Urgidos de transparencia | Por Abel García


Wikileaks es el tema de moda, qué duda cabe. El gallinero está revuelto porque los gringos han estado husmeando por todas partes (en realidad, eso ya lo sabíamos, pero una cosa es suponerlo y otra –muy diferente- es confirmarlo con hechos) y nos estamos enterando de cosas de todo calibre. Que las pastillas que toma Cristina, que la frontera sur de México es una coladera, que tal canciller es un incompetente, que aquel primer ministro tiene un negociado con tal producto… nada que no se discutiese en los pasillos de edificios oficiales de todo el mundo. Nada nuevo, en realidad. Pero igual, Estados Unidos nos está mostrando una cara que los deja en condiciones miserables, disminuidas inclusive hasta ante sus aliados. Han perdido la confianza.

Recuerdo que una vez nos pusieron en una disyuntiva durante un ejercicio ficticio en la iglesia: imagina que existiese una cámara que sin que nos diéramos cuenta grabó cada paso de nuestra vida, desde el nacimiento ante hoy. ¿Te sentirías orgulloso si ese video se muestra? ¿Qué tan cómodo te sentirías si todos pudieran ver el contenido de esa filmación? Sin excepción, todos comentamos que preferiríamos que eso se mantenga como está; esto es, en el profundo secreto. Realmente es un escenario que no quiero ni imaginármelo. O sea, todos sabemos que fallamos y que tenemos nuestros asuntillos, “nadie es perfecto” decimos con frecuencia, pero estamos tranquilos con las suposiciones, no con las confirmaciones. La pesadilla de la difusión le ha sucedido al gobierno norteamericano. Cada día vemos más secuelas del escándalo, agravándose con la evidente persecución al causante de la filtración.
El wikileak personal es, por supuesto, utópico (aunque no lo es para los creyentes de ciertas interpretaciones del juicio final, que explican la exposición pública de los pecados de los condenados). No lo es desde el punto de vista institucional: Wikileaks es una muestra. Los cristianos somos insistentes en el cambio de vida, en la metanoia, el cambio de actitud hacia el pecado que nos hace ser mejores. Somos hijos de Dios y ciudadanos de los cielos. Todo esto tiene una profunda carga ética de tipo personal, que lleva a actos concretos. No tomes, no fumes, no des coimas a los policías, no seas infiel. “No manejes, ni gustes ni aún toques” (Colosenses 2:22). Estas exigencias han transformado existencias y restaurado infinidad de relaciones. En la práctica, son un activo de las iglesias, que así llevan a una persona de la miseria personal al orden de la vida. La pregunta que me hago es si estas exigencias también se solicitan a la hora de desarrollar organizaciones de corte cristiano. ¿Existe la resolución que suele manifestar el convertido a la fe? ¿Las iglesias, concilios, denominaciones, confesiones, se manejan bajo principios similares a los exigidos de manera personal? Me da la impresión que la respuesta es no en un alarmante porcentaje.

El secretismo, los lobbys a escala pequeña y grande, la sucia política, los conflictos de intereses, el caudillismo, la envidia, la explotación de la gente, el abuso de poder, la puñalada por la espalda, la maquinación y la manipulación descarada se manifiestan en los entornos organizacionales eclesiales. Por supuesto, lo que se hace en Las Vegas, se queda en Las Vegas; quiero decir que los dimes y diretes no salen del entorno organizacional. El gremio clerical se protege celosamente, no filtrando la información. Por ello, con mucha frecuencia los laicos que entran en ese entorno y sobreestiman al clero, creyendo en su casi-santidad, se decepcionan al darse cuenta que las organizaciones son tan igual dentro de la iglesia que fuera de ella. Los comportamientos son los mismos. La ética personal exigida a nivel personal no aplica a la organización, que para colmo de males suele ser divinizada porque el mismo Cristo la instauró.

Es demasiado triste esto. Se entiende la politiquería a nivel de gobierno, pero es inaceptable en instituciones que están –se supone- para ayudar a la gente a acercarse a Dios. Urge una transformación radical que, a mi entender, debe comenzar desde la transparencia: todo debe ser conocido y abierto a todos. Los wikileaks institucionales de Assange son buenos porque ayudará a los gobiernos a hacer lo que realmente deben: servir a la gente, eliminando incentivos perversos que surgen desde la asimetría de la información. ¿Se imaginan una dosis de transparencia en las instituciones eclesiales? ¿Pueden imaginar que el clero se abra completamente al laicado a todo nivel? A demasiados esta idea les da arcadas, pero es un paso necesario si la iglesia pretende ser imagen de Cristo. Es perentorio que sea eso, imagen, pero en serio. Si no, la extinción nos espera.


Sobre el autor:
Abel García García, es peruano. Estudió Ingeniería Económica en la UNI y Misiología en el Centro Evangélico de Misiología Andino-Amazónica.
Es editor de la Revista Integralidad del CEMAA.
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