Historias de Mercado: El negocio de la bondad | Por Leonardo Alvarez

- Una vez, un hombre rico obtuvo una gran cosecha de sus campos. Así que pensó: “¿Qué haré ahora? ¡No tengo lugar bastante grande donde guardar la cosecha! ¡Ya sé que haré! Derribaré los graneros y haré otros más grandes donde pueda meter todo el trigo junto con todos mis bienes. Luego podré decirme: tienes riquezas acumuladas para muchos años; descansa, pues, come, bebe y diviértete”. Pero Dios le dijo: “¡Estúpido! Vas a morir esta misma noche, ¿A quién le aprovechará todo eso que has almacenado? Esto le sucederá al que acumula riquezas pensando solo en sí mismo, pero no se hace rico a los ojos de Dios. - Lucas 12:16-21
Parece un título imposible el que estamos proponiendo en la historia de hoy. La idea de unir el concepto de negocio con la bondad puede resultar incluso ofensiva para muchos. Algo así como tratar de junta el agua con el aceite. La verdad de las cosas es que en la vida práctica es muy difícil imaginar un campo de actividad humana, donde el dinero no intervenga como un fantasma, que corrompe las motivaciones. Sin embargo, las enseñanzas de Jesús en los Evangelios están llenas de alusiones a figuras e historias tomadas del mundo mercantil y en muchas ocasiones, presenta el evangelio mismo, como una inversión maravillosa, como una piedra preciosa encontrada, como un tesoro escondido. Incluso, la historia de los talentos, que eran una medida de dinero cuantiosa de aquella época, es utilizada por Jesús para enseñarnos que debemos poner todo lo que tenemos al servicio de la bondad hacia los demás.

Por otro lado, en el mundo en que vivimos actualmente, hablar de negocio, lleva implícita la idea de “acumulación”. El mismo sistema mundial de mercado se basa en la producción, recolección y consumo de bienes para el bienestar propio. Vivimos bajo la sombra dictadora del dinero que puede pervertir hasta las más sinceras motivaciones humanas. Al respecto hay una canción, que pertenece a un famoso grupo de rock latino en la década de los ochenta, “Los Prisioneros”, que expresaba de una manera muy gráfica esta tensión permanente que existe entre el dinero y la bondad. La canción llevaba por título “Quieren dinero”:
Quieren dinero (Los Prisioneros)

Es mentira eso del amor al arte,
no es tan cierto eso de la vocación.
Estamos listos tú y yo para matarnos
los dos por algún miserable porcentaje,
están corriendo los demás, están robando si es posible
y nunca con seguridad;

Es una humana condición, o es nuestro estúpido sistema,
es una nueva religión o tal vez solo sea su emblema.
El caso es que mi papá debe pegarle a tu papa

Porque en la mesa no cabemos todos.
Salvavida o delincuente, conductor o presidente,
la cuestión funciona del mismo modo,

Nadie te puede ayudar, nadie tiene tiempo de reclamar,
solo algo todos tienen en común,
solo algo deja bien a casi todo el mundo:

Quieren dinero, quieren dinero...
Quieren dinero, quieren dinero...

Es el cómo y el por qué, es el presente y el futuro,
Es el poder y la pasión, el atractivo más seguro,
El profesor no tiene la cabeza en enseñar,
como el doctor no sale de su casa para sanar,
Somos mil perros tras un hueso, esclavos de los pesos
No es chiste es el mayor, paren mi reloj por favor.

Nadie te puede ayudar, nadie tiene tiempo de reclamar,
solo algo todos tienen en común,
solo algo deja bien a casi todo el mundo, ohoo

Quieren dinero, quieren dinero...
Quieren dinero, quieren dinero...
El texto donde Jesús cuenta la parábola del rico estúpido es tan explícito que no deja lugar a especulación alguna de su significado. El planteamiento es muy claro: fundamentar la vida en la acumulación de dinero, poder, o cualquier otra cosa, es el acto de mayor estupidez que puede existir.

En relación a este tema que nos convoca, quisiera compartir con ustedes una nueva historia de mercado. Como les conté en el artículo anterior, llevo varios meses trabajando en diferentes negocios de venta de frutos del país, pertenecientes a familiares. Los últimos tres meses, he desempeñado mis labores en el negocio de mi hermana Ada.

Soy el menor de ocho hermanos, donde cuatro son hombres y cuatro mujeres. Ada es una de las mayores y es la persona más generosa que he conocido en mi vida. Luego del fallecimiento de nuestros padres hace varios años, ella pasó a tomar en rol de madre y padre de todos nosotros. Nunca he conocido a una persona que disfrute de tal manera dando a los demás y sirviendo de alguna manera. Ella es mi jefa en la actualidad y cada semana puedo pasar tiempo aprendiendo de su forma de plantearse frente a la vida. De todos los negocios familiares, el suyo parece ser un verdadero milagro. Por años he pensado que su pequeña empresa sigue existiendo por la pura misericordia de Dios, ya que ella se lo pasa ayudando y dando de muchas maneras. De algún modo, su historia escapa a la lógica de acumulación que existe en cualquier negocio humano.

Durante la semana que pasó, en una de nuestras conversaciones cotidianas con Ada, ella hizo una declaración que me dejó pensando largo rato y que en algún sentido dio razón a este escrito. Durante la conversación surgió el nombre de una persona que ambos queremos mucho y a quien le ha costado encontrar su camino en la vida. Frente a esa realidad, su comentario fue: “¡Qué pena que aun no haya aprendido a dar!” Lo que quería decir con esta frase fue muy claro para mí en ese momento. Implicaba que la vida no tenía sentido alguno para ella, si primero no aprendemos a dar y disfrutar de ello. No importa cuán grande sea el proyecto en el que estemos embarcados, si primero no aprendemos a dar, no hemos aprendido a amar y por tanto tampoco hemos aprendido a vivir.

Siempre recuerdo que cuando comencé a trabajar en este sector de la ciudad, comprometidos con estos negocios de atención y venta de alimentos, vino a mi mente una idea que no me ha abandonado en los últimos meses. Me pregunté, puesto que muchas iglesias de nuestra época se han transformado en un verdadero negocio institucionalizado, que sigue las normas de metas y éxito al estilo de esta sociedad ¿por qué no pensar en transformar un negocio en iglesia? Lo sé, es una idea un poco extravagante, pero que en el tiempo ha ido teniendo más sentido para mí. Lo que pasa es que sigo sintiendo, que la gran crisis de compromiso que las iglesias institucionalizadas tienen en la actualidad, radica en la equivocada idea de que a Dios se le sirve dentro de un “templo” (edificio dedicado al culto). Las comillas son puestas intencionadamente, porque entendemos que el concepto de templo en la visión de Cristo es muy distinto y tiene que ver con lo que hacemos a diario en nuestras vidas.

Mientras más observo y medito en las historias de mi jefa y hermana Ada, más me convenzo del sentido que tiene el negocio de la bondad en el contexto del Evangelio. Un ejemplo de ello es Juan, uno de los trabajadores de este pequeño negocio. Juan lleva más de treinta años trabajando para la familia. Comenzó siendo empleado de mi padre en los inicios del primer negocio de frutos del país de la familia. En aquellos años Juan ya era un consumidor adicto al alcohol y con el paso de los años llegó a ser alguien muy querido por la familia. Con el paso de los años Juan ha aumentado su adicción, al punto de que no pasa un día en que no se emborracha, escapándose furtivamente unos minutos para tomar alguna copa. En la actualidad pasamos gran parte del tiempo cuidando que no se nos escape a algún bar cercano, para que termine el día más o menos sobrio y pueda ayudar en algo en las labores. Dentro del contexto de un negocio cualquiera, Juan hubiera sido despedido muchos años atrás por no ser rentable ni cumplir con los requisitos básicos de confianza de cualquier empresa, sin embargo, detrás de Juan hay una anciana madre y otros integrantes familiares que dependen del escaso sustento que lleva al hogar. Más aun, mi jefa a asumido el cuidado de Juan, como un ministerio dejado por nuestros padres, el cual ha asumido con amor y perseverancia, a pesar del perjuicio que pudiera causar para el desarrollo del mismo negocio. Otra vez está presente en esta historia, una decisión comercial que está impregnada de bondad, donde no se pierde de vista el sentido más profundo de toda actividad humana dado por Dios, de que existimos para bendecir a otros y de que no existe negocio más lucrativo que invertir y gastar nuestra vida por los demás.

Y qué tal si toda actividad humana tuviera como énfasis el servicio a los demás y no el utilitarismo ni la manipulación. Este creo es el llamado de Cristo a la iglesia y a todo ser humano. Que desde cualquier campo de actividad humana, podemos encontrar a Dios, al prójimo y a nosotros mismos en una santa vocación de servicio y bondad.

Sobre el autor:
Leonardo Alvarez,"El Salmista Chileno", es músico de Temuco, Chile y miembro de la Red Del Camino para la Misión Integral y de la Fraternidad Teológica Latinoamericana. Su música está inspirada en la Misión Integral y El Reino de Dios
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