Vigencia del Jubileo en el mundo actual | Por C. René Padilla

En el capítulo 25 del libro de Levítico la iniciación del Jubileo está señalada para el día diez del séptimo mes (Tishri), que es “el día de la expiación” o de “la Fiesta del Perdón” (v. 9), el día más solemne del calendario israelita. Se sugiere así una estrecha relación entre el pecado y la desigualdad, y entre la liberación del pecado y la liberación de la esclavitud económica. En el pueblo de Dios no es posible experimentar el perdón de Dios, que es liberación de la culpa del pecado, y a la vez sentirse exonerado de la responsabilidad de liberar a los que sufren la opresión socioeconómica. La renovación de la vida espiritual está ligada a la renovación de la creación misma porque el ser humano es inseparable de la creación.

Al comienzo del Jubileo, por todas partes resuena el cuerno de los heraldos que proclaman “la liberación para todos los habitantes de la tierra” (v. 10). El año de Jubileo es primordialmente eso: un “año de liberación”; pues en él, los esclavos quedan en libertad, se cancelan las deudas y las familias pobres recuperan sus tierras y su sentido de unidad familiar. Es un año de radical transformación de las estructuras de opresión, un año de liberación y restauración.

En el meollo mismo del Jubileo está la exigencia divina de la equidad para todos. Por un lado, se reconoce que la vida humana tiene siempre una base económica y comunitaria, y que esta base es la misma para todos los miembros de la sociedad, sin distinción de clases. Por otro lado, se reconoce el carácter inalienable de la tierra asignada a cada familia extendida y se toman medidas para corregir las desigualdades que hayan surgido como resultado de factores impredecibles, con el fin de retornar a la igualdad socioeconómica deseada por Dios.

El año del Jubileo es el año de liberación, y esta liberación no conduce al goce de un derecho absoluto de propiedad individual, sino que se concreta en la recuperación de bienes familiares que se han perdido y que constituyen la base económica y comunitaria de la vida humana. La liberación jubilar da a toda persona la libertad de vivir como ser humano, en conformidad con el propósito de Dios. No es un acto de generosidad de los poderosos, sino un don de Dios, quien expresa su propia justicia instituida en su ley.

Hoy más que nunca el pueblo de Dios necesita recobrar su misión de heraldo de “la liberación para todos los habitantes de la tierra” (v. 10). La libertad en el mundo capitalista es esencialmente la libertad del “mercado libre”, la libertad de “la mano invisible” que organiza la economía en función de los intereses de los más pudientes. En contraposición a este tipo de libertad instituida por el sistema de muerte, el Dios de la vida que habló en el Monte Sinaí nos convoca a ser libres y a pregonar libertad a los cautivos porque es el Dios que ha escuchado el gemido de los pobres.

Sobre el autor:
C. René Padilla es ecuatoriano, doctorado (PhD) en Nuevo Testamento por la Universidad de Manchester, fue Secretario General para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y, posteriormente, de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Ha dado conferencias y enseñado en seminarios y universidades en diferentes países de América Latina y alrededor del mundo. Actualmente es Presidente Honorario de la Fundación Kairós, en Buenos Aires, y coordinador de Ediciones Kairós.

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