El texto del Antiguo Testamento

Por Alfredo Tepox, México
Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Introducción

Hablar, o escribir en este caso, acerca del texto bíblico en general, y del texto del Antiguo Testamento en particular, plantea de entrada el problema del punto de partida. ¿Por dónde comenzar? Así como en nuestros días el libro promedio no se empieza a escribir por el principio (por lo general, las introducciones son casi lo último que se escribe), así también, en el caso del Antiguo Testamento, el orden presente de los libros que lo componen no es en modo alguno indicio de su orden cronológico.
...en el caso del Antiguo Testamento, el orden presente de los libros que lo componen no es en modo alguno indicio de su orden cronológico. (Twitea esto)
Tal vez sea más conveniente, y a la larga más provechoso, buscar en las páginas mismas del texto bíblico algunas pautas de su desarrollo histórico y, al mismo tiempo, plantearse una pregunta fundamental: ¿Qué se necesita para escribir un libro?

La respuesta, como habrá de verse, no es una sola sino múltiple. Porque si alguien respondiera que se necesita tener algo qué decir (lo cual es cierto), pronto será necesario pasar de lo abstracto a lo concreto, y entonces alguien hará notar que se necesitan ciertos materiales, tales como plumas, papel, tinta (en nuestro tiempo, un equipo de computación), etc. Pero aun cuando estos aspectos materiales se resuelvan y el escritor cuente con ellos, queda la cuestión de que hace falta, además, un sistema de escritura o, en términos más comprensibles, un alfabeto.

No terminan allí los problemas. Incluso en la situación ideal de que el escritor logre salvar todos estos problemas abstractos y concretos, antes de emprender la tarea de escribir necesitará de algo que es fundamental; ese algo es tiempo y, junto con éste, las condiciones ambientales adecuadas para dedicarse a escribir.

Si estos planteamientos se transportan a los días del Antiguo Testamento, pronto resultará evidente que los problemas se agigantan. Los escritores del Antiguo Testamento (así, en plural, pues fueron muchos quienes lo escribieron, y esto en diferentes épocas y circunstancias) no contaban con los recursos materiales con que cuenta el escritor de nuestros días.

Su sistema de escritura fue evolucionando, a partir de un alfabeto de veintidós consonantes, hasta llegar a la escritura vocalizada que hoy se conoce como puntuación masorética (véase más abajo, Texto Masorético). Los materiales en que escribieron fueron lajas de piedra, tablillas de arcilla, hojas de metal, cueros de vaca y papiros, y escribieron con punzones, estiletes, cinceles y plumas de ave. La tinta que usaban no era indeleble, ya que estaba hecha de un compuesto de carbón y goma arábiga.
En cuanto al tiempo, basta una lectura somera de los primeros ocho libros del Antiguo Testamento para constatar que fue precisamente tiempo lo que menos tuvieron los israelitas desde la salida de Egipto y hasta la consolidación del reino davídico. Tal vez sea durante el reinado de David y Salomón donde pueda localizarse, o suponerse, un posible principio del texto veterotestamentario.

Aunque lo que sigue tendrá esta presunción como punto de partida, tal presunción no niega la realidad de los hechos históricos que, de manera no histórica, fueron transmitidos oralmente de padres a hijos, y que constituyen lo que hoy se conoce y reconoce como tradición oral.

Los primeros textos

A. La evidencia bíblica. En el libro del Éxodo leemos que el Señor le dijo a Moisés: «Escribe esto para memoria en un libro» (17.14).1 También leemos que Moisés «escribió todas las palabras del Señor», frase que al parecer se refiere a los Diez Mandamientos (Ex 24.4; cf. 34.1, 27, 28; Dt 4.13 passim). Más adelante leemos que Moisés dejó por escrito el peregrinaje de los israelitas por el desierto, desde que salieron de Egipto hasta que llegaron a la ribera oriental del río Jordán (Nm 33.1-2ss.).

La tradición ha extendido el sentido de estas palabras para avalar la paternidad literaria de Moisés sobre los primeros cinco libros de la Biblia. Esto, sin embargo, pudo no haber ocurrido necesariamente así, especialmente si se toman en cuenta los factores mencionados antes.
 
Lo que sí es posible decir es que, al parecer, con esta naciente monarquía dio comienzo una actividad literaria nunca antes conocida en Israel. Que esto pudo haber sido así lo corrobora el hecho de que, a partir del reinado de David y Salomón, se desarrolló la escritura a nivel profesional, y en tal manera que personajes como Seraías, Seva, Sebna y Mesulam reciben el título de «escribas» (2 S 8.17; 20.25; 2 R 18.18,37; 19.2; 22.3). Se considera que tal actividad fue en aumento, y así parece señalarlo el texto bíblico cuando dice que, durante la caída de Jerusalén (587 a.C.), Nabuzaradán se llevó a Babilonia, entre muchos otros cautivos, al «principal escriba del ejército, que llevaba el registro de la gente del país» (2 R 25.19).

Los acontecimientos mencionados tuvieron lugar durante el período llamado pre-exílico, es decir, antes de la caída de Jerusalén y del cautiverio en Babilonia (587-540 a.C.), y pueden enmarcarse dentro de un espacio temporal que se remonta a los siglos XII-X a.C. Es importante señalar lo anterior para determinar, hasta donde es posible hacerlo, el desarrollo cronológico de la escritura y, por ende, de la formación del texto bíblico que llamamos Antiguo Testamento.

B. La evidencia arqueológica. Los primeros escritos del Antiguo Testamento parecen haber sido recogidos en la antigua escritura fenicio-hebraica, de la que se han derivado prácticamente todos los alfabetos conocidos. Evidencia de esta escritura es el abecedario de Izbet Sartah, hallado en 1974 y fechado en los siglos XII-XI a.C., el cual constituye el ejemplo más antiguo de la antigua escritura hebrea. Este abecedario es más antiguo incluso que el calendario de Gezer (siglo X a.C.) y que la piedra moabita (siglo IX a.C.), aunque los antecedentes de esta escritura pueden remontarse varios siglos atrás y hallarse en la llamada escritura sinaítica, que a partir de las inscripciones encontradas en las minas de Serabit el-Hadem el célebre arqueólogo William F. Albright fechó hacia el siglo XV a.C.
Hay que hacer notar, sin embargo, que el texto del Antiguo Testamento que hemos recibido está escrito en lo que se conoce como escritura cuadrada, o escritura aramea, que comenzó a usarse después del cautiverio en Babilonia.

Tal vez fue, entre otras cosas, este cambio de escritura lo que habrá originado el llamado cisma judeo-samaritano, pues mientras que los samaritanos mantuvieron la Torah o Ley, en la antigua escritura fenicio-hebraica por considerar que tal escritura preservaba el antiguo texto tradicional con mayor pureza, los judíos por su parte adoptaron la escritura aramea porque, según entendían, ésta existía ya antes del destierro y Esdras, el «escriba versado en los mandamientos del Señor» (Esd 7.11), la había reintroducido.

Desarrollo del Tanak

Se entiende por Tanak el conjunto de libros sagrados que la comunidad judía agrupa en tres secciones principales denominadas Ley, Profetas y Escritos, y que en el ámbito cristiano constituyen lo que se conoce como Antiguo Testamento. El nombre Tanak proviene del acrónimo que forman las consonantes iniciales de los nombres de estos tres grupos de libros: Torah, Nebi’im y Ketubim, es decir, Ley, Profetas y Escritos.

A. La Ley y los Profetas. A partir de la salida de Egipto y hasta el retorno del exilio babilónico fue desarrollándose en el seno de Israel un corpus de escritos que llegó a ser conocido como la Ley y los Profetas (cf. Mt. 5.17-18; 7.12; 11.13; 22.40; 17.3-5). Aunque su desarrollo y formación a¬barca varios siglos, en lo que sigue se intentará ofre¬cer una visión esquemática de su proceso histórico.

La reforma de Josías. Al ver el orden presente de los varios libros del Antiguo Testamento, el lector promedio tiende a pensar que el primer libro que se escribió fue Génesis, que el segundo fue Éxodo, y el tercero, Levítico, y así sucesivamente, hasta llegar al libro del profeta Malaquías. Tal percepción tiene un valor práctico, aunque pronto resulta evidente que carece de sustento. Es innegable, por supuesto, que en algún momento deben haber surgido los primeros documentos veterotestamentarios, aunque a estas alturas resulta poco menos que imposible decir cuáles fueron estos documentos, y cuándo y dónde fueron escritos, y por quién.

No obstante esto, hay un dato que puede servirnos de brújula. En los días de Josías, rey de Judá (640-609 a.C., y más concretamente en el año 621), tuvo lugar una impresionante reforma religiosa a partir del hallazgo del «libro de la ley» (2 R 22.3, 8ss.). Puesto que «ley» ha sido la traducción tradicional de torah, palabra hebrea que en realidad significa «enseñanza» y que se asigna generalmente a los primeros cinco libros de la Biblia, es decir, al Pentateuco, resulta natural que el lector promedio concluya que, en efecto, la ley hallada en ese tiempo era el Pentateuco.

Pero el texto bíblico no dice esto, por lo menos no de manera explícita. Lo que sí dice es que, además de ordenar la destrucción de los ídolos de otros pueblos, Josías ordenó celebrar la Pascua porque ésta no se había celebrado «desde los tiempos en que los jueces gobernaban a Israel» (2 R 23.22).
La mención de la pascua, que conduce a establecer una relación directa entre la reforma de Josías y cuatro de los cinco libros del Pentateuco que hacen referencia a esta práctica ritual, ha hecho que los estudiosos convengan en que existe una innegable relación entre por lo menos el libro de Deuteronomio y la reforma de Josías, también conocida como reforma deuteronomista.

Más aún, es un hecho reconocido que el carácter y estilo de Deuteronomio predomina en el pensamiento y la literatura del Antiguo Testamento, como puede constatarse en libros tales como Josué, Jueces, Reyes y Jeremías.

Lo anterior significa que el texto de la ley hallado en los días de Josías puede ser el antecedente más antiguo del texto del Antiguo Testamento. Significa también que a partir de éste fue generándose lo que hoy conocemos como Pentateuco.

El exilio babilónico. El segundo libro de los Reyes (25.1-21) y el libro del profeta Jeremías (39.1ss; 52.3ss) nos narran la caída de Jerusalén y el destierro masivo de sus habitantes a Babilonia, a manos del rey Nabucodonosor, en el año 587 a.C. Este destierro duró más de cuarenta años y llegó a su fin cuando Ciro de Persia hizo su aparición en el escenario histórico en el año 540 a.C. El libro de Esdras (1.1-4) y el segundo libro de Crónicas (36.22-23) nos dicen que Ciro mismo emitió un decreto que autorizaba a los judíos a volver a Jerusalén y reconstruir la ciudad. Esto ocurrió en el año 538 a.C.

Por lo general se piensa que en Babilonia el pueblo judío sufrió su cautividad en condiciones infrahumanas y en medio de nostálgicas añoranzas (Sal 137.1-6), lo cual es en gran medida cierto. Pero verdad es también que algunos de ellos, si no todos, gozaban de ciertos privilegios y de relativa libertad, e incluso llegaron a ocupar puestos importantes en el reino, como el texto bíblico mismo lo corrobora (2 R 25.27-30; Jer 29.4-10; 52.31-34; Ez 8.1; 12.1-7; Neh 1.11; Is 55.1-2).

Fue durante este período, esencialmente triste en la historia de Israel, cuando surgieron insólitas joyas literarias como los libros de Ezequiel y de Isaías de Babilonia, grandes profetas y poetas israelitas. Con esta literatura surgió, al mismo tiempo, una visión renovada del pacto sinaítico (Jer 31.27-40), el cual Dios establecería con un nuevo pueblo (Ez 36—37). Fue durante este período cuando se recobraron una visión y una práctica renovadas del culto al Señor (Lv 17—26).

Fue también durante este período cuando, de alguna manera, nació un pueblo nuevo, el judaísmo, producto de los dos conjuntos de textos que este pueblo nuevo reconocía como palabra de Dios. Tales textos eran la Ley (Torah), que el sacerdote Esdras leyó «en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender» (Neh 8.3ss), y los Profetas (Nebi’im). Este binomio literario habría de prevalecer como palabra de Dios hasta el primer siglo (cf. Mt. 5.17-18; 7.12; 11.13; 22.40; 17.3-5).

B. Los Escritos. A la vuelta del destierro, y probablemente como resultado del choque cultural entre la comunidad judía y su entorno geopolítico, fue cobrando fuerza entre la comunidad judía una corriente de pensamiento que, aunque sin duda presente en siglos anteriores (cf. Jue 9.7-15; 14.14, 18; Pr 25.1), fue consolidándose durante el llamado período helenista. Este momento filosófico y literario en el contexto de Israel es conocido como la corriente sapiencial, cuya rica producción literaria habría de quedar finalmente recogida como resultado del llamado Concilio de Yamnia (véase más abajo, «Canonización del Tanak»). A continuación, un breve repaso de este período.

El período helenista. En el año 336 a.C. un joven príncipe macedonio inició una impresionante carrera militar que, en el lapso de diez años, lo llevó a extender su dominio desde los Balcanes hasta la ribera occidental del río Indo y el norte de África. Este joven era Alejandro de Macedonia, mejor conocido como Alejandro el Magno. Su hegemonía fue no sólo militar sino también cultural y lingüística, ya que su lengua materna, el griego, llegó a ser la lingua franca de los pueblos por él subyugados, y la cultura griega se convirtió en el modelo a seguir.

Uno de los grandes legados del reinado de Alejandro fue la fundación de Alejandría, ciudad famosa por su vasta biblioteca y por el ambiente cultural que en ella prevalecía. En esta ciudad, situada en la ribera occidental del delta del Nilo, se estableció una colonia judía que hizo honor al elevado nivel cultural de la ciudad.

Una de las grandes contribuciones de esta comunidad fue su amplia producción literaria, la cual incluyó la traducción al griego de la Ley y los Profetas, así como de otros libros que circulaban entre la comunidad judía, lo mismo en Palestina que en Alejandría. Con el tiempo, algunos de estos libros llegarían a formar un nuevo grupo, el cual llegó a ser reconocido como escritura sagrada y recibió el nombre de Escritos (Ketubim). Fue así como llegó a conformarse el Tanak, es decir, los tres grupos de libros que constituyen el Antiguo Testamento, tal como hoy día lo conocemos: Torah, Nebi’im, Ketubim.

Canonización del Tanak

En las líneas anteriores se ha esbozado a grandes rasgos la historia de la formación del Antiguo Testamento. Aquí se propondrán las posibles razones que condujeron a su formación.
La Ley (Torah). Es probable, como se ha señalado, que la reforma de Josías haya contribuido al reconocimiento y cuidadosa transmisión posterior de la Ley como palabra de Dios. Es probable también que la experiencia del destierro babilónico haya contribuido a fortalecer esta visión de la Ley, ya que un pueblo que lo había perdido todo (templo, rey, nación y libertad) sin duda encontró en la observancia de la Ley el mantenimiento de su identidad como pueblo. Puede asegurarse que, tanto durante el destierro como a la vuelta de éste, el reconocimiento y la observancia de la Ley como palabra de Dios hicieron del pueblo judío una comunidad nueva y un pueblo más firme que nunca en su fe.

Los Profetas (Nebi’im). Los libros de Esdras y Nehemías nos hablan de las pugnas y abierta lucha que los judíos debieron librar constantemente contra los samaritanos quienes, entre otras cosas, no reconocían más escritos sagrados que la Ley. Es probable que, ante la recalcitrante postura samaritana, la comunidad judía no sólo haya afirmado su fe y reverencia por la Ley como escritura sagrada, sino que hizo extensivo tal reconocimiento a los libros de los Profetas.

Los Escritos (Ketubim). Las pugnas entre la comunidad judía no terminarían allí. Con el surgimiento del cristianismo, y ante el uso que los primeros cristianos (por supuesto judíos) hacían de las escrituras hebreas traducidas al griego para probar que Jesús de Nazaret era el Mesías prometido (la traducción griega del término hebreo meshiaj es precisamente kristós), el sanedrín reunido en Yamnia (o Yabné) hacia finales del siglo I d.C. optó por desautorizar la versión griega de las escrituras hebreas.

Uno de los criterios que el sanedrín estableció para determinar qué libros eran escritura sagrada y qué libros no lo eran, fue precisamente el lenguaje: los que estaban escritos en hebreo fueron reconocidos como escritura sagrada; los que estaban en otra lengua no fueron reconocidos así. Tal razonamiento automáticamente desautorizó a la versión griega de las escrituras hebreas, la cual llegó a formar, junto con otros libros, lo que hoy se conoce como Versión Griega del Antiguo Testamento, o Septuaginta (LXX).

El canon del Tanak. A partir del llamado Concilio de Yamnia, el Tanak quedó constituido de la siguiente manera:

Ley: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Profetas: (anteriores) Josué, Jueces, 1-2 Samuel, 1-2 Reyes; (posteriores) Isaías, Jeremías, Ezequiel, y (profetas menores) Los Doce.
Escritos: Salmos, Job, Proverbios, Megillot (Rut, Cantares, Eclesiastés, Lamentaciones, Ester), Daniel, Esdras-Nehemías, 1-2 Crónicas.

El texto masorético

A. El texto de ben Asher. El texto tradicional del Antiguo Testamento que ha llegado hasta nosotros se conoce como Texto Masorético. Su nombre proviene de la palabra hebrea masorah, que significa tradición, ya que fueron precisamente los llamados masoretas, o «portadores de la tradición», los que se encargaron de la preservación y transmisión del texto del Antiguo Testamento a través de los siglos.

Si bien pueden documentarse varias corrientes de tradición, dos son las escuelas principales que se ocuparon de la preservación y transmisión del texto hebreo, a saber, la escuela babilónica y la escuela palestinense. Aunque con sus propias particularidades, estas dos escuelas no sólo se ocuparon de la escrupulosa transmisión del texto sino también de su interpretación, para lo cual desarrollaron ciertos signos diacríticos con valor vocálico que, anotados en la parte superior o inferior del texto consonantal, determinaban la lectura correcta o más generalmente aceptada de cierta palabra. Por ejemplo, en casos como la secuencia consonantal zkr, esta vocalización determinaba si la lectura correcta debía ser zeker, «remembranza», o zakar, «varón».

Tal vocalización tuvo un desarrollo lento y tardío, que históricamente puede remontarse a la Edad Media. Con el tiempo, este sistema de vocalización fue depurándose hasta llegar a lo que se conoce como puntuación tiberiana, y que es la que ha prevalecido, como todo estudiante de hebreo puede constatar. Esta puntuación tuvo su auge entre los siglos VIII-X de nuestra era, y está ligada a la familia masorética de ben Asher. Fue precisamente un notable miembro de esta familia de masoretas, Aarón ben Moshe ben Asher, quien produjo una edición completamente vocalizada y acentuada, y que constituye la base de las ediciones modernas del Antiguo Testamento hebreo.

Hay cuatro manuscritos hebreos que se consideran textos de ben Asher. Uno es el códice del Cairo, que recoge a los Profetas (anteriores y posteriores) y que puede fecharse hacia fines del siglo IX d.C.; otro es el códice de Aleppo, fechado hacia la primera mitad del siglo X pero destruido, junto con la sinagoga sefaradita en que se encontraba, durante los combates que se libraron en Siria en 1949; otro es el manuscrito 4445, que se encuentra en el Museo Británico y que abarca de Génesis 39.20 a Deuteronomio 1.33, y finalmente el códice de Leningrado, que se completó en el año 1008 d.C. y que ha sido la base de las tres ediciones de la Biblia Hebraica, preparada por Rudolf Kittel, lo mismo que de la Biblia Hebraica Stuttgartensia, publicada por la Sociedad Bíblica Alemana.

B. El texto de ben Neftalí. Otra familia masorética que merece ser mencionada es la de ben Neftalí, aun cuando su obra no sea del todo conocida. Al parecer los manuscritos conocidos como Erfurt 1, 2 y 3, que pueden fecharse entre los siglos XI-XIV, tienen la obra de ben Neftalí como su base textual. También se sabe que el sistema vocálico de ben Neftalí es muy parecido al de ben Asher, con divergencias menores, y que el gran maestro judío Maimónides no consideró que el texto de ben Neftalí pudiera competir en calidad con el texto de ben Asher.

C. Otros textos. A partir del siglo XI han surgido otros textos del Antiguo Testamento que combinan el texto de ben Asher con el de ben Neftalí. Además de los manuscritos de Erfurt, ya mencionados, está el códice de Reuchlin (1105), que contiene los Profetas; el texto de Jacob ben Jayim (1524), el texto hebreo que aparece en la Biblia Políglota Complutense (1520), y las ediciones políglotas de Amberes (1569-1572).

Los rollos de Qumrán

A partir de 1947, año en que fueron descubiertos en las cuevas de Qumrán los rollos conocidos como del Mar Muerto, la noción de una transmisión textual altamente escrupulosa ha resultado debatible. Si bien es cierto que los textos de Qumrán han sido fechados aproximadamente un siglo antes de la era cristiana, lo que nos lleva unos mil años antes del texto de ben Asher, y si bien después de ser cotejados se ha podido corroborar una transmisión textual fundamentalmente cuidadosa, también es cierto que esta transmisión textual no parece haber sido tan rígida ni tan uniforme como se pensaba.
En primer lugar, estos rollos nos remiten a los días del texto consonantal, lo que obliga a los estudiosos a reconsiderar la vocalización masorética. Por ejemplo, en el Salmo 100 la lectura tradicional «porque él nos hizo, y no nosotros (a nosotros mismos)» revela que la palabra hebrea lo’, que se traduce como «no», pudo resultar de una percepción equivocada de la palabra hebrea lo, que suena igual pero que significa «de él». Y así, la lectura de esta línea en Q (abreviatura de Qumrán) es «porque él nos hizo, y de él nosotros (somos)».

En segundo lugar, hay en Q divergencias con respecto a TM en la división de los párrafos. Además, siendo como es Q un texto muchos siglos anterior a TM, usa la llamada escritura plena, donde las llamadas consonantes vocales cumplen la función de la tardía vocalización masorética, lo cual es entendible, ya que ésta no existía en aquellos tiempos.

Los rollos de Qumrán revelan también dos tradiciones marcadamente distintas en el proceso de copiar los textos, una de ellas más apegada a lo que posteriormente sería la norma textual rabínica. Esto es notable en un mismo libro, por ejemplo, en el rollo de Isaías (1-33; 34-66), que es uno de los más estudiados.

La versión Septuaginta

En párrafos anteriores se ha hecho mención del llamado Concilio de Yamnia, donde el sanedrín de esa ciudad dejó establecido el canon hebreo del Antiguo Testamento. Sin embargo, como resultado de esa decisión surgió otro canon del Antiguo Testamento, al que por razones prácticas llamaremos canon griego.

Ya se ha dicho que la comunidad judía de Alejandría tradujo al griego los textos de la Ley y los Profetas, junto con otros textos que ya por entonces circulaban entre los judíos pero que aún no formaban un corpus reconocido. Entre esos textos se encontraban los libros que después de Yamnia llegarían a conocerse como Escritos, y también otros que, por no contar con una contraparte hebrea, quedaron excluidos del canon hebreo. Los más conocidos son Tobit, Judit, 1 y 2 Macabeos, Eclesiástico, Sabiduría, Baruc, el llamado Ester griego, y algunos fragmentos adicionales al libro de Daniel, aunque no debe pasarse por alto el hecho de que hay en esta versión otros libros, a saber, 1 Esdras, la Carta de Jeremías, 3 y 4 Macabeos, Odas y los Salmos de Salomón. Todos estos libros, más los libros presentes en el Tanak, han quedado recogidos en la versión griega del Antiguo Testamento conocida como Septuaginta (LXX), edición de Alfred Rahlfs.

La importancia de LXX no puede minimizarse. Como traducción de los textos hebreos es de gran utilidad para reconstruir el posible original hebreo cuando éste no es del todo claro. Además, desde la perspectiva cristiana, es un hecho que la iglesia primitiva hizo de LXX su primera Biblia. De esto dan constancia las numerosas citas del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento griego, la mayoría de las cuales son citas directas de LXX.

Es necesario recalcar también la antigüedad de LXX, ya que antes del hallazgo de los rollos de Qumrán fue LXX la versión que representaba un texto del Antiguo Testamento varios siglos más antiguo que el texto Masorético.

Debe hacerse notar, sin embargo, que el texto de LXX está integrado por varias versiones, algunas más literalistas que otras, las cuales han quedado recogidas en la edición de Rahlfs, ya mencionada. Destacan entre ellas las siguientes:

A. La versión de Áquila. Como resultado del rechazo de LXX por parte de la comunidad judía, y de la adopción de ésta por la iglesia primitiva, hacia fines del primer siglo un prosélito judío llamado Áquila tradujo los textos hebreos al griego ciñéndose a éstos lo más literalmente posible. Tan literal resultó esta versión que sólo es posible entenderla si se retraduce al hebreo.

B. La versión de Teodoción. Poco es lo que se sabe de este personaje, que al parecer revisó un texto anterior al de Áquila, y que fue ampliamente usado y difundido. El estilo de Teodoción es más fluido que el de Áquila, y su influencia en la literatura apocalíptica es innegable, ya que llegó a ser la versión oficial del libro de Daniel (como puede verse en la edición de Rahlfs), y es además frecuentemente citada por el autor del Apocalipsis.

C. La versión de Símaco. De este personaje se sabe que era un ebionita de fines del segundo siglo. Su versión es menos literalista que las dos anteriores, e incluso raya en lo parafrástico, aunque en no pocos casos contribuye a dilucidar el texto hebreo. Esto merece una mención especial a la luz de las más recientes teorías de traducción, ya que a diferencia de las otras dos versiones mencionadas Símaco centra su interés más en el lector potencial que en el texto fuente.

Unas palabras finales

Lo anterior dista mucho de agotar el tema. Es apenas una visión panorámica de una historia larga y abundante en múltiples peripecias, en las que no ha faltado el espíritu de controversia. Aquí se han señalado apenas algunos aspectos técnicos, que poco aportarán a los especialistas pero que esperamos abran nuevas rutas y sugieran algunas pistas para aquellos lectores que quieran ahondar en el tema. Debiera ofrecerse alguna bibliografía, pero tal vez sea mejor simplemente sugerir, a quienes deseen mayores lecturas, que acudan a los diccionarios bíblicos existentes, donde hallarán artículos más específicos y amplias bibliografías en torno a cada tema allí tratado. Cabe recomendar aquí la lectura del Prefacio a la Biblia Hebraica Stuttgartensia (pp. XXVII-XXXVI) y el texto clásico Der Text des Alten Testaments, de Ernst Würthwein (1973), del que hay traducción al inglés (The text of the Old Testament, tr. Erroll F. Rodees, 1979, 1981).

Este artículo fue publicado originalmente en la revista La Biblia en las Américas, No. 284 del año 2007

Sobre el autor:
Alfredo Tepox Varela es mexicano. Antropólogo, lingüista, sociólogo y teólogo es un apasionado de los pueblos latinoamericanos; muestra de ello es el hecho que por muchos años ha estado tras la búsqueda continua de las raíces de los idiomas indígenas.  El Dr. Tepox es consultor y traductor de Sociedades Bíblicas Unidas y ha sido parte de las traducciones bíblicas Dios Habla Hoy, la reciente Reina Valera Contemporánea, entre otras.




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