Bin Laden ha muerto, ¿Gracias a Dios? | Por Alexander Cabezas

Taylor de 9 años, hijo de padres norteamericanos y misioneros en un país latino, le preguntaba a su papá mientras observaba por televisión: -¿Papi no entiendo por qué la gente se alegra por la muerte de un ser humano…?

Este niño estaba haciendo referencia a la recién muerte de uno de los hombres más buscados en los últimos tiempos por parte del gobierno de los Estados Unidos: Osama Bin Laden, quien fuera líder de la red terrorista Al Qaeda.

Sé que hay momentos en que lamentablemente el camino para exterminar un mal, no siempre es el más sencillo o el más fácil y que los actos cometidos por los terrorista son condenables y no pueden dejarse en la impunidad.  Pero las palabras sinceras de Taylor no están solas; encuentran eco en cientos y miles de personas que tampoco logramos entender ¿Cómo la muerte de otro ser humano es motivo de celebración?
El cineasta Michael Moore, apreciado por miles y despreciado por otros por sus posición  controversial por sus temas candentes, en una declaración a la prensa con la cadena CNN, expresó el  siguiente sentir: No creo que Jesús fuera a la 'zona cero' con botellas de champán como hizo mucha gente el domingo para celebrar la muerte de Bin Laden…”  Además agregó otras palabras que guardan consonancias con la posición que deberíamos manifestar aquellos que nos consideramos promotores de paz y  seguidores de  los valores de Jesús: “Creo que es algo bueno que Osama Bin Laden no esté, pero celebrar la muerte va más allá de los principios con los que he crecido en una familia católica irlandesa".
Sé que el día domingo muchos de los presentes frente a la Casa Blanca, eran familias de las víctimas de  los atentados del 11 de septiembre y merecen el mayor de los respetos, pero si pensamos con justicia y equidad, en algunas naciones muy lejos a nuestro continente, hay padres y madres quienes también lloran la muerte de sus hijos e hijas y cuyo único error fue haber vivido en una nación oriental atacada por las superpotencias o los llamados aliados.


Cuando era niño creía que era sencillo distinguir los buenos de los malos.  En las películas de “indios y vaqueros”, los indios eran los invasores, los que atacaban a los pobres colonos y sus carretas. Me deleitaba viendo a los vaqueros apuntar sus rifles y derribar a los indios en sus caballos, como si se tratara de un simple juego al tiro en un turno o feria.  Cuando crecí y aprendí un poco de la historia, comprendí que estaba equivocado y que no eran ellos los malos de la película, pues estos solo buscaban defender sus territorios, sus búfalos, sus tierras y sus familias.  Pero al final de nada sirvió, pues fueron despojados y exterminados y hoy los indígenas en el norte, son los que viven marginados.


Igual sucedió con Cristóbal Colón, me enseñaron en la escuela que este hombre era nuestro héroe y que el “Descubrimiento” fue la oportunidad para estrechar las manos de dos culturas.  Pero luego la historia me ayudó a comprender que en realidad todo esto fue un vil saqueo y exterminio de nuestros ancestros.
Pero en este mundo de injusticia, tal parece que quien se sienta en el banquillo de los acusados no siempre son a los verdaderos culpables porque ellos tienen el poder para salir librados, al menos de la justicia humana, pero no así de la divina.


Me preocupa que nos quedamos con una primera imagen, las que nos han sembrado por generaciones y terminemos creyendo que muchos de todos estos conflictos bélicos los vemos como “invasiones santas de buena voluntad”, pero ¿Qué tiene de bueno una invasión cuando lo que se busca es saquear sus recursos e imponer otro régimen?


Hoy  en el norte las personas hacen festejo por la muerte de un hombre  y los niños y las niñas lo ven y participan.  En los países orientales se queman banderas de los Estados Unidos y se lanzan consignas de muerte y venganza contra los norteamericanos y los niños y las niñas lo ven y participan. 

Ambos son modelos que no se deberían imitar, pues solamente ayuda a perpetrar la ira, la violencia, el odio y la venganza y tarde o temprano los niños y las niñas, terminará reproduciéndolo generación tras generación lo que vieron y aprendieron.  Llegará el momento en que los seres humanos dejaremos de ser tolerantes e incrementaremos el odio por el simple hecho de no hablar el mismo idioma, no pertenecer la misma cultura,  no tener el mismo color de piel, religión o convicción particular.  


En ninguna medida ante los ojos de Dios la muerte de un hombre, a pesar de su condición o acciones perversas, es motivo de celebración.  Deberíamos tomarlo con pesar y misericordia, pues su destino final está en manos del Juez de jueces, quien actuará con mano dura y no pasará por alto sus maldades.  
De nuestra parte la tarea que nos demandan las escrituras es amar sin distinción, así sea nuestro enemigo.  Ya Jesús nos advertía de  guardar nuestro corazón ante la alta demanda de iniquidad en la tierra: “Y habrá tanta maldad, que la mayoría dejará de tener amor hacia los demás” (Mateo 24:11 DHH).  
Martin Luther King, premio nobel de la paz, también nos recordaba el peligro de albergar odio en nuestros vidas: Nada que un hombre haga lo envilece más que el permitirse caer tan bajo como para odiar a alguien”.  La violencia engendra más violencia, pero el amor engendra amor. Mostremos a nuestra niñez la importancia de amor al prójimo sobre todas las cosas y rompamos esos paradigmas de violencia para ofrecerles un mundo mejor.


Sobre el autor:
Alexander Cabezas es de Costa Rica.  Profesor del Seminario ESEPA, Coordinador de Relaciones  Eclesiásticas de Viva y miembro del equipo coordinador del núcleo de la FTL en Costa Rica.
 
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