Jesucristo, el canto de las otredades | Por Leonardo Alvarez


El título del presente artículo está inspirado en un diálogo con un amigo sociólogo, con quien he tenido importantes conversaciones sobre el ser y quehacer de nuestro país. La otredad representa en un contexto socio – cultural, a todos aquellos grupos que se encuentran al margen, desvinculados de los poderes de turno y en una condición de subordinación. Se refiere a los sin voz, a aquellos que no encajan dentro de los temas mediáticos a los que no son validados por sus diferencias educacionales, económicas, morales, entre muchas otras.

La otredad surge siempre en constante tensión con el poder, por lo que mientras existan grupos dominantes, llevando a cuesta una ideología de turno, siempre existirán las otredades tratando de subsistir en la oscuridad y la invisivilización.

En la época en que Jesucristo irrumpe en la historia no fue diferente. Los grupos dominantes estaban estructurados con esa destructiva complicidad de poder político y religiosa que nos ha perseguido hasta nuestros días. Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar Uruguay donde pude conocer algo de su historia y su reconocida laicidad, la cual, me contaban algunos amigos, proviene de ser el primer país en lograr la separación Iglesia- Estado, lo que se remonta al 1918. Chile y el resto de América Latina ha vivido la misma experiencia histórica con sus respectivas características, y hemos sido testigos como, a pesar de ello, la religiosidad sigue ocupando un rol preponderante en mucho del quehacer desde las naciones, no solo en las repercusiones de beneficencia sino también, muchas veces, desde el poder que les confieren los números.
En la Palestina de Jesús, lo político- religioso tenía su centro en la Judea aristocrática, con su centro en Jerusalén. Es desde allí desde donde se ejerce todo tipo de control, no sólo en lo económico sino también en muchos otros aspectos sociológicos, religiosos o morales.

Por otro lado Galilea, desde donde Jesús decide comenzar su servicio misional, era reconocida por su pobreza y desconexión del poder. Algo así como nuestras modernas centralizaciones, en las capitales de nuestra América Latina. Podría decirse que Galilea representaba las otredades por excelencia, donde cohabitan una diversidad de realidades religiosas y étnicas, lo cual se veía multiplicado por las fiestas que de tiempo en tiempo retornaban a judíos dispersos por el mundo a celebrar las actividades litúrgicas.

Algunos de los relatos más emblemáticos de los evangelios, tiene que ver con la caracterización de las otredades desde la mirada de Jesús. El Evangelio según Marcos, por ejemplo, en forma intencionada, en el capítulo 6 y 8 utiliza la misma descripción para referirse a esa “masa” de gente, utilizando el concepto de “multitudes”. Es interesante como en la historia de la humanidad, las otredades se ven siempre representadas por procesos masificados y estadísticos, donde los individuos pierden su identidad y su voz, para ser fácilmente objeto de manipulación de unos pocos. Son, al decir de Ernesto Sábato:
…multitudes de seres humanos (que) pululan por las calles de las grandes ciudades sin que nadie los llame por su nombre, sin saber de qué historia son parte, o hacia dónde se dirigen, el hombre pierde el vínculo delante del cual sucede su existencia. Ya no vive delante de la gente de su pueblo, de sus vecinos, de su Dios, sino angustiosamente perdido entre multitudes cuyos valores no conoce, o cuya historia apenas comparte…(Sábato, E, 2000, p. 52) (1).
No obstante lo anterior, recordemos que en la época de Jesús, el poder estaba confusamente compartido por esquemas imperiales desde Roma, la monarquía local y los poderes religiosos personificados por grupos sectarios partidistas, con diferentes enfoques y dogmas, con nombres como fariseos, saduceos, herodianos, entre otros.

El relato del Evangelio según Marcos, en los dos capítulos mencionados, utiliza la misma idea para retratar el prisma con el que Jesús considera a la multitud. Uno de los relatos señala “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor…” (Mr. 6:34). La referencia a “pastor” indudablemente es una alusión directa a los dirigentes político religiosos de la época. A aquellos que fueron llamados para el cuidado y protección de la gente, y que se habían transformado en opresores de ellos. Las multitudes se habían transformado en objetos transquilables, de quienes los falsos pastores del poder sacaban provecho. Sin embargo, Jesucristo tiene una mirada diferente hacia ellos. Los mira con “compasión”, una palabra limitada por la traducción castellana del original griego, que dice relación con un profundo dolor desde la entrañas. Así siente Jesús frente a las otredades y ¿qué es lo que hace frente esa realidad? Enseña a las multitudes.

La educación siempre se ha considerado como el camino para salir de los modelos opresivos del poder. Por lo mismo, no es de extrañarse que los actuales modelos educativos obedezcan a las ideologías de turno que no tienen otra visión que mantener el sometimiento de la multitud a los modelos pragmáticos materialistas. No cabe duda de que las escuelas modernas son el mejor fermento para una ideología que educa para el consumo, que no es otra cosa que el dios de este siglo, desde donde se nutre toda forma de opresión a las otredades. Ahora bien, frente a semejante realidad ¿cuál fue la propuesta de enseñanza de Jesús?

Un mesías poco mesiánico…

En América Latina han resurgido los mesianismos de todo tipo. Esta búsqueda de nuevos “pastores” modernos por parte de las multitudes es una de tantas repercusiones que nos dejó la modernidad, con su ideología triunfalista, pragmática, cientificista y cartesiana, donde se suponía que la mente podía explicarlo todo. Frente a este notable fracaso de la modernidad, las multitudes se han volcado a la búsqueda de todo tipo de espiritualidades, creando un inmenso mercado de la fe, lo cual a su vez, ha generado toda una suerte de propuestas mesiánicas a todo nivel. Algunas de ellas ya se han transformado en grandes multinacionales que usufructúan de la necesidad de millones de hambrientos, no solo de alimento físico, sino también de significado, de valor, de sentido.

Encontraremos en la actualidad una variedad de discursos mesiánicos, tan grande y variada como lo permite la red globalizada en la que vivimos. Dichos mesianismos tienen en común muchas características que les son propias, las cuales no tenemos tiempo y espacio para describirlas en el presente artículo, sin embargo, hay una de ellas que es pertinente a esta reflexión y tiene que ver con esa propuesta fácil, tipo receta, a la cual los consumidores de la fe deben adscribirse. Se procura situar al cliente frente a una postura de consumo fácil, con el mayor beneficio posible, al menor costo sacrificio. Por otro lado, el peso estratégico de dicha propuesta siempre irá en la dirección de anular el espíritu crítico de la persona y obtener una respuesta rápida al consumo.

En el contexto histórico judío de Jesús, la venida de un Mesías había formado parte fundamental en la religiosidad de Palestina y lo sigue siendo para muchos de ellos en la actualidad. Cuando el Mesías esperado hace su entrada en la historia, la mayoría no logra darse cuenta de ello y nos preguntamos ¿por qué? Probablemente por la misma razón que se ha explicado en el párrafo anterior. Porque la concepción de “Mesías” siempre se ha asociado con alguien que viene a solucionarnos todas las cosas de un plomazo, con una pequeña receta de tres o cuatro pasos. Por eso, la propuesta encarnacional de Jesucristo resultó tan revolucionaria e inaceptable para los poderes de aquella época. La razón era que venía con una propuesta radical. Había venido a relativizar el poder y a validar y significar la otredad. Lo más desconcertante de su propuesta, sin embargo, no radicaba en su discurso sino en que había decidido caminar con “los otros”, dialogando con ellos, preguntando y siendo preguntado. Cuestionando y enseñando a cuestionar. Por eso sus parábolas e historias generaban tanta crisis. Porque buscaba la autonomía de pensamiento, la búsqueda personal, el desarrollo de una conciencia responsable, que se hiciera cargo de su propia crisis y también la de los demás. Es tan interesante cómo, aquello que los sociólogos llaman hoy conciencia colectiva, formaba parte esencial en el propósito del reino que Jesús había venido a inaugurar. ¡Cuánta falta nos hace esa mirada comunitaria de la vida, en una época donde los individualismos del falso “desarrollo” nos están asfixiando como humanidad.

¡Cuánta admiración siento hacia esa maravillosa visión de no control del Mesías Jesús! No hay nerviosismos en su enseñanza. No se le ve angustiado cuando los alumnos (discípulos) lo dejan. No hay populismos y deseo de sacar ventajas, porque busca a las personas. El corazón es su meta. Ese corazón, que no es otra cosa que una metáfora de nuestra mente, unido a esa capacidad afectiva, que Dios maravillosamente nos ha regalado para tomar decisiones. Por eso cuando un “ricachón” viene corriendo a ofrecerle sus servicios y su cuenta bancaria (Mt. 19:16-23), Jesús lo confronta con sus propios demonios y señores, que lo tienen atado desde el alma. El texto dice que el rico se fue triste por su camino. Quizá porque pudo finalmente descubrir, que en su fuero interno, no había lugar para la vida, mientras no estuviera dispuesto a relativizar el poder del dinero. En la visión mesiánica de Jesús lo que cuenta son los afectos, los amigos. No hay rastro alguno en su misión de metas estadísticas o la complacencia de una opinión pública. Su figura es más bien contestataria y desadaptada, pero cercana e identificada con la otredad.

Las otredades en el contexto de Jesús estaban formadas por los pobres, los niños, las mujeres, los extranjeros, los samaritanos (2) las viudas, los leprosos y todos aquellos que se encontraban clasificados por el dogma político o religioso como “imputados”, con una especie de castigo providencial, el cual provenía en muchos casos de una concepción teológica retributiva, donde a los buenos siempre les iba bien y los malos recibían su justo castigo o retribución. En este contexto de diversidad social es donde Jesucristo se constituye en el canto de las otredades. Un canto que hace sentido en medio de la tristeza de una sociedad oprimida por los valores que rigen aquella sociedad, al igual que la nuestra hoy. Echemos una mirada a algunos de aquellos encuentros de Jesús con las otredades.

Un niño ha sido puesto en el centro…

Cuenta la historia de los evangelios que los alumnos de Jesús, sus más cercanos seguidores, se estaban disputando los puestos de honor en el futuro reino del Mesías. ¡Cuánta paciencia le costó al Maestro soportar la pequeñez de corazón de sus amigos de camino! ¡Cómo era posible que después de tanto andar por los caminos con Jesús aun siguieran pensando la vida desde el poder!

Nuevamente Jesús se toma su tiempo para confrontar y cuestionar el status quo. Es comprensible, por un lado, que a sus discípulos les fuera difícil deshacerse del esquema que habían aprendido desde niño. La gran conversión de sus vidas, precisamente tendría su epicentro en esta crisis del corazón, de las motivaciones. No obstante, esta vez, al parecer Jesús considera que ni las parábolas, ni las historias, sino la imagen de un niño era el modelo pedagógico más desconcertante para que sus amigos miraran hacia dentro de sus corazones.

Entonces toma uno de aquellos niños, que solían disfrutar de la presencia de Jesús, sin temor alguno, lo pone en medio de ellos y les dice “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt. 18:3). Aquel día Jesús valida a un niño, representante de todos los niños de aquella época, lo cuales eran considerados como estorbos para esa sociedad adulto-céntrica y patriarcal. Lo valida, no solo como persona sino como maestro de los demás. He aquí la gran revolución paradigmática del Reino que Jesús vino a inaugurar; un Reino donde las otredades son reconocidas como generadoras de enseñanza. Un reino donde no tenemos miedo de aprender los unos de los otros, no importa el lugar que ocupemos en la sociedad.

En otro texto paralelo, del evangelio según Lucas, se refuerza esta idea donde se señala lo siguiente:
Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él (Jesús) les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; más no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es el mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve (Lc. 22:24-27).
La metamorfosis de la cruz…

Dicen que los símbolos al igual que las palabras construyen realidades y siendo el lenguaje algo tan dinámico, que se va construyendo y modificando de generación en generación, de la misma forma los símbolos se van transformando en íconos de fuerza que tienen la capacidad de hacer que los seres humanos nos identifiquemos con ellos.

La cruz ha sido históricamente el gran símbolo de la fe cristiana en estos veinte siglos. Un símbolo que nace del gran evento que le daría singularidad al cristianismo por su carácter sacrificial y mediador. La cruz fue para aquella época un símbolo repulsivo, de dolor, e ignominia. Nadie pensaría en usarlo como un objeto de valor significativo, o colgando del cuello en señal de respeto. Es Jesús el que hace que el símbolo de la Cruz sea re- significado como objeto de culto, sin embargo, esa cruz fue, es y será para Jesucristo el gran trono desde el cual ha decidido desarrollar su misión de cambio y construcción de su Reino. La cruz de Jesús es un grito a la humanidad, de que los grandes cambios, la verdadera forma de cambiar el mundo proviene de la fragilidad de la otredad. Proviene de la clandestinidad del amor, la entrega y el servicio. Pero entonces, ¿cómo fue a ocurrir que la cruz sufrió esa metamorfosis tal, que terminó transformándose en un objeto de poder coercitivo?

Todo comenzó en el siglo IV de nuestra era. Habían transcurrido tres siglos de una iglesia perseguida por el imperio romano. Tiempo de catacumbas y de mártires. Tiempo de comunidades escondidas que profesaban su fe en el anonimato clandestino. Dicen los historiadores cristianos, que nunca la iglesia cristiana gozó nuevamente de la eficacia y fuerza que tuvo en esos primeros tres siglos, bajo la persecución y la fragilidad. Fue la época en que la cruz llevó consigo la realidad simbólica propia de su ser. Sin embargo, el nuevo siglo fue testigo de un hecho que cambiaría para siempre la historia de aquellas frágiles comunidades parroquiales, que no tenían templos, ni posesiones, ni programas de trabajo. El emperador Constantino, se convierte al cristianismo y con él todo el imperio. Paradojalmente, cuenta la historia, que estando en el frente de batalla, vio una cruz en el horizonte y escuchó una voz que decía “por esta cruz vencerás”. El hecho es, que la iglesia cristiana nunca se recuperaría de esta estocada. Fue el día en que la cruz perdió su vergüenza para entrar al estatus del reconocimiento, de la homogenización e incluso, de la tiranía. Las cruzadas de la Edad Media forman parte de la cumbre de la corrupción y manipulación por medio de la cruz. En el nombre de la cruz se mató a millones, se les prohibió pensar por sí mismos, se les quemó en la inquisición. Todo aquello que la cruz representó en la vida de Jesús vino a ser la antítesis en los siglos posteriores, hasta el día de hoy. Y cuánto más podríamos decir de la conquista de América Latina por medio de la espada y la cruz. De los millones de indígenas que fueron masacrados por resistirse a ser dominados por la “ideología de la nueva cruz”, que fue cercenando sus propias particularidades y costumbres.

La globalización ha reinventado una y otra vez las nuevas cruzadas. La cruz sigue siendo la plataforma de poder desde donde la iglesia institucionalizada sigue pretendiendo mejorar el mundo. No importa el color de estas espiritualidades. No importa si viene desde el catolicismo o protestantismo, o de cualquier otra de las múltiples formas de estructuras religiosas existentes en la actualidad. La cruz sigue siendo símbolo de poder, ejercido a partir de ciertos dogmas y por sobre todo haciendo uso del control.

Es posible encontrar en esta época múltiples formas de cruzadas. Desde los que justifican la guerra orando para que las tropas norteamericanas invadan con éxito a los “infieles” iraquíes, hasta las manifestaciones, homofóbicas, xenofóbicas o contra las organizaciones pro aborto. En la filosofía de la “cruzada” la violencia siempre es justificada de algún modo. Abundan incluso, los malabarismos hermenéuticos para encontrar sustento bíblico a cada barbaridad histórica que la religión ha cometido. La nueva cruz ha provisto a sus seguidores la excusa para perseguir, aplastar, e imponer una forma de pensar o creer sobre aquellos que piensan diferente, pero, nos preguntamos nuevamente, ¿cuál sería la propuesta de Jesús frente a la diversidad de esta postmodernidad? ¿Cómo abordaría los grandes temas sociales de esta época?

Restauración y transformación desde la otredad…

Chile camina actualmente en la dirección de los grandes referentes del desarrollo económico. Un “desarrollo” que forma parte de la ideología del consumo y el materialismo y que tiene como característica más denigrante, la homogeneización de una sociedad, donde las particularidades se van asfixiando, para dar paso a una sociedad que va justificando, cada vez más, esa especie de clonación social, donde se invisiviliza a los más necesitados.

Hace poco el mundo entero fue testigo del mediático rescate de 33 mineros en el norte de Chile, donde no se escatimaron recursos para sacarlos con vida. El evento posicionó a Chile a nivel mundial, de una forma que nunca se habría logrado. Muchos incluso supieron aquel día que existía un país llamado Chile. Lo que no salió en las noticias en aquellos días, y mucho menos a nivel mundial, era el hecho de que en la Región de la Araucanía había otras 34 personas con riesgo de muerte. Eran comuneros mapuches, que se encontraban en huelga de hambre hacía ya casi tres meses, pidiendo ser escuchados, o tomados en cuenta por el sistema. Además la invisivilización de la huelga de trabajadores Farmacias Ahumada, Casino Monticelli y una empresa de Transantiago. También, una huelga de habitantes de Camarones, desde el 29 de septiembre, por un relave que ha contaminado las aguas, y un eventual alud sobre ese poblado. No cabe duda de que los medios de comunicación forman parte del poder selectivo de los “pastores gobernantes” que relega las otredades a la oscuridad, en búsqueda de un beneficio institucional.

Por otro lado, los evangélicos en Chile, han pasado en la última década a formar parte del selecto grupo de gente codiciada por los cazadores de votos políticos. Es lo que siempre ha pasado cuando la iglesia ha decidido salir del campo de la otredad para tomar el camino del poder, con la justificación de lograr cambios sociales. Con tristeza hemos sido testigos, de cómo uno de los primeros anhelos concretados por la iglesia evangélica, después de la aprobación de la ley de culto, ha sido el “logro” de contar con un feriado legal dentro del calendario. La iglesia de hoy se resiste al anonimato de la antigua cruz de Jesús, y busca posicionarse, sin darse cuenta de la trampa que implica esa búsqueda de poder.

El mundo de la época de Jesús era un mundo diverso también. Un mundo de injusticia, de segregación y de violencia. Era una sociedad con dogmas recalcitrantes, que habían tergiversado el espíritu del deseo de Dios, transformándose en una carga para los necesitados. Por eso en aquella época la palabra Evangelio (gr. buena noticia) tenía tanto sentido. Porque la buena noticia para el mundo de las otredades, se encontraba personificado en la persona de Jesucristo. Jesucristo se había transformado en el canto en medio de las tristezas y melancolías de las otredades.

¡Qué bien resuenan en este momento las palabras de Sábato! “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria” (Sábato, E., 2000, p. 158). Su canto fue el canto de la multitud y de las particularidades. En su canto los buscadores sinceros de todos los rincones y realidades encontraban refugio y significado. En su canto convergían lo individual y lo comunitario, en una especie de simbiosis del alma que tan bien representa las necesidades del ser humano. El canto de Jesús nunca se acomodó al sistema, ni siguió los antivalores de su época y nunca usó de violencia contra los que no estaban de acuerdo. Los “inmorales” eran invitados, nunca violentados de forma alguna. Eran invitados a caminar con él, a comer con él. Era en ese encuentro con lo trascendente que muchos de ellos reorientaban sus vidas, producto del amor gratuito y servicial de Cristo. En su presencia podríamos encontrar cualquiera de esos días a un sinvergüenza como Zaqueo, que usaba el poder para cobrar impuestos más allá de lo que debía, o a una mujer acusada de infidelidad, o aquella extranjera, que grita como loca pidiendo ayuda con fe, o la prostituta que siendo re-significada en su valor y dignidad como mujer decidió un día derramar el perfume más caro que tenía en casa, para agradecer al Señor.

Resulta paradójico recordar, que los únicos momentos de ira o violencia en la vida de Jesús, están dirigidos a aquellos que oprimen desde el poder religioso o político a las multitudes. A ellos los llama generación de víboras o zorras pestilentes o los expulsa del templo con un látigo, porque habían transformado un símbolo de justicia, servicio y hermandad en una plataforma de negocio, para oprimir a las viudas y a los huérfanos. No en vano profetizaría Jesús, que de aquel templo majestuoso, que se había transformado en un nefasto símbolo de opresión, no quedaría piedra sobre piedra, que no fuera removido.

La iglesia de la otredad…

Creo en la iglesia como instrumento del reino de Dios. Un reino de restauración y transformación de la sociedad, la cual Dios ha querido construir desde la periferia, en la persona de Jesucristo, como centro y motivo de la Misión.

La iglesia de la otredad es aquella que desde el principio ha existido, dentro y fuera de la institucionalidad, pero que se ha manifestado en su mayor belleza en la clandestinidad. Dicha iglesia no se encuentra figurada bajo un nombre determinado de denominación, ni es el proyecto de determinado gurú que tenga la última verdad, sino más bien está constituida por miles de buscadores que han tomado en serio las enseñanzas de Jesucristo y han decidido seguirlo en la vida. Podrán encontrarlos en muchos lugares diferentes, con expresiones litúrgicas diferentes.

La iglesia de la otredad es aquella que no tiene miedo a no tener el control. Es la iglesia que se sabe frágil y que ha comprendido que el mundo es su parroquia. Que su templo está en todas partes y que la amistad en torno a Cristo es la meta de la vida.

La iglesia de la otredad entiende que salvación (gr. sutura) tiene que ver con restauración de nuestras relaciones con Dios, con nuestro prójimo y con la creación e invertirá la vida en ese propósito entendiendo que cada actividad o experiencia humana puede transformarse en una realidad litúrgica, afectiva, de servicio, y enseñanza. Es por tanto una iglesia sin paredes ni barreras, que entiende que la buena noticia significa caminar como herido entre los heridos. Una iglesia que renuncia a ser benefactora para transformarse en caminante con los vulnerables, aprendiendo los uno de los otros.

La iglesia de la otredad entiende que su debilidad y fragilidad es su principal fortaleza. Que cinco panes y dos peces es suficiente para que comamos juntos, todos en el reino de Jesús. Que entiende que cada nueva sonrisa que saquemos de los demás, que cada caricia y abrazo, se constituye en la transformación de un nuevo mundo.

La iglesia que se transforma en un canto de la otredad, es en consecuencia, la comunidad que ha entendido que el Reino de Dios ya está con nosotros y los descubrimos juntos en el día a día pero que también es un Reino que se consumará en el futuro, en aquel momento en que la Justicia tendrá su pleno cumplimiento y satisfacción.

El canto de las otredades…

“Y el Verbo (la Palabra) se hizo hombre
y habitó entre nosotros…”
Juan 1:14

“…y lo llamarán Emanuel
(que significa “Dios con nosotros”)…
Mateo 1:23

La historia de aquellos tres años de Jesucristo, caminando en los polvorientos caminos de Palestina, en su tarea restauradora, están llenos de relatos y encuentros profundamente significativos con los representantes de la otredad. Son ellos los que se sientan a la mesa con Jesús. Son ellos los que son levantados de la oscuridad, del sin sentido, del no significado para posicionarlos en una esfera de honor. El canto de justicia de Jesucristo tiene coherencia. Exalta a los oprimidos y esconde a los reconocidos, para convocar a ambos a un encuentro solidario de amistad comunitaria. Eso es lo que siempre debió ser la iglesia, el lugar por excelencia donde todos los seres humanos convergen para ser una sola familia, donde el poder no divide ni distingue en importancia. Allí donde todos son hijos del mismo padre y no hay necesitados, porque, como dice un querido amigo brasileño, la pobreza no es otra cosa que falta de amigos. Quien tiene verdaderos amigos ¿cómo podría no tener algo que poner en su mesa hoy? Quien tiene verdaderos amigos ¿cómo podría no tener algún lugar para dormir esta noche? Quien tiene verdaderos amigos ¿cuánto tiempo podría costarte encontrar algún trabajo para lograr tu sustento familiar?

Jesucristo es el canto de las otredades, porque ha venido a construir un reino, una buena noticia de que es posible imaginar un mundo distinto, donde no sea el poder quien determine la forma en que nos relacionemos. Donde no reine el miedo y donde el individualismo no nos ponga a la defensiva. Un nuevo reino, una nueva forma de vivir, desde la fragilidad de la cruz de antaño. Desde el amor sacrificial, porque ¿cómo podría existir amor genuino, sin el sacrificio?

Termino esta reflexión con los versos de la última canción que he escrito, en el marco de una conferencia sobre lo femenino y masculino realizada en Ecuador hace algunos meses atrás. Esta canción es una invitación a hacer un trato, un llamado a abrir el corazón para comunicarnos desde la fragilidad, para abrir espacios para nuevas realidades de servicio y complicidad en el amor. Es un llamado a perder el miedo a mostrar cómo somos realmente, en la esperanza de ser acompañados en el misterio de la vida. Es un llamado a afrontar la libertad desde el compromiso. Un llamado a renunciar a la culpa como forma de relación para dar espacio al perdón.

Hagamos un trato

¿Por qué no hacemos un trato
y hablamos un rato sin miedo al reloj?
¿Qué te parece si yo,
pongo una pausa en la voz?

Sentir que nuestras miradas
Se cruzan y abrigan.
Que el corazón diga cosas
Que a veces se olvidan

¿Por qué no hacemos un trato
Mujeres y hombres?
Dejando que lo divino imprima su nombre
y si quedamos desnudos nos cubra su amor.
¿Por qué no hacemos un trato?
¿Por qué no hablamos con Dios?

¿Por qué no hacemos un trato
Y entretejemos los lazos de la libertad?

¿Qué te parece si tu
dejas la culpa en la cruz?
Si aquel madero se ha alzado
en la cumbre del tiempo,
es porque la indiferencia ha quedado sin triunfo.

¿Por qué no hacemos un trato
Mujeres y hombres?
Porque la soledad con su miedo se esconde
Pero el amor con ternura
preguntando está:

¿Por qué no hacemos un trato?
¿Por qué no hacemos un trato?
¿Por qué no hacemos un trato?
¿Por qué no hablamos tú y yo?

Notas:

1. Sábato, E. (2000), La Resistencia. (17ª ed.). Buenos Aires: Planeta
2. Los samaritanos eran considerados como impuros por los judíos tradicionales a causa de ser producto de la mezcla histórica de judíos con otras naciones “paganas”. Los judíos se referían a ellos como “perros samaritanos”.

Sobre el autor:
Leonardo Alvarez,"El Salmista Chileno", es músico de Temuco, Chile y miembro de la Red Del Camino para la Misión Integral y de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.
Su música está inspirada en la Misión Integral y El Reino de Dios
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Sitio web de Leonardo: La Música al Servicio de la Vida

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