Errar es bueno | Por Nicolás Panotto

Es común pensar que errar es malo. Errar es una equivocación. Pero, ¿qué es errar? Más aún: ¿por qué decimos que erramos? Errar implica la existencia previa de un “blanco”. Ahora, ¿de dónde salió ese blanco que condiciona nuestra “puntería”? Más aún, ¡¿quién lo puso delante de nosotros?!

Sigo pensando: ¿errar significa transformarse en errante? ¡Qué dañinas las subjetivaciones! Mi condición, mi esencia, a veces de por vida, se ve sujeta a “aquello” que hago o hice, a ese “error” que cometí.

¿Qué sería la vida sin errores? Imaginémoslo por un momento. ¿Sería posible? ¿Existe ese camino derecho, único, sin vueltas, sin fisuras? (¡Ay, qué escalofríos!) ¿Significa esto que “hacer bien” es no errar, o sea, ir hacia un blanco predeterminado, sin irme por la tangente, “caminar derechito”?

Veo la imagen del camino en mis expresiones. Es que ella es una de las mejores metáforas para definir la vida. ¿Acaso ella no encuentra su valor en la posibilidad de moverse dentro de las multiformes posibilidades que se le presentan? ¿Acaso Dios mismo no nos abre hacia ellas para elegir libremente? (¡Libertad!: esencia del ser humano, sello de la divinidad en la existencia) Se dice que errar es malo por “salirse del camino”. ¿Pero acaso lo malo no sería esa visión de la vida que achica sus enormes potenciales a un camino acotado, derecho, único? ¿No es eso desperdiciar vida?

¿No son los errores oportunidades? ¿Acaso no nos mantiene en movimiento darnos cuenta que por donde vamos no es tal vez el mejor camino? Pero vuelvo a preguntar: ¿quién dijo que por donde voy es por donde debo ir? (¿Peco por preguntar?)

Si descubro que transitar por donde camino implica hacer daño, para mí y para quienes me rodean, ¿quiere decir entonces que errar es una equivocación? Más aún, ¿me hace malo (¡pecador!) errar?

Creo que errar no es tan malo como se piensa. Darme cuenta de mis errores implica abrirme a la sorpresa de la posibilidad, descubrir nuevas ventanas hacia otros jardines, espiar por las fisuras de ese sendero supuestamente suturado para ver horizontes seguramente mejores de los que reconozco a la distancia. Por ello me pregunto: ¿no será en realidad malo el caminar por esa avenida de grandes muros cubiertos de rosas espinosas que me dibujan desde una ilusión incumplida, el cual me anula como sujeto en la obligación de caminarlo?

¿Será muy desubicado, entonces, decir que errar es bueno? ¿Acaso el errar no me mantiene alerta de mis pasos, no refleja la contingencia de mi caminar, no me muestra la grieta inherente de mi persona y de cada camino que pueda emprender, sea cual fuere? Más que ser un riesgo, lo importante es que errar me arriesga.

El errar muestra que mis caminos siempre pueden ser otros. Que no es necesario sumirme a la insatisfacción de un sendero mirando de lejos la multiplicidad de posibilidades a mi mano (¿será eso posible?) Que nuestra existencia es un bricolage indecible que fustiga cualquier unidimensionalidad sofocante.

En el errar construimos nuestra libertad.

Sobre el autor:
Nicolás Panotto es Licenciado en Teología por el Instituto Universitario ISEDET, Buenos Aires. Actualmente realiza su Maestría en Antropología Social en la FLACSO Argentina. Nicolás es Miembro del Núcleo de la FTL en Buenos Aires
Sitio web de Nicolás: Nomadismo Contingente 

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