Mensaje Dominical | Domingo 16 de Enero de 2011

Dibujo de Cerezo Barredo
Is 49,3.5-6: Israel, tú eres mi siervo
Salmo responsorial 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
1Co 1,1-3: Llamados a la santidad
Jn 1,29-34: Jesús, el Cordero de Dios

El segundo libro de Isaías nos muestra todos los conflictos de identidad que vivió la comunidad de Israel durante el exilio y al regreso a Jerusalén. En el seno de la comunidad se vivían distintos estilos de vida que marcarían definitivamente el derrotero histórico del pueblo de Dios. Todos se sentían «llamados», «elegidos», y hacían de la conciencia de su vocación el eje de su existencia y del proyecto del pueblo de Dios. Pero detrás de estas motivaciones vocacionales se escondían dos maneras completamente distintas y antagónicas de vivir el llamado de Dios. Unos se inclinaban por el universalismo, la tolerancia y la capacidad de diálogo con todos los miembros del pueblo de Dios y con todas las naciones; otros, en cambio, optaban por el exclusivismo, el nacionalismo y la búsqueda de cierta «pureza» que los distinguiera del resto del mundo.

El pueblo de Israel se transformó completamente durante el exilio en Babilonia. El sufrimiento aumentó en muchos los sentimientos de esperanza y el deseo de superar las contradicciones que condujeron a la ruina de la nación. Otros, en cambio, querían hacer de Israel una comunidad separada del resto del mundo, un pequeño grupo donde no tendrían cabida ni pecadores, ni enfermos ni extranjeros. Nació así el conflicto de la interpretación de la «elección» por parte de Dios. Para el primer grupo, la elección era una oportunidad para abrir la experiencia de Israel a todo el mundo, sin hacer distinciones, sin excluir a nadie. Para el segundo grupo, en cambio, la elección era una oportunidad para constituirse en una casta, en una clase superior. Estas dos tendencias que comenzaron en el exilio, continuaron hasta la época del Nuevo Testamento.
Jesús hizo una ruptura con esa mentalidad exclusivista de ciertos sectores del mundo judío. Él hizo realidad los ideales universalistas de los profetas. Creó una comunidad en la que estaban representados todos los sectores sociales de su tiempo (campesinos, obreros, cobradores de impuestos, mujeres, pobres, enfermos, endemoniados, etc.) y que estaba destinada a convertirse en luz del mundo. Jesús restaura la armonía original del pueblo de Dios al congregar un grupo humano que vive los valores de la misericordia, el perdón y la solidaridad. Su grupo no es mejor que los otros porque sea más «puro» ritualmente, o porque se santifique mediante constantes procesiones al templo de Jerusalén. El grupo de Jesús es sólo la realización de los ideales del pueblo de Dios que se quedaron en el tintero luego de que algunos sectores del pueblo judío impusieran una ideología y una legislación que cerraron todo acceso al «resto de Israel».

En el evangelio, el bautismo de Jesús es su presentación a todo el pueblo de Israel y quiere manifestar su elección por parte de Dios. El bautismo de Jesús quiere simbolizar el carácter universal de su misión, por eso es señalado como «cordero de Dios». Ese título designa la acción de Jesús en su lucha contra el pecado, en su compromiso transformador del viejo orden del mundo. Jesús es la persona justa que lucha contra el mal, incrustado incluso en las estructuras de poder. Su elección no es una prebenda personal o una dignidad que él ostente ante el Sanedrín, sino un don para toda la humanidad que se encuentra abatida.

El testimonio del Bautista insiste en que a Jesús se le reconoce por la acción del Espíritu. Juan Bautista manifiesta que “no conoce” a Jesús sino por la manifestación de Dios en Él. Y esto es lo que hace posteriormente la comunidad cristiana, reconoce a Jesús como Hijo de Dios por la acción del Espíritu dentro del grupo de sus seguidores. Así, la elección y el llamado de Jesús aparecen en el evangelio de Juan como una experiencia de Dios que Jesús vivió en compañía de sus discípulos.

Pablo insiste en todas sus cartas en el carácter universal de su actividad misionera. El llamado a ser apóstol no se consume en la dedicación al pequeño grupo. La iglesia de la ciudad de Corinto afronta graves dificultades por causa de los sectarismos internos. Es una iglesia que abandona su vocación universal y se lanza por los oscuros senderos del partidismo religioso. Por esta razón, Pablo les escribe y, desde el saludo, les hace un llamado a vivir la vocación cristiana de manera íntegra y creativa, en consonancia con el Espíritu de Jesús.

Pablo invita a la comunidad a vivir la «santidad», la elección, el llamado, pero abandonando los viejos esquemas del favoritismo, la falsa religiosidad y el oportunismo. La santidad no consiste para Pablo -como lo explica más adelante en la misma carta- en una búsqueda egoísta de la perfección individual. La santidad tampoco es una práctica devocional que consista en frecuentar lugares, personas o cosas consideradas sagradas. La santidad es adquirir la «sabiduría de la cruz» por medio del contacto directo con el sufrimiento de Cristo en la historia. Las personas justas siguen siendo víctimas de la violencia y el pecado. La tarea del cristiano es compartir la experiencia de las personas que lo han dado todo por la causa de la justicia. 

Hoy día, en tiempos de pluralismo religioso, el tema de la «elección» necesita sus matizaciones. Una cosa es la elección del Siervo de Yavé entrevista por Isaías, y la de Jesús, meditada por Juan, y otra cosa es la elección del cristianismo, y la nuestra personal, si es que se trata de algo más que de una forma de expresar la «relación positiva» de Dios para con nosotros. Dios nos «elige», a todos y cada uno, en el sentido de que nos llama, nos invita, está abierto hacia nosotros. De ahí, pasar a pensar que Dios me elige a mi frente a los otros, que me hace a mí el elegido... va un abismo. Es harina de otro costal, otro tema sustancialmente distinto: una extrapolación atrevida, aunque haya sido tan frecuente y hasta tan manida. 

Lo mismo vale respecto a la elección del colectivo, de la Iglesia, del cristianismo: nosotros seríamos «la» religión verdadera, la querida de Dios, la única traída al mundo por Dios... Las otras serían las religiones naturales, búsquedas e inventos humanos, seres humanos buscando a Dios (la nuestra sería la búsqueda misma de Dios hacia los seres humanos)... Más del noventa por ciento de la historia del cristianismo ha transcurrido en este «error de perspectiva». No ha sido una revelación, ni una mala voluntad de nadie, sino un fruto de los tiempos, un error de cálculo en el que han caído también muchas otras religiones, la mayoría de ellas. Torres Queiruga propone con toda seriedad «abandonar el concepto de elección» (cf J. GOMIS (coord.), El Concilio Vaticano III, Desclée, Bilbao 2001). Al hablar hoy de todos estos temas, es pues más prudente y pastoral hacerlo con mesura y sin repetir tópicos tan manidos como cuestionables. Mejor centrar el concepto en el llamado a la santidad (cf Vaticano II, capítulo sobre la universal llamada a la santidad, en la Lumen Gentium). 

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 7 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí
Puede ser escuchado aquí
 
Para la revisión de vida
 
- “Ser pre-cursor de Jesús” hoy no puede entenderse sino como precursor del Reino, de la Utopía de Jesús. Jesús no necesita que alguien vaya delante anunciándole a él, porque él mismo nunca se anunció a sí mismo. Él vino para hacernos mirar hacia el Reino, no hacia él (lo cual han olvidado muchos y muchas, que se quedan mirándole a los ojos, o al dedo con el que él nos indica el lugar donde debemos mirar: al Reino. Tal vez por eso Juan Bautista, aunque nosotros lo llamemos “el precursor”, él era sobre todo un profeta de la justicia... Seamos “precursores de Jesús”, o sea, de su Causa.

Para la reunión de grupo

- Puede ser una ocasión buena para recordar esa categoría bíblica, “pecado del mundo”. Cuando fue bajada de esfera abstracta bíblica a la arena concreta de la realidad “del mundo”, fue traducida entonces como “pecado estructural”, tuvo que afrontar mucha oposición. Hoy pertenece pacíficamente –al menos en teoría- al acervo común teológico (véase la Sollicitudo Rei Socialis 36-37…). 

- Torres Queiruga propone abandonar el concepto de «elección». Leer su propuesta (cf supra) y comentarla. ¿Podemos pensar que los cristianos somos el pueblo elegido (o los judíos, o los musulmanes, o los egipcios...). ¿Por qué? Dar razones teológicas, bíblicas (si se encuentran), filosóficas (de razón o del sentido común) o de otro tipo (antropológico-culturales, por ejemplo)...

Para la oración de los fieles

- Para que todos los cristianos asumamos voluntariosamente la tarea de ser anticipadores de la Causa de Jesús, sus precursores, como Juan Bautista, roguemos al Señor.

- Para que lo hagamos con su mismo talante: con exquisito respeto a los derechos de cada persona, sin avasallar, sin imponer, con la actitud invitatoria de quien predica con un ejemplo que atrae y seduce…

- Para que “no nos acomodemos a este mundo” quedando ciegos ante el “pecado del mundo”…

- Para que estemos dispuestos a cargar con ese “pecado del mundo” encargándonos de empujar a la sociedad hacia su superación…

- Para que no confundamos nuestro deseo de ser testigos de Jesús con las actitudes de arrogancia, de dominio, de quien se cree poseedor único de la verdad…

- Para que pidamos perdón generosamente por los pecados que hemos cometido “los hijos de la Iglesia” y la Iglesia como tal, que somos todos…

Oración comunitaria

Dios Padre y Madre universal, que eres la “luz que ilumina a todo hombre y a toda mujer que viene a este mundo”; te pedimos hagas de nosotros “facilitadores” dispuestos a trasparentar esa luz y a remover la oscuridad que se aloja en “el pecado del mundo”; que con Jesús, también nosotros, como “precursores” suyos hoy, estemos dispuestos a cargar con el pecado del mundo y a posibilitar su superación según tu Proyecto. Nosotros te lo pedimos con los ojos puestos en el “Cordero que quita el pecado del mundo”, Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
 
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