El púlpito filoso | Por Abel García


Dentro de la estructura religiosa evangélica, el pastor tiene una posición muy importante. Como se ha discutido mucho aquí y en otros blogs , por él/ella pasa toda la carga esencial de la vida de las iglesias, a veces más, a veces menos (depende del estilo de gestión del(a) pastor(a), junto con su teología). No quiero ―al menos en esta ocasión― hacer el ejercicio de discutir-analizar-observar el modelo. Pretendo concentrarme en un elemento importante: la prédica desde el púlpito.

Dentro de la liturgia católica el sermón es importante pero palidece ante la celebración eucarística, que es lo que le da sentido a la misa. Tiene toda lógica porque la muerte de Cristo es la clave de nuestra salvación. Cuando llegó la reforma, la liturgia protestante quedó desnuda al despojarse de bastante de la parafernalia católica vinculada a la misa, y es esta una razón por lo que la predicación ―que pasó el estricto filtro reformador― se hizo tan importante para nosotros, convirtiéndose en la tarea principal del pastor. Tanto es así que una de las varas del éxito de un pastorado tiene como escala la calidad homilética del hombre dedicado a la dirección espiritual de las iglesias junto al éxito numérico. Quizá esta medida de resultados pastoral hace que los grandes predicadores de antaño esten en un pedestal: Spurgeon, Wesley, Moody, Hudson Taylor, etc.

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Indiscutiblemente la predicación es importante, y está íntimamente ligada a la evangelización. Pablo dijo que “¡Ay [de él] si no predicase el evangelio!” (1 Co. 9:16) y en la Gran Comisión, al darle a su comunidad un nuevo sentido de misión, Mateo habló de “ir por todo el mundo y predicar” (Mt. 28:19). Pablo habló de la locura de la predicación (1 Co. 1:21) e inclusive se distinguen predicaciones de calidad, como en el caso de Apolos (Hch. 18:24). Desde lado de la evangelización, el Pacto de Lausana, dice que “evangelizar es extender las buenas noticias de que Jesucristo murió por nuestros pecados y fue resucitado de entre los muertos según las Escrituras, y que como el Señor reinante ofrece hoy el perdón de los pecados y el don liberador del Espíritu a todos los que se arrepienten y creen” (1)

Podemos enfocar la predicación como Orlando Costas (2), cuando menciona sus diferentes caracteres: teologal (el conocimiento de Dios como fin de nuestra predicación, más allá del simple evangelismo de primer nivel), cristológico (Cristo como eje debido a su papel de mediador de un nuevo pacto. Ver Hch. 8:5, 35; 9:20; 10:36, 1 Cor. 1:23, 2 Cor. 4:5), evangélico (se anuncia preminentemente la actividad de Dios en Cristo a favor de la humanidad), antropológico (el hombre como receptor por excelencia del mensaje), eclesial (el contexto de la predicación es la iglesia y está íntimamente atada a la existencia y misión de ésta), escatológico (la predicación pertenece a los sucesos de los últimos tiempos ―porque, por si acaso, ya en tiempos neotestamentarios se pensaba que se estaba en los postreros días. Ej. 1 Jn. 2:18― y confronta al hombre con sus realidades futuras), persuasivo (mediante la predicación se convence a los hombres de entregarse completamente al Señor), espiritual (es un acto testificante del Espíritu Santo) y litúrgico (la predicación unifica la adoración pública, hace contemporánea la victoria del evangelio y provee el tema del culto).

Es una tarea colosal y de una responsabilidad enorme el anunciar el evangelio, ya sea a gente no creyente como a conversos antiguos que buscan en el sermón-prédica-discurso-diálogo palabras de edificación. La multiplicidad de aristas de la predicación resalta el sentido de las palabras de Santiago cuando, casi como una advertencia, escribe que “nos nos hagamos muchos de nosotros maestros, porque recibiremos mayor condenación” (Sgo. 3:1). Por eso, más que risa, a veces indigna la ligereza de demasiados cristianos, que desde el púlpito dicen absolutas estupideces sin fundamentos, sin considerar la especial función que están cumpliendo. Llenan las frecuencias de radio y TV de nuestros países con pobres discursos, mal aprendidos, que no hacen más que engañar a la gente, dejándola en un estado de perenne vacío espiritual. “Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en un hoyo?” (Lc. 6:39)

A veces, puede ser que la experiencia nos juegue una mala pasada. Me explico. En economía existe un concepto llamado marginalidad. ¿Qué quiere decir? Imagina que eres una persona que te fuiste de tour al desierto del Sahara para conocer el estilo de vida beduino, pero por tu descuido te pierdes. Sediento, caminas por las dunas por unas seis horas a cincuenta grados de temperatura y de pronto te encuentras con un pueblo que tiene una bodega repleta de Coca Colas sobre la cual te avalanzas con desesperación. No es lo mismo la primera gaseosa que te tomas que, digamos, la número trece. ¿Cierto? La primera será increíble, la mejor sensación del mundo. La número trece quizá nos provoque un vómito. Aquí se aplica la marginalidad: la utilidad de los bienes consumidos disminuye gradualmente mientras sigamos consumiendo el bien, hasta que, quizá, en un momento se haga cero.

¿Y qué tiene que ver la marginalidad con el púlpito, con la predicación y la experiencia? Que, en ocasiones, me parece que esta teoría económica se aplica a los pastores mientras aumenta su experiencia. Las primeras prédicas se preparan como si se fueran a exponer frente al mismo Jesucristo. Poco a poco esta emoción inicial se va perdiendo, y luego de veinte años ya vamos en piloto automático. Podemos ser excelentes oradores, los mejores del mundo, pero vamos movidos por la inercia.

Y aquí es que el púlpito se puede volver un cuchillo filoso. Cuando nos olvidamos de lo que la predicación ES, el sermón se vuelve seco, repetitivo, laxo, emocionante para el recién llegado pero árido para el cristiano con algo más de recorrido por el camino de la fe que se conoce hasta las bromas que hará el pastor junto a la anécdota graciosa que cuenta (y tal vez el libro de donde las saca). Pero hay más. El filo se hace más agudo cuando el púlpito se convierte en tribuna para la corrección de la congregación cada domingo, para la expresión de sus opiniones particulares sobre cualquier tema o persona, con frecuencia sesgadas y sin conocimiento de causa pero supuestamente con justificación bíblica. El cuchillo se vuelve guillotina cuando el pastor habla de una situación “supuesta” introducida en su prédica, cuando en realidad es el problema que en la semana aquejó a algún miembro de la congregación. ¿Habla sobre la fidelidad a la mitad de un sermón sobre la fe? Descubrió algún marido infiel. ¿Sobre la violencia familiar cuando el tema es la navidad? Algún ujier golpea a su esposa. En este nivel ya el púlpito se ha devaluado, el valor marginal de la predicación para el pastor ni siquiera es cero; se ha hecho negativo. Lamentable hasta las lágrimas. ¿No hay un código de ética homilético? ¿Perdimos la brújula? ¿Es que todo vale?

Referencias:

(1) Pacto de Lausana, párrafo 4.
(2) Costas, Orlando: “Comunicación por medio de la predicación”. Miami. Editorial Caribe. 1989.

Sobre el autor:
Abel García García, es peruano. Estudió Ingeniería Económica en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), Finanzas en ESAN y Misiología en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica (CEMAA). Fue editor de la Revista Integralidad del CEMAA y enseña en varias universidades en Lima




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