"Hay que cuidar el cuerpo" 1 Corintios 12. 12-27 | Por Cristian Cabrera

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Lo más propio de cada uno de nosotros no son nuestros bienes materiales, ni el dinero, ni la casa en la que habitamos, ni la ropa que llevamos puesta. Lo más propio de nosotros es el cuerpo. Por eso lo cuidamos y procuramos sentirnos bien con el, evitamos dañarlo o que alguien le haga daño. No permitimos que nadie sin nuestro permiso lo toque. En la cultura occidental, el cuerpo es el lugar donde situamos la individualidad. El cuerpo que tenemos o que somos nos distingue de la otra persona, los rasgos físicos, la forma de caminar, las expresiones corporales, todos estos aspectos hacen a la persona distinta y única, pero también son una herencia, las marcas que revelan que provenimos de un padre y una madre, de una cultura y un mundo particular. En occidente el cuerpo es el lugar que separa a un individuo de otro, separación y autonomía. Esta idea es la más dominante en nuestra sociedad.

Pablo utiliza la metáfora del cuerpo para explicarnos no sólo qué es la iglesia, sino, principalmente, cómo debe funcionar. Antes de entrar a este pasaje se hace necesario tener alguna idea de cómo es la iglesia a la que Pablo escribe este mensaje.

La ciudad de Corinto se encontraba en Grecia, era uno de sus puertos. Estaba compuesta por ciudadanos provenientes de distintos lugares lo que acentuaba el carácter cosmopolita de sus habitantes. Esta diversidad social y cultural caracteriza al grupo que compone la iglesia de Corinto. La mayoría de la gente que había llegado a vivir a la ciudad era económicamente modesta pero rápidamente se enriqueció. Estos emergentes acaudalados forman parte también de la iglesia al igual que gente pobre y humilde que se habían convertido al evangelio de Jesús. Los conflictos en la iglesia surgen rápidamente motivados por la falta de comprensión de esta diversidad social y cultural e incluso religiosa, que hacen la vida en la iglesia muy difícil.

El pasaje de 1 Corintios 12. 12-26, es un llamado a la unidad del cuerpo de Cristo. La iglesia es la representación de la presencia de Cristo entre los seres humanos. Sí ellos son el cuerpo entonces Cristo es la cabeza (Ef. 5.23). El Señor es el jefe de la iglesia, por lo tanto, si él es el único que tiene la preeminencia en la comunidad de creyentes los demás somos todos hermanos. No hay pastores, ni miembros influyentes, ni ninguno otro poder o persona que sustituya la ascendencia de Cristo sobre su iglesia. Donde él reina las relaciones que los hermanos cultivan es de hermandad y fraternidad, de humildad y sencillez, de servicio y cuidado mutuo, de valoración y dignificación de todos y todas.

Todos llegamos a ser miembros los unos de los otros, hermanos y hermanas por la común fe en Jesús el Cristo. Pablo anima a la iglesia a la unidad en estos términos ¿Qué significa la unidad en este contexto? Es probable que cuando pensamos en la unidad de la iglesia se nos vengan ideas como que la unidad consiste en pensar calcadamente o en vestir igual, o en tener los mismos gustos e intereses o tal vez la misma doctrina. Pensamos que la unidad equivale a ser iguales, semejante a un tejido cuyas hebras no se distinguen sino que se confunden y se pierden en el diseño total ¿A este tipo de unidad alude Pablo? La unidad que Pablo enseña en este texto enfrenta un problema muy específico.
 Tomemos en cuenta que en esta iglesia se desprotegía y marginaba a los hermanos y hermanas más modestos de la comunidad (los miembros más débiles en lenguaje de Pablo, v.22, 24), había discriminación intelectual, social, económica, etc., se miraba en menos a los miembros más sencillos. La iglesia funcionaba sobre fuertes diferencias sociales y culturales. En este contexto Pablo reflexiona sobre la unidad de la iglesia. La unidad será para él como resultado de la centralidad de Cristo la experiencia de solidaridad radical entre los creyentes. El servicio mutuo, especialmente, a los más necesitados, el cuidado de unos para con otros, interesándonos unos por otros, el valor igualitario de todos los miembros, de su persona y contribución a la vida de la iglesia (v. 25). De este modo piensa Pablo la unidad de la iglesia.

La forma en que se dan las relaciones en la iglesia revela la centralidad de Cristo en ella y no la alineación de uno tras otro como un ejército de soldados que miran a Cristo pero sin encontrarse en él unos con otros. Por lo tanto, la centralidad de Cristo se manifiesta en la centralidad del amor entre hermanos y hermanas, en la práctica del perdón y la reconciliación, de la justicia y la paz. La iglesia es la representación del llamado de Cristo para relacionarnos de un modo profundo y auténtico, es el triunfo sobre las relaciones superficiales y pasajeras. La comunidad de creyentes en Jesucristo debe ser una señal clara de integración, respecto y dignificación, un lugar donde se ha renunciado a la violencia y la manipulación en las relaciones interpersonales. No estamos llamados a ofrecer un culto personal al Señor sino a ofrecerlo junto con el hermano y en base a relaciones marcadas por la paz y el perdón. La iglesia debe tomar forma no sólo por nuestra relación con Cristo sino también por la relación de unos con otros, sin indiferencia ni displicencias, sino en solidaridad, especialmente, con los más desfavorecidos de nuestra comunidad. La iglesia como cuerpo de Cristo no se conforma en la experiencia individual del creyente sino en la experiencia de la iglesia como comunidad de vida y de amor. De esta manera la iglesia es el triunfo de Cristo sobre el individualismo y el egoísmo predominante de las sociedades contemporáneas.

Por lo tanto, la unidad propuesta por Pablo no es que todos debemos ser iguales, la unidad es una iglesia sensible y comprometida con todos, particularmente, con los más necesitados. La unidad se manifiesta en una iglesia que sabe construir relaciones no violentas, por lo tanto, vive desde el modo en que Dios nos ha tratado en Cristo. Este pasaje enseña que en la iglesia nadie sobra, a nadie hay que tratar como un lastre o como una cosa útil, en Cristo todos somos necesarios simplemente porque somos personas amadas por Dios (v. 27). Podríamos imaginar un brazo o una pierna fuera del cuerpo, sería una escena monstruosa (v.21). La metáfora del cuerpo que Pablo utiliza para hablarnos de la iglesia orienta el camino que hay que transitar para realizar la propuesta bíblica de un pueblo de Dios. Nos llama a ser críticos con los sectarismos que finalmente afectan a la intención central del mensaje del evangelio, está intención es la de ser iglesias acogedoras, integradoras, comunitarias y participativas.

Anteriormente habíamos dicho que el cuerpo en nuestra cultura occidental es el lugar de la individualidad, queda claro entonces que para Pablo ésta es una metáfora no de lo individual sino de lo comunitario, metáfora de la solidaridad y de la identificación de unos con otros a partir de Cristo. El cuerpo nos identifica, nos hace empáticos con los otros. El dolor y la fragilidad es algo común entre nosotros, nos podemos entender porque compartimos una misma condición, el hambre, la satisfacción, la necesidad de dignidad, de ser apreciados y tratados bien (v. 26). La Biblia expresa esa verdad mostrando la especial preocupación de Jesús por los cuerpos hambrientos, enfermos y doblegados de su tiempo, salvación y salud es la expresión de un mismo acontecimiento. Cristo mismo sufrió en nuestro lugar, se identifico profundamente con nosotros, solidarizo en nuestros dolores y angustias, en nuestra condición de seres corpóreos, su cuerpo sufriente se identifico con la carencia y la necesidad nuestra. Ser cuerpo, cuerpo de Cristo es ponernos en el lugar de otro, aliviar el dolor, curar, tocar, abrazar, sostener, como lo hizo quien por nosotros entrego su propio cuerpo, su ser por entero para darle vida al nuestro, para vivir juntos cuidándonos, amándonos , integrándonos, tratándonos bien.

Sobre el autor:

Cristián Cabrera Alarcón es Licenciado en Teología por el Seminario Teológico Bautista de Chile, Licenciado en Filosofía por la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (ARCIS), Magister en Filosofía por la Universidad Alberto Hurtado y en la actualidad se encuentra cursando un Magister en Teología en la Universidad Católica de Chile y  Profesor en el Seminario Teológico Bautista




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