Dios, el vacío y el amor | Por Nicolás Panotto

…quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó (se vació)voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Fil. 2.6-7
Como creyentes, no podemos evitar que nuestras prácticas, acciones, representaciones y gestos tengan directa relación con la manera en que entendemos y definimos lo divino. La visión de un Dios severo o amable, amoroso o juzgador, tendrá directa repercusión con las formas en que actuamos dentro de la realidad.

Esto nos lleva a un punto de partida central, que puede sonar a perogrullada: existen distintas formas de definir a Dios. Ellas resultan de nuestras experiencias en torno al encuentro que tenemos con lo divino, donde emergen imágenes, símbolos y nombres varios. No hay otra manera de conocerle sino a través de aquellas vivencias que tenemos desde su acción en la historia. Dios bueno, Padre/Madre, amor, sabiduría, solidaridad, etc., son todas imágenes que refieren a una relación, las cuales, a su vez, nunca agotan la definición de la divinidad. Las maneras de ver y describir a Dios van cambiando según los encuentros y las vivencias que tenemos desde la fe.

¿Qué nos dice esta dinámica de la persona de Dios? ¿Qué implicancia tiene para nuestras vidas como creyentes esa tensión entre lo que Dios es y lo que decimos que es?

El vacío de Dios

El pasaje de Filipenses 2 nos muestra una imagen muy valiosa: el Dios que se vació a sí mismo, dejando su posición de poder y gloria, el lugar de verdad absoluta. Lo divino no se presenta como una abstracción objetivante sino como una verdad que camina, que se encuentra en constante movimiento y que se va mostrando de diversas maneras. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, dice Jesús (Jn 14, 6-14). Esta unión entre el camino y la verdad nos muestra que esta última dista de ser un objeto acabado; es, más bien, un universo de sentido que se manifiesta poco a poco, de diversas maneras, en relación a nuestras vivencias más concretas.

Dios en tanto verdad decidió manifestarse desde dicho proceso, en el paso a paso con nosotros y nosotras, asumiendo las experiencias concretas que emergen de esos encuentros, como instancias que lo definen, describen y nominan. De aquí que la verdad no es un discurso o un objeto del que se puede apropiar, como una mercancía que da un poder especial a quien la posea. Más bien, es un proceso que se muestra de diversas maneras, en una pluralidad de experiencias infinitas; en otras palabras, lo infinito es lo que define la misma persona divina. Es el paso a paso de nuestro caminar con Jesús.

El Dios que se vacía es el Dios que se abre a lo Otro, a lo distinto. Dios decide revelarse a través de las imágenes que creamos desde nuestro encuentro con su acción en la historia. No se revela de forma única y acabada. Más bien, asume el riesgo y la complejidad del encuentro con la humanidad para darse a conocer, así como Jesús confió a los discípulos ante aquella famosa pregunta: “¿Eres tú aquél que había de venir, ó esperaremos á otro?”. “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven”, les contestó (Mateo 11.3-4).

En este sentido, es importante enfatizar sobre la trascendencia de Dios, pero no como un “más allá” de la historia sino como aquella comprensión donde lo divino se mantiene siempre abierto, en constante tensión con las imágenes que creamos en su encuentro y que intentan definirlo, aunque nunca logran acabarlo en su serie finita de descripciones. Lutero hablaba del “Dios oculto” que se manifiesta en la naturaleza, pero que nunca se muestra acabadamente. Se mantiene en reserva, en misterio, asomado pero escondido. Siempre es más de lo que intentemos decir.

Esta visión tiene profundas consecuencias. Implica, por ejemplo, un cuestionamiento a las prácticas de poder y egocentrismos fundamentadas en una visión cerrada de Dios (tomado, a su vez, como un objeto adueñado). Si Dios es trascendente, nunca le conoceremos plenamente. Por ende, no podemos absolutizar nuestros discursos o prácticas a la luz de un fundamento teológico acabado en sí mismo. Nuestra vida, nuestra fe, nuestra historia, se abren en la medida en que Dios trasciende sus límites y se revela a través de su dinámica, presente en nuestra historia pero siempre más allá de sus formas.

Dios se vacía para hacerse cuerpo. Este pasaje se ha utilizado mucho para hablar del concepto de “encarnación”, especialmente desde una perspectiva misionológica: nosotros/as debemos encarnarnos en la realidad así como Dios mismo lo hizo a través de Jesús. Pero esto –que es también una imagen, y de por si válida-, corre el peligro de restringir la comprensión de lo corporal a una perspectiva pragmática, si entendemos la encarnación únicamente desde la acción misional del creyente. Este pasaje –o, mejor dicho, ese vaciamiento- va aún más allá: Dios valora el cuerpo como espacio de revelación. Así lo hizo con sus caminatas, sus enojos, sus risas, con sus reflexiones y sus abrazos. Por ello, la manera en que Dios se manifiesta asume la realidad más concreta. No lo hace a través de dogmas, de ideas, de experiencias supranaturales; o tal vez sí, pero ninguna de ellas escapa del cuerpo, el cual representa ese espacio cuyo simple movimiento puede cambiar el curso de la vida y la estabilidad de lo dado.

El pasaje de Filipenses se imprime en un llamado al amor cristiano. ¿Qué significa, entonces, decir que “Dios es amor” desde estas imágenes? Desde lo que infieren estos versículos, podríamos hablar del amor de Dios como aquel que deja los lugares de poder, que se abre al otro, a lo nuevo, a lo novedoso, a lo distinto, y que se muestra desde la complejidad del cuerpo. Esto cuestiona aquellas visiones románticas, abstractas e idealistas (de Dios, del prójimo). ¿Qué implica abrirme al otro? ¿Qué debo asumir y aceptar? Dios es amor al no imponerse como soberano sino al dar libertad para conocerle, a confiar en la acción de los sujetos por sobre cualquier principio, fundamento o acción determinada a priori. Dios es amor al decidir manifestarse en la historia, promoviendo así la creatividad humana para revelarse. Dios es amor al hacerse cuerpo, proyectando cada una de sus capacidades.

En resumen, es el Dios que decide mostrarse en el camino, que se vació de sí mismo y no quiso mostrarse en lo alto, en una abstracción, de una manera finiquitada. Decidió hacerlo en el paso a paso, a través de las experiencias de encuentro más concretas, más vivenciales, más corporales.

El vacío y el amor

¿Vaciamiento implica que no hay nada concreto donde posarnos? No. Más bien, significa asumir que nuestros lugares pueden cambiar. Que siempre hay un otro/a a nuestro lado, que existen otras maneras de ver y vivir a Dios, que hay otras imágenes, otros encuentros, otras realidades, otras opciones, que dan ópticas diversas sobre lo divino. Dios mismo “dejo su lugar” de gloria, para abrirse a nuestra historia. ¿Cuánto más tendríamos que hacerlo nosotros/as?

Debemos abrirnos a lo distinto, aprender a bajarnos de nuestro lugar de poder, de verdad y de razón absolutas para aprender a amar. Las imágenes de Dios también implican una manera de ver la historia. Por ello, deberíamos aprender a verla desde la trascendencia de Dios; o sea, como una realidad que puede ser más de lo que es. La historia no está dada de una vez y para siempre. Tampoco los dogmas, las doctrinas, las interpretaciones bíblicas. Ella cambia constantemente en su posibilidad de ser algo distinto de sí. Esto nos permitirá construir relaciones en formas diversas, sin cercenamientos ni parcelas sino aceptando inclusivamente lo distinto. Dios es la verdad, pero nunca podremos conocerla plenamente. De la misma manera con nuestro prójimo: no somos poseedores de una verdad que el otro/a carece sino que todos/as la vemos y vivimos parcialmente. Esto nos llama a abrirnos a nosotros mismos y al otro/a.

Por eso es central la recomendación de Pablo de andar con “temor y temblor” (Fil. 2.12). Esto no significa transitar con miedo, sino con una actitud de pregunta y duda constantes sobre dónde estamos posicionados. Es la actitud de humildad a la que llama el apóstol (Fil. 2.3). Cuando uno carece de miedo, es porque se cree autosuficiente. Esto es, precisamente, temer a Dios: no tenerle miedo, sino saber que su realidad, su amor, su acción, su persona, siempre están más allá de lo que nosotros/as hacemos y creemos. Esta actitud nos permite cuestionarnos a nosotros mismos y abrirnos a lo distinto.

De la misma manera, el amor tiene que estar impreso en el cuerpo. No tiene que ver con actitudes de beneficencia, decorados discursos o romanticismos vacíos. El amor es abrazo, es caricia, es sentir a flor de piel. Si algo arruina nuestro cuerpo, es aquello que lo encierra, que le impide la apertura de su creatividad, de su movimiento, de sus pluriformes manifestaciones. Fomentar el afecto como algo central de nuestra fe significa poner en segundo lugar aquellas barreras, preconceptos, ideales, moralinas, que impiden estos movimientos que nos abren al prójimo y a los variados caminos de la historia.

Vaciarnos a nosotros mismos es abrirnos a la grandeza de la vida que Dios nos regaló. Es abrirnos a la inmensidad de Dios mismo, a la sorpresa de lo nuevo que aparece tras encontrarnos con el otro/a. Amor es apertura infinita. Y no hay muestra mayor que Dios mismo, que se vació a sí mismo para abrirse a la misma humanidad, al amor de aquellos y aquellas que rodeaban a Jesús.

Vivamos la fe de esta manera: posados en las certezas, pero siempre viendo más allá, apoyados en que las cosas pueden ser distintas, en que el otro/a nos puede sorprender. Dejemos nuestros lugares de poder, de seguridad, las torres y fortalezas que nos construimos y desde donde miramos el mundo, desde arriba, por temor a su complejidad. Dejemos los sentimentalismos, que al fin y al cabo nos alejan aun más de la realidad a la que supuestamente queremos acercarnos. Abrámonos al amor del prójimo, al afecto, al roce de la piel. Fomentemos el amor a nuestros cuerpos, que muchas veces quedan sesgados como objetos muertos en las abstracciones, en las preocupaciones, en los miedos, en las defensas de nuestras seguridades. Dios nos regaló un cuerpo para movernos, para sentir, para saber que podemos ser más de lo que somos, y con ello abrir nuestra historia hacia infinitos caminos.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 


COMENTARIOS:
 
El Blog de Bernabé © 2017 | Diseño de template creado por Chica Blogger | Volver arriba