Tantas veces te mataron | Por Guillermo Steinfeld

Imagen: Pixabay
Una antiquísima fábula latina cuenta que una vez una vaca, una cabra y una oveja se hicieron socias de un león. Todo lo que conseguían para comer lo guardaban en un sitio en la montaña. Pero un día llegó el momento de repartir todo lo recolectado, y el león administró el reparto. Un cuarto del total se lo quedó porque era rey de los animales. Otro cuarto, porque era el que más esfuerzos había hecho. La tercera parte, porque su hambre era mayor que el de sus socias. Y la última parte, porque si nomás. Sencillamente, si alguno de los socios la reclamaba iba a tener que enfrentarse con su malísimo carácter.

Esta historia, que cierra su moraleja en que la sociedad con los poderosos nunca sale bien, se aplica también a que la sociedad nunca es uniforme y hay que aceptar que está integrada por un colectivo de seres humanos diferentes, algunos más visiblemente que otros. Por eso la profecía de Isaías 65.25 representa al zoológico humano: el lobo, el cordero, el león, el buey y la serpiente vivirán juntos. No hay en ese anuncio nada parecido a un futuro en que un grupo particular se apodere naturalmente de la dirección del mundo.

Mi opinión de ignorante es que los evangélicos hemos ingresado a la arena de la discusión política, pero lamentablemente con un ínfimo conocimiento sobre los derechos como la categoría fundante de la Constitución Nacional (en mi caso, la argentina). Solemos citar a gusto propio la Biblia, y a veces la Constitución, sin percibir que lo que subyace a ambos escritos no es la desesperación por las recetas y los códigos legales. Lo que está en la base es el derecho humano de ser plenamente feliz y de permitir la felicidad del prójimo (de otro modo, el simple sentido de felicidad es imposible).

Y aunque hablar de esto nos moleste, lo cierto es que la construcción de la sociedad civil sólo es posible con todos sus participantes. Los que descendemos de un Maestro que fue perseguido por sus ideas, acorralado, torturado y asesinado —y para nosotros resucitado— no podemos ignorar que el sufrimiento por tener un ideario propio y diferente es una realidad.

Una de las formas de infligir sufrimiento es por la simple negación de la alteridad (discúlpeme si esto le parece lenguaje oscuro). Hablo de cuando se niega la entidad del otro, su ser y, con eso, la realidad de que está ahí y que hay que intentar comprenderlo. Si lo niego, si digo que no necesito dialogar ni llegar a acuerdos con él, entonces incurro en asesinato —es metáfora, aunque según 1 Juan 3.15, aborrecer al prójimo es homicidio—, y ese «otro» quedará esperando que alguien lo resucite.

Erich Fromm, en su célebre escrito El miedo a la libertad, nos recordó uno de los puntos débiles del pueblo evangélico:

La Reforma constituye una de las raíces de la idea de libertad y autonomía humanas, tal como ellas se expresan en la democracia moderna. Sin embargo, aun cuando no se deja nunca de subrayar este hecho, especialmente en los países no católicos, se olvida su otro aspecto: la importancia que ella atribuye a la maldad de la naturaleza humana, a la insignificancia y la impotencia del individuo y a la necesidad para éste de subordinarse a un poder exterior a él mismo. Esta idea de indignidad del individuo, de su incapacidad fundamental para confiar en sí mismo y su necesidad de someterse constituye también el tema principal de la ideología hitleriana que, por otra parte, no asigna a la libertad y a los principios morales aquella importancia que es esencial en el protestantismo.

De modo que el abandono del propio derecho, y la negación del derecho ajeno, se convierten por defecto en caldo de cultivo para la locura y la injusticia. Allí ni siquiera los más fieles religiosos aceptan el habeas corpus de su prójimo.

Varios escritos de los padres apostólicos, situados en el siglo 2, ya señalan esa actitud anticultural, convencidos de que todo cuanto caía fuera de su control estaba bajo dominio demoníaco. Por lo tanto, la iglesia construyó la idea de que el mundo había sido creado para los cristianos, sin aceptar la futura posibilidad de convivir con otros diferentes. De manera que todos los demás grupos humanos, sea cual fuera su diferencia, debían ser subsumidos sin discusión por los «verdaderos dueños». Que poco después el imperio romano les dio el marco para semejante arrogancia no quita que el cristianismo ya había desarrollado esa actitud de apropiación y determinismo que hasta hoy lo acompaña. Por eso, la experiencia señala que si un grupo de poder cree que sus propios privilegios están en peligro porque otro grupo minoritario reclama espacios o derechos, el primero hará sus mayores esfuerzos por anular al segundo alegando que toda la sociedad civil está en peligro. Y éstos son, sin duda, métodos de eliminación no reconocidos.

Pero mientras hay quienes son condenados por encima de todo, están quienes ya no esperan más, y luchan porque saben que el momento no va a llegar nunca a menos que ellos mismos lo produzcan. Es como en la canción Como la cigarra:

Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
cuántas noches pasarás desesperando.
Y a la hora del naufragio
y a la de la oscuridad
alguien te rescatará,
para ir cantando…

La historia está expectante de los indecisos, si se rebelan contra la «necesidad» de sacrificar a sus hermanos, y toman la decisión de resucitarlos.

Sobre el autor:
Guillermo Steinfeld es argentino. Máster en Teología del Seminario Internacional Teológico Bautista de Buenos Aires. Fue decano y facilitador del área iglesia en el Centro de Estudios Teológicos Interdisciplinarios (CETI) y Secretario Ejecutivo de la Asociación de Seminarios e Instituciones Teológicas del Cono Sur (ASIT).



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