¡La Iglesia ha muerto!... ¡Viva la iglesia! Reflexiones para una eclesiología humilde | Por Luis Cruz Villalobos (1)



En busca de un sueño tallaron la piedra;
En busca de un sueño Dios vino a la tierra.
- Silvio Rodríguez


Como los reyes… a rey muerto, rey puesto.

La iglesia[2] ha muerto para muchas personas, sólo se observan movimientos automáticos y espasmódicos del difunto. Algunos/as opinan que no, que la iglesia sigue viva y que debe seguir siendo el estandarte absoluto de la Verdad absoluta para el mundo entero, tal como lo ha hecho por dos milenios… Otros/as piensan que la iglesia no puede morir definitivamente, pero que tampoco debe seguir viva del modo que lo ha estado.

En el presente artículo me interesa compartir algunas reflexiones sobre aquello que puede ser fundamental para un cambio vital en el Cuerpo de Cristo, para que no sea un cadáver violento o irrelevante, en medio de un mundo radicalmente necesitado y cambiante.

Ahora que la posmodernidad se acabó

Se ha escrito y hablado mucho sobre la posmodernidad, pero para algunos ésta ya ha terminado, al tiempo actual aún se le busca nombre…

La posmodernidad ha sido caracterizada por sus principales pensadores como el tiempo del fin de las grandes narraciones o relatos que aunaban la comprensión del mundo y que orientaban el destino personal y social, incluso mundial. El punto central de la perspectiva llamada moderna fue el historicismo, perspectiva que comprendía el devenir humano como un proceso de continuo avance hacia un fin esperado y por lo general idealizado (ya sea como una sociedad justa e igualitaria o un mundo bajo las sofisticadas y equilibradas manos invisibles del mercado global). Pero las narraciones esperanzadas cayeron y quedaron dispersas en miles de micro-narrativas[3] y múltiples dialectos[4], legítimos y plausibles todos a la vez. La modernidad quedaba sepultada bajo el caído muro de Berlín.

Pero la posmodernidad con sus acontecimientos aislados, múltiples, irreductibles a un solo discurso homogeneizante e histórico-universal, se encontró de bruces con el acontecimiento histórico universal por excelencia, el suceso inmediato e histórico, visto por miles de millones simultáneamente que derrumbaba la diversidad infinita y dejaba a los humanos ante un hecho histórico robusto, dramático, sofocante: la caída de las torres gemelas[5].

La historia retomaba su protagonismo, nuevamente universal, absoluta. Sin embargo, lo hace, ahora que la posmodernidad a quedado sepultada bajo las torres gemelas, de un modo distinto a la modernidad, pues la esperanza en los meta-relatos aún está derrumbada bajo los escombros del muro, ahora se ve la ineludible historicidad universal pero en perspectiva trágica, bajo el signo del fanatismo terrorista, bajo el halo de la muerte, ya que se levantan países que podrían destruir atómicamente gran parte del planeta por motivos religioso-ideológicos. Se da una especie de retorno drástico a la modernidad o incluso a tiempos más remotos, pues si el sueño de la diosa razón engendró monstruos[6], los del fanatismo religioso pasados y contemporáneos no lo han hecho muy distinto, y ahora podrían llegar a catástrofes de mayores dimensiones, más globales.

Verdad, fanatismo y violencia

Emil Cioran, pensador y escritor rumano, presenta con poética elocuencia lo que el considera el origen del fanatismo:

En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.
Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. [7]

En este texto ácido y duro (en especial si se lee completo) se observa cómo históricamente se ha vinculado la posesión de la verdad a la violencia, a la imposición, al abuso. Quien mata siempre lo hace con buenas razones para él, y particularmente en el plano religioso esto ha sido más evidente… Cito un macabro texto que registra (a mano de un testigo presencial) cómo se ejercía la “justicia” y se busca el cristiano arrepentimiento de un delincuente.

Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado [deberán serle] atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asido en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento". "Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aún esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas…" Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: 'Dios mío, tened piedad de mí; Jesús, socorredme.' [8]

El texto relata posteriormente con gran detalle lo ocurrido, de acuerdo a los registros de un escribano. Es difícil de creer. El castigo a los que actuaban o pensaban distinto era drástico; la conducta y el pensamiento-palabra debían estar en línea, someterse al poder epistemológico y definitivamente ontológico (determinaban el ser o no ser concretamente) imperante, someterse al meta-relato o narración-absoluta controladora de la vida y la muerte.

Para una gran cantidad de personas hoy en día la iglesia ha muerto o debiera morir al menos, si es entendida como la institución poderosa domesticadora de las conciencias, avasalladora de la libertad de conciencia y de acción. Pues si el texto anterior describe ciertas prácticas horribles ejecutadas al alero de la Iglesia oficial, sería largo mencionar toda la opresión que significó para millones de habitantes de nuestro extenso continente la invasión y conquista de los europeos y su cristiandad, junto con el dramático e inhumano tiempo de rapto y esclavitud de importante población africana.

Muchas y muchos se han apartado de la iglesia o de las iglesias, porque estas, por medio de sus liderazgos, se han planteado como poseedoras de la verdad absoluta, sintiéndose en un lugar de privilegio respecto a todos los demás, olvidando que en caso que la verdad pudiese escribirse con mayúscula, siempre nuestro encuentro con ella está mediado por la constitución particular de cada uno/a de nosotros/as, constitución biográfica, geográfica, ideológica, socioeconómica, en fin.

La humildad epistemológica[9]

El tener un conocimiento objetivo (de ob-jectum, lo que está frente a uno… y puede ser asido, aprehendido, poseído) de la realidad, de la revelación, del ser… me permite tener legítimo derecho a imponerme sobre los demás, que están bajo la ignorancia, incluso en contra de su voluntad, por su supuesto bien. De este modo, los poseedores de la verdad absoluta (sacerdotes milenarios, que siempre se instalan junto a los poderosos fácticos, legitimándolos divinamente), aquellos que están dispuestos a morir por ella, innumerables veces terminan llevando a la muerte a muchos antes que ellos, después de ellos y, particularmente, en lugar de ellos. En esta línea está la interesante interpretación del Génesis 3 que plantea que el conocimiento del bien y del mal es el conocimiento absoluto, el poder absoluto sobre los demás, propio, exclusivamente de la divinidad[10].

La iglesia comprendida como poder, como estructura jerárquica poseedora de la Verdad, como instancia única de la salvación, para muchos ha muerto. Su soberbia epistemológica, con su correlativa soberbia ética, le ha quitado la vida. Se necesita hoy otra iglesia, una iglesia humilde, relacional, amorosa.

En la kénosis de Jesucristo (su vaciamiento o empombrecimiento radical[11]), es Dios mismo quien se manifiesta como vulnerabilidad suprema, como fragilidad que sufre la violencia, pero que por lo mismo la derrota, la trasciende. Es la idea de la encarnación como disolución de lo sagrado en cuanto violento.[12] Es en la muerte de Cristo que, a través de la violencia sacrificial sagrada, es trascendida de modo total y definitivo la violencia sacrificial sagrada y, vale remarcar, toda violencia, para siempre y para todos, certificada por la resurrección, como victoria absoluta.

Áslan, el león protagonista de los relatos infantiles (?) de C.S. Lewis[13], me parece una de las imágenes más adecuadas para hablar de la Verdad. La Verdad manifestada en plenitud, pero indomable, incontenible, poderosa, suficiente. Pero que se vacía de su plenitud y poder en el amor total, sobre la “mesa de piedra” por Edmundo (El-mundo) y además sabe jugar, besar, abrazar a sus niños y niñas, con poderosa e indestructible ternura.

“Si alguien me demostrara que Jesús no poseyó la verdad… entonces preferiría seguir con Jesús que con la verdad”, cuentan que decía uno de los personajes de F. Dostoievsky[14]. La Verdad última se ha mostrado en Jesús de un modo paradójico. Jesús realiza con su advenimiento una deconstrucción epistemológica. Jesús mismo es la Revelación última, la Verdad absoluta, pero por ello, no es un concepto, un constructo aprehensible racionalmente, que pueda poseerse de modo cognitivo, sino una realidad personal, interpersonal, relacional. De esta forma, la Verdad y su posibilidad para el ser humano, se ofrece en una relación, desde un afecto, en un vínculo de amor.

Podemos hablar de una epistemología humilde, kenótica y, por lo mismo, de una teología y eclesiología humildes, que asumen el fin de los meta-relatos avasalladores, absolutistas y violentos, y los redefinen desde los micro-relatos humildes, cercanos e intensamente afectuosos de la vida-palabra de Jesús y desde la multitud de las diversas narraciones (testimonios) que surgen en aquellos/as que se encuentra con él, como restaurador de la vida.

La heterogénea comunidad universal de Jesús

Por lo general se ha idealizado a la iglesia primitiva y, de un modo muy específico y limitante, se le mira como la comunidad de fe ideal donde no habían diferencias, donde reinaba el mismo sentir y pensar, donde no existían rivalidades ni conflictos de opinión. Lo cierto es que la diversidad es una marca del cristianismo desde sus orígenes y pareciera ser un “pecado” que ninguna iglesia quisiera poseer. Pero siempre ha existido la diversidad en la iglesia, como lo fue al principio entre los cristianos judíos y los cristianos helenistas. Lo fundamental es que Dios se va encargando de que esta cualidad policromática sea para su gloria y la extensión de su reinado en la policromática faz de la tierra.

Podemos entender la iglesia como la comunidad universal de fe que es la continuación del acontecimiento de Jesús de Nazaret, aceptado como el Cristo, que se concretiza históricamente en los acontecimientos de diversas vidas individuales y colectivas muy heterogéneas, guiadas intrínsecamente por la acción libre del Espíritu Santo prometido, que encamina hacia la plenitud del reinado de Dios en la tierra. En los seguidores y seguidoras de Jesús es donde él se hace presente, palpable, necesariamente palpable, es desde allí donde Cristo quiere proyectar el reinado de Dios, ya sea por medio de agrupaciones cristianas juveniles llenas de fraternidad y sana alegría; talleres laborales femeninos donde se comparte, aparte de la manualidades, la esperanza de Jesús; congregaciones pequeñas donde la enfermedad de uno es dolor de todos y la cesantía de uno es necesidad de todos, en fin… es allí donde Cristo se encarna hoy, es allí, pero no sólo allí, pues nuestro Dios, su Espíritu, va siempre más allá y escapa de nuestros marcos, tal como lo ilustra el siguiente poema:

EL ESPÍRITU INCONDICIONADO

Santo Espíritu
Tantos años conociéndote de oídas
Tantos años viéndote de lejos
como quien mira un arrebol
sin lograr alcanzarlo

Han pasado los años
y te vas acercando a mi llamado
Pues te he pedido a mi pecho
He rogado tu blanca llenura
y vas respondiendo

Tu respuesta es como Tú
Inesperada
Insospechada
Asombrosa
e incondicionada
No te riges por mis deseos
No respondes a mi espera de reloj de arena
Sólo llegas
y vuelves a llegar
Tierno o violento
Asombrosamente Tú

Espíritu libre
No podemos contenerte
Has llenado y hecho rebosar
tantas y tantas realidades
Has llenado y hecho rebosar
tantas y tantas estructuras
El judaísmo no te contuvo
El helenismo tampoco
El catolicismo romano no alcanzó
El protestantismo fue pequeño
Los movimientos pentecostales faltaron

Tú escapas
Tú vas más allá
Tú quieres llenar la Tierra
y traer el Reinado de Dios
a lo profundo de las vidas

Te veo hoy
algo más claro que ayer
y más brumoso que mañana
Eres poderoso
Soberano
Y me impresionas
Pues al sentirme orgulloso
de mi intelectual comprensión
sólo me jacto
de la amplitud de mi celda
Pues Tú no caves en mi mente
ni en mi pecho
sino que sales volando de mis manos
y de mis ojos
como paloma blanca
a otro pecho deseoso
y a otra mente que busca

Gracias
por estar aquí
en esta choza indigna que soy
Gracias
por elegir como templo
nuestros corazones pródigos

Espíritu libre
Incondicionada flama y huracán
Sigue emancipando los corazones
de todos tus hijos diversos
agrupados en tus diversos cuerpos
y llena la Tierra toda
sanando la multiforme miseria
que aún tiñe los corazones y estructuras
del tiempo y el espacio humano[15]

Personalmente, he disfrutado de su presencia y lo he visto en mi vida con muchos rostros en los cuales existía su rasgo común de ágape. Recuerdo en mis años tempranos de universidad cuando clamé al cielo pidiendo sentir a Dios encarnado junto a mí, pues me sentía pobre de Él. Escribí aquella vez una serie de viñetas[16]:

·         Necesito a Cristo hecho carne.
·         El pobre no necesita palabras de amor, sino manos de amor, manos que aman, manos que concretamente lo aman.
·         Ser cristiano es ser hermano, hermano de otro, sin el otro no hay cristianismo posible.
·         Ando buscando a Cristo entre las personas, entre las personas renovadas. Cristo no está encerrado en un libro robusto de letras pequeñas y hojas delgadas, Cristo está aquí, en una persona renovada con manos reales que me saludan, me acarician, me corrigen, me sostienen, con manos que me aman concretamente y no con sólo palabras.
·         Cristo se hizo persona concreta, y hoy, Cristo, está en las personas, está en su Iglesia, la cual está compuesta por personas.
·         Ser cristiano es tener hermanos y no sólo un Padre celestial que está allá en los cielos, ser cristiano es tener hermanos con los cuales poder decir: Padre Nuestro...
·         Ser cristiano es comportarse como un hermano, como uno que ama de verdad al que está allí, al lado, al próximo, al prójimo. Ser cristiano es buscar otros hermanos en las personas que aún no conocen a Nuestro Padre.
·         Ser cristiano es vivir como un hermano.[17]

Lo cierto es que anhelaba profundamente sentir el abrazo concreto de Cristo y lo he sentido en las comunidades de fe a las que he pertenecido. Además, y casi sin darme cuenta, he constatado que yo mismo he terminado siendo esa mano de Cristo para otro que la necesitaba... imperfecta, vulnerable, frágil, pero dispuesta, y esto ha sido una de las más bellas, buenas y verdaderas experiencias. También Jesús se me ha revelado en muchos/as que incluso no creían en él, he ido aprendiendo que vivimos en Dios y él se encarga libremente de mostrar su rostro día a día; está cercano a nuestro dolor, es un Dios doliente, un Dios que se molesta y se sumerge en nuestra miseria y la vive, no es un Dios apático, sino empático o misericordioso, como lo ha dicho Moltmann, empleando una cita impactante:

¿Como es posible la fe religiosa… después de Auschwitz? No lo sé. Pero me hizo mucho bien la historia que E. Wiesel relata en su libro "Night" (1969) con respecto a Auschwitz: Dos judíos y un niño fueron ahorcados. Los prisioneros se vieron obligados a contemplar la escena. Los hombres tuvieron una muerte rápida. Pero el niño tuvo una agonía larga y dolorosa. "Alguien gritó detrás de mí: ¿Dónde está Dios? Yo enmudecí. Pasada media hora, volvió a gritar: ¿Dónde está Dios, dónde está? Una voz en mi interior respondió: ¿Dónde está Dios? Está ahí colgado de la horca..." [18]

Cristo se encarna en la sombra o en la luz, en positivo o en negativo, pero está aquí y elige encarnarse primordialmente en los pobres de espíritu que se lamentan mansamente con hambre y sed de justicia, y que con una mente-corazón claro, misericordiosamente construyen la paz a pesar de la persecución (Cf. Mateo 5: 3-12).

Como comunidad de fe que somos podemos decir que el Espíritu Santo nos guía y vive en nosotros, se encarna en nuestras vidas limitadas de modo interpersonal e intrapersonalmente.  En esta línea, Bonhoeffer dice desde la cárcel, añorando la experiencia de comunidad:

El hecho de que Dios haya actuado y siga queriendo actuar en nosotros (y por medio de nosotros) es lo que aceptamos por la fe como su mayor regalo; lo que nos llena de alegría y gozo... es dulce para los hermanos vivir juntos por Cristo, porque únicamente Jesucristo es el vínculo que nos une. "Es nuestra paz". Sólo por él tenemos acceso los unos a los otros y nos regocijamos en el gozo de la comunidad reencontrada.[19]

Cristo se encarna hoy en sus pobres, que tienen a Dios por Rey y que buscan su justicia para todos/as y van codo a codo con la confianza de que están vinculados ineludible e inalterablemente a Dios como Padre amoroso, común a muchas personas diversas, que lo consideran a Él con la seriedad y respeto de la muerte y la vida. Dicho en la síntesis de Jesús: “Padre Nuestro del Cielo”. En esto puede resumirse el principio para la segunda encarnación, la eclesial, en la profunda y tremenda revelación de Dios como: Padre (vinculado cercana, amorosa e incondicionalmente) Nuestro (compartido, comunitario, familiar) del Cielo (que trasciende nuestra realidad miserable, que es totalmente inaprensible o poseíble en su ser total, que es siempre Bueno y siempre Nuevo).

Realidades, necesidades y compromisos diversos

Lo cierto es que la praxis pastoral de la iglesia, así como fue la de Jesús, debe estar focalizada en el velar por la satisfacción de las necesidades humanas de modo integral. "El Señor es mi pastor, nada me falta", nada me falta, nada, en ninguna dimensión o ámbito, Dios se presenta como pastor en Jesús, atendiendo a las necesidades eco-bio-psico-socio-espirituales de las personas, en especial de aquellos que no pueden suplirlas por sí mismo y son conscientes de ello.

De este modo, las necesidades son muchas y me atrevo a decir que, por lo mismo, es fundamental definir o redefinir el concepto de pobre, ya que al reducir su alcance a lo socio-económico, profundas facetas de la experiencia humana quedan fuera, facetas que son independientes, en cierto modo, de lo socio-económico, aunque lo atraviesan. Por ejemplo, es patente la pobreza de los jóvenes de clases socioeconómicas medias y altas donde se vive la exclusión, el abandono y el absurdo, con las duras consecuencias de la drogadicción, la promiscuidad sexual y la vida a la deriva. Es así que las necesidades son muchas y los/as obreros/as también deben serlo, múltiples y diversos/as.

Es interesante observar que el Espíritu se ha encargado de ocupar la diversidad para responder a la diversidad de necesidades, así como lo hizo con el grupo de los helenistas que se dispersaron, a diferencia de los cristianos hebreos, fruto de la primera persecución, y proclamaron la buena noticia en centros socio-culturales muy distintos.[20] Tal como lo plantea P. Richard: “Se identifica unidad con ortodoxia y diversidad con herejía. Todo esto es contrario a la realidad histórica. Desde sus inicios, el cristianismo presenta variadas tendencias y surgen los más diversos modelos de Iglesia”.[21]

El Espíritu vela por la satisfacción de las diversas necesidades humanas por medio de su comunidad universal de fe compuesta de modo tan heterogéneo. La diversidad es respondida por la diversidad. La diversidad es vista como riqueza del Evangelio más que como herejía o error.[22] Para multitud de grupos humanos necesitados, con multitud de necesidades, hay multitud de grupos humanos organizados para servir, celebrar, proclamar, educar y compartir desde la experiencia de fe en Jesús como el Cristo.

Resulta significativo descubrir la libre acción del Espíritu Santo, el Espíritu incondicionado, acción concretizada especialmente en el pueblo heterogéneo que es la comunidad de fe universal, pueblo compuesto por hombres y mujeres que debemos caminar guiados por el Espíritu, que debemos avanzar en el Espíritu, con el Espíritu y desde el Espíritu, poseídos por el Señor, atrapados en su libertad bella y fructífera. Que el Espíritu sea nuestro Kürios, así como lo ha dicho Esquerda:

Jesús trazó el camino. Por tanto, “tener el mismo sentir que él” querrá decir también sintonizar con sus actitudes respecto al Espíritu Santo, que le movió hacia el desierto, que le empujó a predicar, que le condujo hasta la cruz, que le llenó de gozo... en una palabra, que le ungió y envió a evangelizar a los pobres. La definición del cristianismo podría ser la que san Pablo se dio a sí mismo: "atado por el Espíritu" o "prisionero del Espíritu" (Hch.20:22).[23]

Deconstrucción de las marcas de la iglesia

Para terminar, propongo como alternativas eclesiales, una relectura deconstructiva[24] de las marcas de la iglesia.


Marcas de la iglesia
Opuestos
Visión dinámica
Una
Plural
Heterogénea unidad
Santa
Profana
Santidad profana
Universal
Local
Universalidad autóctona
Apostólica
Discontinua
Apostolicidad emergente


Heterogénea unidad:
Anhelar una iglesia donde no exista homogenización sistemática ni tácita, sino un despliegue de la multiforme y policromática gracia de Dios, en dones, ministerios y actividades, pero también en estilos artísticos, formativos, comunicacionales, que respondan a la unidad esencial en el Jesús humilde y vaciado de absolutismos ciegos, lleno de amor sin fronteras.

Santidad profana:
Anhelar una iglesia pertinente que se ha hecho carne, que vive pro-fanamente (fuera del templo) su fe, amor y esperanza,  pues se sabe templo viviente,  que sigue y experimenta el ejemplo del logos desacralizado, mundanalizado que nos vino ha realizar la exégesis del Padre, sin errar jamás en apuntar al blanco de la plenitud humana personal y social, del no-pecado.

Universalidad autóctona:
Anhelar una iglesia que ha superado concientemente los historicismos etnocéntricos  (especialmente noratlánticos), y se sabe un reservorio de múltiples y maravillosos micro-relatos sanadores de todos/as los/as que se encuentran en el camino con el Resucitado, con todos/as aquellos/as que se suben a los lomos de Áslan, y se saben amados/as y protegidos/as por él, como león poderoso y tierno, pero nunca domesticable ni poseíble, pues se saben no poseedores de la Verdad sino poseídos por ella, por la humilde Verdad eterna revelada en el amor indiscriminado.

Apostolicidad emergente:
Anhelar una iglesia misionera donde la tradición es vista como riqueza, pero sinérgicamente, ya no como monumento frío, estático y muerto, sino rescatando el Evangelio de Jesús como Buena Nueva, siempre buena y siempre nueva, que se despliega y emerge respondiendo a las preguntas del momento histórico y geográfico en que se vive, sin jamás confundir la forma histórica específica, hija de un contexto limitado, con la Verdad eterna, que no es concepto sino persona, Jesús.
 
Ecclesia Reformata et Semper Reformando

A modo de corolario, podemos destacar la gran importancia del principio de la Reforma Protestante que invitaba (no muy efectivamente, en términos históricos) a la continua revisión de la iglesia, bajo el espíritu central del protestantismo, como muy bien P. Tillich lo observó en su libro La Era Protestante.[25]  Allí el autor plantea que el Principio Protestante por excelencia es el perseverante intento crítico de la iglesia por mantenerse focalizada en su preocupación fundamental, luchando activamente contra todo sustituto, de tal modo (auque resulte obvio decirlo, pero no lo ha sido en la práctica eclesial) que Dios sea Dios para su pueblo, “sin convertir en incondicionados los objetos de nuestros sueños e intereses”[26]. Pero, considerando la revelación última de nuestro trino Dios en el kenótico Jesucristo, esta lucha por permanecer en el centro dinámico se torna una lucha humilde y mansa, pobre y conciente de la no apropiación ni posesión absoluta del horizonte al que estamos llamados, siendo así una iglesia humilde, abierta, viva, resucitada.



[2] Emplearé el término “iglesia” con minúscula. Mi intensión es expresar así su multiplicidad y su carácter fundamentalmente no institucional. Aunque gran parte de las críticas están referidas en este texto a la Iglesia, que también podemos llamar “cristiandad”.
[3] J-P. Lyotard, La Condición Posmoderna, Madrid, Cátedra, 1997.
[4] G. Vattimo, Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, 2ª Ed. Barcelona, Paidós, 1992; El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna, Barcelona, Planeta-Agostini, 1994; Creer que se cree. Buenos Aires, Paidós, 1996.
[5] J.P. Feinmann, La filosofía y el barro de la historia, 9° Ed. Buenos Aires, Planeta, 2011.
[6] F. Goya en uno de sus grabados escribe la frase: “El sueño de la razón engendra monstruos”.
[7] E. Cioran, “Genealogía del fanatismo” en Brevario de podredumbre, p. 7, Madrid, Taurus, 1997.
[8] M. Foucault, Vigilar y Castigar: el origen de la prisión. Madrid: Siglo XXI, 1996.
[9] Este tema está desarrollado más detenidamente en L. Cruz Villalobos, “Teología, Filosofía, Ciencia: actuales caminos de humildad epistemológica”. Correlatio Vol. 9, No 18 (2010): 5-38.
[10] H. de Wit, He visto la humillación de mi pueblo. Una relectura del Génesis desde América Latina. Santiago de Chile, Amerindia, 1988.
[11] Cf. Filipenses 2:5-8 (en especial el 7).
[12] Cf. G. Vattimo, Creer que se cree. Buenos Aires, Paidós, 1996.
[13] Las Crónicas de Narnia (tomos 1 al 7).
[14] G. Vattimo, op. cit.
[15] L. Cruz Villalobos, poema inédito, 2002. Leído durante ponencias del Cono Sur, en CLADE-V.
[16] El texto fue escrito en términos masculinos, desde la vivencia personal.
[17] L. Cruz Villalobos, texto inédito, 1997.
[18]  J. Moltmann, El Experimento Esperanza, Salamanca, Sígueme, p. 71, 1976.
[19] D. Bonhoeffer, Vida en Comunidad, Salamanca, Sígueme, p. 27, 1982. Paréntesis añadido.
[20] C. Mester y F. Orofino, "Las Primeras Comunidades Cristianas", RIBLA 22, Quito, 1996.
[21] P. Richard, "Los Diversos Orígenes del Cristianismo", RIBLA 22, p.8, Quito, 1996.
[22] C. Mester y F. Orofino, op. cit.
[23] J. Esquerda, Prisionero del Espíritu, Salamanca, Sígueme, 2° Edición, p. 9, 1978.
[24] Para el concepto de deconstrucción cf. L. Cruz Villalobos, “Posibles deconstrucciones del trauma. Una aproximación posmoderna”, Rev. Sociedad & Equidad Nº 3, Enero de 2012. Pp.172-194.
[25] P. Tillich, La Era Protestante, Paidós, Buenos Aires, 1965.
[26] E. Cioran, ver cita de la p. 2.
[1] Sobre el autor:
Luis Cruz Villalobos, chileno, es Ministro Presbiteriano, miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.  Es Psicólogo Clínico doctorándose en Teología.   Director del Centro de Investigación de Resiliencia y Espiritualidad (CIRES) .
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