La ironía del reino y la debilidad de los poderes | Por Nicolás Panotto

La venida del reino de Dios
no se puede someter a cálculos
Lucas 17.20

Frente a la pregunta de los fariseos, la respuesta de Jesús fue contundente. El reino no podía ser aprehendido por la lógica de la ley. Más bien, su dinámica se mantiene en el misterio, en la incertidumbre, la contradicción. Es pura ironía en su burla a todo sentido establecido.

Dirán: “¡Mírenlo acá! ¡Mírenlo allá!” Algunas veces sería él. Otras no. ¿O tal vez ambas al mismo tiempo? Por momentos, el reino se haría presente. Pero si alguien dice: “éste es”, no hay que creerlo. Jesús afirma: “Dense cuenta que el reino está entre ustedes” (v.21), pero también dijo que sería “como el relámpago que fulgura” (v.24)

¿Es o no es? ¿Está o no está? La dinámica del reino contradice todo escencialismo ontológico. Contradice el orden de la historia. Va más allá del sentido común, aunque se manifiesta en él. El reino es y no es. Está y no está. Fue, es y vendrá. El reino es burla, desorden, ilógica.

Por todo esto, el reino enfrenta a aquellos poderes que se adjudican el dominio absoluto de la existencia. El poder del Yo, el poder del Otro, el poder del Todo. Ellos no tienen más que sostenerse en un centro seguro simulado e irreal. Son resistentes a las inconsistencias propias de lo sedimentado, las cuales dejan fuera de sus manos el control del más mínimo detalle. Dependen de un supuesto orden incuestionable. La historia no puede estar sometida a los avatares de la sorpresa o el azar; más bien, es una linealidad carente de accidentes. Cada persona cumple su rol dentro del “sistema” (que repito: tampoco existe, sino que es sólo una ilusión) con el propósito de mantener la armonía.

La existencia del reino, por el contrario, se sostiene en las densas fronteras que delimitan las figuras: está en ellas, pero también más allá de ellas. Asume todas las formas posibles, pero tampoco se delimita a una sola. Es la imagen de la locura, así como fue el nacimiento de Jesús y su muerte absurda en la cruz. Por todo esto, el reino es la representación del “resto”, de los y las que están fuera de los límites construidos por los poderes para resguardase. Es la búsqueda de la justicia y la inclusión, pero sin un modelo que calcule la liberación. Por ello Jesús huyó cuando lo quisieron hacer rey (Juan 6.14-15).

Caminar en el reino significa apoyar los pies en las arenas movedizas de una historia que va más allá de la Historia relatada. Es la locura de transitar aquí y allá, pero sin estar sometido al lugar y tampoco perdidos en la utopía. Vivir en el reino es saber que nada de lo existente está sometido a lo que es, sino que siempre está abierto a ser distinto, a ir más allá, a lo diferente. Es la ilógica que nos permite experimentar la vida y la historia como un camino de senderos infinitos y eternos, permitiendo saltar por encima los muros que se presentan, cuya presencia atemoriza y se impone, pero que no son más que apariencias que intentan nublar la mirada frente a la belleza de la inmensidad de colores detrás de él.

El reino es la impresión de la trascendencia y el misterio en los filamentos de las historias, ironizando lo instituido para reír por lo que deviene.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Director general del Grupo de Estudios Multidisciplinarios sobre Religión e Incidencia Pública (GEMRIP) Licenciado en Teología por el IU ISEDET, Buenos Aires. Doctorando en Ciencias Sociales y Maestrando en Antropología Social por FLACSO Argentina. Miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 

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