sentido encontramos si no hacemos el ejercicio de quitar el polvo, las luces incandescentes, los adornos, la fiesta, los regalos y todo aquellas cosas que le han restado importancia a su esencial fundamental (no por ello me opongo al festejo).

Nos pasa, en Navidad nos sentimos más cerca a nuestros amigos y familiares, queremos pasar tiempo con ellos y ellas, deseamos ayudar a los más necesitados, ir a regalar cenas, todo porque nos prendió el “espíritu navideño”. Sin pretender o menospreciar dichos buenos deseos, mi preocupación es cuando le damos una connotación meramente antropocentrista.

Prueba de ello lo vemos cuando centralizamos la Navidad en la niñez, algo que el comercio ha sabido explotar muy bien para su provecho: Uno o dos meses antes de Noche Buena, los niños y las niñas ya saben que van a pedirle al “Niñito Dios”, o “San Nicolás”. El carro con más funciones, la muñeca que dice mamá y sabe hacer pipí…entre otros. Luego en enero, pasadas las fiestas, aquellos mismos juguetes se venderán como chatarra de lo que sobró de las ventas de diciembre y a mitad de precio.

Recuerdo que de niño en nuestro hogar, nunca había dinero para casi nada. Aún así mi papá como buen carpintero que fue, en varias ocasiones nos fabricó los juguetes utilizando materiales desechables o sobras de otra construcción. Recibir un regalo tan modesto pero pulcro y bien hecho, fue siempre motivo de alegría y celebración para mis hermanos y yo, quienes disfrutábamos sin reclamar o envidiar a los vecinos. Hoy día en muchos hogares, si no se regala el juguete más caro, moderno o de moda, es casi un insulto para muchos niños y niñas que han sido criados con estos estereotipos.

Además, para enero muchos echarán mano al préstamo o sus tarjetas de crédito para afrontar la cuenta, producto de haber gastado más de lo habitual para las celebraciones y el derroche que se dio el mes pasado.

Pero Navidad tiene otro sentido. Es y será el recordatorio del favor de Dios sobre la humanidad. Trata de la promesa hecha no por hombre alguno, sino por Dios quien toma la iniciativa de revelarse a nosotros, no para derramar su ira o enojo, sino su amor, gracia y misericordia, para darnos la oportunidad de tener acceso a su presencia.

“Emanuel” o “Dios con nosotros”. Es conmemorar lo insoluble del Verbo hecho carne, no en la presencia de un poderoso, o un rey humano déspota. Sino en la acción frágil de un niño-Dios, quien duerme en cálidos brazos de una madre desconcertada porque ¡tampoco entiende lo que sucede!

A pocos segundos (siguiendo el reloj de la eternidad), aquel niño-Dios, sería el Dios-hombre, quien deja la cuna y se abraza a la cruz, para vaciar su vida por amor al mundo que le ha dado la espalda, pero se entrega sin reserva alguna dando hasta la última gota de su sangre, porque así es su gran amor.

Solo así se entiende que sin importar lo pesado de nuestras conciencias, condiciones morales y espirituales, recibimos de Dios su perdón divino, la aceptación y el descanso de nuestras cargas.

Entonces Navidad, trata de “Dios con nosotros”, quien está a la espera que le abramos la puerta de nuestras vidas y permitamos que él caliente lo más recóndito de nuestra alma con el fin transformar allí donde antes había muerte y desolación.

¿Acaso podemos agregar algo más al ofrecimiento divino en esta Navidad?



Sobre el autor:
Alexander Cabezas es un teólogo y educador costaricense.  Profesor del Seminario ESEPA, Coordinador de Relaciones  Eclesiásticas de Viva y miembro del equipo coordinador del núcleo de la FTL en Costa Rica.


 
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