C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer como modelos de vida universitaria | Por Manfred Svensson

Dietrich Bonhoeffer
¿Qué dirían C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer sobre la actual crisis educacional chilena? La respuesta es muy simple: no sé. No tengo la menor idea de lo que dirían, y especular siempre puede tornarse en una peligrosa manipulación de los autores. Ambos fueron hombres preocupados por la educación, desde luego, pero estaban en un contexto distinto al nuestro. Piénsese en el siguiente ejemplo: Lewis escribió en una ocasión que la expresión “educación democrática” es riesgosa por ambivalente: tal frase podía implicar “educación que le gusta a los demócratas”, o “educación que contribuye a fortalecer la democracia”. Estas dos cosas pueden no ser idénticas, ya que puede haber cierto sentimiento democrático que promueva un tipo de educación en realidad nociva para la democracia. La pérdida de autoridad de los maestros, por ejemplo, puede ser acorde a un gusto democrático, pero puede debilitar a la democracia. Este tipo de reflexiones pueden tener elementos sumamente actuales, y creo que vale la pena
tenerlas presentes en medio de nuestra discusión. Pero en el mismo artículo que Lewis escribe esto, escribe de modo sumamente restrictivo sobre el acceso a la educación superior. La Universidad no es para todos, declara a los cuatro vientos. ¿Cómo pudo escribir algo así? Muy sencillo: para la gente que no tiene vocación universitaria, escribe Lewis, hay decenas de trabajos donde van a ser más felices, y son trabajos mejor pagados. ¿Mejor pagados? En esto por supuesto hay una gran diferencia entre Inglaterra en 1944 y Chile en 2011, y es esa diferencia la que nos debe llevar a buscar orientación en estos autores, pero sin esperar de ellos soluciones directamente aplicables a nuestra situación.
C. S. Lewis

Cambio entonces la pregunta. No “¿qué dirían C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer sobre la actual crisis educacional?”, sino “¿en qué medida nos pueden servir como modelos de vida universitaria?” Partamos por mencionar que ambos tienen en esto una trayectoria opuesta. Lewis no venía de un hogar académico. Su padre era un abogado, y nada podía estar más lejos de él que el tipo de intereses que desde temprano cultivó su hijo. Sin embargo, era un hombre capaz de reconocer lo que había en este hijo: tras conocer a C. S. Lewis, uno de sus tutores le dijo al padre que su hijo “o llegará a ser un académico, o no llegará a ser nada” –y el padre dispuso todo para que llegara a ser un académico, como en efecto ocurrió. De hecho, se puede decir que por toda su vida Lewis virtualmente no se movió de la universidad. Resulta casi cómico que el mayor traslado geográfico de su vida haya sido el cambio, tarde en su vida, de Oxford a Cambridge. Menciono esto porque conocemos a Lewis como un autor de libros populares, en parte como autor de literatura infantil; pero si queremos entenderlo debemos partir por recordar que era un hombre de universidad, un académico dedicado principalmente a la literatura inglesa medieval y renacentista, un campo de estudio tan poco popular que Cambridge tuvo que crear la cátedra respectiva para él, pues simplemente no existía.

Algo similar en cuanto a su condición de hombre universitario se podría decir de Bonhoeffer, pero de un modo inverso. Él venía, al revés de Lewis, de una familia 100% académica. Su bisabuelo Karl August von Hase había sido uno de los grandes teólogos alemanes del siglo XIX, y su padre tenía la principal cátedra de psiquiatría de Alemania al empezar el siglo XX. Y la vida universitaria fue también un camino de vida que también él estuvo muy cerca de seguir. Se doctoró, se habilitó, y comenzó su docencia en la facultad de teología de Berlín…..en 1932, un año antes de que el ascenso de Hitler al poder diera un rumbo muy distinto a su vida. En marcado contraste con Lewis, en efecto, su vida como académico duró menos de dos años. Desde 1934 hasta su muerte en 1945 Bonhoeffer no volvió a poner un pie en la universidad.

De modo que, en lo que se refiere a los acontecimientos externos, parece que Bonhoeffer y Lewis siguen una trayectoria opuesta: uno viene desde el mundo a la universidad, otro va de la universidad al mundo. Pero las cosas no son tan sencillas. Ambos tienen un muy decisivo elemento en común, y es el hecho de que llegaron a la universidad sin ser creyentes, y la experiencia académica desempeñó un papel decisivo en su camino hacia la fe. El caso de Lewis es mucho más conocido en este sentido, ya que no sólo llegó a la universidad de un modo indiferente, sino decididamente ateo. Su camino desde ahí hacia el cristianismo lo describe en Sorprendido por la alegría, y es un camino sumamente ligado a su vida universitaria. Como lo pone en una parte de dicha obra: “si alguien quiere seguir siendo ateo, tendrá que ser muy cuidadoso con qué libros decide leer”. La lectura de libros “inapropiados” puede dar inicio a una búsqueda cuyo término nadie conoce de antemano.
La historia de Bonhoeffer es en este punto menos conocida porque es menos dramática. No era ateo al empezar sus estudios, pero tampoco se habría entendido a sí mismo como creyente. Era de una tradición del protestantismo liberal con fuertes acentos éticos, pero no mucha preocupación doctrinal. Lo llamativo es que sin ser creyente, optara por el estudio de la teología. A nosotros esto nos suena desde luego inconcebible: la teología es algo que ni siquiera los creyentes hoy en día estudian; que alguien, sin ser creyente, llegue a estudiarla, es algo que nos sorprende. Son cosas que ocurren en lugares exóticos como Alemania. Aunque los motivos que lo llevaron a ello no están del todo claros, sí se puede afirmar que él es alguien que no llegó del cristianismo a la teología, sino a través de la teología al cristianismo. Por lo mismo, su primer interés por la teología, incluyendo los primeros años de estudio, no es primordialmente el interés de un creyente, sino de un carácter más general, de formación cultural, filosófica, el interés de alguien que anda tras una “visión de mundo”. Busca una cosmovisión, algo que diera unidad a su pensamiento en lugar de un montón de juicios oportunistas sobre lo que nos agrada o desagrada. Quince años más tarde escribiría desde la cárcel que “para la mayoría de las personas la situación actual sería un conjunto de cuestiones que existen una al lado de la otra, sin estar relacionadas; para el cristiano y para el esto es imposible: él no se deja escindir ni destrozar”. Pero esa posición desde la que uno aprende a ver la relación entre los problemas es algo que él todavía no tenía al entrar a la universidad. No era todavía cabalmente educado, y no era cristiano. Al describir retrospectivamente sus primeros pasos en este mundo, Bonhoeffer dice que “aún no me había hecho cristiano, sino que era, de modo salvaje, indómito, mi propio señor”. Los testimonios de sus posteriores alumnos dan cuenta de lo que alcanzó a significar para ellos en su breve periodo como profesor, tras dejar de ser su propio señor. No sólo ofrecía a sus alumnos lo que académicamente esperaban, sino que estaba activamente dedicado a discipularlos. Esto incluye el hecho de que cambiara su residencia al barrio en el que la mayoría de ellos estaba, y que en dicha residencia no hubiera “horario de oficina”, sino que se transformara en un lugar de constante atención de sus discípulos-alumnos. Además, estaba dedicado a integrar a sus alumnos en una vida cultural más amplia. Provenía de una familia sumamente musical, y con frecuencia llevaba a sus alumnos a cada de sus propios padres para que participaran ahí de las veladas musicales de los Bonhoeffer. Ahora bien, no hay que imaginar nada de patetismo sentimental en esto. Desde su cátedra Bonhoeffer podía hacer llamados a la conversión más claros que los que se escuchaba desde los púlpitos, y sin embargo su estilo era descrito por sus alumnos como “concentrado, poco sentimental, casi carente de pasión, sumamente claro, con frialdad racional, casi de reportero”. Tal vez no sea de extrañar que aunque él veía en la predicación el centro de su llamado, sus prédicas siempre fueron muy poco atendidas, en contraste con las lecciones que daba en la universidad. Estamos, pues, ante una mezcla de cercanía y distancia, una distancia conscientemente buscada por Bonhoeffer para que nadie corriera el riesgo de seguir su propio liderazgo carismático, sino que se preocuparan de la verdad misma de las cuestiones tratadas.

Pero como hemos visto, no pudo permanecer en la universidad. Y aquí puede ser conveniente recordar que la educación fue uno de los grandes puntos de lucha entre las iglesias y el régimen nacionalsocialista. “La juventud nos pertenece, y no se la entregaremos a nadie” diría ya en 1935 Goebbels, el ministro de propaganda del régimen. En efecto, uno de los campos en los que se llevaría a cabo más abiertamente el enfrentamiento con el cristianismo es en la batalla por el control de la educación. Tal lucha se desarrolló de distintas formas: en algunos casos se eliminaría las escasas escuelas confesionales existentes, en otros casos se eliminaría la asignatura de religión en los colegios públicos, en otros se mantendría, pero cambiando su contenido por “cristianismo positivo”, en otros, finalmente, la asignatura sería cambiada por una asignatura de “educación para la vida”. Al reparar en esto conviene notar la prudencia con que Bonhoeffer se detiene a evaluar la situación. La universidad de Berlín, como las restantes, se encontró rápidamente en manos de los nazis. Uno podría imaginar a Bonhoeffer dejándola con rapidez, pero lo que ocurre es lo contrario. La deja en un momento, porque deja Alemania para retrotraerse a Londres. Pero su correspondencia con las autoridades eclesiásticas y universitarias desde Londres revela que buscó todos los mecanismos para no cortar su relación con la universidad y mantener eventualmente abierta la puerta. Su primera actitud es, pues, la de no dar campos por perdidos con demasiada rapidez, ni siquiera bajo el gobierno nazi. Sin embargo, es igualmente llamativa la disposición a sí dejarlos de lado cuando la circunstancia lo requiere, aunque se tratara del campo en que su familia había desempeñado por más de cien años una importantísima labor. En efecto, en 1934 Bonhoeffer escribe a un amigo suizo que “ya no creo en la universidad”. Con eso quedó abierta la puerta a su posterior participación en la formación clandestina de pastores.

Pero volvamos entonces a Lewis. Él se encontraba desde luego en una situación muy distinta. No que le faltara contacto con lo que llaman la “vida real”. Había peleado en la Primera Guerra Mundial y salido herido. A la segunda no fue llamado, y así es como permaneció en la universidad. Pero su país estaba en guerra, y eso ha dejado huella en numerosos escritos de Lewis. Lo más interesante para nuestro tema, es un escrito de octubre de 1939, es decir, un mes después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Significativamente, se trata de un sermón. Uno de los pastores de Oxford consideró apropiado invitar a Lewis a predicar, dado que un académico que a la vez hubiera estado en la guerra, y que estuviera nutrido de milenaria sabiduría, podría ayudar a los jóvenes a poner las cosas en perspectiva adecuada en un momento tan crítico como el comienzo del conflicto. El texto fue publicado con el título “El estudio en tiempos de guerra”, y el punto de partida de Lewis en este texto es la inquietud que por entonces podía tener cualquier universitario inglés: la pregunta es cómo puede resultar justificable que alguien esté estudiando, incluso que esté estudiando humanidades clásicas, cuando sus compañeros de generación se dirigen al continente a dar la vida en la lucha contra el nacionalsocialismo.

¿Cómo se puede dedicar la vida a cosas como la ciencia, el arte, las lenguas, la filosofía, cuando el mundo está al borde de la guerra o derechamente en ella? Lewis parte su discurso afirmando que la pregunta es correcta, que no es exagerada. En rigor, lo que afirma es que hay una pregunta más grave aún, que podría amenazar de modo más decisivo y constante la legitimidad de la actividad académica: ¿cómo dedicarse a estas cosas si la humanidad está no sólo a las puertas de tal o cual guerra, sino a las puertas del infierno? Si es posible el cultivo de la cultura bajo las condiciones de algo eternamente decisivo, ciertamente lo será también bajo condiciones de guerra o de cualquier otra desgracia o escasez. Por tanto, hay que sacarse de la mente la idea de que el cultivo de las ciencias sea algo propio de situaciones normales, seguras. Tales situaciones simplemente no existen, pero los seres humanos, escribe Lewis, proponen “teoremas matemáticos en ciudades sitiadas, desarrollan argumentos metafísicos en celdas de condenados”. Simplemente está en la naturaleza humana el buscar tal tipo de conocimiento. Lewis reconoce, por supuesto, que tales actividades tienen que pasar por un test, que es el de realizarse para gloria de Dios. Pero es importante notar cómo concibe eso Lewis. Pues si bien escribe que todo tiene que ser puesto al servicio de Dios, no se trata necesariamente de que el servidor –nosotros- siempre tenga claro cómo es que esto sirve a Dios. El buscar el hacer todo para gloria de Dios pasa a veces por reconocer que no sabemos cómo es que tal o cual cosa sirve a Dios. En el caso de la actividad académica, nuestro servicio se da por tanto buscando la verdad propia de cada disciplina, aunque muchas veces no veamos de modo inmediato cómo es que esa verdad se conecta con el origen de toda verdad. Tal vez sea a otros, escribe Lewis, que esté reservado el ver cómo tal o cual punto que hemos descubierto sirve a la gloria de Dios.

Así, podríamos decir que Lewis está afirmando que, como las restantes actividades humanas, la vida universitaria es algo lícito, y que incluso más que lícito puede ser algo bueno, muy bueno, aunque no siempre veamos cómo es que lo es. Pero notemos al mismo tiempo que ha llegado a eso por una vía muy cautelosa respecto de eventuales sobrevaloraciones de la vida académica. La razón es que él mismo había padecido ese tipo de sobrevaloración. En una edad temprana, hasta antes de su conversión, siempre imaginó que el mundo de la alta cultura era equivalente a la perfección espiritual del hombre. “Rechazo de plano –escribe tras la conversión- una idea que habita en la mente de algunas personas modernas, esto es, que las actividades culturales sean por sí mismas algo espiritual y meritorio –como si los académicos y los poetas fuesen intrínsecamente más agradables a Dios que un lustrabotas”. Su defensa de la vida universitaria, es una defensa sumamente consciente de ese riesgo.

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Ahora bien, puede ocurrir que entonces pensemos en la vida académica como algo ni tan bueno ni tan malo, como algo aceptable pero relativamente indiferente. Pero también eso sería una manera inexacta de plantear la cuestión. Pues puede llegar a tratarse de algo no sólo lícito, no sólo grato, sino de un deber. Porque, al menos fuera del cristianismo, la vida intelectual seguirá existiendo. Seguirán circulando concepciones rivales sobre el hombre y el mundo. Y bajo tales condiciones, si alguien tiene la capacidad y el llamado a la vida universitaria, será un traidor –literalmente- si opta por conformarse con ser “ignorante y simple”: habrá dejado caer las armas y habrá traicionado a sus hermanos más débiles. En este contexto Lewis escribe que “una filosofía buena debe existir, al menos, para dar respuesta a las filosofías malas”. Esto, sin embargo, no debe ser entendido como una restricción del saber a tareas puramente combativas o apologéticas. Por el contrario, la respuesta a las malas filosofías consiste precisamente en abrir la mente a un interés por la realidad completa. Así, Lewis escribe ahí mismo que tal vez lo que más necesitamos es un profundo conocimiento del pasado. No porque el pasado sea mejor o mágico, sino para tener algo con lo cual contrastar el presente. “Un hombre que ha viajado mucho, está menos expuesto a los errores de su pequeña aldea. Asimismo, un buen académico ha vivido en muchas épocas y en ese sentido puede ser más inmune a las cataratas de tonterías que corren por la prensa de su propia época”. Es por ese tipo de viaje que como profesor de literatura medieval y renacentista busca guiar a sus alumnos.

Pero volvamos para cerrar a Bonhoeffer. Lo dejamos diciendo que ya no creía en la universidad. Pero eso no es idéntico con dejar de pensar en la universidad. En sus últimos años, cuando ya tenía prohibido predicar, vuelve en su Ética sobre estos aspectos de la vida humana, y la mayor intensidad del conflicto con el nazismo hace que Bonhoeffer vuelva ahora sobre la universidad no para pensar como al comienzo de su carrera en aspectos puntuales de política universitaria, sino de un modo más hondo sobre la relación entre las disciplinas, sobre la pretensión de autonomía de las mismas, y sobre el modo en que las ciencias deban o no servir al hombre. En particular respecto de este último punto, vale la pena notar que Bonhoeffer da la respuesta opuesta a la que muchos imaginarían. En efecto, cuando pensamos en regímenes totalitarios, tendemos a pensar que una de sus características sería el tratar el mundo del saber de un modo que no sirve al hombre; tendemos a describirlos de modo tal que resalta el modo en que tratan la ciencia en servicio propio, degradándola en ideología, y pensamos así que lo contrario sería ponerla al servicio de todos los hombres. Pero Bonhoeffer es más bien escéptico respecto de este llamado a poner la ciencia al servicio del hombre. Con eso, cree, no se ha roto de modo suficiente con los que la están poniendo al servicio sólo de unos pocos hombres. “Cuando por motivos demagógicos, pedagógicos o moralistas se comete la falsedad de volver una ciencia directamente útil para el hombre –escribe en la Ética-, ahí se corrompe tanto al hombre como a la ciencia”. Nótese que aquí el utilitarismo “demagógico” no es el único en ser rechazado, sino que el mismo trato recibe un “utilitarismo pedagógico”. Es toda la idea de buscar la ciencia primordialmente por su utilidad la que está cuestionando. ¿Significa eso que la ciencia no debe ser de modo alguno útil al hombre? Creo que la clave en la frase anterior está en la palabra “directamente”. La ciencia puede sernos útil, pero Bonhoeffer está diciendo que eso debe ser buscado por otra vía, indirecta. Y lo indirecto consiste aquí en no partir por poner algo al servicio nuestro, sino partir por ponernos nosotros al servicio de la ciencia. Si ocurre eso, escribe, si servimos a la “búsqueda de la verdad, ahí, en la renuncia a los propios deseos, nos volveremos a encontrar a nosotros mismos, y aquello a lo que servimos de modo desinteresado acabará también sirviéndonos”.

Éstas son palabras notoriamente concordantes con el modo en que Lewis ha abordado el lugar del saber en tiempos de crisis. Creo que podemos resumir esa posición que tienen en común diciendo, en primer lugar, que ambos tienen mucho cuidado de no idolatrar la vida universitaria. Son hombres que aman la educación, pero por cuyas bocas y mentes no cruza la idea de que la educación lo es todo. Bonhoeffer da testimonio de esto con el sencillo hecho de renunciar de por vida a lo que en un comienzo parecía una promisoria carrera académica; Lewis, en cambio, da testimonio de lo mismo permaneciendo dentro de la universidad, enseñando desde ahí cuál es el lugar del saber en la vida humana. Pero en segundo lugar, creo que el principal complemento de este rechazo a la idolatría por la educación, es que ambos autores están igualmente en guardia contra una valorización puramente instrumental del saber. La alternativa que ofrecen a los que idolatran la educación, como hemos visto, no es la afirmación de “que la ciencia debe servir al hombre”. Bajar a la ciencia del pedestal que la convierte en signo de superioridad o camino de salvación es compatible con seguir viendo la búsqueda de la verdad como algo que vale la pena perseguir como un fin en sí mismo, aunque no sepamos cómo y cuándo esto servirá a los hombres, aunque no sepamos exactamente cómo es que precisamente esto que estudio ahora da gloria a Dios.

Sobre el autor:
Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor del Instituto de Filosofia de la Universidad de los Andes. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas. Es autor del libro "Reforma protestante y tradición intelectual cristiana" (Barcelona, 2016)




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