¡Cuando aparece el Cordero, nace la música! | Por Juan Stam

Estudiemos el Apocalipsis con Juan

Apocalipsis 14:2-3; 15:2-4

No nos debe sorprender el que en los capítulos 12 y 13 no sonaba ni una nota de música. La bestia puede imponer, por la fuerza, una uniformidad monótona y una sumisión servil, pero no puede llenar la vida humana de armonía y melodía. No es casualidad que en los pasajes sobre el dragón y sus colegas, nunca oímos música.

Apenas aparece el Cordero, y suena de nuevo la música: Juan vio al Cordero y sus seguidores, y en seguida están tocando arpas y entonando un cántico nuevo (1). Y debemos notar que esa música venía de la misma presencia de Dios. ¡Qué maravilloso cuando podemos decir, "Oí un sonido que venía del cielo" (14:2)! Con una bellísima frase, el capítulo siguiente elabora esa sencilla declaración: estos músicos tocan "arpas de Dios" (15:2, katharas tou theou; "las arpas que Dios les había dado" NVI). Es Dios quien pone la música en el corazón de los músicos y pone el arpa (o una guitarra) en sus manos. En esa expresión encontramos una intuición fundamental para toda la estética cristiana. Todos los dones artísticos, musicales y visuales y demás, son regalos de la gracia de Dios (cf. Ex 31:1-6; 35:30-36:1)(2).

Lo que distingue a los 144 mil, como señala Michaels (1997:168; cf. BalzSch II:149), es su capacidad para aprender una canción. Los sellados de Dios se conocen por su música. Tienen un oído musical para las melodías del cielo. La bestia apaga toda la musicalidad de la vida; el evangelio nos pone a cantar. Ahora nuestro estilo de vida es el de vivir "cantando con gracia en nuestros corazones al Señor" (Col 3:16 RVR; cf. Ef 5:19). Una gratitud evangélica (eujaristia) pone en nuestras vida la música del cielo, el "nuevo cántico" de la salvación.

Ramsey Michaels (1997:168b) hace una aplicación práctica de este pasaje. Se puede cantar un himno, observa, con todas las palabras correctas, pero desentonar tristemente con la música. "Las palabras son teológicamente correctas, ¿pero dónde está la melodía?", pregunta Michaels. El mensaje evangélico, y la vida cristiana, traen una musicalidad muy especial, que demuestra su autenticidad. Es la música de la salvación por gracia y del reino de Dios y su justicia. El evangelio debe dar el tono musical para toda nuestra existencia.

Pablo Richard (1994:147-148) interpreta el "cántico nuevo" como la canción de protesta, resistencia y esperanza de la comunidad de fe en la tierra, en consonancia y sintonía con los coros celestiales (3). Para Richard, los 144 mil son los mártires ya glorificados. El cántico "representa la conciencia, la identidad y la espiritualidad de este pueblo organizado en la tierra que resiste a la Bestia. Para resistir necesita aprender este cántico...". Es "un secreto que ellos descubren en el cielo... Los que resisten a la Bestia en la tierra necesitan cantar el cántico de los mártires en el cielo". En cambio, los adoradores de la Bestia "entregan su subjetividad a ésta y son transformados en objetos marcados". Los 144 mil pueden cantar, porque son sujetos..." (p.147).

Aquí tenemos dos comunidades contrapuestas, marcadas por dos sellos distintos y marchando hacia dos destinos totalmente opuestos. Apocalipsis 18:22-23 describe la condición final en que terminará Babilonia:
Jamás volverá a oírse en ti
la música de los cantantes
y de arpas, flautas y trompetas.
Jamás volverá a hallarse en ti
ningún tipo de artesano...
Jamás volverá a brillar en ti
la luz de ninguna lámpara.
Jamás volverá a oírse en ti
la voz del novio y de la novia,
Porque tus mercaderes
eran los grandes de la tierra...
Babilonia, la ciudad sin música, ha terminado siendo un cementerio de todo lo humano, la ciudad de la muerte, la ciudad sin amor y romance, sin trabajo y creatividad, sin cantantes y músicos. En eso termina el camino de los que aceptan la marca de la bestia.

¡Qué diferente el destino final de los que siguen al Cordero! Los cánticos de 14:3 y 15:2-4 son esa música del cielo que será nuestro deleite eternamente, y que Dios nos permite escuchar por anticipado (4). Desde el monte Sión, el Cordero anuncia la venida de la Ciudad de la vida y de la luz, de la eterna creatividad, del amor y, sobre todo, de la música. Habrá guitarras además de violines y, como ha insistido Karl Barth, escucharemos no sólo a Bach sino a Mozart, y por qué no, a "Cielito Lindo" y "las Mañanitas", ¡y un buen mariachi mexicano! Esa es la bella ciudad, armoniosa y melodiosa, que describirán los capítulos finales del Apocalipsis.

Notas:

(1) Lo mismo pasó en 5:4-14; ni aun en capítulo 4, donde la corte celestial adoraba al Creador, dice que cantaban. Juan mismo, antes de ver al Cordero, lloraba (5:4), pero después de aparecer el Cordero, todo el universo se convirtió en un concierto musical (5:6-14)
(2) Como veremos más adelante, el capítulo 15 aclara también los contenidos del cántico nuevo, como celebración de la liberación del pueblo de Dios (Ap 15:3-4; cf. Ex 15:1-21).
(3) Estas expresiones son paráfrasis del argumento de Richards, no cita verbal.
(4) Véase Stam 1999A:214-216 (2006:230-232), "¡Sin música y perfume no hay cielo" (Ap 5:8-10) y Tomo II 2003:360-361 "Sorprendidos por la música".

Sobre el autor:
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.
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Sitio web de Juan: Juan Stam 


 
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