Las verdades más grandes sólo se pueden expresar cantando (Apoc 11:15-19) | Por Juan Stam



Estudiemos el Apocalipsis con Juan
¡Sorprendidos por música![1] En este libro lleno de sorpresas, llegamos ahora a una de las más grandes. A como venían las trompetas (8:6-9:21), era de esperar que la séptima fuera la peor de las catástrofes.[2] Las trompetas eran azotes indescriptibles, seguidos por el agridulce mandato profético a Juan (10:11) y la violenta historia de los dos testigos (11:3-13).[3] Sigue un aviso ominoso: en seguida, pronto, viene el tercer ¡ay!  Entonces suena la trompeta ...y esuchamos un alegre grito de victoria y un cántico jubiloso al Señor.

La última vez que habíamos escuchado música era el cántico nuevo del coro unido de vivientes y ancianos (5:9-13), complementado después por las aclamaciones orales de la multitud redimida juntamente con los ángeles y los ancianos y los series vivientes (7:10,12). De hecho, ninguno de los sellos (ni el séptimo) ni de las trompetas traía música; eran de lucha y juicio, no de celebración ni adoración.[4] Pero aquí, con la séptima trompeta, es como si el universo volviera a encontrar su voz y su melodía para alabar al Señor.
Para vivir este pasaje, que ha inspirado grandes composiciones musicales, hay que entrar “cantando con gracia en vuestros corazones al Señor” (Col 3:16 RVR; Sal 100:1-5). Este himno antifonal se entenderá mejor con el trasfondo de las notas del “Mesías” de Haendel, mientras el corazón está cantando,

A tí la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador...
Gozo, alegría, reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día
Muestra su poder...,

y escuchando los triunfantes acordes del Padre Nuestro,

Porque tuyo es el reino, y el poder y la gloria,
por los siglos de los siglos. ¡Amén!

El bloque textual que concluye con esta celebración celestial comenzó también con un culto en el cielo (Ap 4-5; 7:9-12).[5] Así forma una inclusio que encierra los sellos y las trompetas. con toda su tragedia, entre dos grandes actos litúrgicos. A la vez, la adoración de la séptima trompeta introduce el resto del libro hasta la consumación final del reino de Dios. Ewing (1990:118) describe la teología litúrgica del Apocalipsis como escatología realizada y señala que en este libro el reino se realiza primero en himnos (5:10; 11:15) y después en narración. En su celebración, hoy también la comunidad experimenta la presencia del reino y anticipa su triunfo final.

Podemos sugerir otra inclusio, ahora entre el primer sello (6:1-2, jinete del caballo blanco) y la séptima trompeta. Debemos recordar que los sellos y las trompetas constituyen juntos un ciclo unificado, en que el séptimo sello consiste precisamente en las siete trompetas. Por eso la séptima trompeta es el gran “finale” no sólo de las trompetas sino también del septenario de los sellos. El jinete del caballo blanco recibe una corona al salir al redondel, y va “venciendo y para vencer”. Siguen sellos espantosos (muy diferentes al primer sello), una media hora de oración, y seis trompetas también espantosas. Pero inesperadamente la séptima trompeta vuelve al tema básico del primer sello: la victoria de la Palabra de Dios, del evangelio y del Reino de Señor. El Cordero, que fue inmolado, vence para siempre. Nuestro Señor reinará por los siglos de los signos. En la estructura de este par interconectado de septenarios, Cristo es Alfa y Omega, el principio y el fin.

El grito de victoria desde el cielo (11:15). Apenas terminan los ecos del séptimo trompetazo, y Juan oye fuertes voces desde el cielo. Puesto que Juan no las identifica, tampoco debemos nosotros tratar de determinar de quiénes procedía tal vocerío. La expresión “gran voz” se usa frecuentemente en el Apocalipsis[6], pero sólo aquí aparece en plural (11:15, “fuertes voces”, fônai megalai). El plural podría sugerir que la voz emanaba de todo el conjunto de la corte celestial (vivientes, ancianos, multitud de ángeles, santos redimidos) que unen su voz en esta triunfante aclamación (Bonsirven 1966:206).[7]  La frase parece tener también fuerza aumentativa: la forma irregular (plural) llama la atención para destacar la trascendencia y la gloria de su proclama. Como bien comenta Walvoord (1966:183-184), lo que antes había sido “una voz” solitaria ahora se hace “una gran sinfonía de voces que cantan el triundo de Cristo” (cf. Carballosa 1997:217).

Pablo Richards (1994:119) observa que mientras las demás trompetas son plagas, esta séptima trompeta se contruye alrededor de la palabra. En todo el pasaje se destaca “la voz”. No por nada el poderoso ángel habló del “día de la voz del séptimo ángel” (10:7 Gr).

La séptima trompeta es una antífona que se compone de un dístico que declama el cielo entero (11:15), un himno eucarístico de doce renglones por los veinticuatro anciones (11:16-18), y una visión final (11:19). Las voces celestiales abren la celebración con un grito de triunfo: el reino del mundo ha pasado a ser de nuestro Señor y de su Cristo (11:15, egeneto hê basileia tou kosmou tou kuriou hêmôn kai tou jristou autou; cf. 12:10-12 arti egeneto...hê basileia tou theou hêmôn kai exousia tou jristou autou; 7:10; 19:1-2, 6-8). El verbo egeneto es aoristo (pasado) y probablemente significa “llegó a ser, devino”, similar a su sentido en Jn 1:14 (LouwN 13:48). Es posible suplir de nuevo el sustantivo “reino” (“el reino ha llegado a ser reino de nuestro Dios”) o entender el verbo egeneto con el genitivo como “el reino ha venido a pertenecer a nuestro Señor” (Danker 196; ArndtG 158).[8] La afirmación gana más fuerza enfática por la posición inicial del verbo egeneto en la oración (Aune 1998:638). ¡Aquí se describe el acontecimiento culmimante de todos los siglos (Ap 10:6-7)!

El lenguaje del reino de Dios no es muy característico del Apocalipsis. El sustantivo basileia tou theou ocurre sólo aquí y en 12:10 (pero cf. 1:6,9; 5:10 Gr); el verbo basileuô (“reinar”), con Dios como sujeto, aparece sólo en 11:15,17 y 19:6 (cf. 5:10; 20:4,6; 22:5) . Este lenguaje ocurre siempre en cánticos litúrgicos: después de la séptima trompeta (11:15), de la derrota del dragón (12:10-12), y de la caída de Babilonia (19:1-10; Richard 1994:119). La iglesia, en su culto y alabanza, celebra desde ahora la victoria del reino.

En todo el Nuevo Testamento la frase “el reino de este mundo” ocurre otra vez sólo en Mateo 4:8-9, pero en plural, cuando el diablo ofrece a Jesús “todos los reinos del mundo y su esplendor” a cambio de un solo acto de adoración. El plural en Mateo se refiere a la diversidad de reinos humanos, cada uno con su gobernante, pero todos sujetos a Satanás; el singular en Apocalipisis apunta a ese reino unificado satánico, dentro de y encima de todos los reinos específicos, que un día habrá de convertirse en el reino unificado del Señor (Aune 1998:638; Ladd 1978:142; Morris 1977:180).[9]

La palabra kosmos aparece unas 185 veces en el Nuevo Testamento, especialmente en el cuarto evangelio (86 veces) y las epístolas juaninas (24 veces), pero sólo tres veces en todo el Apocalipsis (11:15; 13:8 y 17:8 en la fórmula “antes de la fundación del mundo”). Es probable que kosmos aquí se refiere al mundo humano opuesto al reino de Dios (Aune 1998:638; Kittel III:886). Una expresión paralela es “las naciones del mundo” (ta ethnê tou kosmou, Lc 12:30; “el mundo pagano” NVI), bajo el dominio del “dios de este mundo” (2 Co 4:4; Ef 2:2; 6:12; 1 Jn 5:19).

Esta proclamación anuncia a gritos el cumplimiento de una gran esperanza secular de Israel y de la iglesia, que parte básicamente de la promesa a David de un reino universal y eterno (2 Sm 7:13-16; cf. Is 9:6-7; Dn 2:44; PssSal 17:4). La frase “reino de Yahvé” ocurre pocas veces en el Antiguo Testamento (1 Cr 28:5 Hebr, “trono del reino de Yahvé”; 2 Cr 13:8; también con pronombres, “mi reino” 1 Cr 17:14 o “tu reino” 1 Cr 29:11). Mucho más frecuente es el uso verbal del “reinar” de Dios: “El Señor reina por siempre y para siempre” (Ex 15:18, cántico de Moisés, citado en Apocalipsis 15:3-4). Especialmente importantes son los Salmos llamados “de coronación” (Sal 2,47,93,96-99), a veces apuntando hacia un futuro reino universal (22:27-31; 86:8-10; 145:1,11-13).

El libro de Daniel, a que el Apocalipsis alude constantemente y acaba de citar con una frase textual (11:7), da el trasfondo básico para la esperanza del reino. En su interpretación del sueño de Nabucodonozar, dice Daniel que después del colapso de los imperios de este mundo (la gran estatua), “el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido ni entregado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre” (Dn 2:44; cf. 4:34). “Su reino es un reino eterno”, declara Nabucodonozor en una de sus proclamas (4:3), y lo repite al final del relato de su locura (6:26). El tema del reino eterno es el clímax de la visión de las cuatro bestias, a que ya Juan aludió en 11:7 y que subyace gran parte del resto de su libro: Dios entregará a los santos “la majestad y el poder y la grandeza de los reinos. Su reino será un reino eterno...” (7:27; cf. 7:14,22). Ese es el reino cuya llegada anuncia la voz de la séptima trompeta.

El libro de Isaías también da mucho énfasis a esta esperanza. Young identifica cuatro “oráculos sobre el rey que viene” (7:14; 9:6-7; 11:1-9; 32:1-8; NCB 437). Dios promete un “Príncipe de Paz” encargado del gobierno de un reino eterno (9:6). Juzgará con justicia (11:3-5; 32:1) y en lugar de la violencia, la tierra se llenará del conocimiento de Dios (11:8-9) en el “reino apacible” de una nuva creación  (65:17; Ap 21:1). Y Dios reinará “hasta tierras muy lejanas” (33:17,22; 52:7; Abd 21; Miq 4:7; Zac 14:9,16-17). Otros pasajes anuncian que todas las naciones se someterán a Yahvé (45:23-25; 52:13-15) y vendrá hasta Jerusalén para adorarle (2:2-4; 66:22-23).

Es evidente de los evangelios sinópticos que el reino de Dios fue tema central de la vida, enseñanza y ministerio de Jesús. El ángel Gabriel anunció a María que su hijo “reinará sobre el pueblo de Jacob para siempre. Su reinado no tendrá fin” (Lc 1:32-33). Los cánticos lucanos (1:46-55, 67-79; 2:29-31), que nos revelan el estado de expectación al nacer Jesús, giran alrededor del mismo tema sin usar la terminología del reino. Juan el Bautista anunció la cercanía del esperado reino (Mt 3:2; cf. 4:17; Mr 1:15) y Jesús andaba predicando “el evangelio del reino” (Mt 4:23; 935; Mr 1:14; Lc 4:43). A sus discípulos los exhortó a “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt 6:33) y a orar para que venga ese reino y que se haga su voluntad en la tierra (6:10). Esa petición, que bien puede haber sido también la de los mártires (Ap 6:9-11; cf. 8:1-4), es la que recibe su respuesta con la séptima trompeta.

Es necesario preguntar en qué sentido el reino de Dios “llega a ser” con esta proclama. Dios comenzó su reinado en el mundo cuando creó todo e impuso orden sobre el caos y la nada (Sal 93:104; Caird 1966:141). Dios siempre ha sido también el Señor de la historia.[10] Pero entró el pecado y sujetó la creación y la historia al desorden que desafiaba la soberanía del Creador. Al venir Jesucristo para redimirnos del pecado, con él vino el esperado reino de Dios (Mt 12:28; Lc 11:20). Pero vino bajo un “ya” y un “todavía no”. El reino ya vino, y de él somos luz, sal, semilla, y levadura. Pero todavía falta que el reino se realize en su plenitud, en el fin de los tiempos (1Co 15:24-28).

Entre el “ya” del reino que vino y el “todavía no” del reino que vendrá, en el presente tiempo ese reino sigue coexistiendo conflictivamente con el imperio de la maldad. El presente mundo está bajo el poder usurpado del diablo (Mt 4:8-9), “el príncipe de este mundo” (Jn 14:30). Ese espíritu maligno ahora gobierna las tinieblas de este mundo (Ef 2:2; 6:12). En la figura de Caird (1966:141), Cristo es el soberano de jure del mundo pero su reino de facto está disputado por el enemigo. El anuncio de la séptima trompeta anticipa la inauguración de la plena autoridad de facto del Cordero que ha vencido, cuando todos sus enemigos serán juzgados y el reinará supremo sin rival alguno (Aune 1988:647). Lo absolutamente seguro de su reino se subraya por el tiempo aoristo del verbo egéneto, para expresar un hecho tan asegurado que se puede describir como si fuera ya realizado.

Las verdades más grandessólo se pueden expresar cantando

Impresiona mucho la musicalidad del libro del Apocalipsis. A cada paso, y especialmente en sus pasajes de clímax, el libro se vuelve lírico y se pone a cantar. Son frecuentes los instrumentos musicales, sobre todo trompetas y arpas. En la liturgia de apertura, los cuatro seres vivientes se unen con los veinticuatro ancianos, todos con sus arpas, para dedicar su cántico nuevo al Cordero de Dios (5:8-10). Algunos pasajes, aunque no usan el verbo “cantar” (adô) o el sustantivo “cántico” (ôdên), son tan métricos y melodiosos que lo más natural es leerlos como cantados (11:15-18; 12:10-12). En 14:1-5 escuchamos un coro de 144,000 voces, “como arpistas que tocaban sus arpas”, cantando el cántico nuevo (14:2-3). En seguida suena un dúo vocal, de Moisés y del Cordero (15:3-4). Y para dar un ejemplo más, en capítulo 18 la caída de Babilonia se celebra con canciones de protesta (18:9-19; Stam 1978:367-371). Es el cántico que inspira y anima al pueblo de Dios en su larga lucha.

Antes de volverse una disciplina analítica y a veces seca, la teología nació cantando. Muchos pasajes clásicos de la teología sistemática nacieron como himnos que cantaba la comunidad (Fil 2:5-11; Col 1:15-20). Los primeros credos suelen mostrar una estructura métrica e hímnica (Ro 10:9-10; Col 3:16; 1 Tm 3:16; Tit 3:4-7).[11] El ser humano, que al ser creado recibió el soplo divino, fue hecho para adorar a Dios con todo su ser y proclamar su grandeza. La tarea del teólogo es la de articular para la comunidad las armonías y las melodías de la fe.

Por eso, ¡no hay mejor entrada al sentir y al sentido de este pasaje, que escuchar con el oído interior el “Aleluya” del Mesías de Jorge Frederico Haendel!
 

[1] ) Con toda razón afirma Newport (1989:216), “Apocalipsis es el libro musical del Nuevo Testamento” (cf. 14:2-3; 15:2-4). Sobre el culto y los himnos en el Apocalipsis pueden consultarse Stam (1998A:100-108); Pringent (1978:48-51); Thompson (1990:52-73); y Aune (1997:314-317).
[2] ) Algo parecido ocurrió con el séptimo sello que, después de unos desastres muy serios (6:3-17), presenta sorpresivamente una media hora de silencio y la presentación solemne de nuestras oraciones. Pero el trasfondo de la séptima trompeta es mucho más desastroso y el contraste con 11:15 mucho más dramático. Mientras el séptimo sello es una media hora de silencio (8:1), fuertes voces dominan el relato de la séptima trompeta (11:15).
[3] ) Metzger (1993:71) describe la séptima trompeta como “una irrupción de júbilo en el cielo”, totalmente diferente a las demás trompetas.
[4] ) Estríctamente la adoración del capítulo siete no era parte del sexto sello sino del interludio entre el sexto y el séptimo.
[5] ) Debe destacarse también que en el punto central está una liturgia de intercesión (8:1-4).
[6] ) Para “los gritos del Apocalipsis” puede notarse la frase fônê megalê 1:10; 6:10; 7:2,10; 8:13; 11:12,15; 12:10; 14:7,9,15,18; 16:1,17; 19:1,17; 21:3; cf. 18:2 isjura fônê,  y “voz de trueno”, “voz de trompeta’, “voz de muchas aguas”, “voces como el rumor de una inmensa multitud”. A veces parece significar “en voz alta” pero su sentido suele ser más fuerte, como capta la traducción NVI: “un gran clamor” 12:10; “un tremendo bullicio” 19:1.
[7] ) El sentido se capta bien por la paráfrasis de Cerfaux-Cambier (1966:120), “un coro potente”, o de Peterson, “un crescendo de voces” (The Message, NavPress, Colorado Springs, 1993, p.528).
[8] ) Thompson (1998:128) opina que egéneto aquí significa “la transición de una condición a otra”. En cambio, Rowland (1998:643) rechaza la traducción “llegó a ser” porque afirma que en el Apocalipsis ginomai suele significar “es, era” sin la idea de un cambio (cf. 11:15a, hubo voces fuertes). Entonces el texto afirmaría que el reino siempre había pertenecido al Señor (cf. Wall 1991:151-152). Sin embargo, los paralelos como 12:10 (con arti, “ahora”) y 19:1-2, 6-8 (también con las voces fuertes) favorecen la traducción “llegó a ser”. Muchos de los pasajes donde egeneto puede traducirse “era, estaba” implican a la vez un cambio de una situación anterior diferente (6:12; 8:1; 16:3-4,10,19; 18:2).
[9] ) Michaels (1997:144) relaciona “el reino de este mundo” con la gran ciudad mundana (11:8), conocida como Babilonia en el resto del libro.
[10] ) Sobre este tema central del Antiguo Testamento pueden considerarse Sal 47, 1 R 19:15-17; Isa 10:5-11; 13:1-22: 44:24—45:7; Jer 25:9, 27:6; Am 1:3--2:16; 9:7-8; Hch 2:23; 17:26; Ef 1:10; Ap 1:5:
[11] ) Cf, Ethelbert Stauffer, New Testament Theology (NY: Macmillan, 1955), p.200; y p.303 n.585.

Sobre el autor:
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

Sitio web de Juan: Juan Stam 

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