Habitar en familia | Por Samuel Escobar

Fue en 1957 que conocí en Lima a Alfredo, aquel amigo andaluz que había emigrado al Perú, en busca de trabajo y nueva vida. Los primeros meses fueron un tiempo de soledad para adaptarse, buscar trabajo y empezar a desenvolverse. En esa época cantaba en Lima un conjunto musical español llamado “Los churumbeles de España”, con su cantante Juan Legido. Una de sus canciones favoritas que hacía saltar las lágrimas en los ojos de Alfredo decía:
“Solo, / yo voy solo entre la gente / que me mira indiferente / sin sentir curiosidad
Solo, / como un perro callejero, / como un barco sin velero, / solo con mi soledad.”
Samuel y Lily Escobar con unos amigos misioneros, 1957
La soledad hace cantar y llorar a la gente, inspira tanto poesía culta como música popular. Hay, por ejemplo, una “vidala” del norte argentino que se canta como un pregón o lamento en tonos menores y que comunica poderosamente esa sensación de soledad en la cual nuestra sombra es la única compañera:
“A veces sigo a mi sombra, / a veces viene detrás,
Pobrecita, si me muero, / ¿con quién va a andar?
Así también ese famoso lamento mexicano, la “Canción Mixteca” que muchos latinoamericanos de mi generación cantábamos en nuestra juventud, y que puede emocionar profundamente a una emigrante o un refugiado. Aquí a la soledad se une la nostalgia por el terruño lejano:
“¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido!
E inmensa nostalgia invade mi pensamiento
Y al verme tan solo y triste cual hoja al viento
Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.”
A más de un español le he oído tararear o cantar esa famosa milonga del cantautor argentino Atahualpa Yupanqui en la cual se puede ver como el silencio aumenta la sensación de soledad y ese arriero que va guiando su carreta por el camino dice:
“Porque no engraso los ejes,/ me llaman abandonau
Si a mi me gusta que suenen,/pa que los quiero engrasaus
No necesito silencio/ ya no tengo en quién pensar
Tenía pero hace tiempo/ ahora ya no tengo más:
Los ejes de mi carreta/ nunca los voy a engrasar” 
Es que como bien dice la Biblia el ser humano no fue hecho para la soledad. En Génesis 2:18 se afirma que al crear al hombre Dios dijo “no es bueno que el hombre esté solo” y por eso creó a la mujer. De manera que la plena humanidad se vive en compañía. La propia divinidad es comunidad de Padre, Hijo, y Espíritu Santo. El ser humano no puede ser menos, está hecho para vivir en comunidad, empezando por la comunidad de esposa y esposo.

En el libro de los Salmos, en el cual se refleja toda la vastedad y complejidad de las experiencias humanas  y la forma en que Dios responde a ellas nos encontramos con declaraciones  conmovedoras como éstas:
“Padre de huérfanos y defensor de viudas
Es Dios en su santa morada.
Dios hace habitar en familia a los desamparados…” (Salmo 68: 5-6)
¿Cómo hace esto Dios aquí y ahora, camino de la Navidad del año 2010? Por medio de su iglesia, que es la familia de Dios en la cual encontramos compañía, hermandad, solidaridad. Para eso vino Cristo, para eso su Espíritu forma la iglesia, para que no haya solitarios que sufren su soledad.  Quiera el Señor que en el culto en la iglesia experimentes ese “habitar en familia” del que escribía el salmista. Procura tú mismo ser la familia de algún solitario o solitaria hoy.

Sobre el autor:
Samuel escobar es un "peruano universal" radicado en Valencia, España. Catedrático emérito de Misiología de "Palmer Baptist Theological Seminary" en Philadelphia, USA y profesor del Seminario Teológico de la UEBE en Madrid.  La Asociación Cultural Jorge Borrow, le ha otorgado recientemente el premio  de difusión bíblica 2011.

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