A esa niña que quiere ser grande | Por Alexander Cabezas

Imagen: Pixabay
La metáfora de la Iglesia como “niña”, nos hace recordar la responsabilidad de velar por un sano crecimiento integral y no repetir la historia que vivió las iglesias orientales y europeas, quienes producto de su expansión se volvieron estructuras poderosas que han perdido su pertinencia en medio de la sociedad actual

Decir que la iglesia evangélica en América Latina tiene cerca de 160 años; es un motivo para afirmar que aún camina por ¡la niñez de su vida!

“Esta niña” que a pesar de haber soportado embates, murmuraciones, críticas, traiciones y hasta lágrimas de sangre; si ha sabido conservar su esperanza, pureza e inocente; se debe a no haber olvidado que nació de las entrañas de Cristo, que por sus venas corre el sabor divino-humano, gracias a aquel Dios- hombre, quien la tomó, la amó y la compró con precio de sangre.

Sin embargo, por momentos “esta niña” quiere sentirse grandecita porqué sabe que puede ser más admirada, más deseada y más poderosa. Y no es que sea malo extenderse ¿Acaso no es el proceso natural de todos aquellos aspiran grandes cosas?

El peligro de crecer rápido y sin medida, es perder el encanto, olvidar las raíces, perder la inocencia, sentirse arrogante y autosuficiente. Pretender que con su fuerza puede aplastar y subyugar a todos aquellos que no son, o se parecen a ella.

Eso mismo les paso a “otras”, quienes florecieron antes que nosotros. Crecieron tímidamente en medio del dolor y el esfuerzo; se hicieron grandes probando el poder, quizás en exceso. Y ¿cuál fue el costo? Tristemente envejecieron, perdiendo su espíritu de niñez y con el tiempo se han ido marchitando.

Sí, actualmente son concurridas, pero por cientos de turistas con cámara en mano, quienes tratan de captar los galardones que hablan de sus glorias pasadas.

Hoy día mayormente su grandeza está en las edificaciones que muestran estructuras imponentes y que se extienden hacia el cielo, pero que son incapaces de tocar a los peregrinos extraviados anhelantes de beber de algún manantial que les conceda descanso para sus almas.

A esta “niña” le recuerdo que si aspira a ser grande deberá recordar que el corazón del evangelio, traduce grandeza en: servicio y asombro.

Servicio, pues es así como cumple su propósito y se asemeja más a Cristo. Es por medio del servicio que aprende a amar a Dios y lo que él ama hasta sus consecuencias finales (Mateo 20:28).

Y digo asombro, pues es recobrar la admiración presente en aquellos pequeños detalles sencillos, pero capaces de capturar las grandezas incontenibles en Dios. Allí tenemos a Jesús quien lo ilustra ante aquellos hombres exaltados al momento siguiente de haber probado el poder celestial, dijeron: “Señor, aún los demonios se nos sujetan en tu nombre…” Pero estaban olvidando cuál era la verdad revelada; la joya celestial. Porque, sólo aquel que tiene el corazón de niño puede cambiarlo todo, dejarlo todo, por correr a los brazos de su Padre que le conoce por su nombre (Lucas 10:20). ¿Acaso existirá algo más grande que nuestro nombre pronunciado por el Padre?

Por tanto, Dios ha puesto en las manos de cada creyente ya sea, niño, niña, adolescentes y adulto, la tarea de velar por su amada: la Iglesia. Así que proclamémosla a los cuatro vientos y amémosla pero, cuidémosla para que en verdad crezca bella y saludable y así podremos presentarla como hermosa novia ataviada a su amado Señor.

Sobre el autor:

Alexander Cabezas Mora es costarricense, Profesor de varios seminarios teológicos y miembro del núcleo continental de la FTL. Tiene un bachillerato en Educación Cristiana, una licenciatura y una maestría en Teología.


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