América Latina canta | Por Leonardo Álvarez

Uno de los relatos del antiguo testamento que siempre me ha producido cierta inquietud y admiración es aquel que cuenta la relación entre e rey Saul y David. La gloria de Saúl venía en decadencia mientras David tenía la aprobación de Dios y prosperaba en todo lo que hacía. La historia cuenta que el corazón de Saúl comenzó a contaminarse de envidias y odio hacia el joven David y era atormentado por un espíritu. Alguien de la corte pensó que la música podría aliviar el tormento del rey y trajeron a David para que tocara su arpa. Podemos imaginarnos la dulzura de aquel instrumento tocado por un corazón educado en la soledad del desierto. David sabía de admiración porque había aprendido a maravillarse de Dios mientras cuidaba las ovejas de su padre. Su música provenía de la contemplación del misterio de Dios, de una fe candorosa y tierna, de una sensibilidad única cultivada en la sencillez de la fe de un niño. ¿Qué hace un joven tan especial tocando el arpa en la corte del rey?

Al principio la bella música calmaba la lucha interior del rey, pero como dice Shakespeare:
“Un hombre que no tiene nada de música en el alma, ni armonía de sonidos dulces, es idóneo para traiciones, estratagemas y robos.”
Finalmente David tuvo que huir de Saúl cuando este trató de matarlo con su lanza. En este sentido me pregunto si esta historia no pudiera relacionarse con la realidad de nuestra querida América Latina, donde en muchos lugares ya no tienen corazón para el canto y la música porque han sido educados en la desesperanza, la opresión o la violencia. Siempre hay excepciones por supuesto. He oído acerca de la alegría de los colombianos que son capaces de cantar y bailar a pesar de la violencia a la que han estado expuestos.
Hace poco tuve la hermosa experiencia de cantar a un grupo de personas en mi país en la celebración de día del trabajador, donde la mayoría de la personas no pertenecían a una iglesia y ellos nos agradecían de muchas maneras porque la música había llegado a sus corazones. Siempre me pregunto ¿qué es lo que hace que una canción tenga un efecto especial en la vida de las personas? Trataré de abordar esta pregunta en esta reflexión.

A esta altura ya surgen al menos tres aspectos de la música que me gustaría meditar y que considero deben estar presentes en el cultivo de un movimiento musical y litúrgico que podría marcar una gran diferencia en el servicio del Reino de Dios en nuestro querido contexto latinoamericano.

I. Cantando desde la vida.

No cabe duda que los cristianos siempre deberíamos abordar todo quehacer humano desde la vida, y más aún desde quien es la vida, Jesucristo. No es difícil distinguir la diferencia, la vida se da a conocer donde está presente. La vida nos sorprende, nos cautiva, nos genera cambio y crecimiento. Nos deja absortos ante el misterio de la gracia de Dios. Por otro lado la ausencia de vida nos deja vacíos y en la incertidumbre. ¡Que tristeza! ¡Cuánta de mucha de nuestras actividades tienen ausencia de vida! Quizá porque son solo elaboradas en el laboratorio de la técnica, pero carecen de la chispa que hace que toda acción esté llena de música y armonía.

¿Cómo se cultiva la vida? O dicho de otra manera ¿cómo podremos cultivar una espiritualidad genuina donde la vida rebosa? Haríamos bien en buscar pistas en ese famoso cantor llamado David, de quien se nos ha dicho tan lindas cosas. Parece que había algo en la personalidad de David que cautivaba a los que lo rodeaban. Quizá no sería difícil encontrar errores en su vida, sin embargo, Dios habla de él como un hombre conforme a su corazón. Parece haber algo en la espiritualidad de David que Dios quiere que imitemos. Me atrevo a pensar que tiene que ver con la pasión que este salmista derrochaba por Dios. Se dice que cuando el quería reverenciar a Dios lo hacía con pasión y hasta locura para algunos y que cuando se equivocaba también su corazón de derramaba como río ante su Dios. Por sus cantos podemos conocer algo más de su carácter. Por ejemplo, de su sinceridad para acercarse a Dios, su transparencia en su relación. Sabemos que su espiritualidad estuvo muy relacionada con su capacidad de maravillarse y contemplar los misterios de Dios. Probablemente la vida apacible de pastor lo preparó para ello. Quien no tiene tiempo para detenerse a contemplar la maravilla de los grandes misterios de Dios finalmente solo terminará cantando de lo poco que conoce ¿Por qué pongo tanto énfasis en el “misterio” de la vida? Sé que algunos les incomoda hablar de misterio cuando hemos hablado tanto tiempo de revelación, de un Dios que se ha dado a conocer a nosotros por medio de Jesucristo, pero, nuestro acercamiento a un Dios tan inmensamente grande y maravilloso, ¿Acaso no ha sido solo un acercamiento hacia la maravilla de su Gracia? Hemos sido aceptados por la gratuidad de su amor, pero, ¿alguien podría explicarme cómo es posible que eso ocurra? ¿No está lleno de misterio su perdón y su gracia? Y es precisamente ese misterio lo que nos hace cantar “Oh Gracia Admirable” o “Mi corazón se llena de emoción, cuan Grande es él”. Parece que siglos de especulación teológica nos ha vuelto hacia la arrogancia, la prepotencia religiosa y a la vanidad del conocimiento de Dios y, ¿no debería el conocimiento de Dios volvernos más humildes y enseñarnos a maravillarnos de esos misterios eternos?. En este punto nos haría muy bien recordar aquel maravilloso texto de Miqueas:
¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que espera
el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios. (Miqueas 6:8)
¡Que buen resumen de lo que significa espiritualidad y vida! Toda teología, canto o liturgia que no nos lleve a la justicia, la misericordia y la humildad no tiene valor alguno para el Reino de Dios. Será bueno que recordemos que la humildad no puede provenir de un mero esfuerzo humano, si así fuera estaríamos llenos de gente arrogante que se imaginan que se han graduado en la humildad. No, parece que la humildad solo es posible para aquellos que han pasado suficiente tiempo absorto contemplando la inmensidad de la grandeza y del misterio de Dios. Es que esas personas se sienten tan pequeñas ante lo eterno que consideran que lo único a lo que puede aspirar es a deleitarse en su presencia y poner todo lo que son y lo que tienen al servicio de la Justicia y la Misericordia.

II. Cantando comunicamos

Otra de las preguntas que ronda en nuestras conversaciones sobre una música que refleje los valores del Reino de Dios, tiene que ver con los contenidos. Algunos piensan que se debe privilegiar la letra de las canciones por sobre la música. Para otros lo estético tiene un valor especial y se centran en eso, apelando a las emociones en la elección de sus melodías y armonías. Al parecer otra vez tenemos que lidiar con otra de tantas dicotomías de nuestra época, como si una cosa excluyera la otra. Por otro lado, me parece que el enfoque del contenido no debería estar puesto principalmente en la formas, sino en el fondo del mensaje, es decir, ¿qué es lo que consideramos como parte del contenido? O ¿qué es lo que comunica? A lo cual respondemos que TODO. Todo lo que hacemos comunica y por tanto nuestro más grande mensaje somos nosotros mismos. Si algo hemos aprendido de Jesús el Maestro es que la autoridad de su enseñanza radicaba en lo que él era, y lo que el hacía. Se nos dice de Juan el Bautista que el poder de su mensaje radicaba también en lo que vestía y comía para vivir. Su forma de vida era el mensaje. Un mensaje que erizaba los corazones de la opulencia y el consumismo injusto de la época. Cuando trasladamos esto al campo de la música me parece que es lo mismo. La pregunta que debemos hacernos es ¿cuánto de lo que cantamos tiene relación con la justicia, la misericordia y la humildad? Y no estoy hablando de las letras de las canciones, sino a la forma en que vivimos. De algún modo, la gente logra percibir desde donde estamos cantando. Es una especie de lenguaje del corazón. Quienes nos escuche sabrán discernir esta realidad y algunos serán pastoreados por las canciones, otros serán alegrados, otros querrán bailar del gozo que los inunda y no importa cual sea la manifestación, lo cierto es que algunos oyentes son muy visuales, otros manifiestan una sensibilidad especial por lo auditivo y otros han aprendido a comunicarse kinestésicamente a través de los movimientos y la expresión física. Todo esto puede ser pertinente a nuestra expresión musical tanto para ejecutantes como receptores y lo más relevante será siempre el fondo de la vida que nos rodea.

III. Cantando en comunidad

La perspectiva comunitaria en la música y en la liturgia en general es definitivamente un rasgo inevitable en la perspectiva bíblica de la fe. El énfasis comunitario no solo debe reflejarse necesariamente en los contenidos de las letras, sino también en todo lo demás como por ejemplo: enseñar a la comunidad a escribir sus propias canciones como un ejercicio pastoral muy intencional. De hecho debería surgir como producto de la reflexión teológica de la comunidad como reacción a su espiritualidad comunitaria y de las necesidades de su entorno y aun de las expresiones propias de agradecimiento por la Gracia de Dios. Debo reconocer que en este sentido estamos muy en pañales en las iglesias de América Latina. De hecho se podría hablar de una especie de globalización de la música. Puedes ir a distintos lugares y podrás encontrar las mismas canciones.

Definitivamente necesitamos educar en este sentido y aquí se nos presenta un tremendo desafío para la Misión Integral en América Latina, que a mi parecer tiene alcances insospechados para la enseñar teología cantada. Partiendo por capacitar a nuestros miembros a cantar lo que creen. No se necesitan tener músicos profesionales en cada iglesia para que esto ocurra. La música es algo que todos llevamos dentro de algún modo y que debemos dejarla salir de la forma única en que cada uno de nosotros puede expresarla.

Conclusión

No cabe duda que dentro del contexto eclesial latinoamericano la música está comenzando a tener un lugar especial. Que ya no se le está mirando como una simple entretención o como una forma de llenar espacios. Estamos hablando al respecto y estamos siendo críticos en cuanto a la forma en que se está usando. Este quizá pueda ser un aporte más para seguir abriendo la discusión de cómo abordar la integralidad en el ámbito de la música. Comencé esta reflexión preguntando ¿qué es lo que hace que una canción tenga un efecto en las personas? La presencia de la vida, la integralidad del contenido y un profundo sentido de comunidad pueden ser los elementos que nos ayuden a llegar a una América que tanta falta le hace cantar en medio de la crisis, no solo como una forma de articular la esperanza sino también para inspirar nuevos pasos de acción de transformación de la comunidad. ¡Que América Latina Cante!

Sobre el autor:
Leonardo Alvarez,"El Salmista Chileno", es músico de Temuco, Chile y miembro de la Red Del Camino para la Misión Integral y de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Su música está inspirada en la Misión Integral y El Reino de Dios
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Sitio web de Leonardo: La Música al Servicio de la Vida
 
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