Una visión bíblica de la Iglesia | Por C. René Padilla

La iglesia es la comunidad que confiesa a Jesucristo como Señor de todo y de todos y vive a la luz de esa confesión de tal modo que en ella se vislumbra la iniciación de una nueva humanidad.

La iglesia no es la suma de individuos que se vinculan unos con otros sobre la base de intereses religiosos que comparten entre sí. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, la iglesia ocupa un lugar central en la historia de la salvación porque es la comunidad testigo del propósito de Dios en Jesucristo. Su testimonio, sin embargo, no consiste en palabras solamente: su testimonio es esencialmente encarnacional. ¿En qué sentido?

Es obvio que este adjetivo hace referencia al acto central de Dios en la historia: la encarnación. De entrada, cabe advertir que la idea que la iglesia es la prolongación de la encarnación –una idea común en la dogmática católica romana– no hace justicia a la enorme diferencia que, desde el punto de vista bíblico, hay entre Jesucristo y su iglesia. Esto no niega, sin embargo, que existe una estrecha relación entre la vida y misión de la iglesia, por un lado, y la vida y misión de Jesucristo, por otro lado. Sin negar el carácter singular de la obra de Jesucristo por medio de sus “eventos salvíficos”, podemos afirmar sin temor de equivocarnos que esa obra se prolonga y se hace efectiva en la historia, por el poder del Espíritu, por medio de la vida y misión de la iglesia.

El señorío de Jesucristo constituye la base de la misión de la iglesia. Porque él ha recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra, la iglesia está llamada a hacer discípulos en todas las naciones. Jesucristo provee así el porqué de la misión. A la vez, él provee el contenido, el qué, del mensaje, por lo cual Pablo afirma: “No nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor” (2Co 4.5). ¿Qué es el evangelio si no es precisamente buenas nuevas acerca de Jesucristo? La misión de la iglesia es encarnacional en cuanto se centra en la Palabra de Dios que se hizo hombre.

La encarnación de Dios en Jesucristo, sin embargo, no sólo provee el qué y el porqué de la misión, sino también el cómo. El Cristo resucitado dijo a sus discípulos: “Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20.21). La implicación es clara: la forma que tomó el envío de Jesús por parte del Padre se constituye en el modelo o paradigma del apostolado de sus seguidores, el apostolado por medio del cual se hacen discípulos.

Para entender en qué sentido la misión de Jesús sirve como paradigma de la misión de la iglesia es necesario tomar en cuenta la totalidad de los “eventos salvíficos” por medio de los cuales Jesús llevó a cabo su misión: su vida y ministerio, su muerte en la cruz, su resurrección y su exaltación. Cada uno de estos eventos apunta en dirección a la misión integral como el medio por el cual la iglesia prolonga la misión de Jesús a lo largo de la historia y la obra redentora de Jesús cobra vigencia en la situación actual.

Tomado de “La iglesia local como agente de transformación”, Ediciones Kairós, 2007, pp. 30 y 31


Sobre el autor:
C. René Padilla es ecuatoriano, doctorado (PhD) en Nuevo Testamento por la Universidad de Manchester, fue Secretario General para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y, posteriormente, de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL). Ha dado conferencias y enseñado en seminarios y universidades en diferentes países de América Latina y alrededor del mundo. Actualmente es Presidente Honorario de la Fundación Kairós, en Buenos Aires, y coordinador de Ediciones Kairós.

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