Algunas reflexiones sobre una pastoral posmoderna | Por Nicolás Panotto

No quiero tomar la palabra “posmoderna” como un cliché más, como una adjetivación absolutizada donde todo cae en un mismo saco. Eso sería, paradójicamente, muy moderno. Más bien, quiero asumirla en la profundidad de su sentido, en su entidad significante como expresión que muestra un cierto quiebre, difuso pero real, con algo anterior.

Veo dos cuestiones importantes a tener en cuenta. Primero, que la pastoral cristiana evangélica está fuertemente enraizada en presupuestos o métodos que podrían determinarse como “modernos”. Esto significa, desde mi perspectiva, que dicha pastoral es negativamente antropocéntrica (con ello me refiero a que no existe una proyección del sujeto en sí para superar su status quo –como enfatiza la antropología moderna- sino un profundo individualismo tanto en el diagnóstico como en el proceso pastoral) y basada en meta-relatos de pretensión universal, que se traducen en los grandes “valores cristianos” que no son más que una caricatura de la “perfecta sociedad occidental cristiana”. Dichos valores son tanto el piso como el techo: desde ellos se evalúa y se demarca el camino a seguir.

¿Qué implica practicar una pastoral desde los pequeños relatos, desde la particularidad de un sujeto que interactúa con su contexto y desde la crítica a los universalismos, como propone la posmodernidad? Este es el segundo aspecto que quiero remarcar, que parte más bien de una preocupación o tal vez una búsqueda que creo se hace necesaria en este tiempo. Existen muchos y muchas que esgrimen un modelo eclesial y teológico “emergente” o “posmoderno”, pero que aún no se trasluce en una opción pastoral concreta. Continúan en los mismos presupuestos de un marco tradicional y que, creo, se contradice con una visión deconstruccionista de la fe, la iglesia y la teología. En resumen, las fórmulas siguen siendo las mismas: 1 + 1 = 2. Si X, entonces Y….

Hay situaciones que se presentan en la pastoral, que muchas veces rompen con la “buena moral cristiana” y las cuales se las juzga a partir de un pequeño número de posibles causas o consecuencias. ¿Pero qué sucede si aplicamos la prerrogativa deconstructiva? En otro escrito definí la deconstrucción como “el ejercicio de decodificación de aquellas prácticas y discursos que se presentan como dadas, intentando demostrar lo indecible y multifacético inherente a su misma condición ontológica. Esto tira por tierra la supuesta homogeneidad, unicidad y sutura que presenta un discurso o una cosmovisión, llevando al mismo nivel de contingencia la práctica (política) que refleja y promueve. En resumen, tiene que ver con destejer el estatus de verdad que posee cualquier tipo de segmentación social, hegemónica, política o institucional.”

Esto, para la pastoral, implica reconocer que muchas veces se cosifica al individuo y sus circunstancias desde una moral que pretende presentarse como absoluta. Todo lo que lo desenfoque de dicho camino predeterminado debe corregirse. Y una de las mejores maneras para hacerlo es a través de la culpabilización y acusación. Pero me pregunto: ¿la culpa de quien se quiere mitigar con este mecanismo? Dudo que sea la del individuo en cuestión. Es más bien lo que produce la violación de un parámetro presentado como único e irrefutable. La persona queda de lado; lo que importa es que “la moral” se presente suturada, sin poros, sin grietas, impermeable a toda amenaza.

Por tal razón, abogo por una pastoral que busque intencionalmente los pequeños relatos, que camine por las grietas de los absolutos y los grises de la vida cotidiana. No digo que no existan puntos de partida desde donde se juzgue o evalúe cada caso. Pero debemos reconocer que ellos son también construcciones. Y si reconocemos esto, también comprenderemos que los sujetos y sus circunstancias son construcciones o, como algunos dicen, universalidades transitorias, contingentes y cambiantes. También me refiero a buscar un método que permita, precisamente, salir de la falsa y fría matemática de la aplicación de absolutos, hacia una comprensión más profunda de las complejas redes que tejen la vida cotidiana de cada individuo y, al fin y al cabo, ofrecer una pastoral que no busque la construcción de una “vida feliz” preestablecida sino que sirva como guía para intentar encontrar caminos en medio de esa madeja, para que cada cual construya su propia senda dentro de las idas y vueltas de la cotidianeidad que se vive con todos y todas.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 
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