La resurrección de Cristo y la misión de la Iglesia Hoy | Por Víctor Rey

“Todo lo que necesitamos saber de Dios se encuentra en Jesús. Todo lo que necesitamos saber como vivir la vida se encuentra en Jesús.”

INTRODUCCIÓN

La resurrección de Jesús es un regalo y una tarea del día a día para el cristiano. La resurrección que se dio y recordamos hoy, ella se puede prefigurar en el aquí y el ahora. Para muchos cristianos eso no es evidente, y en cambio, creen que habría que esperar, apretando los dientes, el premio contundente, como si esta vida fuese un valle de lágrimas o como dicen algunos, un infierno. Eso contrasta con la visión cristiana, donde la promesa de la resurrección es promesa de plenitud en esta vida. Es la inauguración de una nueva dimensión de la existencia humana. La resurrección se inaugura en esta vida. Cristo, el Resucitado, es una presencia, don y tarea y solo hay presencia cuando hay dos, porque ahí hay diálogo de amor. Es estar con el otro, frente al rostro del otro. Al llevarlo a lo cotidiano, esto podría entenderse como estar frente al dolor del otro con un rostro concreto. Eso contrasta con la tendencia actual de eficacia, la que nos impide dar cabida y acoger.

CONTEXTO CONTEMPORÁNEO

El siglo pasado, se ha caracterizó por ser un tiempo de grandes cambios: Dos guerras mundiales, revolución en la tecnología, revoluciones sociales y políticas. Cambios en las costumbres, cultura y aún en la misma religión. Hoy vivimos en un nuevo siglo con nuevas inquietudes e interrogantes.

Todo esto nos plantea nuevos desafíos, ante las nuevas necesidades y los nuevos problemas que han surgido y las nuevas interrogantes. Ante estas nuevas preguntas la misma iglesia, los ministros, y el cristiano en general tienden a vacilar acerca de la misión o tarea que deben desempeñar hoy.

¿Cuál es la tarea que debe desempeñar un discípulo de Jesucristo y su Iglesia en un mundo tan cambiante y tan desesperanzado como el actual?

Dios y la radicalidad de lo Otro | Por Nicolás Panotto

Inmanencia y trascendencia. Dos polos de una discusión teológica in eternum. En las últimas décadas diversas voces han denunciado esta comprensión trascendentalizada de lo divino, lo cual no implicaba más que una autorepresentación legitimante de diversas formas, moralinas y estructuras en una esfera suprahistórica incuestionable. De esta manera, distintas teologías, ideologías y eclesiologías encontraron un resguardo en la misma deshistorización de lo divino (por ende, de sus mismas propuestas).


La respuesta natural a esta situación fue reconocer la impronta histórica y cultural que posee cualquier práctica religiosa y discurso teológico, tomando la historia, sus formas y sus prácticas como el único e inevitable escenario escogido por Dios para su revelación. Esto no solo llevó al cuestionamiento de determinadas estructuras y sistemas que pretendían apoderarse de la imago Dei sino también a reconocer la manifestación de lo divino a través de proyectos históricos concretos.


Pero esta respuesta también posee sus limitaciones ya que del absolutismo de lo trascendente y universal se cayó en la clausura de los contenidos de los proyectos históricos. El hecho innegable de que Dios se manifiesta a través de la historia, de proyectos y de discursos concretos, no indica que ellos reflejen en sí mismos la totalidad de lo divino. Dios se muestra en la historia pero permanece como Otro.
 
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