Las iluminadas: una reacción joven y alocada | Por Manfred Svensson


Este artículo hace referencia a un tema que se generó en Chile en estos días a raíz de una parodia al mundo evangélico por parte de un programa popular de televisión local.

No sé cuántos de mis correligionarios evangélicos se habrán dado cuenta de lo especial que es este año, que empezó con el estreno de la película Joven y alocada, y que ahora nos da Las iluminadas. Debo partir por reconocer que no he visto lo uno ni lo otro, pero hasta los que nos enteramos sobre la televisión a través de la prensa escrita logramos notar que algo está pasando. Y eso que está pasando es muy bueno: que muchos se atreven a decir francamente lo que piensan del mundo evangélico, algunos de un modo algo virulento, otros en tanto de una manera entretenida (según cuentan mis amigos televidentes). ¿Será necesario decir que ambas cosas son distintas de una “persecución”?

Poquísimos años atrás, en cambio, no se encontraba ni lo uno ni lo otro. En lugar de eso, predominaba la falsa adulación (de ésa que en el fondo era puro anticatolicismo, anticatolicismo suficiente para elogiar a los evangélicos por unos cinco años, pero que no servía para nada más que eso). La fuerza que esta adulación tenía salta a la vista si se piensa en que sólo unos pocos años atrás se aprobó un “día nacional de las iglesias evangélicas” -¿se imagina alguien semejante disparate en un país protestante?- por unanimidad en el parlamento. ¡Unanimidad! ¿Habrá alguna otra materia en nuestro país respecto de la cual ningún parlamentario se haya atrevido a disentir del resto? Esa unanimidad no era una muestra de respeto, sino más bien una muestra precisamente de adulación (a mi parecer mucho más peligrosa que la actual “persecución”).  Si cosas como Joven y alocada o Las iluminadas significan el fin de la era de la adulación, tal vez la reacción correcta sea la gratitud, o al menos eso antes que la reacción joven y alocada, por decirlo así, de andar quejándose.

En otro sentido es doloroso, por supuesto, porque –según escribió un amigo comentando el suceso- a nadie le gusta que le saquen una foto en su peor momento. ¡Qué tragedia tiene que ser esto para los que habían logrado que se publique en la revista El sábado de El Mercurio un artículo sobre evangélicos ABC1, donde casi se logra convencer a la gente de que no somos tan raros! Pero ¿acaso podía haber una manera no dolorosa de romper con algo tan desastroso como la actual subcultura evangélica, con una relación tan enfermiza con el mundo y con un modo tan idiosincrático de hacer las cosas?

¿Qué hay ahí caricaturas? Sí, ¿pero de dónde cree usted que salen? ¿De la imaginación de los productores de televisión? Digamos algo en serio: siempre va a haber un motivo para que alguien te tenga por loco; pero puedes tratar de que sea un buen motivo. La misma carta paulina que elogia la “locura de la cruz” sale luego advirtiendo que uno va a ser tenido por loco si hace determinadas cosas… (I Cor. 14:23). Esto es: que CON TODA RAZÓN uno va a ser tenido por loco. Si hoy los evangélicos son conocidos no por la locura de la cruz sino por toda otra clase de locuras, ¿será para enojarse con las iluminadas? ¿O será más cuerdo enojarse con los que no en la televisión sino en un templo se comportan como ellas? Porque en esto, como en tantas otras cosas, la realidad muchas veces supera la ficción. Yo, al menos, preferiría ver una caricatura que un show evangélico de verdad.

Pero como en realidad prefiero no ver nada, centrémonos un segundo no en el ver sino en el oír: ¿no será hora de recordar que “amén” es una palabra con un significado preciso –que por tanto sólo cabe usar para responder a ciertas preguntas-, que como Dios no juega fútbol tal vez no tenga sentido pedir un aplauso para él, que “bendiciones” no es sinónimo de “chao”, que la autenticidad de un sermón no se mide en decibeles, y que en la iglesia antigua se predicaba en la plaza porque el foro ERA un lugar de discusión pública (cosa que ya no es)? Si uno no se fija en cosas como ésas, ocurre lo que con todas sus letras ya predijo un “iluminado” de dos mil años atrás: “van a estar hablándole al aire” (I Cor. 14:9). “Si dices esto estás juzgando a los pentecostales”... Sí, estoy juzgando, tanto como Pablo en I de Corintios. Pero no a los pentecostales, ¡ojalá estuviera hablando sólo de ellos! ¿Quién no ve que hoy hay más variedad litúrgica en la Iglesia Católica que en las evangélicas, donde la norma es copiar el estilo de un par de telepredicadores de éxito (sea esto lo que fuere), de modo que tenemos por resultado un casi totalmente uniforme retail de la fe? No, no hablo de los pentecostales, sino de la casi totalidad del mundo evangélico.

Es bonito poder pensar, como varios lo han hecho a propósito de la discusión esta semana, en pasajes como “alegraos cuando os persigan por mi nombre”. Pero uno haría bien en recordar antes a personas efectivamente perseguidas, y sonrojarse entonces por haber creído estar en la misma categoría. Uno hará bien, también, en recordar que no cada vez que a uno lo persiguen es por Su nombre, sino muchas veces por nuestro tal vez merecido mal nombre. Es natural, claro está, que a cualquier creencia la acompañe un conjunto de prácticas que la transforman en una especie de subcultura. Pero dicha subcultura requiere de constante revisión (y requiere intentar dejar de ser “sub”). Porque ella puede volverse no un vehículo, sino un obstáculo al mensaje que se quiere llevar. Hoy es eso lo que ha sucedido: la cultura evangélica se ha vuelto un tropiezo para el evangelio, ¡hasta para los mismos evangélicos! Entonces, en vez de rasgar vestiduras por Las iluminadas, habría que agradecer a Megavisión por esta buena oportunidad para decir las cosas como son, y empezar a rasgar vestiduras por cosas bien distintas.  

Sobre el autor:
Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor de Filosofía Medieval en la Universidad de los Andes. Se dedica sobre todo a los "límites" de la filosofía medieval, su comienzo en Agustín, su fin en el siglo XVI o XVII, donde le interesan autores como Melanchthon, y Locke en el siglo siguiente -en pocas palabras: todo el problema de continuidad y descontinuidad entre mundo medieval-Reforma-modernidad. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas.
Sitio web de Manfred: Manfred Svensson  

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